Se debe, el P. Palau, por un lado, a la interpelación personal de aquellos rostros dolientes de Iglesia. Y por otro, a las decisiones de la jerarquía en este mismo ámbito ¿Cómo responder al doble reto: A la Iglesia en sus hijos heridos, sin desdecirla en sus representantes jerárquicos?

Profunda contradicción. La misma Iglesia que le reclama en el dolor de los enfermos, le prohíbe actuar. Y al fin, le suspende. Desgarradora contradicción para quien como el P. Palau vive de manera integrada el misterio del cuerpo místico ¿Por dónde continuar?

Su drama interior consistía en que los enfermos seguían presentándose en Vallcarca y él tenía que despedirlos sin alivio alguno. El P. Palau lucha de modo incansable. La lucha forma parte sustancial de su legado, sí.

Sin embargo, en Els Penitents el talante era de acogida, gratuidad, inclusión, en todas las necesidades de los enfermos. Se los trataba con deferencia. Tanto a ellos como a sus acompañantes. Se salvaguardaban, por todos los medios, el anonimato, y la intimidad.

Tanto unos como otros estaban satisfechos del trato que en el centro recibían. ¡Inmejorable testimonio! Razón por la cual, más tarde, corroboraron lo expuesto por nuestro protagonista ante los jueces y el diario recorrido.

De hecho, este servicio del P. Palau se hallaba motivado por los más altos ideales. Sin dudarlo. Si su diagnóstico, a veces, era inexacto, la calidad de su prestación eclesial resultaba incuestionable. ¡Claro que sí!

En la capilla de Sta. Cruz la concurrencia iba en aumento. Y la voz de las curaciones se propagaba por Barcelona. Realizaciones y proyectos eran la comidilla en el escenario eclesial y social. Donde abundaban sospechas y acusaciones.

Tampoco cayó bien la noticia a los clérigos del entorno. Ni siquiera al obispo. La noticia saltó a la prensa y la de signo anticlerical comenzó a zarandear al P. Palau. Denominan Els Penitents, centro de superstición y de conspiración política. ¡Cómo no! Ya lo había hecho, hasta la saciedad, años atrás, con la ya conocida Escuela de la Virtud. Ambos eventos lo perseguirán hasta el final de sus días. El P. Palau, como en otras muchas ocasiones, sufrió persecución, mofa y burla.

Con el tiempo se multiplicaron los comentarios en ambas direcciones: favorables y contrarios: admiración y repulsa.

Él dirigió al obispo una exposición de lo allí ocurrido. Y sometió a su juicio el propio servicio ministerial. ¡Fiel hasta el final!

Desde el Ermitaño, semanario dirigido por él, da cuenta puntualmente de los hechos. Asume también la defensa de los suyos y de su causa.

La extrema tirantez entre la Iglesia y la administración, aconsejaba ser muy cauto, extremadamente prudente. Al llegar a ser crítica la situación fue cuando intervino el obispo en el asunto. Razón por la que cerró la capilla una vez celebrada la Eucaristía. El P. Francisco presentó sus razones al prelado. No veía por qué debía abandonar aquel servicio. Pues aumentaba el número de creyentes y crecía la moralidad en el entorno. ¡Que más se podía pedir¡. Pero el evento concluyó de esta forma. Sin más.

 

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