Al barrio de Vallcarca llega gente de aluvión. Eran pobres de solemnidad. Desecho de la revolución industrial. De las zonas rurales, también. Con desnutrición acumulada, incultura y enfermedades del tiempo: pulmonías en invierno, difteria, peste y tifus en verano. Falta de lo imprescindible, en una y otra estación. Por no tener, ni médico tenían. No podían costeárselo. Emigran, unos a Barcelona para elevar su nivel de vida. Extremadamente deteriorado, por la pobreza que envuelve al mundo rural. Otros -o, luego aquellos mismos-, suben desde la zona industrializada. Pues está menguando su salud. Vallcarca, ¡zona sana de Barcelona! Ayer y hoy. ¿Verdad?
El P. Palau trató de despertar, en su ambiente, la percepción del mal. Luego lo confirma. Estaba convencido de esa intervención en los avatares de la sociedad, en la historia y destinos humanos. E intenta fustigarlo desde doble dirección: su actividad ministerial y sus escritos. Como exorcista, ¡Claro!
El libro del Apocalipsis, tan meditado por él, lo reconoce ahora. especialmente en la situación de no pocos enfermos.
En la sociedad del siglo XIX, sobre todo en Cataluña, fueron muy propensos a creer que todos los males proceden del diablo. Este sentimiento anida, de modo particular en la gente sencilla, huérfana de cultura. Tampoco se halla ausente de la gente culta, ni de personas de Iglesia. No pocos clérigos practicaban exorcismos. Lo que indica acierto. El diablo se halla presente en la vida e historia de la Iglesia. Ayer y hoy.
A partir de octubre de 1864 los vecinos de Horta acudían a misa a la capilla dels Penitents. También los de otros pueblos y de los alrededores de Barcelona. Unos y otros valoraban al P. Francisco. Le trasmiten sus problemas. Confían en él. Y de él esperaban ayuda, alivio. A él le duele el alma contemplar tantos males juntos. Echa cabeza al asunto para ver en qué medida puede ayudar. ¡Y descubrió ciertas posibilidades! No piensa desecharlas.
Discernía el P. Francisco, discernía. Algunos casos de enfermos, los juzgó dudosos. En otros, veía que estaban afectados de melancolía o enfermedades similares. Es cuando les anima a empeñarse en tareas sanadoras, a incrementar la relación con el entorno. En otros, se sirvió del juicio de los facultativos. Comenzó por remitirlos al médico de Horta.
Aunque no abundaban las llamadas en su escenario, nuestro fundador se sintió llamado por Dios a trabajar por el alivio y curación de la salud en su contexto. Sí, comenzó a ejercer el ministerio del exorcistado. En él, tal servicio resultó vocación personal: Se halla entrañado en la médula de mis huesos. Mil veces lo he desechado, otras mil ha vuelto con fuerza superior. -Así se lo comunicaba al obispo-.
Convencido estaba de que, si los colectivos se hallaban bajo el poder del mal, se debía a la degradación de la persona humana. Identificaba, como soporte del desenvolvimiento del mal, la ignorancia, la angustia, el miedo, la sugestión etc. ¡Qué entretejido! ¡Pobres enfermos!
En el Ermitaño, semanario dirigido por él -ya lo hemos visto- desde el primer número aflora su preocupación sobre la actuación perniciosa del mal, en sus diversas manifestaciones. En la sociedad, en los fenómenos naturales y en la conducta humana. Para él resultaba una realidad fuera de toda duda.
Al mismo tiempo, comenzaron a llevarle diferentes clases de enfermos. Numerosos. Presentaban cuadros clínicos complejos. Iban desde anormalidades psicosomáticas, dementes, desequilibradas, psicópatas, perturbadas, esquizofrenia aguda hasta los posesos por malos espíritus.
Otros, atacados por tentaciones internas que les incitaban al suicidio.
En consecuencia los efectos eran diversos. No hacen nada, los exorcismos, en ocasiones. En otras, recuperan la salud y en adelante viven con normalidad. En alguna que otra, no pueden ser más positivos. Son curaciones portentosas. Las afirmaciones no proceden sólo del P. Francisco sino que provienen de testigos presenciales.
Marginados de la sociedad y por la sociedad. Le pedían aliviara sus penas espirituales y sus dolores físicos. ¡Todo un desafío! ¿Qué hacer?
A partir del año 1865 nuestro protagonista se dedicó a ellos casi exclusivamente. Tal ocupación contará con dos frentes: su actividad ministerial y sus escritos. Como exorcista, ¡Claro! -Dicho con anterioridad-.
La dedicación a los más necesitados fue/es una llamada urgente a sus hijas, hoy: Reducirlo, hasta eliminar el que en nosotras y en nuestro ambiente anida. Así se intensificará la verdad, la vida y, el bien. El evangelio, en definitiva. ¿Verdad?
Objetivo del P. Palau en esta comprometida misión consistía en una concreción de la lucha de la Iglesia contra el mal. El cual entorpecía su expansión, así como ofrecer el evangelio en su ámbito. Además nuestro fundador, estableció en Sta. Cruz de Vallcarca, una de sus fundaciones.
Hoy, después de permanecer allí, un tiempo considerable, desde la existencia del P. Francisco, sus hijas siguen/seguimos viviendo desde tales raíces. Desde tal ascendencia y orígenes. Y residen dichosas. Se sienten afortunadas al permanecer en ese lugar bendecido por la presencia de su/nuestro procreador y maestro. Contemplan, así mismo, incluida en el proyecto, la dimensión humano-espiritual, es decir, lo sustancial de toda la Familia, alumbrada por él. Tal presencia es, nada menos, que un importante remanso y por ello se transforma en emblema de nuestro linaje: Carmelitas Misioneras.
