La mentalidad del P. Francisco se hallaba instalada en una fe vivida con simplicidad quizá, pero con intensidad y fundamento. ¡Por supuesto! Por lo cual los exorcismos resultaban signos de bendición. Algo semejante a las plegarias de sanación. Con ellas suplicaban a Dios la salud para el enfermo. A través de la oración de intercesión incesante, sí. Incluyen, al mismo tiempo, valor de testimonio en el entorno hostil del momento histórico.
Nunca se sintió protagonista, el P. Palau al ejercer el exorcistado. Actuaba siempre en nombre de Dios. De su Iglesia. Es Dios quien cura, sana, libera – insistía-. Y obraba de tal manera que el entorno lo podía reconocer.
Tal ministerio formaba parte de sus raíces. Pues el uso de oraciones de intercesión, bendiciones y otros sacramentales son prácticas habituales en él. Desde años atrás. Pero, se convierten en rasgo característico en los últimos años de su vida. ¡De buen espiritual se imbuía su actitud altamente realista! Y como tal, observaba la etapa de los enfermos.
Llegaban en fase aguda, no pocos. Algunos no habían respondido a tratamientos previos. Marginados de la sociedad y por la sociedad. Le pedían aliviara sus penas interiores y sus dolores físicos. ¡Todo un desafío que ponía en profunda reflexión a nuestro Fundador!
Sí, él discernía. Algunos casos de enfermos, los juzgó dudosos. En otros, veía que estaban afectados de melancolía o enfermedades similares. Es cuando anima a que se empeñen en tareas sanadoras, a incrementar la relación con el entorno. En no pocos casos se sirvió del juicio de los facultativos. A ellos los remitió. A veces, ante la insistencia del paciente o sus familiares y la maltrecha figura que ofrecían, el P. Palau los acogía con respeto y aprecio. Oraba por ellos. Les imponía las manos y pronunciaba, sobre cada uno, los exorcismos de la Iglesia.
En ocasiones acogió a personas necesitadas de reposo, soledad y ayuda espiritual. Se quedaban varios días con los Hermanos. Hasta que recobraban la serenidad. Es lo que el P. Palau y su Familia podían brindarles. ¡Que no era poco! Y es que sentía, por ellos, inmensa compasión -Ya lo hemos constatado-. Tales enfermos primero mendigaban para agradecer, más tarde.
En aquellas situaciones, el P. Francisco, llegó a ser un rayo de luz para quienes lo observaban con ojos limpios. Blanco de crítica y repulsa para los de mirada turbia. Las páginas de Mis Relaciones dan fe de la lucha que se libraba en su interior, ante las nuevas situaciones.
Como telón de fondo de este comprometido servicio -1865-, encontramos al P. Palau debatiéndose en la noche de la fe. Se percibirá impotente para curar -y ni siquiera para aliviar- a diferentes personas (febrero y marzo del 1866). Así se ponía en juego la fe ciega de este hombre de Dios. Personificada en la palabra de Cristo, quien para él era la Iglesia.
Los resultados de su actuación fueron diversos y hasta opuestos. ¿Verdad? Discurrían desde la ineficacia a las curaciones indudables, portentosas. A él le parecían tan evidentes que no podía dudar de la intervención divina. No son sólo declaraciones suyas sino afirmaciones de testigos presenciales ¡De modo que se fortaleciera la confianza en él y en su misión!
En esta prueba el P. Palau, como otro Jeremías, luchó para salvar a su pueblo, en los miembros más vulnerables. Toda una excelente referencia para nosotras, sus hijas.
El exorcistado fue el apostolado más comprometido y exigente del servicio eclesial del P. Francisco. No es posible dudarlo ¿verdad?
