Una apasionante historia narrada por la hermana Esther Diaz, quien cada mes completa la vida de Francisco con una tinte especial ...
MISIONES EN IBIZA, II

Al constatar la indescriptible consternación producida en el corazón de este pueblo, por los crímenes ocurridos y por otras cosas que callo: ensayos y amenazas dirigidas al mismo propósito, Palau se ha sentido sobrecogido, turbado. Ha vacilado: Por un momento he titubeado -admite-¿Os lo imagináis desconcertado? Yo, no. Sin embargo, el abandono e incultura del pueblo resultaban factores decisivos que solicitaban urgente solución. Apremiaba sacarlos de su incultura. Situarlos en la vía del progreso y la moralidad. Lo pensó detenidamente. Sin embargo una vez resuelto, he combinado mi plan. Y espero producirá buenos resultados ¡Toda una profecía!

Actuó Francisco con programa bien estudiado. No era amigo de improvisar. Menos en esta coyuntura. Concertó su plan. Tenía presente el principio de la necesaria adaptación de perfiles. Así la evangelización producirá frutos: Los efectos dependen… de la buena combinación de las formas que se adopten. Se adaptó a los métodos conocidos, sí, pero introdujo procedimientos que sorprendieron a los feligreses. Escribe para la Revista Católica, de tirada nacional: La situación del país es tan especial como difícil. Por ello las propuestas deben ser propias, características y urgentes. Por algo las ha estudiado con detenimiento y solvencia.

El gobernador eclesiástico acudió a su homólogo civil. ¿Qué solicitaba?  Protección para las misiones:  participantes y misionero. La súplica halló amplia acogida. Fueron oficiados todos los alcaldes rurales. Debían prestar su eficaz ayuda. Tanto en el mantenimiento del orden como para evitar que la seguridad individual padeciera, en lo más mínimo. ¡Muy bien, por evidenciar autoridad! ¿No?

Sabe Palau que los criminales sólo son media docena de hombres desnaturalizados, degenerados, formados en el juego y demás vicios… asesinos de profesión y oficio… Sin embargo, bastan para aterrar a veinticinco mil colonos pacíficos que confían su vida a la vigilancia del gobierno del estado. ¡Le sobra razón!

Se hizo eco la revista católica de la labor misionera de Palau en la Isla. Comunicaba la noticia a la ciudadanía de Barcelona: El P. Francisco Palau, misionero apostólico, muy conocido entre nosotros por su celo y laboriosidad, se encuentra, actualmente, en Ibiza. Imparte ejercicios espirituales al clero. Concluidos estos, comenzarán otros para seglares ¡Relevante servicio al pueblo!

Hombre comprometido con la sociedad a la que sirve es Palau -Tendremos ocasiones de abundar en esta dimensión-. Intenta, por los medios que están a su alcance, favorecer y mejorar su calidad de vida. Dignificar la dimensión humana de su entorno. Es la mejor manera de poner cimientos sólidos a la extensión ultraterrena ¿Verdad?

Antes de finalizar los ejercicios, comunica a su amigo I. Gatell -director de la mencionada revista- la penosa situación de los ibicencos. Solidario con el pueblo, detalla e interpreta la situación. ¿Motivo? Que los gobernantes se enteren:

El que no pueda darse con los autores de tales atentados quizá se deba, a la falta de poder central… que obre acorde con la autoridad eclesiástica -Denuncia y tono moderados-. Las alcaldías -puntualiza- obran con independencia, unas de otras. El gobernador, al residir en Palma, no puede proceder en casos que no admiten dilación. La autoridad eclesiástica -harto debilitada por las funestas circunstancias- al verse abandonada por el poder político central, acaba por perder su fuerza e influencia y, se ve amenazada, sin que nadie la proteja -Palau pone el dedo en la llaga-Por grande que sea el celo del alcalde de la ciudad, es un mero alcalde. Por hábil, recto y activo que sea el juez de primera instancia, no puede proceder sino legalmente. Y los malos, sabiendo trampear la ley, burlan su vigilancia… Afirmaciones enteramente acertadas, ¿a que sí? Y concluye: En la Isla, falta, además, un obispo que, protegido por el poder civil nacional, despliegue sus fuerzas morales para moderar a esta gente, en sí sencilla, dócil y digna de mejor suerte. Tales carencias generaron aquella complicada situación. Sin duda. ¡Más alto se puede decir, pero no más claro ni mejor dicho!

Y concluye:  Acudo a esa redacción para que… diga a nuestros legisladores: Ibiza, esa bella y fértil posesión de España, se hunde por falta de obispo y de alcalde corregidor. De entre sus ruinas llamo la atención del gobierno, para que tienda sobre ella su mano protectora.

Responsable, valiente, solidario, voz de los de sin voz. Palau, ¡todo un arquetipo para reivindicar el progreso de los marginados!

Texto completo de me llamo Francisco…

 

ME LLAMO FRANCISCO

Francisco

Me llamo Francisco. Soy hijo de José y Mª Antonia. Ella se apellida Quer. Él, Palau. De manera que yo soy Palau Quer. Natural de Aitona, pueblo leridano al que quiero entrañablemente. Por doble motivo: porque es el mío y porque es bonito. Se halla, por un lado protegido por agrestes cerros y por otro mira a la vega del Segre. Produce variadas hortalizas. Y ahora, mucha y buena fruta. Muy buena.

Yo nací hace 200 años. Una helada mañana de diciembre. La nación estaba en guerra contra los franceses. No fue buen momento para nacer. ¿Pero a quién le has dado la posibilidad de elegir? Lo que era bueno de verdad era mi hogar. Fuimos nueve hermanos y yo ocupamos el séptimo lugar. No éramos ricos pero tampoco pobres. Y aunque no esté bien bien decirlo éramos una familia honrada. Es que debo a mis padres el homenaje a su honor y el culto que profesaban a las mejores tradiciones cristianas. ¿Verdad que tu familia también ha sido estupenda?

Niño

En los primeros años que pasé en mi pueblo no me pasaron cosas extraordinarias, ¡palabra de honor! No me visitaron ángeles ni para hacerme dormir. Ni me hicieron carantoñas los querubines ni se me aparecían fantasmas celestiales que me tenían entretenido en las horas aburridas o que poblaban mis sueños en las interminables noches de invierno. No. Tampoco se me apareció la virgen a la sombra de ningún olivo, ni escuché palabras venidas del cielo.

Fui niño entre los niños, jugué con ellos, discutí a ratos, hasta me peleé en algún momento pero también tuve grandes amigos. Eso sí, fui devoto cuando hay que serlo. Iba a misa los domingos y fiestas de guardar. Rezaba el rosario en casa, con los míos, cuando estábamos todos, antes de ir a dormir y cantaba lo mejor que sabía en el coro de la parroquia. Me daba pena ver niños pobres y repartía con ellos lo que a mí me daban. No mucho, porque en mi familia sobraba poco. Vosotros habéis nacido y vivido en mejor momento que yo. ¡Me alegro!

Lérida

Si he de ser sincero reconozco que algunos amigos de casa y hasta el cura de la parroquia decían que era un chico despierto y que debería seguir estudiando de acuerdo a mi capacidad. Que sería una pena que no lo hiciera por falta de medios. Cuando lo oía me ponía triste. Sin los míos, ¿qué haría yo? Pero la situación no estaba para soñar. Yo miraba a mi alrededor y me decía que o mi hermana Rosa me llevaba con ella a Lleida o los pronósticos de la gente sesuda no se cumplirían. Ya me veía de zagalón o de pequeño labriego. Pero Rosa salió al paso en este asunto y me tomó a su cuidado. ¡Vaya que si me tomó! ¡Y cómo! Se la notaba que me quería a rabiar. Rosa me llevó a Lleida, bueno a la partida de Butsénit, donde ella vivía desde que se casó. Y con ella me fui. En Lleida me puse a estudiar con toda responsabilidad. Y las letras me trajeron los primeros sueños. Se me ocurrió que no estaría mal que fuera cura. Porque yo quería hacer el bien a mi alrededor. Y esa era una buena forma de hacerlo. ¿No os parece?

Seminarista

Ampliar estudios en Lleida me vino muy bien para ensanchar, por dentro, mis capacidades y aspiraciones. Pensaba que ser sacerdote era un buen camino de vida. Una forma estupenda, para solidarizarme con los demás, también. E hice realidad esta opción a los 17 años. Entiendo que era joven para meterme en semejante proyecto. Pero es que entonces se crecía demasiado pronto porque la vida era demasiado corta. El estilo del seminario resultaba más bien sombrío y rígido. Pero como yo lo había elegido con tanto convencimiento como ilusión, todo me parecía normal. Nos ayudaba mucho la atmósfera de sobria espiritualidad que allí respirábamos y la buena voluntad y empeño que demostraban los superiores. Lo cierto es que priorizaban nuestra formación. Y con ella se me despertaron ideales superiores a los que el mismo seminario podía satisfacer. Sí, al cabo de 4 años me sorprendí, al darme cuenta de que ya no me interesaba el sacerdocio. Ahora, deseaba, de veras, ser religioso. En concreto, carmelita. Me había acercado a las obras de Teresa y Juan de la Cruz y me resultaron fascinantes: tanto los contenidos que sustentaban su propuesta de vida como su proyección apostólica. Y no digamos la forma de vivirlos: la soledad.

Mi opción

(Epílogo de discernimiento)

¡Qué bien me encontraba los primeros años de mi estancia en el seminario de Lleida !. Silencio, convivencia con jóvenes y profesores, estudio, espacios de oración, atención a la vida interior configuraban un sorprendente clima. El cual nutría mi crecimiento espiritual. En la medida que el tiempo transcurría, descendía ese nivel de auténtico bienestar. Cierto, me sentía más valorado que nunca. Sin embargo, en el contexto percibía despliegue de factores en disonancia con mis sueños. Como si en la formación primara el quehacer sobre el ser. Y en el quehacer parecía abundar lo mandado, la norma. Descubría escaso espacio para la creatividad, para el don, para el misterio. Tal comprobación me desazonaba. ¿Qué hacer? -me preguntaba con insistencia-. En el seminario yo estaba diseñando mi futuro. Sí, el rumbo que deseaba imprimir a mi existencia. Y no podía resignarme a que fuera como otros lo perfilaran. Era yo quien tenía que asentir a ese esbozo. E involucrarme. ¡Evidente!. Sin embargo, eso no ocurría. Se imponía, por tanto, la reflexión honda y prolongada, sobre un asunto de tanto interés para mí.

Al mismo tiempo, en las jornadas finales de curso, conocí a diversos religiosos. Formaban parte del tribunal de exámenes. Los observaba. Hasta les pregunté algo relacionado con su vocación. No demasiado. Porque la timidez, en aquella etapa de mi recorrido, constituía factor relevante de mi condición. Incrementé, tanto la reflexión como la oración. La información, también. En mis escasas salidas del seminario visité algún convento. Sus celebraciones, más bien. Así barruntaba, in situ, algo, de su forma de vivir. Continué buscando. Incansable. Ya hacía años que la búsqueda se había tornado primordial estímulo para mi caminar. Y en semejante situación resultaba urgente. ¡Me jugaba el porvenir!.

Poco a poco se me fue desvelando la riqueza, profundidad e impulso que incluía la vida religiosa. En síntesis, su alto contenido evangélico. Por fin, acudí a una acreditada novena celebrada en honor del gran profeta Elías. Quedé hechizado por su figura. Vigorosa por endiosada. Tenía lugar en los carmelitas descalzos. Continué visitándolos y discerniendo en serio. Valoré pros y contras. Así me afiancé en mi convencimiento: lo mío era la vida religiosa. Y en concreto el carmelo de Teresa. Broche de oro a la prolongada búsqueda, lo formalizó la lectura de su obra. De ella me fascinó todo: su personalidad, experiencia espiritual, hondura de pensamiento. Y no menos su empresa fundacional: formidable servicio a la Iglesia. El tramo siguiente del itinerario se coloreó con mi opción.

Al tomarla me invadió una sorprendente y espléndida alegría. Quise compartirla con los míos: familia y amigos. Pronto tropecé con la contrariedad de unos y otros. Como si se hubieran propuesto un objetivo común: hacerme ver lo equivocado de tal decisión. Lo comprendía. Pues ser sacerdote, en aquel momento, resultaba una auténtica promoción personal y familiar. Las dos cosas al mismo tiempo. El sacerdocio estaba bien visto por el entorno social. Además, el candidato podía ascender diversos peldaños en la escala promocional del colectivo. Desde donde aspiraba a no pocos privilegios.

Los religiosos, en cambio, vivían con gran simplicidad y hasta estrechez. Lejos de toda consideración y prestigio. Por ello, tanto su objetivo como su forma de vida los encontraba en consonancia con mis deseos. Los míos se concretaban en vivir con mayor autenticidad la comunión a todo nivel: con Dios, con los demás, con el entorno. Descubrir nuevas dimensiones en mi propio ser, para, desde allí, seguir mi trayecto vocacional.

Ocultaba, la oposición del entorno, su faceta positiva: nuevos motivos que consolidaron mi determinación. Cierto, consiguieron hacerme sentir ingrato. Como si no respondiera a lo que de mí esperaban. Escuché mucho, hablé menos, esperé y esperé. Mientras, hice lo posible para que entendieran mi proceder. Al fin, más dichoso que nunca, se lo comuniqué a todos: Seré Carmelita, hijo de Teresa.

Diseño de Carmelita

Comunico mi decisión a superiores y amigos del seminario. Ellos lo sienten porque” yo era un buen sujeto para el sacerdocio” -afirman-. Luego, renuncio a la beca conseguida cuatro años antes. E inicio los trámites para comenzar mi andadura en el Carmelo de Teresa. ¡ Cuántas teclas !. Me traslado a Barcelona. Allí, en la Rambla, en lo que es hoy mercado de S. José, se encuentra la casa madre del Carmelo Catalá: curia provincial, comunidad y noviciado. Los carmelitas realizan, aquí, importantes cometidos –atención a las celebraciones de la iglesia conventual, a la fábrica de letra de imprenta, a la valiosa biblioteca e imprenta, a la huerta, imprescindible para la alimentación y recreo comunitario, etc.-.

Nuestra comunidad era modelo de vida para la demarcación. La configurábamos unos 50 religiosos. Inicio, aquí, mi formación como carmelita. Comienzo el noviciado cuando aún no había cumplido los 21 años. Es el 14 de noviembre. Corre el año 1832. Visto el hábito del Carmelo y adopto el sobrenombre de la familia de Nazareth. Referencia en mi vocación.

Sí, Palau con buena formación filosófica e iniciado en teología sabe lo que quiere. No se dirige, a ciegas, a la vida religiosa. Se halla bien informado de la situación socio-política que vive su pueblo. Difícil. Muy difícil. Se halla al tanto del peligro que acecha a los religiosos. Sin embargo no tiene miedo. No le asustan los riesgos. Con posterioridad, al recordar estos, sus inicios, afirma: No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía ni el modo de evitarlo. Me comprometí, sin embargo, a una consagración, de por vida, independientemente de cualquier humano acontecimiento (VS 3, 2). Así actúan los valientes. Perdón, los creyentes.

Ahora, se me ofrece la oportunidad de ahondar en el conocimiento de los grandes del Carmelo: Elías con sus gestos proféticos, Teresa sumergida en experiencias profundamente humanas por místicas, Juan de la Cruz con sus intensos silencios contemplativos…. Tal ámbito proyecta brillante y esperanzada perspectiva al espíritu. El proyecto me entusiasma y atrae. Al mismo tiempo mi día a día discurre entretejido por sencillos quehaceres: solicitud por el estudio, por la buena relación con los demás, por mi propia formación. Colaboro -como todos- en las tareas comunitarias etc.

Los carmelitas nos sentimos ermitaños. Por ello buscamos y propiciamos espacios de soledad, de silencio. Ellos envuelven nuestro hábitat. Silencio y soledad, clima para la vida de oración. Mi contexto comunitario le concede valoración, absolutamente, excepcional. Por lo cual convivo, con hermanos troquelados por este don. Mayoritariamente, son hombres de considerable talla espiritual. El superior provincial fue, con anterioridad, profesor del colegio de Lleida. Formó parte del tribunal examinador en el seminario. Influyó, sin duda, en mi opción por el Carmelo. Más tarde, me acompañará en momentos decisivos. Aun cuando los dos estemos exclaustrados. El superior, hombre exigente, comenzando por él. Buen profesor y mejor persona. El maestro de novicios, conventual, en otro tiempo del desierto del Cardó. Es el carmelita más ligado a mi vocación. Por algo se responsabiliza de los novicios en todo y para todo. Hombre de Dios. Además un colectivo envidiable de carmelitas cultos. Predicadores insignes. Otro menor de laboriosos hermanos, encargados de las diferentes dependencias conventuales. Los novicios ocupamos una parte del convento, separada del resto. Convivo con una veintena de jóvenes. Nos preparamos a la profesión. Todos vivimos con innegable sobriedad. La abstinencia es perpetua y el ayuno se prolonga durante 6 meses. Al año siguiente, a mi inicio en el Carmelo, emito mi profesión solemne. Es el 1833. ¡Qué alegría tan intensa!. El corazón se me dilataba.

Percibo a Teresa madre, maestra, referente y guía en mi peregrinar. En situaciones decisivas, sobre todo. Después de profesar sigo en el noviciado. Espero se me asigne colegio, donde terminar los estudios eclesiásticos. Prólogo al sacerdocio.

Dentro del convento la vida resulta interesante.  Me dedico, de lleno, al estudio y recibo diferentes órdenes. Colaboro, de este modo, en las celebraciones litúrgicas de nuestro templo conventual. Sin embargo, en el entorno socio-político, detectamos la presencia de oscuros nubarrones. Cada día más gigantescos y amenazadores. Anuncian impetuosas tormentas, convulsas situaciones.

Entretanto, intento vivir en obsequio de mi Señor. Imitarlo, con corazón limpio y conciencia recta.

Carmelita en flor

Y me fui a Barcelona. Al convento que los carmelitas tenían en las Ramblas. Inicié este nuevo sendero de vida, encantado por la acogida y el trató que recibí. Por los compañeros y amigos que fui descubriendo. Por los formadores que con su ejemplo, más aún que con su palabra, nos indicaban el camino evangélico. El propio de la familia, también. Acogía, con gran interés, todo lo que me ofrecían: compañía, orientación, trato asiduo con Dios, formación, propio conocimiento. Yo, me sentía responsable de la marcha del grupo y colaboraba desde lo mejor de mí mismo. Estaba viviendo, exactamente, lo que tiempo atrás soñaba. ¡Qué gozo!. Cierto, el claustro ensanchaba mi corazón y encendía en mi interior la llama del amor. Me percibía pertenecer a lo mejor de la Iglesia. Como si fuera solidario con toda la humanidad. Sin embargo, fuera, en la ciudad, en el país la situación era sumamente conflictiva. Empeoraba día a día. Los dirigentes, tanto a nivel político, como social o laboral eran incapaces de frenar tanto desmadre y convulsión. Incomprensible. Como si la ciudadanía hubiera perdido el juicio y no calculara las funestas consecuencias que de su proceder se derivarían.

Ahora, se me ofrece la oportunidad de ahondar en el conocimiento de los grandes del Carmelo: Elías con sus gestos proféticos, Teresa sumergida en experiencias profundamente humanas por místicas, Juan de la Cruz con sus intensos silencios contemplativos… Tal ámbito proyecta brillante y esperanzada perspectiva al espíritu. El proyecto me entusiasma y atrae. Al mismo tiempo mi día a día discurre entretejido por sencillos quehaceres: solicitud por el estudio, por la buena relación con los demás, por mi propia formación. Colaboro -como todos- en las tareas comunitarias etc.

Los carmelitas nos sentimos ermitaños. Por ello buscamos y propiciamos espacios de soledad, de silencio. Ellos envuelven nuestro hábitat. Silencio y soledad, clima para la vida de oración. Mi contexto comunitario le concede valoración, absolutamente, excepcional. Por lo cual convivo, con hermanos troquelados por este don. Mayoritariamente, son hombres de considerable talla espiritual. El superior provincial fue, con anterioridad, profesor del colegio de Lleida. Formó parte del tribunal examinador en el seminario. Influyó, sin duda, en mi opción por el Carmelo. Más tarde, me acompañará en momentos decisivos. Aun cuando los dos estemos exclaustrados. El superior, hombre exigente, comenzando por él. Buen profesor y mejor persona. El maestro de novicios, conventual, en otro tiempo del desierto del Cardó. Es el carmelita más ligado a mi vocación. Por algo se responsabiliza de los novicios en todo y para todo. Hombre de Dios. Además un colectivo envidiable de carmelitas cultos. Predicadores insignes. Otro menor de laboriosos hermanos, encargados de las diferentes dependencias conventuales. Los novicios ocupamos una parte del convento, separada del resto. Convivo con una veintena de jóvenes. Nos preparamos a la profesión. Todos vivimos con innegable sobriedad. La abstinencia es perpetua y el ayuno se prolonga durante 6 meses. Al año siguiente, a mi inicio en el Carmelo, emito mi profesión solemne. Es el 1833. ¡Qué alegría tan intensa!. El corazón se me dilataba.

Percibo a Teresa madre, maestra, referente y guía en mi peregrinar. En situaciones decisivas, sobre todo. Después de profesar sigo en el noviciado. Espero se me asigne colegio, donde terminar los estudios eclesiásticos.

Prólogo al sacerdocio.

Dentro del convento la vida resulta interesante.  Me dedico, de lleno, al estudio y recibo diferentes órdenes. Colaboro, de este modo, en las celebraciones litúrgicas de nuestro templo conventual. Sin embargo, en el entorno socio-político, detectamos la presencia de oscuros nubarrones. Cada día más gigantescos y amenazadores. Anuncian impetuosas tormentas, convulsas situaciones.

Entretanto, intento vivir en obsequio de mi Señor. Imitarlo, con corazón limpio y conciencia recta.

Frailes, ¡a la calle!

Iba a necesitar esa profunda alegría que se instaló en mi vida a partir de la profesión religiosa. Sí. Pues los demonios nacionales enloquecieron del todo. Al rey nadie le aguantaba sus veleidades. Lo cual resultaba, sumamente, peligroso. Se irritó con él todo el espectro político. Hasta el ejército perdió los estribos. ¡Casi nada!. Lo cual diseñaba el futuro, con densos nubarrones. Muy densos.

Una de las víctimas de todo este embrollo -como siempre- fue la Iglesia. Prioritariamente los curas y por supuesto los frailes y monjas. Las presagiadas convulsiones llegaron al límite. Y la revolución, pura y dura, nos envolvió como una mortaja. Las grandes ciudades fueron pasto de la furia del anarquismo más exaltado. En Barcelona incendiaron todos los conventos de las Ramblas. También tocó el turno al nuestro. Y ¡claro! yo, estaba dentro. Era la fatídica tarde del 25 de julio. 1835. Terminaba una pésima corrida de toros, que enfureció a la chusma. ¡Aquello fue dantesco!. Los compañeros escaparon como pudieron y yo, con 24 años, me di cuenta de que me quedaba sólo con un anciano invidente. ¿Qué hago? -me pregunté-. Pues, lo que haga falta. ¡Es un momento crucial! -me respondí-. Le busqué, le ofrecí seguridad y consuelo –que era de lo que yo carecía- e intenté huir de los asesinos. Recalé en el domicilio de una vecina.

Nos conocíamos poco, aunque ella iba a misa a nuestra iglesia. Sin embargo, por lo que, en seguida, os narraré, veréis cuánto quería a los frailes. La mujer, ni corta ni perezosa, me escondió, nada menos, que en un armario. Sí, sí, lo habéis entendido bien. En un armario. Y cerró la puerta con llave. Pisándome los talones llegaron los incendiarios, dispuestos a hacerme añicos. Después de registrar, palmo a palmo, el domicilio le exigían abriera la puerta de mi nicho. Ella, que no encontraba la llave, ellos, echaban fuego por los ojos. Por fin la encontró. ¡Dios mío! Pongo mi vida en tus manos –acerté a balbucir-. Pero como la mujer era mucho más inteligente que aquella cuadrilla de asesinos, comenzó a abrir la puerta, justo al revés de cómo debía hacerlo. La forzó tanto que la llave se partió. Era exactamente lo que pretendía. En ese momento comenzó a gritarles, por lo cual pusieron pies en polvorosa. La verdad es que yo, esperaba un buen desenlace al trance. Sí, ¿sabéis por qué?, porque sobre la desvencijada cerradura había trazado la señal de la cruz. A ver quién puede más -pensé- Y Dios siempre sorprende y desborda a quienes en Él confían. ¡Probadlo!.¡Me daréis la razón!.

Como los subversivos habían aumentado en un 400%, al fin, me detuvieron y en compañía de otros compañeros nos embutieron en el calabozo. ¿Que por qué tanto honor?. Por el imperdonable delito de ser fraile. Lo hicieron a empellones, como si de ganado se tratara. Allí, en la fortaleza de la Ciudadela nos retuvieron días y días. ¡Se nos hacían interminables!. Carecíamos de todo. Y pensábamos lo peor. ¡Claro!.

Esto era fácil de prever -repetía para mis adentros-. No me había equivocado en mis pronósticos.  Y yo lo había arriesgado todo. Sí. Lo que ocurre es que cuando Dios llama, o le sigues o te alejas de tu propia felicidad. Y para mí, la llamada de Dios era transcendental.

Por fin, la situación se fue relajando. Nuestros vigilantes percibieron que no éramos energúmenos. Y como no cabíamos en la mazmorra, decidieron ponernos de patitas en la calle. El que reclamáramos atuendo para abandonar aquel distinguido aposento, no fue simple capricho. No. Si íbamos con hábito nos exponíamos, como mínimo, a nuevas y más peligrosas detenciones. Y ya habíamos sido la mofa y carne de cañón de no pocos agitadores. Así es que nos pusimos de acuerdo y solicitamos indumentaria para marchar de aquel antro. Lo exigimos, como condición imprescindible para abandonarlo. Por fin, los guardianes cedieron a nuestra razonable demanda y nos ofrecieron algo con que cubrirnos. La imagen que ofrecíamos era patética y hasta ridícula. ¡ Qué andrajos, Dios santo!. De todos modos nos brindó la estupenda oportunidad para reír, a carcajadas, al mirarnos unos a otros. Soltamos, así, parte de la tensión acumulada a lo largo de tantas y tan difíciles jornadas.

El mero pensamiento de que pronto me encontraría en Aitona, junto a mi familia, relativizaba tanto fanatismo, hostilidad, atropello, barbaridad, odio, convulsión. En definitiva, tanto absurdo y desatino, vivido durante la última temporada. ¡Qué necesidad tenía de abandonarlo!

Con los míos

Temporada, aquélla, sumamente dolorosa. La revolución impuso un cambio total a mis proyectos: me expulsó del convento, me alejó de hermanos y amigos y me arrojó lejos. Gracias que recalé en Aitona: mi villa natal. Los de casa me acogieron con los brazos abiertos.

Imposible narrar los sentimientos y emociones que me embargaron al encontrarme con ellos: mis padres, hermanos, sobrinos, amigos, vecinos. Sentimientos y emociones entrañables, intensos y hasta contrapuestos. Como si el tiempo se hubiera detenido. Como si las relaciones se hubieran estrechado. Los sentía más míos que nunca. Atrás quedó tanta tragedia. ¿Por mucho tiempo?. De momento, me encontraba en casa. Todos reunidos y cada uno por su lado, me hicieron partícipe de sus proyectos, esperanzas, luchas y fracasos. Es más, me pedían opinión. ¡Y la tenían en cuenta!. Mis padres contaban conmigo para todo. Hasta para lo más insignificante. Por otro lado, me mimaban como a una criatura. ¡Madre, estoy bien!. ¡No te preocupes tanto por mí!. ¡Padre, tranquilo!. Ya sabes que me parezco a ti. Soy fuerte como un roble. -Expresiones que se repetían, con frecuencia-. Hasta casa llegaban los hermanos independizados. En cualquier momento y bajo cualquier pretexto. Las tardes-noches resultaban de lo más familiar. Tanto al fresco otoñal como en torno al fuego del hogar. Como telón de fondo se encontraba el lamento común por la injusta persecución de la que era víctima la Iglesia. Todos vivían como buenos cristianos. Cristianos viejos, de toda la vida. (Al menos desde que lo manifestaba el árbol genealógico). En la calle me encontraba con adultos, ancianos y peques. Con unos hablábamos de cosechas y animales. De hijos, sobretodo. A los jóvenes tenía que preguntarles. Los ancianos, que tomaban el sol a la puerta de su casa, esperaban mi saludo. Era el pórtico para charlar en torno a su escasa salud y al exceso de achaques. Cada día en aumento. Los peque quedaban sorprendidos ante el nuevo vecino. Tanto mi forma de vestir como de relacionarme con ellos les resultaba desconocida. Cabizbajos, al inicio, aguardaban alguna broma mía para iniciar el juego de una simpática conexión. Acabábamos siendo cómplices. Al despedirme, hacían lo imposible, con el fin de prolongar aquella agradable coyuntura. Alguno se agarraba a mi hábito y no había manera de separarlo. ¡Qué gozada!. En la parroquia ayudaba en lo que podía: al párroco y a los feligreses. Unos y otros se acostumbraron a mi presencia entre ellos y hasta la solicitaban.

Por otro lado, desde la raíz de mi propio ser percibía una enorme necesidad de estar con Dios. El Dios de la vida. El que escribía derecho a través de tanto renglón torcido. El Dios que daba sentido a todo recorrido humano-vocacional. ¡Qué discreto y qué presente!, al mismo tiempo. A Él presentaba la jornada, jalonada por numerosas nimiedades. A Él pedía consejo y de Él esperaba luz para afrontar crecientes problemas. Y le escuchaba sin prisas. Estar con Dios resultaba apremiante para mi espíritu.

La cueva que mis padres poseían, a las afueras de Aitona, fue testigo de mis largos ratos de comunión con Él. Oraba por todos y por todo. A ella me retiraba al concluir la jornada. Por la calle alta llegaba, en un pis pas. Se enteró el vecindario y se acercaban para hacerme partícipe de sus cuitas. Buscaban mi opinión y consejo. No pocos, recibían el sacramento de la reconciliación -después de mi ordenación sacerdotal-. ¡Obvio!. A veces me acompañaba mi hermano Juan. No obstante, yo prefería permanecer sólo. En alguna ocasión constaté, contrariado, la presencia, amenazadora, de grupos siniestros. Se ve que mi persona estorbaba sus planes. Hasta una banda de matones se acercó, con intención de asesinarme. Ante situaciones semejantes, en lugar de apocarme, suelo dar la cara. Discutimos, hablamos y guardamos espacios de silencio. ¡Ellos y yo!. De tanto en tanto, se alejaban para dilucidar sobre su proyecto. Yo me confiaba a Dios bueno. Él siempre protege a los indefensos. Y en aquel momento el indefenso era yo. ¿O no?. Por fin, me pidieron no sólo perdón sino confesar su pecado. Yo, no salía de mi asombro. ¡Cómo cambia Dios el corazón humano!. Ahí, es donde yo descubría su omnipotencia. Más, mucho más que en las grandes obras de la naturaleza, del cosmos. En ellas se nos impone la presencia de su autor. En éstas se nos invita a viajar hasta nuestra interioridad. Ahí, es donde descubriremos sus mensajes. Caudal de vida que se esconde en los mejores repliegues del espíritu humano. Tanto propio como ajeno.

Sacerdote y Carmelita

Unos y otros aguardan la pronta recuperación de la vida comunitaria. Perciben su brusca interrupción como acontecimiento pasajero. ¡Se equivocan!. Tardan en descubrir que acarician ilusiones vanas. Entretanto, Francisco Palau vive, lo mejor posible, su vocación de carmelita. Cierto, todos le ayudan. Servicio y contemplación son los ejes que sostienen su recorrido espiritual: lo fecundan y despliegan.

Pasa el tiempo. Con mucha lentitud ¡Jalonado por crecientes escollos!. En circunstancias tan complejas súbditos y superiores, carmelitas, reanudan los contactos. La esperanza de volver al querido convento se esfuma sin remedio. Sí. Pues las medidas antirreligiosas, decretadas por los gobiernos, crecen en hostilidad. Culminan con un nefasto decreto. Prohíbe a los religiosos, tanto volver a sus conventos, como vestir, en público, el hábito que los identifica. Los ordenados sacerdotes pasan a depender de los respectivos obispos. Son características que pueblan este período histórico. Situación complicada. ¡Muy complicada!.

Pese a ello, los superiores comunican a Francisco su deseo de que se ordene presbítero. Él lo acepta sin replicar. Más tarde, nos deja acta de su reflexión al respecto: Acepté, bajo la firme persuasión de que tal dignidad, no me alejaría de mi profesión religiosa, VS, 3. Puesto a anteponer, Palau antepone la vida religiosa a la sacerdotal. ¡Sin duda!. Lo manifestó, sin titubeos, al abandonar el seminario de Lleida e incorporarse al Carmelo de Teresa.

Nueva dificultad envuelve, ahora, su actual proyecto. En la ciudad del Segre carecen de pastor. El obispo ha tenido que exiliarse humillado, perseguido y maltratado por los revolucionarios.

¿Qué hacer?. Después de pensarlo, consultarlo y dialogarlo se dirige a la diócesis más cercana: Monzón. Se prepara. Concluye los estudios de teología. Y poco antes de ordenarse hace ejercicios espirituales. En Monzón, en la capilla más cercana a la entrada principal de la catedral, Francisco Palau se ordena sacerdote de Jesucristo. El calendario marca el 2 de abril, 1836. Fecha trascendental para él. ¡Qué alegría, tan profunda, brotaba de mi interior!. Nunca vivida. Sacerdote. Mediador e intercesor entre Dios y quienes me rodean. Puente que comparte las orillas. Limitación, medianía y hasta pecado, como mis semejantes. Y al mismo tiempo una franja de la vida de Dios. Me percibía investido de la más alta dignidad. Representante de Dios ante los humanos y de estos ante Dios, venero de vida. Ahora, sacerdote y carmelita. Todo al mismo tiempo.

Fue fiesta mayor, el día de mi primera misa. Solemnidad. Las campanas al vuelo, música, cohetes, cantos. Los más bellos. Alegría inmensa. Allí estaba el pueblo al completo. Acompañándome. Familia, adultos, jóvenes, peques, la coral de la villa, el sacerdote de Aitona y los del entorno, gente venida de fuera… Todos se sentían contentos al tener un nuevo convecino sacerdote. Bueno, tal vez, no todos. Sin embargo yo gozaba con quienes se alegraban por mi nueva condición.

Pronto comencé a ejercer mi ministerio sacerdotal. En Aitona, ¡claro!. Celebraba la Eucaristía, administraba sacramentos, echaba una mano en la catequesis, llevaba la comunión a los enfermos…¡Ayudaba en lo que hiciera falta!. Siempre en buena relación con el párroco. Aunque me encontraba exclaustrado el arraigo de la vida religiosa, en mi diario acontecer, era considerable. Hasta firmaba los documentos parroquiales con mi nombre y apellidos religiosos.¡ Sí señor!. Francisco de Jesús María y José. Al advertirme de las funestas consecuencias que tal firma podía acarrearme traté de borrarlo. Aún hoy, lo podéis comprobar.

En su camino emerge una nueva dificultad. No acepta compensación económica por el servicio sacerdotal. Afirma que tal analogía no es apropiada ni evangélica. El servicio sacerdotal se encuentra en un ranking incomparable al económico. Era religioso pobre y pobre quería vivir. Tenía suficiente con la ayuda que su familia le proporcionaba. ¿Para qué quería más?. Tal proceder le ocasionó incomprensiones. Con el fin de soslayarlas renunció a formar parte del equipo directivo parroquial. El pueblo lo sintió de veras.

Como alguno de sus hermanos carmelitas había recalado en el obispado de Lleida, acudió a ellos. Pronto se incorpora a la parroquia de S. Lorenzo de la ciudad. La más importante -si excluimos la catedral-. Incomparable obra de arte románico-gótica. Allí permanecerá una considerable temporada, gozando con tanta belleza y sirviendo con tanto desinterés.

Misionero Apostólico

Desde hace tiempo, no pocas ideologías políticas persiguen a la Iglesia en diferentes lugares. En concreto en España. Allí, la acosan con insistencia y encono creciente. Palau lo sabe. Pese a todo se compromete, de por vida, a hacer suya la profesión religiosa. Luego la ha rubricado con el sacerdocio: No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía…Me comprometí, sin embargo, con votos solemnes, a un estado, cuyas reglas creía poder practicar hasta la muerte, independiente de cualquier humano acontecimiento, VS 3. Conoce, Palau, las recientes publicaciones de la Santa Sede. Son una llamada a la conciencia cristiana y ciudadana para el cese de la violencia. Como respuesta a esta llamada del Papa, Palau se pregunta qué puede hacer él en semejante coyuntura. Imposible contemplar, el profundo dolor de su pueblo sin implicarse. Quiere estar a su lado, ayudarlos. Buscar, con ellos, soluciones al conflicto. ¡Envidiable!. Después de reflexionar, se pone a disposición de los obispos. Los de la subdelegación catalana, ¡lógico!. Eran los más cercanos. Y los obispos le confían la misión de recorrer las diócesis ofreciendo el evangelio a la gente sencilla. Misiones populares se denomina, en aquel momento histórico, a esta ofrenda evangélica. Tenían, como objetivo, despertar al pueblo creyente y formarlo. Así daría razón de su esperanza, en el escenario convulso que le rodeaba. Por otro lado, a nivel político, Cataluña era de dominio carlista. En este concreto escenario, Palau se entrega, con su característico entusiasmo, a difundir la palabra de Dios.  Recorre, para ello, las diferentes diócesis de la demarcación.

La eficacia de su acción pastoral, pese a los pocos años de experiencia, encuentra refrendo en los obispos. Ellos se disputan su colaboración y le conceden el título de Misionero Apostólico. Palau se percibe, sumamente, agradecido y honrado por tal credencial. Tal vez porque, con ella se siente identificado. De hecho, lo estampa en todas sus firmas. Y dos años, más tarde, solicita su confirmación a la congregación romana de Propaganda Fidei. ¡Sí, sí. Así procedía, este hombre!. Cierto, el gozo recibido, con este privilegio, es notable.

Para realizar el actual servicio se traslada a Berga. Centro de todo tipo de actividades: sociales, económicas y políticas. Allí se encuentra y comparte programa, objetivos, medios y realizaciones apostólicas con personas relevantes de Iglesia. Entre otros el canónigo Caixal. Más tarde, en el exilio, volverán a coincidir. Joaquina Vedruna, y Ana Mª Janer, más tarde, fundadoras. Caixal atendía al hospital militar carlista. Ellas organizaron y cuidaron los hospitales en la misma ciudad. Lo cual no indica adhesión, por parte de Francisco Palau, a la ideología carlista. ¡No!. Él vive en búsqueda del gran amor de su vida. Amor que percibe en penumbra. Sin embargo, aprecia su latido en el contexto. Lo presiente como el corazón de todo. Hasta con asombrosa propulsión en lontananza. Al encontrarse inmerso en tal estación, deja de lado lo contingente. Cierto, si existen colectivos carlistas, en su entorno, a ellos dirigirá, también, la palabra de Dios. Pero gran parte del pueblo rural y sencillo no tenía en cuenta semejantes parámetros. Y a estos era a quienes, preferencialmente, ofrecían el evangelio. ¡Lógico!.

Entre ellos, formaron el equipo de evangelizadores, orientados y apoyados por los obispos del entorno. Época de despliegue y calado espiritual para el conjunto, fue ésta. Al confrontar los contenidos de la evangelización, propuestos entre todos, la mente de cada uno hace suyas las apropiadas sugerencias recibidas. Con lo cual se universaliza y dilata. Al mismo tiempo, al observar la coherencia y calidad de los demás, cada persona recibe numerosos estímulos. Así brindarían sus mejores aportaciones. Todo en beneficio del proyecto encomendado. ¡Qué coyuntura -con toda seguridad aprovechada- para avanzar en el recorrido del espíritu!. Años estupendos vividos y saboreados por Palau. Los tres últimos de su recorrido. Sin embargo, en el entorno estallan cañonazos de guerra. Fracciones enemigas, aunque, de hecho, son hijos del mismo pueblo. Hermanos entre sí.

Por fin, la contienda concluye. No obstante los misioneros de Cataluña, por residir en territorio sometido, cosechan la peor parte. El bando vencedor los identifica como enemigos. Y, en consecuencia, intensifica el maltrato. Cada día más cruel. Palau acepta la situación de la postguerra: infortunio, inseguridad, privaciones. ¡Faltaría más!. Pero no puede tolerar la humillación y desprecio que sobre él se ceban por su condición de hombre de Iglesia. Amenazas, barbarie, saña y atrocidades se incrementan hasta devenir insoportables.

Imposible: me exilio

Palau observa, reflexiona, consulta, confronta. Ora, intensamente. ¿Qué hacer ante el escabroso contexto socio-político en que han sumergido a su pueblo?. Pide luz, acierto y decisión, con el fin de encontrar nuevos vericuetos a su futuro vocacional. En el discernimiento pone en juego sus mejores capacidades. La complicada situación lo requiere. Por fin, decide. Decide exiliarse. ¿A dónde?. A Francia, sí. ¿Motivo? El país vecino acoge a tanto desterrado. Por todo tipo de razones: empleo, nivel de vida superior, dimensiones política y humanitaria, etc.

Al destierro de su convento se añade, ahora, el de la patria. Patria que incluye sueños de vida religiosa restaurada. De proximidad a la familia, amigos. Supone, el destierro, un nuevo y fuerte desarraigo. Palau lo entrevé. Sin embargo, con posterioridad, anota la experiencia, al evocar el acontecimiento: No me resultaban indispensables las montañas de mi país, pues creía hallar en toda la extensión de la tierra bastantes grutas y cavernas para fijar en ellas mi morada, VS 3.¡No lo registra tan traumático!.

Se dirige, en grupo, al exilio. Lo forman ocho personas. Entre ellas se encuentra Juan: su hermano menor. En adelante, lo acompañará en numerosas situaciones. Atraviesan los Pirineos. No puede ser más bello el paisaje que enmarca la ruta. Advierten minúsculas aldeas, acurrucadas sobre las altivas cumbres del Pre-pirineo. Como si fueran postales. Atraviesan ríos caudalosos y transparentes, repletos de vida. Contemplan el inigualable cromatismo del firmamento. Luminoso y diáfano de día. Cubierto por incontables y brillantes estrellas de noche. Admiran valles exuberantes, poblados por todo tipo de ganadería. Numerosos bosques cuajados de arbolado. En ellos encuentran cobijo los transeúntes. Quienes se asombran ante las majestuosas y desafiantes montañas que conforman el Pirineo. Cuajadas por coníferas en su arranque. Por arbustos, en la zona ulterior. Muestran retazos de praderas y hasta la piedra de su armazón, en la cúspide. ¡Magnífico panorama!. Si no fuera por la causa del itinerario: el exilio, éste hubiera resultado un auténtico banquete para los sentidos. Para el espíritu sobre todo. ¡No cabe duda!.

Como aval de su pasado, Palau se provee de atestado. Acta de su distanciamiento al ámbito de la política. Salvoconducto ante las autoridades francesas. Los hermanos – Palau se declaran desvinculados de los carlistas: el bando vencido en la finalizada guerra española. Tal independencia se refiere al factor económico. De él prescinden.  Rehúyen, así, integrarse en campos de concentración. Numerosos en el territorio colindante a la frontera. Avisperos de no pocos disturbios, conspiraciones, motines y hasta atentados. Ellos son libres y optan por el lugar donde establecerse. Pronto los sabemos en Lesquerde. Población perteneciente al departamento de Perpignan. Allí, cultivan terrenos para sustentarse. Con lo cual alivian su menguada economía.

Doble péndulo sostiene la vocación de Francisco: moderado apostolado y sustancial urgencia de comunión con Dios. Es como un apremio que fluye de sus mejores fondos. Por ello se retira, con frecuencia, a las cuevas de Galamús, cercanas a Lesquerde. Bello y abrupto paraje. Configurado por precipicios, despeñaderos, gargantas, angosturas, extremado frío. Como música de fondo oyen, ininterrumpidamente, el graznido de los cuervos. En la cueva grande buscan refugio.¡Impresionante recinto!.

Ejerce su apostolado, en Perpignan con los compatriotas exiliados. Acompaña y orienta, a las religiosas de la ciudad. Entre las que se cuentan las Clarisas. Conoce, allí, a Teresa Christiá, vinculada, durante años, a su dirección espiritual. En Perpignan permanece a lo largo de dos años. Al constatar las amenazas que generan los campos de concentración se traslada a la diócesis de Montauban. Lugar más sosegado y seguro. Lo suyo es la serenidad, hecha servicio y oración en el insistente día a día. Se instala cerca del Santuario de Notre Dame de Livron. En las cuevas enclavadas en el bosque del castillo de Montdesir. No viene sólo. ¡No!. Lo acompaña un puñado de inmigrantes, atraídos por su forma de vida. Le admiran y quieren vivir en su compañía. Como él. Palau se identifica como carmelita, desde el fondo de su ser. En la cueva grande del coto del castillo, se instala. Allí da rienda suelta a su dimensión contemplativa. Allí y en los alrededores sirve a la Iglesia. Pronto, los habitantes del lugar, descubren la calidad espiritual del ermitaño español. A pedirle consejo acuden. Y vuelven fortalecidos, confiados. Con deseos de acelerar en el camino evangélico.

Hijo del Carmelo

No fue un carmelita cualquiera, sino un hombre que encontró lo que buscaba. Antes de formar parte de la familia del Carmelo discernió, oró y pidió consejo sobre la forma de vivir su vocación. De hecho, llevaba cuatro cursos en el seminario de Lleida. Se encontraba bien pero no satisfecho. No sabía qué pero quería otra cosa.

Buscó y le salió al encuentro Teresa de Ávila, quien le fascinó. Ella le guió y acompañó a lo largo de su recorrido. Juan de la Cruz no se quedó a la zaga en influencia. Palau se descubrió en profunda sintonía con él. Con la maestría que los caracteriza, ambos fueron configurándolo, robusteciéndolo, dejando en él su propia impronta. Desde entonces ya no era sólo suya. Era el resultado de aquélla asimilada por la experiencia propia de Palau. Así, los padres del Carmelo conquistaron, para la familia, a este excelente carmelita. Y él llegó a valorar la vocación como el gran tesoro de su existencia.

No le tocaron en suerte tiempos fáciles. Al contrario: una situación histórica sumamente dura. Sin embargo relativizó todo lo que no fuera el inmerecido regalo de su vocación. En el exilio francés -y a sus 30 años- nos deja acta valiosa de su experiencia vocacional: Para vivir como carmelita sólo necesito vocación. Puede prescindir de edificios que le alberguen, de geografía familiar, de entornos que le arropen, hasta de comunidad donde insertarse. Sin lo que no tiene sentido su existencia es sin su propia y concreta vocación.

Vivió desde lo mejor de sí mismo, donde se le permitía, sin exigencias de ningún tipo. Pues se percibía ciudadano del mundo. No temía a las revueltas políticas de la época. Acogía a quienes se le acercaban y compartía con ellos el tesoro vocacional. Y en esos años difíciles, en los que rumió soledad hasta cotas inimaginables, junto a la palabra de Dios, Teresa y Juan de la Cruz alimentaron su espíritu, dieron sentido a su errante vivir.

Desde esta experiencia vocacional recibida de los grandes del Carmelo, encarnada en su existencia y forjada por el realismo de su concreto entorno histórico, fue descubriendo una nueva forma de vivirla. En su momento histórico, y en sus circunstancias concretas no se podía vivir, como lo hicieron Teresa y Juan, tres siglos antes. Ellos lo hicieron, con gran coherencia, a nivel personal y fraterno, dentro del marco propio de su época: el claustro. Palau, como otros muchos/as, fue víctima de un brutal despojo de todo lo imprescindible para expresar su condición. Se le privó de vivienda, pertenencias, compañía. Le dejaron a la intemperie. Y es desde ahí que afirma la superioridad de su vocación sobre todo lo demás, por necesario que parezca.

Entonces, como antes, se encontraba el Espíritu para fecundar y encarnar el legado en esa inédita situación. Y Palau colabora, desde lo mejor de sí mismo, para que el proyecto de Dios se transforme en realidad.

En la medida en que fue asimilando la vocación recibida, se le descubrieron nuevas posibilidades de vivirla y expresarla. Formas nuevas porque diferentes y hasta opuestos eran los ambientes en los que estaba llamada a encarnarse.

A fuerza de espesor del Espíritu y de fidelidad creativa por su parte, la vocación acogida fue configurándose como algo nuevo. Dios y Jesús fueron el centro de la vocación de Teresa y Juan. La de Palau fue la Iglesia: misterio de comunión entre Dios y los hombres, hijos suyos. Y es que él descubrió que nuestro Dios hecho hombre, lo es para configurarnos con Él. Ya nos lo recordaba Juan de la Cruz -estamos llamados a ser dioses por participación-. Palau vivió ese misterio con tanto realismo como profundidad. A la Iglesia se entregó hasta afirmar con toda rotundidad: Viviré y moriré por ella.

Así, trasladó la vocación del Carmelo a la calle, en medio de la sociedad: a los lugares de trabajo y de lucha, de superación y encuentro, a hospitales y colegios, telares y cabeceras de enfermos, a los hogares y foros de consenso. Sin embargo, la alimentó en la comunión más realista con Dios, en la más profunda soledad. Está seguro que Teresa le llamó a su orden para que él realizara este trasvase.

Preciosa vocación, la suya. Surge de lo fundamental del Carmelo y lo despliega en contenidos y formas nuevas. Más al unísono con la sociedad en que vivió. Con ella, Palau no sólo acoge sino que ofrece a la familia su propia experiencia vocacional. De este modo, la enriquece y embellece.

Referente vocacional

Aunque lejos de su patria, Palau vive atento a lo que allí ocurre. Sigue las consignas del Papa sobre la situación de la Iglesia en España. Lee, escribe y sobre todo, ora. Ora ininterrumpidamente. Pues la oración -según su criterio- es el mejor servicio que podemos ofrecer a la Iglesia. A la humanidad, también. A estas alturas de su recorrido, la Iglesia es, ya, para él, una realidad transcendental. Por lo cual, es ahora, cuando escribe el librito de La Lucha. En ella se solidariza con esa Iglesia perseguida. Teófila, la criatura amada por Dios, y dirigida suya, es la destinataria de la obra. Quiere Palau que testimonie y divulgue el contenido de la misma. Lo propio solicita a su círculo de amigos, al resto de lectores. Prescinde, para ello, de época y lugar. Así mismo parece haber compuesto, aquí, parte de la obra  Quidditas Eclesiae Dei. Al día de hoy, desaparecida.

Con sus ermitaños ocupa parte del coto del castillo de Montdesir. Todo él sembrado de cuevas. Refugio de los ermitaños. Desde la del director se emiten llamadas características para iniciar y concluir los espacios más significativos de oración. Entre todos cultivan la tierra y cosechan hortalizas. Con ellas se alimentan. En el día a día de sus abundantes espacios contemplativos y de su apostolado, la figura del solitario español cotiza al alza. Ante todo para el grupo de ermitaños. Tal certeza se prolonga hasta los feligreses de las parroquias vecinas. Unos y otros perciben la intensa vida interior que emerge, tanto de sus palabras como de sus silencios. Palau, ¡volcán de vida interior!.

Si hasta ahora se ha visto rodeado por un puñado de hombres, ávidos de vivir como él, ahora comienza a perfilarse el de un grupo de mujeres. Con su evangélico y coherente estilo de vida, Palau, es un imprescindible referente vocacional. Atrae como un imán. Seduce. También ellas quieren vivir como este servidor de la Iglesia. Cautivadas por el incentivo de su acompañamiento espiritual, recalan en el Santuario de N. D. de Livrón. De cuidarlo y acoger a los peregrinos se encargarán ellas. Entre las integrantes del grupo encontramos a Teresa Christiá. Desde Perpignan ha seguido a Francisco Palau. Se ha hecho construir vivienda en una ladera de los montículos que coronan el templo. En ella se instala con el grupito de compañeras. Permaneció con los señores de Montdesir, años atrás. Las guardianas del santuario tratan de vivir en fraternidad. Alimentadas por la vida de oración. Otra de sus connotaciones características es la pobreza. Estilo de vida diseñado por Palau. Orientadas y acompañadas personalmente por él. ¡Afortunadas!. Entre las más jóvenes encontramos a Juana Gratias. Más tarde distinguida por el director. ¿Cómo lo conoció?. Probablemente, visitaba el santuario, con algún grupo de jóvenes. Sí, quedó fascinada por la egregia personalidad de este hombre. Percepción común a quienes, sin prejuicios, se acercaban a él.

El tiempo transcurre y Palau pierde la confianza de los sacerdotes del entorno. De él desconfía, hasta el mismísimo obispo. ¿Motivos?. Tal vez, no veían con buenos ojos, tanta valoración, procedente del entorno. Le retiran las patentes para ejercer el ministerio sacerdotal. Leprohíben celebrar la Eucaristía. Palau, consciente de no haber cometido mal alguno, participa en las celebraciones. Como un feligrés más, ¡claro!. Su categoría espiritual asume todo tipo de reveses. Al mismo tiempo, alguno de sus ermitaños, con inapropiada conducta, desacredita, tanto al director como al grupo.Y las fuerzas de seguridad toman cartas en el asunto. ¿Responsable?. El director. ¡Lógico!. Teresa Christiá echa leña al fuego. ¿Por qué?. ¿Se percibirá relegada, en su relación con Francisco Palau?. Con precisión, diseña la venganza. Y le sale perfecta. Lo denuncia al obispo. Siembra de falsedades el comunicado. Y las consecuencias serán nefastas para él. ¡Sí!, ¡sí!. El obispo cree a Teresa Christiá. O al menos se beneficia de la confusa coyuntura. Poco después, ella nombra a la diócesis heredera de sus posesiones.

Etapa ésta configurada por la incomprensión, el sufrimiento. Palau incrementa la oración. Y, al mismo tiempo, pide aclaraciones al obispo. Al resto de autoridades. A unos y a otros dirige extensas misivas. Testimonian su integridad y honradez, en los diversos embrollos que lo imputan. Ante unos y otros se defiende. Expresa considerable valentía al advertir y hasta reprobar, la forma, desacertada, de gestionar tales conflictos. Si no se retracta le haré pagar la condena debida a su actuación, -advierte al jefe de los gendarmes de Caylus-. Pide al alcalde que le haga llegar sus órdenes, por escrito. Él las examinará, con el código civil en la mano. Si son justas me conformaré. En caso contrario me consideraré en el derecho de refutarlas -le advierte-.

Última etapa en el destierro

Palau ha pasado largos meses en España. Demasiados, si tenemos en cuenta la precaria situación en que se encuentran los grupos, a su regreso. Casi desintegrados. Afectados por el mal ejemplo de alguno y la huida de otros. Con profundo dolor se hace cargo de la situación. Trata de dialogar con todos para averiguar las causas. Pero lo ocurrido, ya no tiene vuelta de hoja. Por otro lado, los párrocos del entorno se niegan a administrar los sacramentos a sus hijas: las ermitañas. Al comprobar la situación-límite en que se encuentran, Palau se traslada a Cantayrac. Paraje selvático y desértico. Solitario, donde los haya. Dista tres leguas de Caylus. Forma parte del municipio de Loze. Lo acompaña su hermano. Los incondicionales, también.

Rehace, allí, la vida solitaria. De retiro y trabajo. Adquiere terrenos. En ellos cultivan alimentos y cuidan ganado. Proyecta, de este modo, reforzar la infraestructura para la subsistencia del grupo. ¡Hombre previsor y realista!. El bosque se halla jalonado de cuevas. En la cima de un peñasco construye una pequeña choza con ventanucos. Los encara a levante, mediodía y poniente. Es su albergue. Donde recibe y acoge a quienes solicitan su opinión y consejo. Celebra la Eucaristía dominical en alguna de las parroquias cercanas. En Cantayrac la preside a diario. El ritmo del grupo es, intencionadamente, tranquilo. Eremítico. Ocupa, gran parte de la jornada, el trabajo del campo. De todos modos las autoridades los controlan. Desconfían de ellos, ¡sin duda!. Persisten las indagaciones. Se suceden reveses y disgustos.

Mientras Palau se encuentra ausente, la policía irrumpe en su domicilio y, en un allanamiento de morada, detiene a varios de los residentes. A su hermano, Juan, comunican la orden, dada por el alcalde de Caylus: detener a cualquier individuo que vistiera hábito religioso. Los tuvieron arrestados a lo largo de varios días. Poco antes, en Francia, se había proclamado la II república. Acontecimiento que no cambió el modo de proceder de las autoridades: ni locales ni regionales. Sin embargo, eso era lo coherente, lo que Palau deseaba.

La valiente respuesta de este hombre, a semejantes atropellos, no se hizo esperar: Los ciudadanos de esta república de 1848 debemos atenernos a las leyes actualmente en vigor. Y todas esas leyes -sobre las que se apoyan las autoridades- han sido abolidas, reformadas o cambiadas. Considera las medidas adoptadas no sólo injustas sino ilegales e incluso injuriosas. Se defiende: Quiero saber si es verdad que Vd. ha dado esta orden… Si por el solo hecho de encontrarnos vestidos con el hábito religioso nos arresta, sin notificarnos, legalmente, esa prohibición, le haré pagar la condena debida a un arresto ilegal…Se la pido en nombre de la libertad de que goza cada ciudadano para vestirse a su gusto.

Advierte, al alcalde de Caylus, que su nueva residencia no depende de aquella alcaldía. Razón por la cual no tiene por qué observar las órdenes prescritas por él: Esto lo sabe Vd. muy bien… Si respecto a mi hábito no hay ninguna ley de prohibición… según la ley, le atacaré… por vía legal, pues fuera del ámbito del poder que le otorgan las leyes, todos somos iguales. La fotografía que de Palau recogen estas páginas es la de un hombre con buen criterio, certero e intrépido. ¡Imponderable referente!

Luego, por cierto tiempo, como si la situación se hubiera tranquilizado. No obstante, el miedo a una nueva intervención policial o al empeoramiento de las circunstancias no desapareció del horizonte del grupo. Menos, aún, del director. ¿Pensó volver a Perpignan ante el acoso de la administración de Montauban?. Tal hipótesis podría apuntar la compra de un terreno en los confines de la frontera. ¿Ha mejorado la situación en Cantayrac?. Eso parece confirmar tanto el opúsculo publicado, referente a su tenor de vida, como la decisión de nacionalizarse en Francia. Titula el fascículo: La vida solitaria no se opone a las funciones del sacerdote en el altar. ¿Despejará alguna incógnita?. Los trámites para nacionalizarse los inicia. Más no los concluye. Tal vez se hizo ilusiones infundadas. Pronto comprobó, con pena, el arraigo de tan hostil situación.

Y decide, de nuevo. Pone fin a la última etapa de su destierro. Sí, decide volver a su país. Lo acompaña su inseparable hermano Juan. En Cantayrac quedan algunos ermitaños, amigos. Amistad nacida y sustentada por numerosos años de convivencia. De alegrías y dificultades compartidas. Palau la mantiene, a lo largo de años. Ahora, en la diócesis de Gerona recala.

De nuevo en la patria

Los primeros pasos de Palau, en su pueblo, posteriores al exilio, no se hallan registrados. Ocurre como con todo lo importante. Los dio a sus 40 años. Había permanecido en Francia los más vitales de su existencia: 11. Desde los 29. Ahora, trae en el corazón el mal sabor que le ha dejado el obispo de Montauban. Quien parecía se hubiera propuesto no dejarle vivir. Sí, sí. ¿Causa de tal afirmación? Al trasladarse Palau a la península, ese chismoso señor comenzó a enredar la madeja con los obispos de Cataluña. Contra el P. Palau -por supuesto-.

A él le sorprende la poca consideración con que le reciben en su diócesis: la de Lérida. Capta un consejo inexpresado verbalmente pero incuestionable: “No te acerques o pasa de largo”. Razón por la cual se traslada a la de Gerona. Recala allí, acompañado por su inseparable hermano Juan. El mismo día de su llegada se presenta en el obispado. Solicita licencias ministeriales. Y al contrario de lo ocurrido, los últimos años en Francia, se las conceden de inmediato y con amplitud.

Su permanencia en la ciudad es breve. Se instalan en una modesta casa y en un barrio modesto. Tiene claro que ahí se encuentran de paso. Por tanto, no es necesario gran despliegue. Gerona, representa, más bien, el escenario desde donde otear horizontes.

Sin embargo, una vez más se halla en trance de comenzar. De buscar nuevos cauces vocacionales. De servir desde situaciones diferentes. Urgido a cambiar su modo de vida. ¡Sin duda!. Aparecen, en el horizonte, incertidumbres y posibles proyectos. Todo al mismo tiempo. Para la Iglesia española ha mejorado, considerablemente, la situación. Es reciente el estreno del concordato entre el Gobierno del país y la Santa Sede. La paz que ahora se respira, es un soplo de esperanza. Acuna nuevas posibilidades. Deja entrever interesantes proyectos. Sin embargo, a nivel social, el pueblo vomita fanatismo en su forma de vivir. A lo largo de años anteriores se ha ido fraguando un anticlericalismo trasnochado y miope. En plena vigencia, ahora.

Una muestra de ello es la siguiente situación. Pese a haberse firmado el concordato, no se permite la existencia de la vida conventual masculina. Así es. En la península, continúa suprimida, a nivel general. Cierto, existe alguna que otra excepción. Seguro que Palau indaga sobre la cuestión. Pues resulta primordial para él. Desde la desamortización de Méndizábal sólo permanecen abiertos los monasterios de Benicasin y un par de ellos en el norte de la península. Tal vez de estos últimos, Palau no tiene referencia. Por otro lado, el de Benicasin sólo pueden ocuparlo los carmelitas empeñados en erradicar, poco antes, la epidemia de cólera entre sus conciudadanos. Lo realizaron con heroicidad. Como gesto de agradecimiento el pueblo de Castellón pide al gobierno la permanencia de los descalzos en el convento. Allí han de vivir y morir. Excepción a la norma general. Sorprendente gesto de valoración y solidaridad. De hecho, si Palau mantiene un resquicio de esperanza de volver a la vida fraterna, pronto se le esfuma. Imposible el retorno.

En seguida le encontramos en Barcelona. El obispo Costa y Borrás le acoge cordialmente. Le garantiza la incardinación en su diócesis, también. En condición de religioso exclaustrado, ¡claro!. Palau lo conoce de su época en el seminario de Lérida. Este hombre llega a apreciarlo, a valorarlo y a fiarse de él. Pero antes le urge pedir aclaraciones al fraile carmelita. ¿Cuál es la cusa?. Una misiva rubricada por el obispo Doney.

Misiva repleta de falsedades en torno a la conducta de Fco. Palau. Se refiere a su postrera etapa francesa. El de Barcelona le pide respuesta a las acusaciones vertidas por su homólogo de Montauban. Aunque no la tenemos a mano, sí contamos con el documento elaborado por nuestro Fundador. Con él quiere, despejar tales infundios.

Costa y Borrás tiene la deferencia de mostrarle tal misiva. Le brinda, así, la oportunidad de desenredar ese enredo. Palau le pide tiempo para exponer, con la mayor veracidad posible, el mencionado informe. Descripción adecuada de cómo acontecieron los hechos a los que el firmante se refiere. Ni corto ni perezoso. Pronto lo prepara. En él se despacha a gusto sobre el desacertado documento del susodicho obispo. Y lo elabora con la dignidad y seriedad que el caso requiere. Entre otras cosas declara: Miente -el señor de Montauban- al afirmar que me había excomulgado. Miente, cuando afirma haber hablado conmigo de las imputaciones que ahora airea. Miente, al afirmar que yo había desobedecido sus órdenes. Motivos tenía para hacerlo. Sí, porque algunas carecían de la más elemental educación. Miente, por fin, en sus afirmaciones sobre mi relación con Teresa Christiá.

Al obispo Costa y Borrás se lo comenta con toda llaneza y transparencia. ¿Resultado? El prelado da crédito a su declaración. ¡Nada tiene de extraño! La calumnia es tan burda que cuesta aceptarla.

Pronto vislumbra, Palau, el objetivo que el ambicioso señor persigue: Obligarle a ceder una propiedad que compró cerca de Montauban. Levanta, así mismo, acta del cambio absoluto producido en Teresa Christiá. Antes estrechamente unida a él, a sus proyectos. Ahora en las antípodas. Apoya, incondicionalmente, la postura del obispo Doney. Corrige, Palau una mayúscula calumnia: haber abusado de la credulidad de cinco doncellas de Cahors. Ni son cinco, ni se han dedicado a conseguir limosnas para adquirir la mencionada propiedad. Además, el aludido señor, tan pronto sostiene este argumento, como que el dinero de la compra procedía de Teresa Christiá. Palau enfatiza su permanente actitud ante la referida mujer: En las relaciones que he mantenido con ella, he actuado, siempre, según las leyes de la justicia. ¡Seguro! Si él lo afirma, así es. Pues Palau nada tiene que perder. No ocurre otro tanto con lo que cacarea la oposición. Aquello son componendas provisionales. Con las cuales intentan salir airosos de situaciones poco éticas.

El de Barcelona más que preguntar, escucha a este hombre, víctima de la envidia, de la calumnia, de la marginación. Como respuesta a tan inusual actitud, Palau desgrana las razones profundas del asunto. Aquellas que le han motivado a actuar como lo ha hecho. Su interlocutor es hombre inteligente, abierto, cercano, sin sueños de dignidades. Por lo cual, descubre la nobleza escondida en el interior de Palau. Así emerge una situación nueva. Nace de la declaración sincera y humilde -por una parte- y de la acogida en escucha y confianza -por otra-. Y deviene primicia de un valioso y fecundo vínculo. Entre ambos, sí. En adelante, Palau no será indiferente para el obispo Costa y, por supuesto, el prelado no resultará indiferente al fraile descalzo. Tiempo al tiempo.

Preludio misionero

Al otear el horizonte, Francisco Palau, percibe la necesidad de consultar con Dios sobre su misión, en un próximo futuro. De retirarse a reflexionar. La situación lo requiere. ¿A qué situación aludo? El obispo Costa y Borrás le propone un paquete de posibles prestaciones apostólicas. Él ha de discernir y priorizar. Por otro lado, un puñado de sus carmelitas se han establecido en la diócesis de Lérida. Solicitan proyectos para desplegarse en el plano vocacional: contenidos, organización, tipos de misión. Del fundador reclaman consejo, acompañamiento. Tales grupos prolongan los nacidos en Francia, años ha. Al amparo del santuario de N.D. de Livron. Sí, sí.

Juana Gratias, joven francesa, se ha trasladado a Lérida. Discípula predilecta de Francisco Palau, ha sido enviada por él. Allí, ha conectado con otras jóvenes. Ahora, en la situación concreta de la Iglesia y del pueblo trata de vivir, compartir y contagiar su propia vocación. La de su comunidad, también. Servir desde ella. Juana, con otras Hermanas, reside en la ciudad. Y hace de enlace con el P. Palau. Otro grupo se halla en Aitona: cuna del fundador. Localidad donde se encuentra su familia. Desde ambos lugares se trasladan a núcleos urbanos próximos. Allí, ofrecen evangelio y carisma con sencillez y valentía. Pues la cúpula del poder combate misiones semejantes.

Sobre todo ello, a Palau, le urge, consultar a Dios, reflexionar, programar. Se retira al Montsant. Territorio montañoso. Forma parte de la cordillera litoral catalana. Se halla delimitado por un semicírculo de montañas. En torno a un cerrado valle. Sobre el plano, configura un diseño singular: semejante a una pila. La montaña abunda en cuevas, altamente cotizadas por el P. Francisco. De sus entrañas brota, a raudales, agua trasparente. En la provincia de Tarragona se halla enclavada.

Permanece sumergido en profunda soledad, regalada y forjada, allí. Desde donde escribe a su hija y excelente colaboradora. Comparte, con ella, la experiencia vivida. Desde lo mejor de sí mismo. Describe el lugar, con todo lujo de detalles: geográficos, humanos, espirituales. Cuenta -el Montsant- con zonas pintorescas: ermitas, bosques siempre verdes, espantosos despeñaderos. Hasta dispone de porciones cultivadas. A Palau le atrae la ermita de San Bartolomé. Se encuentra en posición privilegiada para contemplar el panorama. Punto estratégico desde donde se vislumbran insólitos horizontes.

Hace senderismo, hasta escalar las cumbres más elevadas. Horriblemente solitaria es la montaña -afirma-. El ermitaño del paraje le provee de alimentos. Muy frugales: pan y algún tipo de verduras. ¡Poco más!

En la carta, escrita desde allí, comenta la situación espiritual de su dirigida: es mejor que no se sacie, ahora, de soledad. ¿Razón? Su espíritu es débil. ¡Buen pedagogo! Le aconseja descentrarse de sí misma. Ceder ese espacio a quien le corresponde: al Señor. ¡Excelente espiritual! Orar, con frecuencia, por las necesidades del pueblo de Dios. De modo breve. Valiosas sugerencias de un destacado hombre de Iglesia. Observación de sumo interés: Cuidar del bien ajeno es sinónimo de cuidar de Dios. Cima del seguimiento evangélico. ¡Buen hijo de Santa Teresa, este hombre! Orienta a su dirigida en el camino emprendido: ocuparse, enteramente, en la salvación de los demás. Es, al mismo tiempo, la mejor forma de ordenar todo lo propio: fuerzas, tiempo, valores. La vida entera. Y profetiza: para que los valores se autentiquen, adquieran brillantez y, un día, sean joyas que embellezcan el templo de Dios, requieren la mano de numerosos artífices. Las pulirán a golpes y fuego. ¡Nada menos! Dada la dificultad que el proceso comporta, tales piedras resultan raras. No obstante, aunque pocas son de gran valor. Sin duda, hay muchas falsas. Para discernirlas se requiere reflexión, honda comunicación con Dios, tiempo y experiencia. Y le exhorta: Ocúpate, con todas tus fuerzas, en comerciar con esas piedras preciosas. Una referencia permanente: La plenitud del camino se halla en el amor: A Dios y a nuestros prójimos. En la oración interésate por el bien de todos ellos. Realízalo, luego.

En tres grandes misterios le sugiere zambullirse: encarnación, redención y cruz. Es el mejor sendero para avivar la luz interior. Jesús, el gran modelo de oración. Imítalo. Y le envía la hoja de ruta: las reglas. Las ha redactado durante esta temporada de honda comunión con Dios, de auténtica y profunda reflexión. Envuelto por la más intensa soledad. Por algo es el proyecto que anhela para sus hijas. Al redactarlas ha considerado, también, la situación de cada una de ellas.

Luego, las copiará Rosa: su sobrina. El original se encuentra desaparecido -anota el P. Carmelo en la 1ª edición de las cartas-. Se equivocó. Aparecerá, en el archivo catedralicio de Lérida, -año 1985. Magnífico hallazgo: Las doncellas pobres. Sus reglas y constituciones. Título nacido del sueño palautiano para su familia.

Seguro que ha permanecido, horas y horas a la escucha del querer de Dios. Pero la espera se ha visto bendecida por la fecundidad del espíritu. Palau ha realizado lo propuesto. Con total dedicación y eficacia. Con Dios de fondo vislumbra el futuro. Intuido con el corazón y descubierto, en lontananza, con amplitud de miras. Auténtico atisbo profético.

Hasta aquí, la instantánea de su preludio misionero. Ha intensificado la escucha y completado aspectos de su existencia y misión. Inacabados, hasta ahora. Ha cimentado y pergeñado el mañana. Tanto a nivel de proyectos como de disposición interior. Todo un record de responsabilidad y coherencia.

Barcelona: nuevo escenario

Antes de recalar en la ciudad condal, Francisco Palau viaja a Aitona y a Lérida. Persigue doble objetivo: visitar a la familia y a sus carmelitas. Unos y otras -por motivos diferentes- le aguardan con solicitud. De paso comprueba, por enésima vez, la hostilidad que le muestra Úriz, el  obispo de Lérida.

Concluido el encuentro se dirige a Barcelona. Allí se pone, incondicionalmente, a disposición del prelado de la diócesis: Domingo Costa y Borrás.

El principado de Cataluña, y en particular Barcelona, atraviesa, por estas fechas, una situación socio-religiosa conflictiva. ¿Motivo?. Llegan, con retraso, filosofías e ideas revolucionarias y antirreligiosas. Proceden de toda Europa pero se difunden desde Francia. Allí, las ha acuñado, con sello propio, la última revolución. Se propagan a través de diferentes medios: adoctrinamiento, mítines, prensa -de tendencias liberales, exaltadas, fanáticas, marxistas-. Recursos, todos ellos, con marcado acento anticlerical. La proximidad  a la frontera comporta estos inconvenientes.

Además, Barcelona, en este momento es, por antonomasia, el emporio industrial de todo el país. Arranque de la civilización fabril. Por tanto, cuenta con el mayor índice de población obrera. Cuantiosa y sumamente activa, constituye la mayor parte de la metrópoli. Ahora, con graves problemas, referidos a la clase empresarial. Quienes al privilegiar el futuro de sus sociedades postergan al proletariado. La querella sube de grados, con rapidez. Amenaza con desorden y hasta con una importante fractura social. En la misma proporción de litigio contra sus directivos, la clase trabajadora se aleja de la Iglesia. De la práctica religiosa, por supuesto. El talante revolucionario se propaga por las fábricas. Lo alimenta la prensa partidista. ¡Claro!. Utilizan panfletos y todo tipo de publicaciones. Desde donde difunden doctrinas y conductas demoledoras para los principios religiosos.¡ Es su objetivo!.

A ésta difícil coyuntura se añade el factor político. Las continuas luchas entre facciones rivales: radicales y conservadores. Tan añejas como sangrientas. Tales combates -como los anteriores- ensañaron los ánimos y crearon ambiente desfavorable al colectivo creyente. Plataforma singular donde se despliega y recrudece tal conflicto son las altas esferas del poder: autoridades civiles y militares. Unas y otras consideran al clero,  conservador hasta el extremo. Sin extender los planteamientos un poco más allá. Huérfano de futuro. Contrario, por tanto, a toda renovación y progreso. Convicción peligrosa para la buena convivencia. Por otro lado, el proletariado asocia la Iglesia a los poderosos. La perciben distante de sus intereses y reconocimiento, como clase social. ¿Conclusión?: No cuenta, la corporación eclesial, con bazas importantes en este peligroso juego.

Acertó, esta vez, la diplomacia vaticana. Sí, acertó en la designación de Costa y Borrás como obispo de Barcelona. Prelado digno y ejemplar, donde los haya. Uno de los más prestigiosos entre la jerarquía eclesiástica de la época. Inicia su pontificado, al frente de la diócesis, poco antes de instalarse en ella el P. Fundador. ¿Cuál es la prioridad de su planificación pastoral?.La atención religiosa a la gran masa humana. Masa predominantemente, obrera -insisto-.

Su misión, ya difícil en sí, tropieza, desde el comienzo, con la oposición sistemática de numerosos colectivos. A través de sus órganos de difusión -la prensa en particular- atacan los principios creyentes y sociales.

La campaña atea se halla orquestada por el diario La actualidad y las publicaciones de la biblioteca del hombre libre. Ambas con sede en la Ciudad Condal. En sintonía con ellas, El Clamor Público lo hace desde Madrid.

Ante el panorama de manipulado laicismo, el prelado se propone un amplio despliegue de medios. Acaricia un gran proyecto: dar nueva forma a la misión eclesial. Así acomete, de frente, los errores propagados por la secularización. Redacta una serie de cartas pastorales. Densas en  doctrina y valientes, si nos atenemos a la forma. Dirigidas, tanto al clero como al pueblo. A todos, sin excepción, quiere llegar.

Se sirve de dispositivos y medios análogos a los utilizados por la oposición. Anuncio y enseñanza de la palabra de Dios: proclamada y escrita. Buena prensa, misiones populares, pastorales, etc.

En la doble vertiente de evangelización -predicación y buena prensa- el prelado cuenta con un incomparable colaborador: Francisco Palau. Porque lo intuye, le confía prestaciones relevantes. Y porque es todo disponibilidad  lo asume nuestro protagonista.

Palau, engendra un insigne proyecto(I)

De sus constataciones por la periferia de la ciudad condal y de sus consideraciones en torno a ellas, Palau hace sabedor al Obispo. ¡Evidente!. Él es el pastor. Por lo cual quien ha de implicarse en la solución de este ingente problema. El obispo lo escucha con tanto interés como preocupación. Ambos reflexionan sobre la devaluada situación humana de quienes habitan el dilatado cinturón. Ambos saben que los problemas de este proletariado textil no se resuelven sólo desde la dimensión humana: trabajo, debidamente remunerado, contar con suficiente salud para afrontarlo, para atender a los espacios personales y de familia. No. Creen que, si ponen el acento sólo en estas carencias, la pobreza continuará haciendo de sudario al colectivo. Y ambos coinciden en la necesidad de proporcionarlos formación para afrontar tanta contrariedad como les acecha. Sí. Pues se encuentran hostigados no sólo por las condiciones laborales. Sino por las diversas filosofías en boga. Incapaces, ellas, de convencerlos. Tampoco de mejorar la urgencia de un vivir más digno.

Este discriminado colectivo ha de ser capaz de optar, por su propia cuenta, en todas las situaciones de la existencia: fundamentales y ordinarias. Obispo y carmelita coinciden en que la Iglesia se ha de implicar en tales proyectos. Y hasta cierto punto liderarlos. De todos modos, en este momento, no lo ven con meridiana claridad. Por lo cual ambos se comprometen a reflexionar sobre cuestión tan primordial como espinosa.

Después de muchas cavilaciones llegan a una conclusión: no pueden quedarse en inmediateces. Claro que son necesarias, pero insuficientes. La ayuda de la Iglesia no puede consistir, prioritariamente, en proteger a los excluidos hasta el punto de resolver sus penurias. Y menos en suplantarlos. El proyecto se ha de desplegar en lontananza. Trazarlo a largo plazo. Deben dotarlos, de manera que sean ellos quienes se responsabilicen en mejorar sus condiciones de vida. En alumbrar el futuro que desean y merecen. ¡Van por buen camino!.

¿Y si organizaran una formación básica: sistemática y continuada? -se preguntan-. Así, sustentarían sobre base estable el proceso de crecimiento humano-espiritual de los implicados. Así, frenarían la influencia laicista tan manifiesta en la malformación de sus conciencias. Y en consecuencia mejoraría el entorno ciudadano. Palau está de acuerdo. Y se ofrece a elaborar el plan. ¡Excelente colaborador!. Tal propuesta se identifica con el sueño que invade sus mejores dimensiones. Sueño nacido, tanto de su entusiasmo apostólico como del realismo que se le mete en el alma.

Obispo y fraile ansían establecer esta adecuada formación catequética para laicos adultos: los inmersos en la revolución industrial. Con lo cual quieren despertar y actualizar su adormecida fe. Educarlos de manera integral.

Situado en esta disyuntiva a Palau se le multiplican los sueños. Sueña con un laicado coherente y responsable. Generador de respuestas a todo el que les pida razón de su esperanza. Y por supuesto al entorno laicista. Lo harán con la vida y la palabra. Serán miembros de la Iglesia: responsables y relevantes. Testigos y valedores de su vida y doctrina. Capaces de suministrarle consistencia, credibilidad y porvenir. Sueño en contraste con aquel escenario eclesial. Menguado por la decadente responsabilidad de numerosos feligreses. Acosados, ellos, también, por la influencia de las comunes e invasoras filosofías.

Dilata, Palau, el tiempo disponible, y lo dedica a diseñar el proyecto. Con toda diligencia y detalle. Como él sabe hacerlo.

A sus hijas dirige un ruego apremiante: orar por él de forma especial. Con la empresa que tiene, entre manos, no quiere tener un mal resultado. Menos un fracaso. No porque ansíe su propio triunfo, no. Nunca lo ha buscado. Sino porque cree ser éste el camino correcto para poner las bases de una Iglesia nueva, desde su concreto sector. De hecho, así ha nacido todo lo trascendental. Y hacia ésa específica dirección se dirige. Consciente de que en el empeño se juegan la piel. Acierta en lo uno y en lo otro.

Palau engendra un insigne proyecto (II)

Las pastorales del prelado caldean el ambiente. Rezuman doctrina evangélica, humanismo. Talante apostólico, por supuesto. Palau las lee, medita y trata de asimilarlas. Se abre, de par en par, a las luces que de ellas proceden. Tiene en cuenta e incorpora, a sí mismo, las sugerencias del entorno. Y le llegan. Acoge, entre otras, las del párroco de S. Agustín. Le considera hombre sensato y acertado. ¿Por qué?. Porque acumula cuantiosas primaveras. Le ayuda a diseñar el proyecto: contenido, metodología y organización de las conferencias – catequesis. Elaboran el cuerpo de doctrina. Le dan forma adecuada. Cuidan la continuidad y posición de las diferentes materias. Se interesan por el material didáctico, procedimientos concretos. Calculan pros, contras y riesgos. A tener muy en cuenta la situación personal y laboral de cada alumno.

A ello dedica, el P. Francisco, lo mejor de sí mismo: energías, reflexiones, deseos. De la conjunción de tales factores, surge el trazado. Sustentado por una singular terna: preparación concienzuda, trabajo arduo y suprema osadía. Arropado, todo ello, por su sólida confianza en Dios.

Pronto, muy pronto constataremos la clarividencia interior de este hombre de Iglesia. Lo demuestra desde el kilómetro cero del diseño. Clarividencia expresada en el acierto al trazar objetivo y contenidos. Adecuados -uno y otros- a las urgencias y personas de aquel momento.

¡Catequesis para adultos!. Uno de los mejores sueños de Palau. Programa de la Escuela.

Los alumnos, constituidos en asamblea, acogerán, estudiarán y asimilarán verdades fundamentales de la Iglesia. Realizarán los deberes que los organizadores soliciten. Ellos pretenden que los cristianos, de a pie, consigan una cultura religiosa, acomodada a las circunstancias de tiempo y lugar. Y Palau se propone exponerla con calidad, sí, sí. Doctrina profunda, sólida, bien estructurada. Aplicable a cualquier situación de la existencia. Sostenida en la mejor ortodoxia de la teología eclesial, ¡Evidente!. Comprensible y cercana, al mismo tiempo. Al alcance de todos.

Catequesis que fundamentará la fe de los discípulos -insiste incansable-. Palau lleva el objetivo tatuado en el alma: formar a los cristianos metidos y desorientados en aquel complicado escenario laboral.

Penetra, este hombre el hoy, con su atenta y perspicaz intuición. Así, se le acerca el mañana, repleto de realismo y promesas. Por lo cual -sin pretenderlo- se erige en vigía del futuro.

En la parroquia de S. Agustín erigirán la sede. Transformarán sus estancias en Instituto de formación filosófico-teológica. Sí. De hecho, el trazado, discurre, a caballo, entre cultura y fe. Lo más apropiado para promocionar a esa clase concreta de oyentes.

Por su parte, como no podía ser de otro modo, el P. Francisco se abre, de par en par, a todo tipo de colaboración. Solicita ayuda a diferentes colectivos.

Como desde el inicio cuentan con ofertas de alto nivel, designan a ilustres sacerdotes como profesores. Excelentes profesionales. Ellos transmitirán lo mejor del evangelio y de la doctrina eclesial. Cuentan, así mismo, con la colaboración de asociaciones religiosas: colegios, parroquias, cofradías, etc.

La Escuela se enrola, desde sus inicios, en la pastoral diocesana. Como obra misionera y catequética.

Estudiado el proyecto y esbozadas las líneas generales de actuación, Palau, presenta al obispo el resultado de tanta reflexión y discernimiento. Al prelado no sólo le parece correcto sino que, encarecidamente, lo valora y apoya. Pronto se encariña y lo hace suyo. Costa y Borrás, el gran obispo, será, siempre, el presidente de la recién pergeñada Escuela de la Virtud. Francisco Palau su representante e incondicional mantenedor. Padre al engendrarla. Madre en su despliegue: excelente tutor y paradigma.

La Escuela de la Virtud inicia su andadura

El P. Palau, ha diseñado nuevo proyecto de enseñanza del Evangelio. Más conforme a las necesidades  de la Iglesia y de la sociedad, en ese  momento. Lo llamará Escuela. Escuela donde se enseñe y se practique la virtud.

Obtenida la aprobación del obispo, se inaugura (noviembre 1851). Nace y funciona en la parroquia de S. Agustín. Palau se encarga de divulgarla en diversos ambientes. ¿Cómo?. Con invitaciones distribuidas, personalmente. o a domicilio. Desde el comienzo obtiene favorable acogida en la prensa católica. Son numerosos los artículos referentes a ella y publicados, tanto en el Áncora, como en el Diario de Barcelona. También él escribe, semanalmente, sobre la Escuela. Se conoce su existencia y recorrido tanto en la Ciudad Condal como en Madrid. Para eso están los corresponsales.

Con el tiempo, el proyecto mejorará ¿Motivo?. El itinerario realizado y las consiguientes adaptaciones. Quiere dar continuidad periódica y estable al mensaje evangélico. Hacerlo de manera que los alumnos alcancen una cultura religiosa, acomodada a las circunstancias de tiempo y lugar. Sin olvidar el momento y condiciones de cada uno.

Se inicia, con la organización imprescindible. Concretada en cursos de un año de duración, repartidos en 52 sesiones. Corresponden a las 52 semanas que configuran el ciclo litúrgico. Tiene lugar, los domingos a la tarde. Tras corta experiencia, la duración pasa de 1 a 2 horas. Tiempo que, en ocasiones, se prolonga. Concebida como obra misionera y catequética, al servicio de la pastoral diocesana, el P. Francisco intuye la necesidad de colaboración e integración de los diversos sectores del pueblo de Dios. ¡Muy acertado, este hombre!. Organiza una junta directiva formada por cuatro sacerdotes. Todos ellos con flamantes títulos en su haber. Cuatro laicos. Más un secretario. Palau, el director. Aunque el cometido corresponde al obispo: Presidente de la institución.

La Escuela nace sujeta a revisión y adaptación anual. Aparte de la información proporcionada por nuestro carmelita, los diarios católicos, dan cuenta del despliegue de actividades. Durante el primer curso la formación, se inicia, con la invocación al Espíritu. Un coro de niños recita la lección correspondiente del Catecismo de la Escuela. Impreso, en forma de diálogo, lo correspondiente a la próxima sesión se distribuye en la precedente. El director explica la doctrina. Lo hace en forma de animado diálogo con los asistentes. ¡Inmejorable pedagogía!. Oran, con los salmos 83 y 116. Se pronuncia un discurso moral, análogo a las cuestiones presentadas. Tras un acto, explícito, para aceptar la virtud estudiada, se disuelve la asamblea.

Nuevas mejoras, se introducen a lo largo del 2º curso. En el 3º se especifican más (Tal prolongación  no pudo concluirse). La enseñanza se divide en dos partes. Desarrollada la 1ª y tras la oración sálmica se explica un tema de palpitante actualidad. Relacionado con los errores del ateísmo, racionalismo, agnosticismo, socialismo y comunismo. Consiste en la proposición de la tesis (a cargo del director), debate y diálogo, de acuerdo al siguiente guión: pruebas por parte de la Iglesia, sistemas opuestos y argumento, reflexión y solución, conclusión y práctica de fe. Como broche final de curso, se celebran los exámenes generales.

En relación a las dos secciones, Palau elabora doble programa. Compendio de la doctrina de Sto. Tomás, en torno a las virtudes teologales y morales. Con ello compone el texto de la 1ª sección: elCatecismo de las Virtudes (impreso en 1852). Nuevo exponente, de la capacidad de trabajo, organización y pedagogía de nuestro protagonista. Dos catecismos utilizan los alumnos: el de la doctrina cristiana (desconocido por ellos, con anterioridad) y el de la Escuela. Ambos les instruyen y guían hasta la plenitud cristiana. En el de las Virtudes, introduce una tesis muy querida para él: la Iglesia de Dios. En plena consonancia con su experiencia espiritual. Tardará años en conformarla. Sin embargo, llegará a ser núcleo de su carisma. Para la 2ª sección, de carácter, más doctrinal redacta 52 proposiciones, con las que piensa elaborar un 2º catecismo.

La categoría organizadora de Palau, podemos compararla  a la secuencia formativa, actual, llevada a cabo en los mejores Institutos Superiores, de Ciencias religiosas. ¡No desmerece en nada!.

Fue, en su tiempo, La Escuela de la Virtud, iniciativa original y única en la Iglesia de  Barcelona. El éxito se debe, sin duda, al carácter gratuito de la enseñanza, al ejemplo de vida evangélica de su director, así como a la implicación de movimientos y asociaciones decididos a incrementar la vida cristiana. Halla amplia acogida en el clero. Quien presta su apoyo entusiasta a iniciativas y actuaciones. Palau ha intuido  la necesidad de aunar fuerzas. Con lo cual consigue, al mismo tiempo, hermanar la formación doctrinal con las mejores formas de piedad cristiana. Los frutos no se hacen esperar. Grupos numerosos acuden, cada domingo, a la parroquia de S. Agustín. Mencionan a 300 personas; 300 jóvenes y hasta 2000 alumnos, pertenecientes a toda clase, edad y condición social. El auditorio es de los más concurridos en la ciudad. Un gentío inmenso, ocupa el templo. Pero parece que, entre los jóvenes, es donde tuvo mayor aceptación, a juzgar por los repetidos avisos de laActualidad a la autoridad civil: ….No permitan que se  extravíe, fatalmente, a la juventud.. En el mismo sentido se expresa el Clamor Público de Madrid. La insistencia de la prensa, contribuye, sin pretenderlo, a publicitar el centro. ¡Clamoroso éxito!. Pronto provocará suspicacias y recelos en el estamento oficial.

Tampoco tardaremos en asistir al brutal cese de actividades y clausura de la Escuela, realizados por las autoridades civil y militar. Y con la clausura, el destierro de dos inocentes, difamados y perseguidos: Francisco Palau y su obispo,  Costa y Borrás.

La Escuela de la Virtud (difamada y suprimida)

Durante dos largos años de intensa y fructuosa actividad, la EV superó no pocas dificultades. Su director hubo de soportar una calumniosa campaña, directamente, encaminada a desprestigiar su persona y obra. Casi, desde el comienzo, la orquesta la prensa atea. Los principales rotativos son La Actualidad, El diario de la Tarde -Barcelona- y El clamor público en Madrid. Alarma, al gobierno, tanto el éxito de la Escuela, como el resurgir cristiano de jóvenes y adultos. Incitado por las publicaciones anticlericales, el ejecutivo imagina estrechos vínculos entre renovación cristiana y tentativas carlistas.

En tal escenario ocurre un desagradable suceso. Durante una representación folklórica, en el teatro del Liceo, un perturbado mental protesta a gritos. ¿Motivo?. La proyección de espectáculos en plena cuaresma, cosa inusual, entonces. La Actualidad divulga, con extremada rapidez, la afiliación del obrero: la EV. El P. Palau planta cara a la dificultad. Manifiesta, a través del Áncora, -diario católico- la falsedad de tal noticia. Por su parte, El Clamor Público divulga artículos tendenciosos contra la EV. Es uno de sus objetivos prioritarios. En ellos cuenta a la Escuela, entre los colectivos hostiles a la libertad y a la monarquía. Palau remite un extenso artículo, a la Actualidad, y solicita su publicación. El diario hace caso omiso. En otras ocasiones dedica, entera, la 1ª página del rotativo a combatir la Escuela  y a su director. Desde el Áncora, -diario católico- nuestro protagonista, invita a los detractores a concretar sus acusaciones. Recibe la callada por respuesta. El redactor Nin urge, insolente, la supresión de la Escuela (1). Francisco responde, habitualmente, con el silencio. Silencio que sus adversarios interpretan como asentimiento a tales acusaciones.  Se burlan de él. Le  humillan  hasta la saciedad.

Ante tal coyuntura de tensión, el corregidor procura vigilancia a la Escuela. La aversión del gobierno hacia las agrupaciones  religiosas, se manifiesta en injustificable control y en continuas medidas restrictivas.

Además, una peligrosa secta perturba el orden de la EV. Al entrar en la sesión, los asistentes reciben insultos. Continúa, el director, sus reseñas de prensa, sin la menor alusión a las numerosas contrariedades. Es el obispo quien toma la responsabilidad de defender, tanto a la Iglesia, como a la Escuela. Lo hace a través de una significativa carta pastoral (abril,1852). Sugiere, a la prensa sectaria la conveniencia de publicar alguna nota de desagravio. ¡Qué menos!. Pues los ejércitos gigantes,  tan publicados, por ellos, sólo existen en las páginas de sus diarios.

Ellos, rechazan la pastoral y las aludidas publicaciones. No retiran sus acusaciones contra la Escuela e insisten en llamar la atención de las autoridades. Numerosas personas acuden a las redacciones en defensa del P. Palau. Todo en vano. Es más, la situación empeora. Ante tanta calumnia y desprestigio, él permanece en silencio. Pero es fiel a su ministerio de catequesis dominical. La Actualidad  solicita la abolición de la Escuela. Como respuesta, el obispo activa su defensa ante los ministerios de gracia y  justicia -Madrid-. Con antelación,  lo notifica al Nuncio.

Desde 1853, el programa de la Escuela, se amplía.  Mejoran contenidos y método.

Otro evento, imprevisto, coincide con tal despliegue. Y lo entorpece. En marzo se inicia, en Barcelona, la Huelga General, que paraliza a la población fabril. Se enfrenta, el colectivo, a las autoridades civiles y militares. De forma pacífica pero inflexible. Ocupan calles y plazas de la ciudad. Mientras, las puertas de comercios, talleres y fábricas se llenan de letreros: ¡Pan!. ¡Más salario!. ¡Menos horas de trabajo!. Ante sus inquietantes demandas, las fuerzas del orden actúan con extremada violencia. No obstante, ellos, mantienen firmes sus reivindicaciones. Trastorno,  preludio de  revolución. Estalla a los pocos meses.

Pronto cuelgan el sanbenito a la Escuela. Es ella, quien ha despertado tales derechos y quien ha respaldado la huelga. Las acusaciones son infundadas y falsas. Nadie las cree. La Escuela es, sumamente, valorada por el pueblo.

El mismo general, en su informe al gobierno, cambia el argumento. Ya, no acusa a la Escuela del conflicto industrial. Un movimiento de carácter carlista es el verdadero origen -anota-. Ni siquiera en las actas de la comisión empresarios – obreros se menciona a la Escuela. Tampoco a su fundador.

No obstante, la lucha, a veces sórdida, otras abierta, culmina con la clausura del centro. Aunque el obispo escribe una carta con el fin de apaciguar los ánimos, el general, La Rocha, decreta la total supresión de la EV. Ocurre a los  pocos días.

Dos vertientes tiene la defensa de la Escuela: esclarecer lo infundado de las acusaciones y pedir explicaciones por el despótico proceder de las autoridades. Ejercen, la defensa, el P. Palau, por un lado, y por otro, el obispo.

Se precipitan los acontecimientos. Nuestro protagonista se entrevista con las autoridades. Da y pide aclaraciones, protesta, solicita olvidar errores y reiniciar nuevo capítulo de historia. Todos se niegan. Entre ellos el alcalde. Quien  remite el documento al capitán. En él añade comentarios para agravar la situación. Unos y otros tergiversan los hechos. Así, justifican sus medidas vejatorias. El confinamiento de Palau  a Ibiza lo decreta el capitán. Ibiza, prisión abierta del Estado.

Lo detienen en la residencia del gobernador y lo conducen al Mallorquín (2) anclado en el puerto. Es el 9 de abril de 1854. Los rotativos sectarios publican la noticia. Con tono irónico y burlesco.

¡Obvio!. Al día siguiente se urge, por real orden, la presencia del obispo en la corte. Lo confinan a Cartagena y Murcia. En voz alta proclama su inocencia. Ante los ministerios, subraya la conducta irreprochable del clero y del director de la Escuela. Lo propio afirma sobre la ortodoxia de las doctrinas, allí, impartidas. Completa su defensa con el envío de un objetivo expediente. Lo ha instruido la curia episcopal. El cual prueba, sobradamente, la excelencia de la misión apostólica realizada por la EV, bajo la dirección de Fco. Palau.

Sin concluir el proceso jurídico, estalla la revolución de 1854. Así, la causa queda interrumpida.

Años más tarde, a ambos inculpados se les declara inocentes. Excepto para las autoridades, el veredicto es de dominio público. Un secreto a voces. Todos refrendaban la honradez que los caracterizaba.

Frecuente, prolongado y doloroso proceso. Con actitudes menos arbitrarias e inhumanas, tal inocencia se debía haber reconocido, al comienzo de la controversia.

(1)     En octubre de 1852 el periódico La Actualidad, del que Nin era redactor, queda suprimido, por real orden.

(2)     El 1er. buque a vapor. Barco ligero, militar. Persigue el contrabando.

La Escuela de la Virtud (Defensa y acusaciones)

Unas y otras son numerosas. Con ello tomamos conciencia de la resonancia lograda por la Escuela. Tanto a nivel ciudadano como estatal. Sí, porque los artículos, valoraciones y quejas llegaban hasta Madrid. Alguno,  incluso, se producía  allí.

➣Los filósofos de la EV. declaran:

☛Ni el director ni ellos han recibido ningún aviso de las autoridades de Barcelona, a pesar  de haber funcionado, el centro, durante largo tiempo.

☛Han actuado bajo la obediencia del obispo y sujetos al P. Palau: la autoridad en la EV.

Con su testimonio pretenden que se oiga la voz de la verdad. Si las enseñanzas que se han inculcado en la EV. adolecen de rigoristas, lo son en sentido de orden, sumisión y obediencia. Queremos que la justicia proclame la inocencia. Hemos defendido las doctrinas de la sana filosofía y moral cristiana. De acuerdo, siempre, con la autoridad eclesiástica.¡ Valiosa defensa!.

➣La EV. es una academia de doctrina cristiana, científicamente explicada y defendida -indica un sacerdote de Barcelona, desde un rotativo de Madrid-.  Debido a las calumnias que sobre ella se han vertido,  se ha visto obligada a suspender sus actividades.

El conjunto de lo ocurrido, a nivel social, se hace, cada día, más violento. Si el gobierno no toma serias medidas de reconciliación, tememos que se encenderán pasiones mal apagadas. Volverán aquellos días en que todo el que oía misa, era apedreado por la calle. ¡Casi, como ocurre hoy!.

Y finaliza: Los deseos pacíficos pero ardientes del país son: rebaja del precio del pan, prohibición de exportar cereales, continuación del estado de excepción (porque éste sólo lo temen los revolucionarios), rebaja de contribuciones y paz.

➣Vasta asociación jesuítica, llamada, con sarcasmo Escuela de la Virtud. Congregación tenebrosa…Empezaremos a arrancar caretas hasta hacer bajar la cabeza a muchos que se creen con el privilegio de llevarlas.

Entre la clase obrera contaba, principalmente, sus adeptos la jesuítica escuela…. Tal vez, el proletariado cree que la EV no tuvo por objetivo un fin político. ¡Ojalá fuera cierto!. Y concluye:¡Tanto púlpito para hablar alto y tanto confesonario para hablar bajo!. Es el insolente y ofensivo juicio de J. M. Nin, escritor anticlerical. Enemigo irreconciliable de la EV. Y de su director (1).

➣Muchos de los discípulos de la Escuela son obreros. Es innegable que la intención catequética de la Escuela incluyó preocupación social. ¡Sin duda!. Preocupación surgida, en principio, del abandono religioso. Su director, advertía, del peligro en que se hallaba la gran masa obrera, indefensa ante el embate de las corrientes filosóficas, antirreligiosas. Se concretizó, después, en la respuesta de la masa proletaria de Barcelona al llamamiento de la EV. -anota  E Mª Vilarrasa,  profesor de la Escuela-.

Un carmelita… compadecido de la ignorancia religiosa que caracterizaba a todas las clases sociales, al mismo tiempo, sencillo admirador de las buenas tendencias que el pueblo, manifiesta hacia la práctica del bien, se propuso abrirles unos cursos de teología. Acomodados a sus alcances. Así, les enseñaría a añadir valor sobrenatural a las virtudes naturales. Como la enseñanza debía ser periódica y las materias mantenían riguroso enlace, estableció una organización disciplinaria para los que, asistieran, a las lecciones. En las clases se defendió a Dios, a la sociedad, al orden, a la justicia, al amor y a la fe. Se pulverizaron los argumentos de las filosofías: alimento de las tendencias anticlericales del pueblo. Se hizo la apología de las órdenes monásticas y, sobre todo esto, era una Escuela de Virtud -añade-.

La labor de la Escuela ha sido verdadera obra social (2). La doctrina que se enseñaba en ella -continúa el profesor- se encuentra en su catecismo. Declara la importancia de las autoridades para el buen hacer del pueblo. La obediencia, humildad y sujeción son virtudes necesarias para los súbditos -concluye-.

➣Siempre se han sostenido, en mi escuela, los más severos principios de autoridad…Hemos inculcado amor, fidelidad, respeto y obediencia a los superiores. A quienes  Dios ha sujetado a cada hombre, en el orden civil -declara Fco. Palau ante el gobernador de Barcelona-.

➣Numerosas personas de arraigo social y de renombre científico-literario acentuaron las mismas declaraciones.

➣Un socialista, anónimo, refleja el esfuerzo de los republicanos para presentar, en paralelo, la persecución del gobierno y los trabajos del clericalismo. Ambos tratan de engañar a la masa obrera. El clericalismo se ha propuesto, siempre, inculcar, entre los obreros, la teoría de que la doctrina de la Iglesia es compatible con todas las ideas de progreso, por radicales que sean. Por tanto, no la hagáis la guerra pues no está en oposición al socialismo, ni al comunismo, ni al anarquismo, ni a ninguna doctrina social. Al contrario, ella es la organización más democrática y favorable a los pobres y de la que mayores bienes pueden esperar los trabajadores -anota con sarcasmo-. La EV es buena prueba de ello. ¡Por supuesto!.

En sus sermones, a los trabajadores, predican el socialismo y el comunismo católicos. Lo cual da ocasión, a los predicadores, para calumniar a los verdaderos socialistas y desfigurar sus ideas. ¿Su objetivo?,  retener a los oyentes, bajo su influencia. Sí, el más terrible enemigo del proletariado es  el clero: explotador de su ignorancia (3).

Todo un contraste de apreciaciones en torno a la EV. La evaluación razonable sólo proviene de quienes la conocían de cerca y la inyectaban vida evangélica.

Nos cabe la inmensa satisfacción de comprobar, de nuevo, la intuición, acierto y buen hacer de nuestro Fundador en una misión tan delicada e importante como lo fue la EV. Obra singular en la iglesia catalana del s. XIX. Lo avala y acentúa el pueblo creyente. También la hostilidad de las filosofías liberales, ateas y sectarias. Si tanto les molestaba el estilo de la Escuela se debía al mensaje cargado de esperanza, que vehiculaban sus enseñanzas y comportamientos. Mensaje que iba configurando un estilo de personas, amenazante para sus doctrinas. Es la vida que brota, a borbotones, del  manantial evangélico. Vida soñada, realzada, orientada y acompañada -porque lo fue vivida-  por este hombre de Iglesia: Francisco Palau y Quer.

(1)  Publicado en otro diario, pues el suyo hacía dos años que, por real orden, se había suprimido.

(2)  Filón poco considerado, analizado y, en consecuencia, poco aplicado -opino-.

(3)    La Historia universal del proletariado es una obra de finales del s. XIX, de la cual forma parte la aludida crónica. Ella, sitúa a la EV. como precursora del movimiento social-católico, pues la califica de catequística obrera. En línea con el Instituto Catalán  de Artesanos y Obreros, fundado en 1875  por el obispo J. Lluch. La crónica carece de fecha.

Nuevo destierro

El capitán general de Cataluña decreta, el confinamiento de Fco. Palau a Ibiza. Corre el mes de abril (1854). ¡Todo un decreto!. Así se lo comunica al obispo. Al día siguiente, nuestro carmelita, se dirige al gobierno civil, con el fin de recoger su pasaporte. Allí mismo lo arrestan y conducen al vapor Mallorquín, anclado en el puerto de Barcelona. Zarpa, el buque, un día después y en la misma fecha fondea en Palma de Mallorca. Por la noche, Palau, sale, rumbo a Ibiza, en una lancha rápida. Les urge recluirlo. El capitán general había comunicado al ministerio de la guerra la medida tomada contra Palau. Una real orden aprueba tal determinación. Y con ella le confiere preponderancia.

La extensión de la Isla es de 751,6 Km2. De nordeste a sud-este se cuenta la distancia máxima: 41 Kms.  y la amplitud, es de 20. Juntamente con las islas mayores -Mallorca y Menorca-, Ibiza, en el s. 19, forma la provincia española de Baleares. En Palma, reside, un gobernador civil para las tres islas y en cada una cuentan con otro jefe militar. También reside, en Palma, el capitán general de Baleares. Así pues, el partido judicial de Ibiza depende  de Mallorca, en lo político y militar.

En lo eclesiástico y en virtud del concordato con la Santa Sede (1851), quedó suprimida la diócesis. Sus parroquias fueron incorporadas a la de Mallorca, como arciprestazgo. Comprende, así mismo, las de Formentera. Por diversos motivos, la supresión no se lleva a cabo efectivamente. Siempre ha estado gobernada por un vicario capitular y gobernador eclesiástico, sin probada dependencia del obispo de Mallorca. ¡Lógico!. Cada colectivo tiene sus características.

Merece ser recordado, D. Rafael Oliver. Buen teólogo y canonista. Hombre de intachable conducta moral y política, acertado y prudente para desempeñar tal cometido. Inicia su gobierno en 1855.  Siempre mantuvo cordiales y estrechas relaciones con Palau. Todo un apoyo para él.

Era la capital el único centro de cierta importancia en la Isla. Con el mismo nombre: Ibiza. Los lugareños la denominan La Vila. El resto de las localidades, apenas merecían el nombre de poblados. Y la situación persiste, aún hoy, si excluimos a S. Antonio y a Sta. Eulalia. Incluyendo Formentera se contaban 16 aldeas, divididas en 5 distritos. Preferentemente dedicados a la agricultura, los habitantes, vivían diseminados por el campo, en estado de pobreza y abandono. Como botón de muestra cabe recordar cómo se encontraba la cultura. Hasta 1855 había una sola escuela en toda la Isla.

Desde el reinado de Fernando VII, Ibiza se convierte en lugar de confinamiento para los adversarios políticos de cualquier gobierno. Pertenecientes, a partidos de la oposición, a quienes juzgan peligrosos.  Numerosos son los vinculados al clero y al ejército. A ellos se añaden muchos religiosos exclaustrados. Tampoco falta algún que otro obispo. En 1848, entre una población de 20.000 habitantes, los desterrados son 200. Y durante el 2º alzamiento carlista, desembarcan, al mismo tiempo, 109 individuos.

Ibiza, con las otras tres más pequeñas -Formentera, Conejera, Espalmador y algunos islotes más-, forma el grupo de las llamadas, antiguamente, Islas Pitiusas. El archiduque, L. Salvador de Austria realiza, para el Archipiélago, una labor histórica. Su obra, Las antiguas Pitiusas, dedicada al emperador Fco. José, es una bella descripción de la Isla. Escrita en alemán en 1866, se traduce al castellano 20 años más tarde.

Palau, llega a la ciudad en el mes de abril. El capitán general de Baleares se lo comunica al gobernador eclesiástico. Aconseja estar atentos a su conducta. Si no es la que corresponde, amenaza con recluirlo en la isla de Cabrera. También el alcalde recibe un comunicado del gobernador civil en el que se le encarga ejercer, sobre el confinado, estrecha vigilancia, para evitar su evasión -si lo intenta-.

Humanamente fracasado llega Palau. ¡No es para menos!. Éste es otro de los diversos exilios sufridos desde que la revolución, (1835), lo arroja, violentamente, de su convento. Más cercanos a su confinamiento ibicenco ha soportado dolorosos contratiempos. Los grupos femeninos dirigidos por él, fueron disueltos, por la autoridad civil, de acuerdo con el obispo de Lérida. Hace dos años (52). La EV, quizá el mayor triunfo de su apostolado, ha sido suprimida, cuando el éxito le sonreía y parecía llamada a alcanzar altas cimas. Los terrenos de Vallcarca, adquiridos poco ha, para construir un convento -Els Penitents-, con su destierro, quedan sin orientación. ¡Significativas contrariedades!

Recibe, del gobernador eclesiástico, a los pocos días de llegar, las licencias ministeriales para celebrar, predicar y confesar. Reside en la capital. Sin embargo, no sabemos el lugar concreto,  ni cuánto tiempo permanece en ella. Aún se halla allí, mes y medio después de su llegada. Nos lo indican dos cartas escritas en la Vila. Cartas -por cierto- intervenidas por las autoridades.

No constituye una novedad para los ibicencos, la presencia de un confinado. Sin embargo, Palau es objeto de curiosidad, en la capital. Los rumores que acerca de él han corrido entre el clero y la clase distinguida, despiertan deseos de oírle. Para lo cual organizan una función religiosa en la iglesia de S. Pedro -feudo de los dominicos hasta la exclaustración (1835)- y le encargan el sermón. Anota él a este propósito: Aunque la iglesia era bastante capaz, dos horas antes de la función, ya estaba llena de gente. Más curiosa  que devota.

Al principio, se siente extraño en el nuevo contexto. ¡Normal!. El cambio experimentado, en su vida, resulta demasiado brusco. En Barcelona ha dejado tareas apostólicas muy queridas, amigos y compañeros fieles. Pues aunque parece adusto, su corazón late al compás del amor: limpio, verdadero. Le preocupa la suerte de los suyos, con quienes se relacionaba y con quienes hacía un ensayo de vida religiosa. Los quiere tener por compañeros en todas partes. Uno de ellos, Ramón Espasa, pronto, lo sigue al destierro.

Palau, ciudadano ibicenco

Pasada la zozobra de los primeros tiempos, Palau discierne. No se arrepiente de su pasada actuación en Barcelona, a pesar de las graves consecuencias derivadas.

Uno de sus primeros proyectos, al llegar, consiste en historiar y vindicar la obra de la Escuela de la Virtud. Le urge dejar claro que la actividad consistió, únicamente, en adaptar la predicación del evangelio a una de las numerosas formas posibles. Escribe el librito: La Escuela de la Virtud Vindicada.

Desde su retiro sigue los acontecimientos de la península.

En alguna de las correrías por la isla, desde S. José, en dirección al SO, observa cómo se alternan lindes pedregosas, pequeños valles, algún regato, minúsculos pinares, huertos y trigales, higueras y olivos, algarrobos y almendros. Desperdigadas viviendas rurales, también. Blancas muy blancas. Bordeados, a su derecha, por las lomas descendentes de la Atalaya.

Palau lo admira y advierte que el alma se le ensancha ante aquel paisaje. Admira, así mismo, la dilatada belleza del mar. Su intenso azul. Entre pedregosas ensenadas y minúsculas playas, hospitalario, le acoge. Seguro que ha escuchado, con avidez, el unánime sonido campestre y la sinfonía montaraz, abrazados por el murmullo de las olas. Armonía semejante a una multitudinaria oración.

Encuentra una cueva cerca de un manantial. A 10 kms. de S. José. Lo percibe como lugar idílico para instalarse. El mar les proporcionará alimento y el agua les servirá de regadío en aquellos terrenos agrestes. Un año después de su llegada a Ibiza era ya, aquélla, su residencia habitual. El papa, Pío IX, le concede indulto de oratorio privado, en el que celebrarán la Eucaristía quienes con él conviven, así como los lugareños del entorno.

Su espíritu, zarandeado por tanta inclemencia, hambriento de reposo, en aquella incomparable soledad, se abre, en profunda gratitud. Ha conseguido lo imprescindible: descansar, confiadamente en Dios y encontrarse a solas consigo. Sus prolongadas jornadas de soledad, fueron de intensa comunión con Él. Pues  este trato, sólo se labra en el tejido lento y trabajoso del acontecer sencillo y ordinario. Sí, el fuego interior caldea, sin cesar, su espíritu. En él resuena la voz que le urge a buscar la belleza, incomparable su Amada. Saborea, así, la soledad sonora de su Carmelo, el paraíso del silencio, el sosiego imperturbable del retiro. Templa su espíritu en el adiestramiento, diario, de la fe, pobreza y penitencia.

Para su apostolado y, en atención a los isleños, adopta formas que ellos entienden. Aunque para él son: cuaresmas de rutina. Sin embargo, logra incidir, profundamente, en la fe del pueblo, a través del propio testimonio. Sin, casi, pretenderlo, convierte su morada en centro de peregrinación creyente.

Poco a poco, sus cansinas actividades pastorales se van abriendo a nuevos horizontes y su distancia inicial de los ibicencos, se torna estima y confianza. A la luz de experiencias pasadas y de la inspiración del sosiego presente, estudia posturas y, perfila criterios de actuación.

Un habitante de Es Cubells, le cede el pequeño terreno agreste, donde se halla situada la cueva: l´Entradó d´Es Cubells.

Poco después, compra otra finca contigua. En el despeñadero. Con sus compañeros construye ermita y oratorio  en la parte más elevada. Existen,  en la ermita, 3 ó 4 habitaciones, de muy poca capacidad, para los ermitaños. La planta baja incluye, además, el reducido oratorio: 8 mts. de fondo, x 5 de ancho y 4 de alto.

Prendado por la belleza del lugar, Palau, se dedica a transformar aquellas tierras en plantío con huerta y arbolado: todo un vergel.

Con el propósito de hacer, allí, vida solitaria y contemplativa construye, junto al manantial, una pequeña casa donde establece su morada. Vivienda, sumamente, sencilla, sostenida por un crecido número de bancales, dispuestos en gradería, en dirección al mar. Plantan naranjos, higueras y otros árboles frutales. Dejan espacio para cultivar hortalizas, legumbres y flores. Muchas flores. La vivienda del ermitaño se halla sombreada por algunas vides. Entrelazándose forman una entoldada galería delante de la casa. Desde allí, y por entre las ramas de los árboles,  se divisa el vasto y azulado espejo del mar. Calas y montañas, también. Las puertas y ventanas de la vivienda permanecen, ordinariamente, abiertas.

El libro Las Pityusas del archiduque L.S de Hasburgo-Lorena, añade datos. Todo respiraba, en ella, sencillez y pobreza. Tiene las toscas paredes adornadas con estampas. Hay una mesa de leño sin labrar. Una tarima como lecho y en el suelo se ven libros viejos, llenos de polvo. Es toda la escenografía de la mansión  palautiana.

Ninguna voz ni ruido interrumpe, ordinariamente, el silencio que reina en derredor.

Los ermitaños se mantienen con lo que produce la tierra que cultivan: hortalizas. -Son las primeras que se presentan en el mercado de la capital-. Y con las limosnas que, en caso de necesidad, recogen de los caseríos vecinos.

Palau no oculta el gozo que le produce la contemplación de esta fascinante naturaleza, embellecida por ellos: Preciosas para mí las cadenas de este  destierro -refiere, por carta, al P. Claret.

Viaje de ida y vuelta

Dos años permanece, Palau, recluido en Ibiza. Sin embargo el gobierno Espartero había concedido varias amnistías a los confinados, por motivos políticos.

Solicitado por las autoridades eclesiásticas de Mallorca, se traslada a Palma. Los gobernadores eclesiástico y  militar le conceden permiso y pasaporte. Allí, predica: novenas de Sta. Teresa y  del beato Alonso Rodríguez, panegírico de la beata Mª de la Encarnación, triduo de S Andrés Avelino. Algún participante lo califica de misión. A ella acudió una considerable multitud. Fue del gusto de todos -puntualizan-  y de la cual se derivó mucho fruto. Según anotaciones de la prensa, predicaba, asiduamente, los cultos eucarísticos de las cuarenta horas. Como siempre, trabaja de modo incansable. Pasa allí, al menos, dos meses. Por estas fechas, aún alimenta la esperanza de que la EV vuelva  a funcionar.

Regresa a Ibiza. Como está convencido, no sólo de su inocencia sino de hallarse incluido en los decretos de amnistía, concedidos por las autoridades de Madrid, escribe a la reina. Hace historia de su causa. Se declara inocente y requiere se le levante el destierro. Acompaña la solicitud con un certificado del gobierno eclesiástico de Ibiza. En él se acredita la ejemplaridad de su conducta y los excelentes servicios prestados, durante su confinamiento, en el ministerio de la predicación. ¡Merecido lo tenía!.

Transcurrido medio año sin obtener respuesta, cree, haber molestado, sin motivo, a la reina y decide trasladarse a Barcelona para resolver el problema del terreno de Horta. Casi, al mismo tiempo, las autoridades de Ibiza y Barcelona reciben la noticia de que Palau  puede regresar, libremente, a la península. Excluida Cataluña.

Llegado a la Ciudad Condal se presenta en la curia diocesana y el gobernador eclesiástico le comunica las órdenes ministeriales. No puede establecer su residencia en Cataluña. Sí, en el resto de la península. ¡Nueva contrariedad!. Ante tan desagradable disposición se presenta a las autoridades civiles para informarlas sobre los motivos por los que se encuentra allí: gestionar asuntos de carácter personal y familiar. Sin sospecharlo, se ve envuelto en una situación semejante a la de años atrás.

No ha olvidado, el capitán general, la disuelta EV y sigue de cerca los pasos de Palau. Envía un agente al domicilio del alcalde de Horta, -García-, donde se aloja el P. Francisco. Registra la casa y encuentra libros piadosos. Entre ellos La lucha del alma con Dios. Se afianza, el capitán, en sus propios prejuicios: Palau pretende restablecer la EV. Pronto, agentes de capitanía, registran el domicilio y hallan ejemplares del catecismo de las virtudes. Nuestro protagonista los había recogido para venderlos. Tal hallazgo resulta la prueba, inequívoca, de sus ocultos objetivos -insiste el militar-. Lo detienen. Al día siguiente, decreta su confinamiento a Ibiza y lo conducen al buque de guerra, Vasco Núñez de Balboa, anclado en el puerto. Como el arresto es un atropello, en toda regla, y quiere dar al hecho, apariencias de legalidad, envía al fiscal militar para que le tome declaración. ¡Sí, sí!. De hecho, la orden es contraria a las disposiciones legales. El buque permanece en el puerto ocho días más. El nuevo gobernador militar de Ibiza comunica al alcalde la decisión del jefe de Barcelona y la estrecha vigilancia que debe ejercer sobre Palau. A quien prohíbe el regreso al continente. Sigue, el capitán, buscando informes que demuestren la repetida estancia de Palau en la ciudad condal. Por supuesto, no los encuentra.

La sinrazón de este 2º confinamiento le hace ver una situación sumamente lóbrega. Nos confiesa que al ser interrogado, percibió la presencia del mal: director de la trama histórica. A pesar de todo vio, en los hechos, la mano de la providencia que le conduce, de nuevo, a incrementar su vida contemplativa en Ibiza. ¡Hombre confiado, donde los haya!.

Luego, debió sumirse, Palau, en el más absoluto decaimiento. Pues interrumpe la correspondencia. Incluso en su faceta  de director espiritual. Hasta nosotros sólo han llegado unas notas. Las cuales ponen de manifiesto el combate interno  que vive.

Convencido de que  su 2º confinamiento se ha tramitado en Madrid, por el ministerio de la guerra, gestiona lo necesario para que tal jurisdicción reconozca su inocencia y decrete su libertad. Ministro de la palabra de Dios, le urge luchar por el libre ejercicio de su sacerdocio.

El gobernador eclesiástico le proporciona un elogioso atestado. Indica que el proceder de Palau, en la diócesis,  ha sido, siempre, digno de todo elogio y el más propio de un verdadero sacerdote. De la reina implora la alternativa: que se le alce el confinamiento o se le juzgue en los tribunales.

Su salud se resiente. Sólo la voz de Dios, a la que no puede oponer resistencia, le mueve a pedir la libertad. Mientras espera respuesta, hace testamento a favor de Juana Gratias, R Espasa y G Brunet. Favorece a Juana con el terreno de la rota den Garrova. Aconseja, a todos, abandonarse a la Providencia. Actitud que él practica con ejemplaridad.

Decide imprimir la obrita, La Escuela de la Virtud Vindicada. Aprobada, por el obispado de Ibiza, la examina el vicario eclesiástico de Madrid. En ella expone lo que en realidad fue la EV: la enseñanza del evangelio, bajo una forma acomodada a las necesidades del pueblo. En aquellas circunstancias concretas. Ella resulta, al mismo tiempo, un exponente de su inocencia. ¡Estaba en su derecho!.

Nuestra Señora de Es Cubells

Nada más situarse en Ibiza, Palau, aconseja a sus amigos de Barcelona recoger las pertenencias de la EV. Así, evitarán que el gobierno se las incaute. Procura que la imagen de la Virgen de las Virtudes y el pendón -cuya suerte le preocupan- no caigan en manos de acreedores. Primero, los escondieron en el convento de Sta. Teresa. Luego…, con disimulo, da alguna pauta sobre sus intenciones: Ramón E. tiene una lancha. Y si la arma, no con cañones sino, con estampas, escapularios etc. se atreverá a presentarse en defensa de la virgen cortesana. Ella le dará bastante quehacer para defender su real trono y persona. Al preámbulo sucede el acontecimiento. La hace trasladar, con el mayor sigilo.

Con la imagen, ya en Es Cubells, justifica su picardía: Barcelona no ha sido digna de que María descendiera sobre ella, bajo el título de las Virtudes. Por lo cual, se ha retirado entre estas peñas, donde vive festejada por pescadores e isleños rústicos e ignorantes pero devotos suyos. Satisfecho por tenerla con él, agrega: Donde está mi maestra estaré yo, dispuesto a seguirla a dondequiera que vaya.

Ante la perplejidad e incluso la contrariedad de algunos amigos por el proyecto realizado, anota: Yo no creo haya entre Vds. quien encuentre mal que estos objetos hayan sido trasladados a puerto seguro. Ni menos que sean públicamente venerados… Dejemos el asunto porque me enfadaría si pensara que esto les hubiese sorprendido….Concluye el asunto con buena dosis de ironía: No pensaba fuesen gente de etiqueta.

Palau, en Es Cubells, ha levantado la rudimentaria capilla, donde coloca la imagen de N. Sra. de las Virtudes. Comienza, de este modo, para él, una época de descanso y paz. Se siente otro.

La capilla, pronto, fue frecuentada por los sencillos habitantes de la Isla y Palau goza en las celebraciones con que honran a María. Con la imagen, el culto mariano se intensifica. De hecho es la primera capilla dedicada, a la virgen, en Ibiza.

El nombre de este lugar solitario y desconocido, gracias a Nuestra Señora, transciende sus límites y se transforma en punto de convergencia de gentes venidas de todas las localidades y zonas rurales de la Isla. En adelante, permanecerá como escenario privilegiado de romerías y peregrinaciones. Y se transformará en el santuario mariano ibicenco, por excelencia. El pueblo confía a la virgen, penas y alegrías. Pronto fue conocida como N. Sra. d´Es Cubells.

Más tarde, la Iglesia lo ha denominado, Santuario mariano de la diócesis.

Vive atento, Palau, a cuantos necesitan de su presencia. Oración y vida, que compartida con la ejemplaridad de los ermitaños, constituye el más poderoso imán de este incentivo mariano. Sueña, este hombre, con crear un hogar donde permanezca vivo el intercambio de amor entre la madre de Dios y sus hijos de Ibiza. Levantar un trono donde la reina del Carmelo reciba los ruegos de estos isleños. Así, su insignia entusiasta y constante conseguirá eternizar este lugar, convirtiéndolo en altar mariano del pueblo.

Conmueve la influencia de María sobre él, tanto en este momento, como en su recorrido vocacional.

Con el paso del tiempo, el sueño de Palau no sólo se ha convertido en realidad sino que ha trascendido todos los límites de lo razonable. Mientras tanto, María irá disponiendo el espíritu de Francisco para que le abra al misterioso romance de su amor: La Iglesia.

Con solicitud, ahonda en este misterio, bajo doble dirección, Mª-Iglesia, Iglesia-Mª. Iglesia, casi siempre encubierta. Sin embargo, ella espolea su inquietud y acrisola su fidelidad creciente.

Yo soy Mª, la Madre de Dios … – escucha  con insistencia – Siendo la Iglesia … la congregación de los santos bajo Cristo, su cabeza, tu Cosa Amada … para que la virginidad y maternidad, la pureza la belleza de la esposa de mi Hijo tenía un tipo perfecto … Dios me ha escogido a mí … Así no te extraviarás. Yo soy el tipo de la Iglesia … Pero objeto de tu amor … lo es ese misterio .

Apremio, orientación, y compañía, en la cima de su recorrido vocacional.

El Vedrá  I

“ Decidime, desde entonces, -hacía 15 años-, fijar mi residencia, en los más desiertos…. y solitarios lugares. ¿Motivo?. Contemplar, con menos ocasión de distracciones, los designios de la divina providencia, sobre la sociedad y sobre la Iglesia”. Así reflexionaba, Palau, en su destierro francés. Respetamos y admiramos su determinación. Nos recuerda a Jesús, quien, antes de comenzar su actividad misionera, decide vivir solitario. Y durante el transcurso de la misma, frecuentemente, se retira, a la soledad.

Retiro, soledad requieren escenarios apropiados. Nos remiten al despoblado, a la montaña, etc. Entre las bíblicas, evocadoras del admirado Vedrá palautiano encontramos el Líbano, Sinaí, Horeb, Carmelo, Tabor. Lugares obligados para el encuentro profundo con nuestro trípode fundamental: Dios, nosotros mismos, los demás. Pero no son las montañas quienes atraen, sin más, a Palau, aunque Tagore las contemplara en su mejor dimensión: -“Cuando la tierra quiso orar, se levantó en montañas”-.

Él lleva como bajo-fondo del alma una fascinante vocación. Entretejida por dos singulares componentes: contemplativo y profeta. La ha recibido de su familia religiosa, el Carmelo de Teresa. Y la ha hecho suya. Ha procurado que fecunde su interioridad y que dé rumbo concreto a su existencia. La vocación: su fundamental tesoro.

Reclamos de soledad, preludio y atmósfera de contemplación, a lo largo de su recorrido, se concretan en la cueva de Aitona, Francia -Galamus, Montdesir y Livron-, Vallcarca -Barcelona-, Montsant -Tarragona-, Es Cubells, El Vedrá -Ibiza-. Durante su confinamiento en la Isla anota: Desterrado entre los isleños, pienso aprovechar mi exilio para disfrutar de  completa soledad. Urgente para él, será el clima que vigorice su mirada de contemplativo y despliegue su servicio misionero. Mirada para descubrir, con más realismo y hondura, las urgencias del entorno. Servicio para dedicarse, de lleno, a paliarlas y, mejor, a erradicarlas. ¡Sin duda!.

En la historia interior de este hombre, el enclave de Es Cubells resultará, prólogo o vestíbulo desde donde descubrirá y abordará la conquista de la soledad suprema: el Vedrá.

Aquel género de vida sirve de trasfondo y apremio a su aventura de la mítica montaña. Derivará en ulterior avance. De la soledad, a mayor soledad. De donde concluimos que las  jornadas de retiro, en uno u otro lugar, nunca lo han sido de ensimismamiento, ni de descanso. El fuego interior caldea, sin cesar, el espíritu de nuestro protagonista. Y en él se fraguan espléndidos porvenires.

El Vedrá, imponente islote situado en el costado sud-occidental  de la isla de Ibiza, se adentra una legua en el mar. Dista una milla de la costa. Tiene 5 kms. de perímetro  y su altura es de 385 mts.  Desde que lo descubre, Palau, se siente en sintonía con él. Como si Dios le hubiera  preparado, providencialmente, el clima y escenario del macizoIdilio del hombre y la montaña. Mejor, del hombre y sus mejores dimensiones. Pues es allí donde surgirá y avanzará hacia él una presencia misteriosa y arrolladora, símbolo de la Iglesia: A él acudirá siempre que pueda. Se dejará guiar por el espíritu que preside y asiste aquel lugar. Cuando marcha del monte sentirá preguntar: ¿Volverás?.Y, sin titubear, responde: Sí, volveré.

Profunda es la sima que separa al peñón de la isla. Las aguas borrascosas. Para zarpar y bogar, sólo sirven los días serenos. De lo contrario te expones a peligrosas situaciones. Incluso a zozobrar. Palau zarpa unas veces, las más, de la embellecedora cala de su vivienda y entorno. Otras, desde más cerca del islote: el fondadero de Cala D´Hort. Varias horas de travesía, en el primer caso. Una larga, de remo, en el segundo. Los Hermanos le acompañan en el desplazamiento. Luego, lo dejan sólo. Quizá, todos, comprenden que la montaña, recia y bravía, no es oasis apto para todos.

Ya, en el primer viaje, Palau y sus barqueros se dedican a pescar, para que no le falten provisiones, en las jornadas  sucesivas.

Luego, contempla el imponente peñón y decide escalarlo. Todo un desafío al que no quiere renunciar. Como si algo primordial se ocultara en esta decisión. De hecho, lleva la brújula en el alma y le acompañan el impulso y la esperanza. Uno y otras sazonan las mejores búsquedas.

El VEDRA II

Para escalar el Vedrá se requiere, además de una excepcional decisión, tres cuartos de hora, hasta llegar a la gruta-albergue de Palau. Un cuarto de hora más, para alcanzar la cima de la montaña. Total, una hora de escalada. De camino, encuentra senderos arroyados, matorrales, veteado abrupto de la roca, mas unos 400 mts. de pared rocosa, casi en vertical. Y tras la subida del muro le aguarda una ruda travesía ascendente, hasta acceder a la altura de la cueva-refugio. El suyo, el de Palau, debió ser un ascenso contra reloj. Con el agravante de ir cargado de provisiones. ¡Penosa subida!, ¡recia escalada! si se encara por la pared norte.

Si, en cambio, accede por el flanco meridional, le aguardan varios metros de muro liso y encrespado. Pero luego se abre, ante él, un espacioso anfiteatro. Por este lado, el seno de la montaña es menos arduo. Más acogedor. Hendido hacia el centro, por uno o varios lechos de torrentera abrupta. Salpicado de sabinas copudas y chaparras, agazapadas sobre la roca y diseminadas a lo largo de la escalada. A la derecha se alza, majestuoso, el macizo más alto y corpulento del islote. A la izquierda  alejado, desde el extremo oeste, el desafiante picacho de la Bastorra.

La cueva del agua es grande. Se halla escondida. Al subir por el atracadero sur, a la derecha, el macizo rocoso la encubre. Cuenta con una enorme antesala, de cara a mediodía. Luego, esconde un segundo orificio: la verdadera gruta. Es oscura, de suelo viscoso, dada la multitud de goteras cantarinas. Todo un concierto de la más transparente y líquida naturaleza. Aunque le resuelve el problema del agua, el solitario no se instala ahí. Es demasiado húmeda.

Entre las muchas existentes escoge otra,  a la medida de su cuerpo y deseos. Situada en el centro y en lo alto del anfiteatro montañoso. De cara a mediodía y con amplia perspectiva marina. La podrá contemplar, desde el fondo de su cobijo. Paisaje flanqueado, a uno y otro lado, por el macizo de la izquierda y la crestería de la derecha, apenas salga de la cueva. Vista desde fuera, se presenta como una enorme grieta que hiende, de arriba a abajo, el lienzo de la roca, a lo largo de 10 ó 12 metros. En la zona inferior se abre, en triángulo, hasta dejar, en la base, 3 ó 4 metros de vano. A la derecha, pared limpia. Sobre ella, restos de viejas inscripciones a lápiz. A la izquierda, parapeto agrietado. De trecho en trecho, deja asomarse ramilletes de minúsculas florecillas, como oraciones de contemplativo. En la boca de la gruta una losa rectangular y plana, apoyada sobre piedras de posterior colocación. Ha desempeñado funciones de altar. Tal vez a él le sirvió de escribanía. En la pared derecha, una blanca imagen de la virgen de los montañeros. Colocada más tarde. Poco a poco la gruta se angosta. Al fondo, un escalón para subir y penetrar en la recóndita celdilla del solitario. Recámara de trazado oval, extendida longitudinalmente, montaña adentro, con techo bajo y arqueado, de bóveda irregular. Ahí, descansaría. Mide 2 m. de longitud y conserva el pavimento mullido, de arena fina. El del resto del refugio es de tierra. Toda ella templada y acogedora. Lo mejor del recinto: su disposición interior. Incluye dos estrados, a propósito para el recogimiento silencioso y para admirar y el magnífico paisaje que se despliega, en abanico, ante su puerta.

Sin embargo, Palau no acude al Vedrá, principalmente, a contemplar tanta belleza como desde allí se admira: El objeto de mi retiro  es ordenar mis cosas y las de quienes dirijo, según Dios -escribe poco después de escalarlo por vez primera-.

Los pobladores del Vedrá son numerosos. Se cuentan, entre ellos, cabras salvajes, conejos, gaviotas, cuervos marinos, numerosas aves que anidan y graznan en lo más empinado de las rocas. Huéspedes inofensivos todos, excepto los más menudos: las lagartijas. Las del Vedrá son de talla XXL y vivaces. Muy vivaces. Si el solitario descuida sus enseres, en un pis pas, han fondeado hasta el último secreto de su alforja. Como única defensa, cuenta con el oscuro interior de la cueva. Seguro que le asigna funciones de caja fuerte, contra las temibles depredadoras. Sí, así es. Ante ellas, tienes la impresión de que se encuentran en casa propia. A ti te tildan de forastero y te tratan como a tal.

Nota:  El contenido fundamental de ésta y otras páginas sucesivas lo he entresacado del artículo del P.Tomás Álvarez, El P Francisco Palau y el Vedrá, del libro: Francisco Palau e Ibiza.


El Vedrá, III

Escalar el peñón es toda una proeza. ¡Sin duda!. No obstante antes y después, resulta un espectáculo, espléndido en extremo, contemplado sobre el intenso azul del mar. Imponente y majestuoso pregona grandeza incomparable, esplendidez suma, singularidad fascinante. Nos transporta a horizontes  sobrehumanos, a paraísos eternos.

Aparte de la belleza, la montaña genera otros beneficios. Entre ellos la soledad. ¿Es beneficiosa, la soledad?.¡Claro!. Pues favorece la observación honda: la síntesis de experiencias vividas, así como la incorporación del momento personal e histórico presente. El acierto de proyectos de futuro, también: Ve al monte -escucha Palau- y allí te revelaré los secretos de mi corazón.

Cierto, en principio, allí, se reducen las distracciones de modo considerable. Resulta más fácil esquivar la trivialidad, relativizar todo lo relativizable que se interpone en el peregrinar del espíritu. Ayuda a penetrar, discernir y asimilar las dimensiones primordiales del ser humano, de la iglesia y de la historia: ¡Ven!…¡Te espero…Y para que entiendas…, te quiero unos días sólo… en el Vedrá  -percibe en su interior-. Sí, el contemplativo encuentra más resortes para sondear en lo esencial. Razones por las que Dios y su Iglesia se dejan percibir y reconocer con más nitidez y calado. Y su impacto, en el solitario, es más vinculante y duradero. Así es. El entorno, confiere, a las situaciones que consideras, tintes del mejor realismo trascendente. Efecto que  no concierne al universo de la sugestión. Se debe, tanto al entorno favorecedor, como a la decidida colaboración del privilegiado: La posición exterior ayuda, maravillosamente, al espíritu -advierte Palau-. Pues es así como emerge lo mejor que la persona posee. Siempre ha constatado, él, esta benéfica atmósfera. Tan valiosa, para su vocación: Preciosa soledad tú has curado las llagas de mi corazón pero has abierto otras que son incurables. Es más, con ella, identifica al islote: Para soledad tengo el Vedrá.

De todos modos  es la de 1861, la que grabará, a cincel, su alma de solitario. Allí, se sumerge en el motivo, que desde tiempo ha, embarga sus mejores fondos: el misterio de la Iglesia. En el Vedrá irrumpe, plenamente, en su existencia. Las jornadas de este verano, en la montaña, dejan profunda huella en su interioridad. Hasta desatar, en ella, una incontenible experiencia eclesial. Con visos de enamoramiento y con los típicos síntomas de la interior fiesta nupcial de los místicos: Desde mis últimos ejercicios del Vedrá, siento, en mi compañía, bajo las sombras de una mujer, a la Iglesia. Su presencia absorbe toda mi atención. Estoy consultando, con Ella, lo que, en su servicio, he de hacer. Yo no pensaba que fuese cosa viva, y ¡qué sorpresa, la mía al conocerla!. A su presencia  queda eclipsada y, como en tinieblas, toda belleza y hermosura criadas¡Eres tan bella como Dios! -registra, sobrecogido, en otro momento-.

Y con la arrolladora experiencia del misterio eclesial comienza -en el Vedrá-  la escritura de su cuaderno íntimo. Lo titula Mis Relaciones con la IglesiaLibro, mitad idilio personal, mitad epopeya mística. Acta de situaciones singulares, en su recorrido vocacional. Quizá, también, alivio personal, al narrar experiencias difíciles de comunicar  en su entorno. Punto de arranque de la obra es  la 7ª. morada del Castillo Interior de Teresa de Jesús. Capítulo  de cima. En él se entrelazan, en inseparable abrazo, las dos dimensiones del misterio evangélico del amor. Legado del Maestro.

Lo he escrito -manifiesta Palau- para mí sólo y lo escribo en los momentos en que más necesidad tengo de Ella –la Iglesia-. Pensaba enviártelo, pero lo tengo con tanta reserva, que no me atrevo a hacerlo.

Mi pluma, hija mía, corre tras estas cosas porque ocupan por entero y de lleno mi alma -concluye-

Resulta -el cuaderno- acta de la fiesta interior. ¡No podía ser de otra manera!. Palau es el portador de la misma. La vive con intensidad en el diario acontecer y la despliega y expresa en diversas situaciones de su viaje. Ahora, en el macizo: Hay cosas que las escribo con tal reserva, que si supiera se habían de leer, estando yo vivo, las quemaría. Plenitud velada por la discreción, jalona su actual fase vocacional. Todo un referente para quienes nos sentimos vinculadas/os a la experiencia eclesial que emana de este gigante del espíritu.

El Vedrá IV

El índice de subidas, al Vedrá, que Palau consigna en sus escritos es incompleto. La primera ascensión, ampliamente, documentada, data del verano 1857: Hace cuatro días  que vivo en estas peñas sólo -anota-. En este islote, Dios me ha preparado una soledad, en posición tan agradable a mi espíritu, que no me hubiera atrevido a desear ni pedir otra mejor. Habiendo aquí agua y los Hermanos, para venir de cuándo en cuándo, lo tengo todo…… Para mí, esta soledad es el cielo. Palau lo ha escalado, en numerosas ocasiones. Algún año hasta ha repetido. Por lo cual, ya conoce la idiosincrasia del peñón.

Allí, envuelto en tan singular atmósfera, transparente e incitadora de autenticidades, se adentra en su interioridad. La explora. Decide eliminar lo inconveniente e incrementar lo positivo y evangélico: En la oración, en el monte, has de revisar toda tu vida y si en tus acciones hay algo que me desplazca lo quitarás -mensaje de su Amada-. Escenario idóneo para este primoroso quehacer de orfebrería, así como de sus más cualificados tramos vocacionales es el Vedrá. Lo es para vivir momentos incomparables: No puedo remediar mis necesidades espirituales sino en ejercicios como los del Vedrá…¡La noche viene!. Todo este monte está en calma y quieto. ¡Qué soledad!. ¡Qué bien!.

Cierto, al trasluz de sus cuartillas, vemos perfilarse, íntegra, su figura. En este contexto concreto, en la montaña: Sentado sobre las altas, encrespadas y firmísimas peñas del Vedrá veo estrellarse y convertirse en espuma las furias del mar… y me río, de sus vanos esfuerzos, porque estoy seguro. Todo un símbolo. Con ello, Palau, refiere su propia experiencia. No se inquieta, ni conmueve. Se encuentra inquebrantable, ante las embestidas del mal para plantarle cara y reducirlo. Objetivo de su entera existencia.

No sólo ora, el solitario. A veces, disfruta del paisaje. Lo contempla a sus anchas. Sin reducir el tiempo. Con lo cual, percibe que el alma se le dilata y embellece. Como si formara parte del incomparable entorno. También escribe, dibuja. Redacta cartas y parte de sus reflexiones, las reglas de sus discípulos, etc.: Iré al Vedrá. Propondré a Dios la dirección y volveré a escribirte lo que Él, sobre ella, me inspire  -comenta a su confidente, Juana Gratias-. Escritos, eco espontáneo de su alma, en tan diversas situaciones. Alma, la suya, incansable descubridora de magníficos horizontes espirituales, al desplegarse, insistentemente, en acogida del misterio y, en cualificado servicio. Es así como se robustece su personalidad. Con todo, en el Vedrá, preferentemente, ora. La oración impregna y envuelve su jornada: explosión incontenible de sus experiencias interiores.

Escribe al confesor de la reina, sobre el doloroso problema de su destierro y de la infamia con que, oficialmente, le han marcado. Fin del mismo y consecuente libertad, solicita en la misiva. Afirma, no obstante, que la nueva forma de afrontar los episodios diarios, iniciado en el confinamiento, le ha hecho vivificar su vocación de siempre: carmelita, desde el fondo.

Profesional en diferentes cometidos, artista y poeta Palau es, ante todo, contemplativo. El Vedrá resulta para él escenario de teofanías y eclesiofanías. Poco a poco, sin dejar de ser lo que es -lugar geográfico- se va transfigurando en su ámbito salvífico, espacio de gracia. Donde vive momentos significativos. Cuajado de constitutivas experiencias espirituales: bienechoras iluminaciones, inevitables esperas, profundas y prolongadas luchas internas. A Palau se le torna monte santo.

Como hemos constatado, dos son  las nuevas dimensiones interiores que ahora, le cruzan: hondo anclaje en la propia interioridad y espacioso sentido eclesial. Ambas se retroalimentan. Experiencia eclesial, la suya, se despliega y diversifica hasta invadir y armonizar, plenamente, su universo interior e intensificar su extensión profética.

Igual que un día se le prometió a Abraham, Palau deviene bendición. Todo él. Interioridad y sentido eclesialdimensiones vocacionales constitutivas, procedentes de un hombre hecho bendición, confieren bendición en abundancia. Alcanza a cercanos y a distantes. A su contexto, a la Iglesia peregrina, a la entera humanidad, con la que comparte historia y solidaridad. A sus seguidoras/res, de modo preferencial. Francisco Palau, inmerecido regalo. Bendición personal y congregacional. Bendecidas, con esta solidez, seremos, sin duda,  bendición para el entorno.

El Vedrá V

El episodio del Vedrá no es un hecho aislado y sin precedentes. Añade una cuenta al rosario de la Iglesia, a sus montes y contemplativos: Moisés y el Sinaí, Elías y el Horeb, Jesús y el Tabor. En el NT todo apóstol que se precie de tal, pasa por el crisol de la soledad: Benito y Monte Casino, Francisco de Asís y el Alvernia, Ignacio y Montserrat, Juan de la Cruz y las cuevas grajeras de Segovia, el Monte Atos y las comunidades de hermanos ortodoxos, etc.

Una cosa es patente en el caso de Palau, el monte y la soledad son piezas maestras para el ensamblaje de sus dos dimensiones fundamentales: hombre realista y trascendente. ¿A qué sí?. Él permanece abierto al misterio, receptivo y disponible de cara a los designios de Dios. Como derivación, comprometido con su entorno. Tal vez, por ello, es en el Vedrá, donde irrumpe en él, con plenitud, la experiencia eclesial. La cual hermanará su dinamismo contemplativo y apostólico. Doble maridaje, explica el por qué la soledad sirve de trampolín o detonador para poner en marcha misiones proféticas en la Iglesia.

En esta etapa de cima, Palau ha llegado, también, a conciliar dimensiones personales, en otro tiempo antagónicas. ¿Las recordáis?. Sí, entre ellas la incorporación del sacerdocio a su vocación religiosa. Ahora, ya no son alternativa. Pues gracias a ésta, aquél resulta más intenso. Su situación de puente entre Dios y los hombres, acerca más y mejor a ambas riberas. Fruto madurado en la soledad de Es Cubells, cierto. Pero, al ser Es Cubells, para Palau, antesala del Vedrá, es aquí donde descubrimos tales resultados. Insisto, ha llegado, a conciliar lo más específico de su vocación: profeta y místico, sacerdote y carmelita, fundador e intérprete  en el gran escenario de la Iglesia. ¡Laborioso cometido! ¡Envidiable trayectoria!.

Durante los últimos 15 años -los más fecundos de su existencia- todo – inspiraciones, decisiones, proyectos, sufrimientos, misión etc.-, absolutamente todo pasa por la soledad del Vedrá. Y desde el Vedrá, adquiere calado y envergadura. Troquela, de ese modo, su personalidad. Se despliegan sus dimensiones contemplativa y profética. Así es. Palau se caracteriza como hombre de singular acogida y excelente servidor.

Ahora, desde la cumbre de su atalaya, contempla el campo de la mies. Asimila y proyecta su servicio profético. De hecho, en numerosas ocasiones, alterna la concreta misión, con su estancia en la montaña. Para prepararla o evaluarla. Sí, saborea, allí, lo más auténtico del Carmelo: la soledad sonora, el paraíso del silencio, la calma imperturbable del retiro. Entraña que le devuelve al servicio, a la lucha, a seguir pregonando, con fidelidad creciente, la belleza, incomparable, de su Amada: la Iglesia. Misterio que él vive con tanta hondura como realismo. En el Vedrá templa, también, las armas de su espíritu en la fe, penitencia y pobreza. Preámbulo y soporte para desgranar el amor. Unas veces a Dios, otras, a los hermanos. Las más, a ambos, en  inseparable abrazo. Palau, ¡todo un arquetipo!.

En la interioridad se encuentra, el núcleo aglutinante. Es ahí, donde el fuego de Dios lo caldea, sin cesar, a través de los profundos encuentros con su Amada. Ellos, intensifican sus proyectos misioneros y estos su índole eclesial. ¡Admirable complemento!.

Cada año vuelve al islote. En alguna ocasión  los ejercicios son exclusivos para mi alma -puntualiza-. Otras, por vosotros he venido. Y en sucesivas jornadas elaborará, cuidadosamente, las reglas del grupo. Siempre, a consultar cosas del espíritu.

Más remansadas y serenas serán las visitas de los últimos años. Abajo, le aguarda, siempre, la barquilla para regresar. No obstante, el Vedrá queda instalado en aguas profundas de su existencia. Como soporte singular, excelente tamiz de accidentalidades, incomparable escenario.

Incitación, la suya, a frecuentar y a valorar, con solicitud, espacios y tiempos, escenarios y ayudas para nuestros momentos vocacionales. Tanto habituales como relevantes. Arropados por tales contextos, la vida posterior se desplegará, con vigor nuevo y, la reconoceremos. Hecha de armonía personal, consciencia ascendente de que todo lo que nos rodea son pistas de Dios y, por supuesto, cuál es el escenario preferido de éste nuestro Señor humanado: la entraña de todo. Preferentemente la interioridad humana. Inmejorables connotaciones éstas, para saborear la serenidad que la vida nos depara y hasta el gozo hondo de vivir.

El Vedrá VI

Días y noches, auroras y ocasos, picachos abruptos y tersura del mar saturaron los ojos y los mejores fondos del contemplativo, inmerso en la soledad. Resultaron inmejorable complemento del espíritu. Escenario  natural que propicia, sostiene e incrementa la experiencia interior. ¡Sin duda!.

Por lo inefable de la misma, Palau no logra transmitirla, tal cual, en sus escritos. Sin embargo, ellos contienen la relevante belleza nacida y trabajada en  su universo interior.

Sí, tales comunicados tamizan la visión del paisaje, sostenido por sus profundas vivencias. Son ellas quienes, continuamente, mantienen su penetrante mirada, abierta  la doble cadencia de la realidad y del misterio. Su calidad de vida le lleva a bucear en  ambas dimensiones, hasta encontrar enlaces comunes y aunarlos. Años y años transcurrieron en semejante quehacer.

Quien se halla al centro es su Amada: la Iglesia. ¡Lo sabíamos!. En lucha por encontrarla, en vigilante espera, en ascendente seducción o, en estrecho abrazo. Como paso previo, la define.

La Iglesia está en Cristo y Cristo en la Iglesia, siendo los dos una sola cosa. Cristo-cabeza y los prójimos la constituyen.

Todas mis relaciones con Dios, lo son con la Iglesia.

Para atajar sus males me retiro a un islote. Allí, me uno con Dios y su Iglesia. Ella es el último término de nuestro amor, –fundamental  declaración-.

Se dejó ver y conocer, pero a medianoche. En ese silencio, la llamé muchas veces. Me puse de rodillas y, allí, esperaba.

En las bellas mañanas de primavera, en las tardes quietas de verano, en las noches frías y heladas del invierno… sobre la cima de los montes, te busqué. Y no te hallé -confiesa, ungido por el realismo-.

¡Tú eres mi herenciami patrimonio y las delicias de mi corazón!.

Te he formado según mi amor, te amo con el amor con que me amo a mí misma…Eres todo mío y no te dejaré…-escucha  conmovido-.

Y la sorprendente declaración se prolonga: Por la fe, la presencia de tu Amada, ha grabado, en tu ser, su imagen y el amor.

La luz de mi Amada, convierte en noche el día más sereno.

Continuaba sosteniendo, en la oración, una lucha tremenda con Dios. Mi alma, abatida por ella, a favor de la Iglesia… tomó vigor.  Y nos regala una importante consigna: Para salir de su estado de postración le falta, a la Iglesia, la lucha que tanto esquiva.

Desde esta situación de enamoramiento, de progresiva identificación  con su Amada, de cima, a Palau se le intensifica la fiesta. Entona el Tota pulcra es…Nos regala preciosas bienaventuranzas, nacidas al calor del abrazo con su Amada. Numerosas páginas, bellísimas. Fiesta del corazón. Alegría profunda. No de fin de semana, sino gozo intenso de ser y vivir. Valoración de todo, sin perder realismo. Anticipo de la eternidad que ya está haciendo sus incursiones entre nosotros y convierte, a estos privilegiados, en adelantados y, asesores del porvenir  que, a todos, nos aguarda.

Al vivirla con tal calado la descubre en su entorno, en las criaturas, en la naturaleza y en el universo que lo conforma. Todo le parece espléndido: He hallado esto como un paraíso, porque cada año crece en hermosura.

Así, describe la montaña y el mar, las noches serenas y las tormentosas, amaneceres radiantes y, atardeceres sublimes. Muchos, limpios y transparentes, cuando la brisa acaricia y produce una agradable sensación de bienestar. Cuando el sol besa el azul intenso de las aguas y se proyecta en brillantes y prolongados centelleos.

La respuesta adecuada, a tanto don, no se hace esperar: ¡Gracias os doy, oh mares, que rodeáis este monte!….

Con frecuencia, en la calma de la noche, el solitario mantiene el espíritu en vigilia, atento a la voz de Dios. Así, se convierte en excepcional testigo de esos espacios de nocturnidad: A media noche salí de mi cueva. Noche  clara, de luna llenaCon su luz candorosa  se levantaba de las aguas del Mediterráneo, descubría… las sublimes cúspides del monte, y convertía en día la misma noche… Todo estaba en tal quietud y paz que ni se oía el susurro del aire, ni los mares hacían murmullo.

¡Qué arraigo y qué lozanía emite su universo interior! ¡Resulta un sorprendente canto a la vida!.

Palau, al vivir con intensidad, canta. Su entera existencia deviene canción. Canta a Dios. Canta a la Iglesia, representada en quienes le rodean. A través de ella canta a la entera creación. Su vigoroso y trascendente canto se difunde no sólo en el entorno. Atraviesa la historia con sus diferentes culturas. Al día de hoy, continúa su despliegue sostenido, desde sus mejores compases, por sus hijas. Por sus seguidores/as.

El Vedrá, VII

Acogemos, con sumo interés y atención, las experiencias contemplativas de Palau, nacidas en sus mejores fondos. Tales manifestaciones encierran sorprendentes contenidos vocacionales. Los cuales nos vinculan desde la empatía y admiración para devenir acogida y seguimiento. ¿Su propósito?, incrementar el carisma. Pues si calan en nuestro universo interior, tales actitudes, nos transformarán en lecho de la corriente vocacional, procedente de este hombre de Iglesia. En pequeño afluente de ese caudal, también. ¿Verdad?:

Estaba, al caer el sol sobre las aguas del Mediterráneo… La tarde era de primavera anticipada. El clima y el tiempo, magníficos. El cielo sereno. En el monte reinaba un silencio sepulcral. Todas las criaturas estaban en profunda paz y quietud. El mar aparentaba un salón inmenso de vidrio verde-azulado a los pies de este monte.

El aire susurraba tan dulcemente, que apenas dejaba sentir su fresca aura y, tan limpio y puro que, uniéndose, a lo lejos, con las aguas era la imagen de la gloria. Al esconderse el rey de los astros, bajo el mar, glorificaba con sus rayos las aguas y los aires, de modo que parecía el empíreo. Yo estaba admirando este espléndido panorama. -No lo olvidemos: el contemplativo es poeta.

Como broche de la experiencia se sumerge en el agradecimiento:

¡Gracias os doy, oh mares que rodeáis este monte, pues que aseguráis mi soledad!. Gracias a ti, ¡Oh monte!, por levantar tus firmes columnas sobre el mar!.

A lo largo de otras jornadas se siente y siente azotado el peñón por el vendaval y la tormenta: Los vientos embisten, con furor, las elevadas crestas de este macizo. El mar está furioso, agitado….por la tempestad. Levanta al cielo sus olas… lanza bramidos que causan inquietudEmbravecido, amenaza engullirse entero este monte, pero la soberbia de sus olas queda confundida por la dureza de las peñas y se convierte en espuma…Retira, con rabia, sus olas y vuelve a la batalla inquieto, pero no altera la paz del monte. –Sí, sí, Palau demuestra ser un magnífico observador, de los vaivenes naturales.

Mi celda está custodiada, abajo, por las aguas del mar y las peñas están tan cortadas que nadie puede subir a ellas, sin ser muy práctico en el terreno. La soledad se halla defendida por el mismo monte y por los mares.

Y concluye su cuaderno personal con un recuerdo para sus compañeros de soledad. Acompañantes y pobladores del peñón son las criaturas que allí residen o lo visitan. En cada especie, Palau, halla invitación concreta a profundizar en diferentes aspectos de su momento vocacional: protección, celebración del amor, testimonio de existencia retirada, símbolo de espíritu libre, centinela y anunciador del futuro. Hombre profundamente vocacionado, todo le sirve para reavivar su llamada.

Privilegiado escenario de comunión plena con la hija de Dios, la Iglesia, ha  devenido el Vedrá. Y, como consecuencia, con personas, creación, cosmos. Hasta sentirse parte de ese inconmensurable y magnífico entorno. Su mención a las criaturas pone broche de oro a su cuaderno íntimo:

Uno de los testigos oculares de mis amores en la soledad es el mirlo solitario. Con su canto melodioso celebra mi enlace con la Hija de Dios.

El reyetón, el más pequeño de los volátiles, es un subido tiple y se hace sentir. Siempre escondido… hace grandes elogios de la vida oculta.

Fuera del tiempo de la cría, el águila del mar, vuela siempre a lo sublime. Me llama la atención… para anunciarme las tormentas de la vida, en los mares del mundo.

Arquetipo de comunión, Palau lo es con todos y con todo. Hecho y conciencia de la misma, se sabe porción del todo eclesial y humano. No la retiene. Al contrario, la transfiere, siempre, a quienes peregrinan por el sendero evangélico y le descubren como referente, guía y compañero de camino. Comunión, actitud urgente a intensificar. La solicita nuestra sociedad, la Iglesia y hasta nuestras comunidades. Sólo así, incrementaremos la tolerancia, la sociabilidad, hasta llegar a la benéfica y cordial convivencia. Forma de relación que tanto necesitamos.

Goza de la ansiada libertad

Al estrenar libertad, Palau desbordaba alegría. Se dirigió a Barcelona y de allí a Lérida y a Aitona. Visitó a su familia. Su salud se encontraba un tanto quebrantada. Sin embargo, se percibía optimista ante los nuevos campos de servicio apostólico, que veía abrirse ante él. Más tarde, viajó a Madrid. Quería sumar datos para decidir la orientación de su apostolado. Consultó, examinó y, pidió oraciones. Tenía plena confianza en que Dios, que veía la rectitud de sus intenciones, le daría la luz necesaria. Para él el Señor es el alma de todo.

Predicaciones cuaresmales, mes de mayo, triduos, novenas y varias campañas misionales ocuparon, gran parte, de su tiempo en los primeros años de libertad. Palau se convirtió en pregonero de la palabra de Dios.¡ Excelente ministerio!. ¿Verdad?.

Predicó, en Palma, la novena a Sta. Teresa y en noviembre la de Ánimas, en Ciudadela. A ésta siguieron varios días de atención espiritual a los fieles, atraídos por el celo de este hombre de Dios. Por los frutos recogidos en el novenario, también. Insistían en que no les dejara tan pronto. Tuvieron buen olfato, para percibir la íntima naturaleza que le sostenía. Hasta hicieron oración a fin de que se prolongara su estancia en la isla. El mal tiempo se les alió. Hoy, no pocos, lo denominarían casualidad. ¿A que sí?.

Las jornadas vividas, en ambas ciudades, resultaron significativas para su vida espiritual. Según propio testimonio, luces, hasta entonces desconocidas, brillaron en su alma y entendió, de modo claro, la misión a que Dios le llamaba. En sus páginas íntimas -Mis Relaciones con la Iglesia-, expresa esa experiencia como una revelación sin precedentes. Ocurrió en la Catedral de Ciudadela. El último día de la novena, sí. Cuando se preparaba para impartir la bendición al pueblo. Comprendió, entonces que, como sacerdote, era padre en la Iglesia y de la Iglesia. Acontecimiento que marca, en su recorrido vocacional, un antes y un después. En el pasado vivía para la Iglesia. Ahora, se sabe Iglesia. ¡Hombre privilegiado, al fin!.

Inicia nueva etapa en su recorrido. Fueron cesando las tensiones entre acción y contemplación y su existencia adquiría admirable concierto. Pasó por S. Honorato (Mallorca). El obispo le había nombrado director de un eremitorio para organizar, allí, la vida solitaria. Cuando su misión se lo permita se ocupará en ello y, recogerá a quienes deseen vivir de este modo. Él lo hará con talante de pobre. Desprendido de lo transitorio.

Desplegó gran dinamismo apostólico a través de la predicación. La realizó en las grandes urbes: Barcelona y Madrid. También en diversas ciudades y pueblos de Baleares, Cataluña y Aragón.

Al comienzo, sus reflexiones seguían el estilo común a la predicación eclesial de la época. Luego, las adaptó al método de la nueva mentalidad. Contamos con un ejemplo: El Mes de María. Su obrita, recientemente publicada. Tal texto se sostenía en el siguiente esquema:

*presentar la flor del día y su simbolismo

*explicar la virtud correspondiente

*contemplar esa virtud en María.

*aplicarla de modo personal. Concluye, al presentar la flor a María, en la oración final.

Todo un estilo innovador para la época. ¡Sí, sí!.

El éxito fue abundante, a juzgar por los nuevos compromisos. Con mucha antelación fue requerido para predicar el próximo mes de mayo, en dos de las parroquias más prestigiosas de Barcelona: Belén y S. Pere de les Puelles.

Para sus tiempos de oración contaba con ámbitos solitarios. Sin embargo, el preferido fue, siempre, el Vedrá. Como ya hemos constatado, con profusión, se le hizo necesidad imprescindible acudir, todos los años, a la imponente soledad del islote. ¿Idilio de Palau y la montaña?.

Allí, volvía a acoger la vida y los sucesos, desde sus mejores dimensiones, para recargarlos de intensidad evangélica: el misterio de la Iglesia, los problemas que surgían en su apostolado, la marcha de sus fundaciones, las necesidades de quienes a él se confiaban.

Aprovechó, en no pocas ocasiones, el final de la misión para agradecer los frutos recogidos. Al Vedrá acudía, también, antes de tomar decisiones importantes y de pergeñar proyectos de relieve, de iniciar misiones. Así, confiaba a Dios, Padre bueno, su servicio apostólico.

La experiencia palautiana del Vedrá nos interroga de modo contundente.¿ Verdad?. El nuestro, ¿dónde se encuentra?. ¿Qué dimensiones conforman nuestros espacios de comunión con Dios?. De hecho, ¿vivifican nuestro proceso vocacional?.

Misión Cuaresmal en la capital del país, I

Buen amigo de Palau fue el sacerdote José Pascual. Él le tenía al tanto sobre el proceso seguido en Madrid, en torno a su confinamiento. Él facilita la impresión del Mes de María. Él acoge, en su domicilio madrileño, a nuestro protagonista. Él realiza las gestiones pertinentes para su predicación en la ciudad. Y.., hasta viajan juntos a las Islas. ¿Dónde se halla el origen de tal amistad? Lo desconocemos. Por la carta que de él conservamos, descubrimos que Palau abandonó el exilio con anterioridad a la orden de su total libertad. Previo al fallo real. Él tuvo en cuenta la amnistía general del 1 de mayo. Con la libertad, este hombre, dio carpetazo al largo confinamiento de 6 años.

¡Ya es libre! Quiere, ahora, reestrenar libertad. Darle el puesto que le corresponde en su vida. ¡Cuántas veces había soñado con este momento!

Libre, sí. Pero, ¿para qué? Pues para decidir su modo de vivir y de evangelizar.

De antemano sabemos que Palau era pico de oro. Qué ¿por qué? Porque lo dijeron los ibicencos. Lo dijeron, antes, los alumnos de la Escuela de la Virtud. Y después, … lo ratificó él mismo al predicar, con singular complacencia del público en las Iglesias Real de S. Isidro y Sta. Isabel de Madrid, la cuaresma de 1861. Pocos meses después de abandonar el destierro. En el mismo púlpito se daban cita los más acreditados oradores. Orientó, las dos cuaresmas anteriores, el confesor de la reina: el P. Claret. Un as en la asignatura.

Francisco Palau es hombre que escucha a Dios, se alimenta de su palabra, vive atento a los demás, reflexiona, hace el bien a todos. Dice cosas que penetran en los mejores fondos humanos y sabe decirlas. Por lo cual puede acceder a ese estrado.

Intensa y prolongada fue su predicación en Madrid. Le ocupó desde febrero a abril de 1861. Jalones relevantes en ella lo constituyeron, el triduo de homenaje al Papa, la novena de los dolores de María, los sermones de la pasión y de las siete palabras.

El auditorio resultó no sólo numeroso sino selecto. Sí, sí. Pues la Iglesia de S. Isidro era frecuentada por la nobleza cortesana. En ella solía presidir las funciones cuaresmales el mismísimo nuncio. Sin embargo, poco le importan a Francisco los apellidos. Prioriza los nombres propios.

Sobre los sermones y conferencias, habidos en la parroquial de S. Isidro, la prensa madrileña ofreció amplia información. Los juzgaba de gran interés y reproducía íntegro, tanto el programa como el contenido. Contenido que resultaba de la más palpitante actualidad. He aquí el motivo por el cual contó con gran aceptación del público. Tal público no quedó limitado a la capital del país. Se desplegó hasta la prensa barcelonesa. Es más, a través de la Revista Católica, alcanzó a todo el territorio. ¡Corresponsales bien conectados! ¡Estupendo!

Uno de los principales rotativos de la capital, La Regeneración, publicó la noticia y el programa en la página principal. Firmado éste por Palau. Encabezó, la publicación, con elogiosas expresiones: Solemne Triduo, en la Real Iglesia de S. Isidro, de esta Corte, dedicado al consuelo de la Iglesia … en sus actuales dolores…. Aplaudimos el pensamiento. Felicitamos a sus autores y nos asociamos a ellos en el deseo que los anima.

Otro noticiero de signo monárquico, La Esperanza, reproducía el programa y notificaba al público: En la real Iglesia de S. Isidro se va a celebrar, continuando los ejercicios de la noche, un solemne y devoto triduo a favor de…. Pío IX. He aquí el esbozo que se propone desarrollar el distinguido orador, P. Palau. Tanto brillante como persuasivo. ¡Seguro!

El éxito obtenido no debió ser menguado. Nos lo confirma el entusiasmo mostrado por él, al finalizar la predicación en la corte: Unas cuantas cuaresmas las daré en Madrid….

Desconocemos los motivos, pero lo cierto es que no cumplió su propósito. Como predicador, su actividad se limitó a Cataluña y Baleares.

Nos lo confirma, sobretodo, el panegírico que de tales conferencias hizo, al inicio del año siguiente, la Revista Católica. Lo refiere en la Reseña histórica anual del episcopado y clero español. Sí, entre los modelos de intervenciones del año, registra el programa del triduo, en homenaje al Papa, predicado por Palau. Por tanto, entre los mejores. ¡Claro! ¿Qué hija suya lo dudaba?

Para concluir, un relevante añadido: El grito de ¡alerta!, con relación a la Iglesia española, lanzado por nuestro protagonista ante el público cortesano, no tardó en cobrar realismo. La ocasión se presentó al definirse el gobierno español frente a los intereses de la Santa Sede. Palau, nuestro padre, ¡todo un vigía! Atento, clarividente y con profunda visión de futuro.

Misión Cuaresmal en la capital del país, II

(Contenido de la predicación y experiencias fundantes)

Fueron consideraciones esenciales para aquel momento histórico y para cualquier otro. Entre ellas la caridad y la apostasía, la Iglesia y el amor de Dios. Consideraciones, también, estampadas en la prensa ¿Con qué finalidad? Con la de ampliar el auditorio. ¡Evidente!:

Dios se relaciona con el alma por medio de sus potencias y facultades espirituales e imprime en ella su imagen. Es bella como Aquel a quien representa. La obra se realiza por la mano de Dios. Vuelve, la criatura, al centro de donde salió por la creación y, allí, descansa, dormida en los brazos de su Amado. Ese amor de Dios nos vincula a todos y nos convierte en su cuerpo: la Iglesia. El amor es el único vínculo que hay en los talleres de la creación, con destino a formar pueblo, sociedad. Despliegue del amor: a Dios y a los semejantes, como a uno mismo. Los demás nexos son prolongación de éste.

¡Precioso diseño para presentar el alma de nuestra vida cristiana! Nada extraño que dejara entusiasmados a asistentes y lectores.

Principio de disolución es la apostasía –prosigue Palau-. Destruye la obra del amor. Separa a la persona de Dios y, como consecuencia, desorganiza la sociedad humana. Quitado el amor, el egoísmo campea a sus anchas. Sí, sí ¡Todas lo hemos advertido!  Es el desarrollo del mal y la represión del bien. Conduce a la sociedad a su muerte espiritual. Al matar al individuo, mata al pueblo.

Por ello, la Iglesia sufre. El Hijo de Dios y su Esposa, aborrecen el mal, aunque aman a las personas. Y las aman con amor fiel e intenso.

Hoy ¿debemos hacer algo para consolar a la Iglesia? -se pregunta-. . -replica sin titubeos- ¿Qué? Lo que podamos – ¡Realista donde los haya! – Si tenemos amor verdadero, podremos mucho. Si poco, poco ¡Nada que añadir!

Tuvo lugar la predicación de las tres horas de la Agonía o de las siete palabras en la iglesia de S. Isidro, de doce a tres de la tarde, el 29 de marzo de 1861.  ¡Tres horas…!

La misión de cuaresma y los ejercicios de semana santa le habían ocupado por entero. Su predicación fue ininterrumpida hasta la jornada de Pascua. En alguna ocasión, incluso, conjugó las conferencias en ambas iglesias: S. Isidro y Sta. Isabel. Sin embargo, el contenido de la correspondencia se despliega en torno a su experiencia espiritual. Experiencia plasmada en sus escritos íntimos: Pensaba en la Iglesia, la invocaba, la llamaba, la tenía cerca y miraba a su cabeza -Cristo-… Ella dejaba mi corazón herido de amor. ¡Sorprendente revelación para sus hijas! ¡Para sus seguidores/as, también!

A juzgar por sus escritos, podemos afirmar que el misterio de la Iglesia, no sólo se hallaba latente en sus disertaciones, sino que les ofrecía impagable soporte. De hecho, el misterio eclesial, es su núcleo carismático, ¿verdad? Pues sí. Progresivamente se dejó entrever e iluminó tanto la existencia como la misión de Palau:

Antes de comenzar… no podía fijarme en ninguna idea. Pensaba en la Iglesia, la invocaba, la llamaba… ¡Déjame!… ¿Y el sermón? Queda a mi cargo -entendió– Palau arrodillado en el púlpito… ¡Invadido por el misterio! ¡Seducido por él!: En lugar de prepararme para la Palabra, mi alma estaba absorta en coloquios con la Hija de Dios. Las visitas se multiplicaron y no hacían más que acrecentar el tormento, porque dejaban mi pobre corazón herido de amor y, la llaga, lejos de curarse, aumentaba. Pero esas mismas comunicaciones aliviaban mi dolor ¡Aventajado discípulo de Juan de la Cruz!

Doble movimiento interior le concentraba e impulsaba: atención a la urgente llamada del Papa y la trascendental experiencia eclesial que actuaba en el hondón de su vida, hasta apropiarse de su entera persona: Cuando Dios predica y habla en mí y por mí, yo soy el primero que recibo el don de la Palabra divina. ¡Sin duda! Y esta profunda situación espiritual apremiaba a los oyentes a alojarse en los mejores niveles de su existencia. A incorporar las experiencias que Palau los transmitía. Desde ellas vivirían, más y mejor ¡Seguro!


MISIONES EN IBIZA, I

Preámbulo

Amplia fue la actividad misionera desplegada por Palau en los años 1864-1865. Con menor intensidad la continuó en los siguientes.

¿Por qué las misiones palautianas? Como todas las celebradas durante aquellos años, fueron respuesta de la Iglesia al llamamiento evangelizador y moralizador del papa Pío IX, quien concedió especial jubileo, dadas las circunstancias dramáticas por las que atravesaba la Iglesia universal. ¿A qué alude? A las diferentes corrientes ideológicas que poblaron el siglo XIX: materialismo, marxismo, racionalismo, liberalismo etc. Todas intentaban sofocar el mensaje evangélico. De hecho, ellas favorecieron la pérdida de los Estados Pontificios. ¡Una bendición de Dios -por otro lado-!

Con la publicación de la Quanta Cura y del Syllabus -dos grandes encíclicas del papa- se conmemoraba el 10º aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción. Y las misiones de aquellos años tuvieron un objetivo manifiesto. ¿Cuál? Preparar a los fieles para ganar las indulgencias del jubileo. Sí, en la Iglesia española, los años 1864 y 1865, fueron años misioneros, ya que sus frutos resultaron verdaderamente copiosos. Palau, hombre altamente sensible a todo lo eclesial, participó de modo activo en este movimiento. Por algo poseía, desde su juventud, el nombramiento de misionero apostólico. El cual le llenaba de satisfacción. Sin embargo, ningún misionero podía contar con la dotación económica del gobierno. Debía hacerlo desinteresadamente: en razón de su ministerio y por el bien de los fieles. ¡Cuántas privaciones les imponían!

Ya conocía Palau el contexto socio-religioso del pueblo ibicenco: carácter, costumbres, religiosidad, etc. No en vano permaneció confinado allí a lo largo de seis interminables años. ¿Verdad?

Sin embargo, tal contexto, ya precario de por sí, se había degradado a ojos vista. ¿A qué se debió? A sucesos singulares, verdaderamente apremiantes y dolorosos para la Iglesia y para el pueblo. Produjeron un enorme malestar. Cierto, la Iglesia peregrina, allí, en ese momento histórico, se hallaba sumida en un evidente abandono.

Iniciando la cadena de eventos se encontraban los intentos y asesinatos de sacerdotes, así como el triunfo de la impunidad. Hechos demasiado graves para olvidarlos con rapidez.

Otro capítulo de la serie lo constituía el robo. No se respetaban las propiedades ajenas. El abuso se volvió costumbre. Y tal costumbre causaba numerosos damnificados ¿Cómo respondían estos a las agresiones? Sólo con la fuerza bruta, o volvían mal por mal. La venganza consistía en destruirse los cultivos. Los devastaban. Conclusión: De todo ello procedían reyertas, rivalidades, odios y hasta homicidios.

¿Concluyeron las dificultades? No. Frutos naturales y de toda estación lo constituían el pillaje, la inmoralidad, cortejos, etc. Sin ánimo de exagerar, podemos descubrir que el antagonismo alcanzaba hasta al mismo clero.

Al intentar frenar tales costumbres, los resultados no se hicieron esperar. Sí, sí. Los sacerdotes asesinados pagaron el precio de su fidelidad al evangelio, con la propia vida.

¿Qué causas generaron semejante ambiente? Fueron múltiples. Entre las más significativas, encontramos el abandono de las autoridades, alejadas de la Isla. La distancia impedía atajar con rapidez los desórdenes públicos. No menos, la incultura del pueblo. El continuo flujo de confinados peligrosos a la Isla, también: militares y políticos corruptos, eclesiásticos extraviados o relajados, delincuentes de primera magnitud, etc.

  1. Rafael Oliver -gobernador eclesiástico de Ibiza- cree llegada la hora de una regeneración religiosa, capaz de transformar el panorama espiritual y social de la población.

¿De qué forma? Se propone despertar la responsabilidad cristiana de las familias acreditadas en la promoción religiosa y cultural de los ibicencos. Para ello, pretende organizar unas misiones que recorran, palmo a palmo, la Isla y sacudan las conciencias adormecidas del pueblo. Enseguida pensó en el P. Palau. Hombre ajeno a intereses de cualquier tipo, conocedor de la mentalidad y situación de sus gentes, coherente con su condición de consagrado… ¡Buen fichaje!

Admirador del P. Palau, D. Rafael sufrió sobremanera. Los intentos y asesinatos de sacerdotes lo apremiaron a remediar tamaños males.

Como preámbulo de la misión, dirigió una larga circular al clero. Evocaba el lamentable estado en que se hallaba la sociedad ibicenca. Animaba a sus sacerdotes, aterrorizados por los sangrientos sucesos. Les comunicaba el proyecto de organizar una misión dirigida por Francisco Palau. Como preludio de la misma les anunciaba, también, los ejercicios espirituales del clero. A los cuales, como es obvio, debían acudir todos

Con este telón de fondo, Palau inicia la misión. Triple objetivo se proponen conseguir desde ella: moralidad, cultura y establecimiento de autoridades propias ¡Casi nada! ¡Triple milagro! ¿A que sí?

Se lanzó, de este modo, a la conquista espiritual de la Isla. Sabedor de que corría enorme riesgo: Pues si el asesino no la quiere, será el misionero su nueva víctima…Sin embargo, nuestro corazón está, siempre, dispuesto para recibir el golpe sacrificador, sea cual fuere el instrumento de que se sirva la Providencia. ¡Confianza y generosidad ilimitadas, las suyas! Como para tomar buena nota. ¿No?

MISIONES EN IBIZA, II

Al constatar la indescriptible consternación producida en el corazón de este pueblo, por los crímenes ocurridos y por otras cosas que callo: ensayos y amenazas dirigidas al mismo propósito, Palau se ha sentido sobrecogido, turbado. Ha vacilado: Por un momento he titubeado -admite-¿Os lo imagináis desconcertado? Yo, no. Sin embargo, el abandono e incultura del pueblo resultaban factores decisivos que solicitaban urgente solución. Apremiaba sacarlos de su incultura. Situarlos en la vía del progreso y la moralidad. Lo pensó detenidamente. Sin embargo una vez resuelto, he combinado mi plan. Y espero producirá buenos resultados ¡Toda una profecía!

Actuó Francisco con programa bien estudiado. No era amigo de improvisar. Menos en esta coyuntura. Concertó su plan. Tenía presente el principio de la necesaria adaptación de perfiles. Así la evangelización producirá frutos: Los efectos dependen… de la buena combinación de las formas que se adopten. Se adaptó a los métodos conocidos, sí, pero introdujo procedimientos que sorprendieron a los feligreses. Escribe para la Revista Católica, de tirada nacional: La situación del país es tan especial como difícil. Por ello las propuestas deben ser propias, características y urgentes. Por algo las ha estudiado con detenimiento y solvencia.

El gobernador eclesiástico acudió a su homólogo civil. ¿Qué solicitaba?  Protección para las misiones:  participantes y misionero. La súplica halló amplia acogida. Fueron oficiados todos los alcaldes rurales. Debían prestar su eficaz ayuda. Tanto en el mantenimiento del orden como para evitar que la seguridad individual padeciera, en lo más mínimo. ¡Muy bien, por evidenciar autoridad! ¿No?

Sabe Palau que los criminales sólo son media docena de hombres desnaturalizados, degenerados, formados en el juego y demás vicios… asesinos de profesión y oficio… Sin embargo, bastan para aterrar a veinticinco mil colonos pacíficos que confían su vida a la vigilancia del gobierno del estado. ¡Le sobra razón!

Se hizo eco la revista católica de la labor misionera de Palau en la Isla. Comunicaba la noticia a la ciudadanía de Barcelona: El P. Francisco Palau, misionero apostólico, muy conocido entre nosotros por su celo y laboriosidad, se encuentra, actualmente, en Ibiza. Imparte ejercicios espirituales al clero. Concluidos estos, comenzarán otros para seglares ¡Relevante servicio al pueblo!

Hombre comprometido con la sociedad a la que sirve es Palau -Tendremos ocasiones de abundar en esta dimensión-. Intenta, por los medios que están a su alcance, favorecer y mejorar su calidad de vida. Dignificar la dimensión humana de su entorno. Es la mejor manera de poner cimientos sólidos a la extensión ultraterrena ¿Verdad?

Antes de finalizar los ejercicios, comunica a su amigo I. Gatell -director de la mencionada revista- la penosa situación de los ibicencos. Solidario con el pueblo, detalla e interpreta la situación. ¿Motivo? Que los gobernantes se enteren:

El que no pueda darse con los autores de tales atentados quizá se deba, a la falta de poder central… que obre acorde con la autoridad eclesiástica -Denuncia y tono moderados-. Las alcaldías -puntualiza- obran con independencia, unas de otras. El gobernador, al residir en Palma, no puede proceder en casos que no admiten dilación. La autoridad eclesiástica -harto debilitada por las funestas circunstancias- al verse abandonada por el poder político central, acaba por perder su fuerza e influencia y, se ve amenazada, sin que nadie la proteja -Palau pone el dedo en la llaga-Por grande que sea el celo del alcalde de la ciudad, es un mero alcalde. Por hábil, recto y activo que sea el juez de primera instancia, no puede proceder sino legalmente. Y los malos, sabiendo trampear la ley, burlan su vigilancia… Afirmaciones enteramente acertadas, ¿a que sí? Y concluye: En la Isla, falta, además, un obispo que, protegido por el poder civil nacional, despliegue sus fuerzas morales para moderar a esta gente, en sí sencilla, dócil y digna de mejor suerte. Tales carencias generaron aquella complicada situación. Sin duda. ¡Más alto se puede decir, pero no más claro ni mejor dicho!

Y concluye:  Acudo a esa redacción para que… diga a nuestros legisladores: Ibiza, esa bella y fértil posesión de España, se hunde por falta de obispo y de alcalde corregidor. De entre sus ruinas llamo la atención del gobierno, para que tienda sobre ella su mano protectora.

Responsable, valiente, solidario, voz de los de sin voz. Palau, ¡todo un arquetipo para reivindicar el progreso de los marginados!

Agradecimientos a Hna. Esther Diaz, cm

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