Hay lugares donde una mesa es mucho más que una mesa. Es un lugar de encuentro, de escucha, de esperanza y de fraternidad. El Templo Comedor de Urrao, Antioquia, es uno de esos lugares.
Desde el año 2017, las Carmelitas Misioneras estamos presentes en el municipio de Urrao, una misión que busca ser una presencia cercana de Iglesia entre quienes más necesitan acogida, compañía y solidaridad. Llegamos a este bendecido lugar gracias a la invitación explícita de la Fundación SACIAR (Banco de Alimentos de Medellín, Oriente Antioqueño y Urabá), cuyo propósito es tender puentes entre quienes tienen posibilidades de compartir y quienes viven situaciones de necesidad. Su objetivo no es acumular, sino compartir y favorecer el desarrollo integral de niños, jóvenes y adultos mayores en situación de vulnerabilidad.
Con la Fundación SACIAR y su red de apoyo entre empresarios, grandes y pequeños productores, los alimentos llegan gratuitamente para contribuir a una alimentación adecuada de quienes más lo necesitan.
Una experiencia que nació de otra experiencia
El Templo Comedor de Urrao nació después de la experiencia de inserción que las Carmelitas Misioneras desarrollábamos en el Templo Comedor del asentamiento de Vallejuelos, en un sector marginado de Medellín. Con el paso del tiempo, hemos descubierto que luchar contra el hambre y la malnutrición significa también acercarse a las personas, reconocer su dignidad y caminar junto a ellas para gloria de Dios.
Hoy, en Urrao la misión ha ido adquiriendo un rostro propio, alrededor de esta mesa nos sentamos como hermanos más de 80 adultos mayores y 20 niños indígenas, cada uno con su historia, sus necesidades, sus sueños y también mucho que ofrecer a los demás, su agradecimiento, su trabajo sencillo en las actividades de limpieza y organización y su respeto hacen que este lugar tenga su propio encanto como misión compartida.
Muchas manos, un solo corazón.
Un grupo de 24 voluntarias mayores de 60 años entregan generosamente su tiempo y sus capacidades. Son manos que preparan los alimentos, organizan las donaciones, sirven la mesa y ayudan a que cada jornada sea posible el pan compartido, contando con el acompañamiento de las Carmelitas Misioneras, con ellos procuramos generar espacios de formación, oración y reflexión para vivir su servicio desde valores como la responsabilidad, la colaboración, el respeto, la compasión y el amor.
Su trabajo cotidiano es un hermoso testimonio de que nunca dejamos de tener algo que ofrecer a los demás, siguiendo la perenne invitación de Jesús, “Denles ustedes de comer” “Y todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”, por eso cada acción transforma vidas.
En el Templo Comedor, compartir los alimentos no es un acto aislado. Antes de consumirlos, hay un espacio sencillo de encuentro, oración y vida, promoviendo la responsabilidad compartida en la limpieza, el lavado de utensilios y el trabajo en equipo. Generando conciencia de que alimentar no significa solamente llenar un plato; alimentar también es escuchar, es acompañar, es mirar a los ojos, es hacer sentir su dignidad.
Como Templo comedor, los días jueves y domingos nos reunimos como comunidad de fe para celebrar la Eucaristía y alrededor de ésta mesa, le damos gracias a Dios por el pan recibido, compartido y servido con amor, y oramos juntos por la realidad que vivimos.
También se realizan bazares, bingos solidarios y otras actividades que fortalecen la fraternidad y con estos recursos responder a algunas necesidades concretas de las familias y personas vinculadas a esta misión.
Esta experiencia de servicio nos abre a nuevas posibilidades: invitar a los jóvenes y voluntarios a acercarse y formar parte de esta misión, porque queremos sumar nuevas manos y nuevos corazones que aporten vida a la Iglesia, porque no se trata solamente de venir a ayudar sino de compartir con aquellos que Dios ha puesto en nuestro camino.
La comunidad de Urrao, los sacerdotes de la Parroquia y la Arquidiócesis valoran nuestra presencia en el Templo Comedor como un espacio donde la Iglesia se hace cercana y acogedora, especialmente para los adultos mayores e indígenas que muchas veces viven situaciones de abandono o cuentan con pocos recursos para atender sus necesidades básicas.
Por eso, el Templo Comedor no es solamente un lugar donde se entrega un alimento. Es una casa de encuentro, es una mesa compartida, es una comunidad que acoge, es una experiencia de fe que se hace servicio. Cada plato servido cuenta una historia de solidaridad, cada voluntario aporta un poco de sí mismo, cada persona que llega a la mesa nos recuerda que todos necesitamos de los demás y ahí está el verdadero milagro: Una mesa donde cabemos todos, una misión que se construye entre todos, un lugar donde servir es también aprender a amar.
Hna. Dioselina Hernández,cm
