¡Feliz Pascua! Un abrazo desde Betim (Brasil). Acabo de volver de la Diócesis de Araçuaí, el norte del estado de Minas Gerais (Brasil), después de haber vivido mi primera Semana Santa en Brasil en una manera especial junto a otros 40 misioneros religiosos y laicos. Fue una experiencia que me invitó a escuchar, ver, cuestionar y ser testigo de la presencia viva de Cristo que camina, sufre, muere y resucita en las realidades concretas de la vida de su pueblo, reconociendo a los muchos crucificados de hoy, y al mismo tiempo, a ser testigo de signos concretos de vida nueva que insisten en nacer.

Una hermana de otra congregación, Hna. Eva, y yo estábamos juntas en dos comunidades de Itinga: Taquaral y Piauí Poço Dantas. Son las comunidades afrodescendientes que están situadas en la zona rural. La comunidad de Piauí Poço Dantas está al pie de montañas de relaves de litio que rodean las propiedades, sufren en cuerpo y alma, llevan miedo e inseguridad. Compartimos el pan, la palabra, el silencio y los dolores, y celebramos juntos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

Cada vez más me doy cuenta de que soy miedosa. Allí había muchísimos mosquitos y en cada lugar donde ellos rozaron mi piel aparecen muchas heridas… Decían que había cobras, pero por suerte no vi ninguna. Pero sí, otros bichos y animalitos. Comí en mesas donde muchas hormigas y moscas se movían sin parar. Nadie las echó de la mesa, así que, yo tampoco. Más compañeras para comer. Y aunque tomé galletas de cajas llenas de hormigas para corresponder al cariño de quien me las ofrecía, internamente me resultaba difícil, y esos sentimientos me inquietaban ante el Señor por no ser una misionera al 100%. Cada vez que encontraba ranas de todo tamaño en las duchas, mi corazón casi se paraba. Pero, en seguida, le di gracias a Dios por tener agua para ducharme. El coraje para superar las dificultades iba aumentando poco a poco. La gente de esas comunidades vivía así, entonces pensé, “yo también”.

Durante las visitas domiciliarias conocí a mucha gente:enfermos, ancianos, familias, niños, jóvenes… eran muy acogedores y cariñosos. Más que yo hacer algo por ellos, ellos me hacían mucho bien. Al estar con cada persona, me sentí feliz y agradecida al Señor.

También fue una experiencia nueva e bonita para mí trabajar y convivir unos días con una hermana de otra congregación. La Hna. Eva era de las Hermanas Servas de Maria Reparadora y tenía más experiencias misioneras y de la vida consagrada que yo. Con su santa paciencia me ayudó mucho a ver la realidad de esos lugares y a conocer mejor sus costumbres y su cultura.

Así fue mi primera Semana Santa en Brasil, un tiempo lleno de sorpresas: momentos compartidos, celebraciones encarnadas, presencia solidaria y buena gente. Cada encuentro fue la sonrisa de Dios para mí, pero también un llamado a la conversión personal y pastoral. A través de su vida, ellos me enseñaron y me invitaron a permanecer fiel incluso ante los desafíos, confiando en Dios.

Me gustaría compartir esta fotografía. La señora con un pañuelo blanco en la cabeza era una persona mayor y enferma, y cuando le pedí que me bendijera, Ella me dijo con los ojos llenos de lágrimas: “¿Cómo me atrevería?” Al ver a la Hna. Eva y a mí con las cabezas inclinadas, hizo una bonita oración que nos conmovió.

Muy agradecida a Dios por esta oportunidad. Él sigue diciéndome, “Sígueme” y yo le sigo.
Seguir a Jesucristo significa ir a donde Él va, hacer todo lo que Él hace, y nunca dejarlo. Seguir su ejemplo es parecerse completamente a Él tanto como sea posible, y convertirse en otro Él. Así somos otro Cristo. No sé a dónde Dios me quiere llevar, ni en qué manera, ni qué me espera, … pero lo que está claro es que mi destino está seguro porque estoy en sus manos: “Yo no espero nada de mí mismo, pero lo espero todo de su divina gracia.” (P. Palau)

Silvia Chung cm

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