Los feligreses remitieron, al prelado, un significativo escrito. En defensa del P. Palau y de su actividad, sí. En él refieren, también, la calidad de su apostolado, a nivel espiritual: predicaciones profundas, ejemplo de vida, incremento de la práctica sacramental. Ayudan a la regeneración espiritual de la población. El obispo no duda de la benéfica actividad del P. Francisco.

¡No podía dudar! Pero actúa con prudencia. Y es que al P. Palau lo han denunciado por su actividad social. También le hostigan desde círculos eclesiales.

Facturado el escrito al prelado por un grupo considerable de fieles fue un suceso de interés. En él se defendía no solo al P. Palau sino a su actividad.

Como la situación llegó a ser crítica, por la intervención del prelado  en el asunto, se cerró la capilla. Una vez celebrada la Eucaristía dominical -ya lo hemos advertido-.

El P. Palau le presentó sus razones. No veía por qué debía abandonar aquel servicio: se beneficiaban los enfermos, se ahuyentaba el mal, etc.

A través de tal escrito los fieles se solidarizaron con el Padre y le manifestaron su disconformidad. Nuestro Fundador, aceptó la decisión de clausurar la capilla. Con humildad ¡claro! Con mucho dolor, también.

Mientras no se lo ha impedido el obispo, las celebraciones eran públicas. Al clausurar la capilla, se limitaron a lo privado.

La obediencia al obispo no acallaba la lucha interior ante aquella disposición: personas angustiadas que le pedían ayuda. Al mismo tiempo las familias afectadas manifestaban interés, cercanía y cómo no, también, disgusto. Habían experimentado el servicio desinteresado y generoso del P. Francisco. De él les atraía, además, su sorprendente estilo de vida sobrio. Reconocido por amigos y enemigos.

Pese a este modo de actuar, a los enfermos, en Els Penitens, se les atendía de forma gratuita. El único objetivo del P. Francisco era la curación física y la regeneración espiritual de los pacientes. ¡Significativo propósito!

Con la prohibición del obispo, el P. Francisco reconoció otra nueva manifestación del triunfo del mal.

Los vecinos recibieron la noticia con pesadumbre. También ellos identificaron el triunfo del mal sobre aquellos brotes de regeneración moral y religiosa.

Y, como siempre, los más pobres entre los pobres cargaban con las consecuencias. El corazón le sangraba por la incomprensión. Sorbió y vivió la derrota con mucha conciencia, pero quiso llegar hasta el fin del proceso.

La decisión del prelado fue su mayor sufrimiento, sí. Pues el P. Palau mantenía con él relaciones cordiales. Su respeto rayaba en veneración.

Durante un tiempo se enfrentaron en su espíritu dos impulsos opuestos: resistencia y sumisión. Ante la negativa se refugió en la oración y en la soledad. Obedeciendo al prelado creía amar con más lealtad a la Iglesia.

Aquella circunstancia le propinó momentos de dolor y oscuridad intensos: Ha quedado mi alma sumamente abatida. En vano, se levanta, si Dios no le tiende su mano. Llamé a mi Amada, pero mi voz no tenía fuerza. El amor estaba como fuego entre cenizas. Y agrega, ¡cuán fácil fuera olvidarlo todo, si Dios no vigilara! ¡Problemática situación, para él!

Se retiró al Vedrá donde permaneció no pocos días. Necesitaba, con urgencia, tiempo suficiente para incorporar la nueva situación – los días 10 julio al 4 agosto-.

Aconsejado por personas autorizadas someterá los hechos y su comportamiento ante ellos, a sus superiores: el Papa, los Padres del Concilio Vaticano I, y los Superiores de su Orden.

Preparó viaje a Roma, realizó proyectos. Hablará personalmente con el Vicario de Cristo. A él le expondrá la situación. Le pedirá licencias para seguir ayudando a los más vulnerables. En Roma -llega a mediados de diciembre 1866-. Y allí, permanecerá cuatro meses.

A nosotras, hijas del P. Francisco ¿Nos interrogan estas actitudes suyas? ¡Claro que sí! A intensificarlas nos invita. Pues a no pocos ninguneados los tenemos muy cerca de nosotros. ¿Verdad?

es_ESES
Compartir