Otra de las manifestaciones de esta época fue la religiosidad popular. El P. Palau declaraba que la suya era sustrato propio y familiar. Hijo de la Cataluña rural de su siglo, incorporó tales convicciones. El mal era un personaje con el que se contaba con frecuencia. En su hondo sentido religioso se encontraba arraigada esta creencia. Y su influencia en la vida cotidiana. ¡Sin ninguna duda! Enfermedades, contratiempos, tormentas, malas cosechas…Todo era obra del mal ¡Lógico! Por tanto, urgía ahuyentarlo, ¡a toda costa ! La ciencia se encontraba en pañales. Bendiciones, asperjes, exorcistados fueron revulsivos, utilizados por Palau para combatirlo. ¡Sí! ¡Sí!
Más tarde, la población de Vallcarca, la formaron colectivos populares. Muchos emigrados del campo. Población escasa en cultura. Propensa a la superstición. En su desarraigo socio-cultural, fue especialmente vulnerable ante las corrientes filosóficas de la época. Ante las creencias ancestrales, también. ¡Claro!
Al mismo tiempo, Francisco conocía el movimiento expansivo del espiritismo en Barcelona. Sus centros generadores. A la vista de casos concretos, se había convencido del nefasto influjo que ejercían. Tanto sobre personas como sobre familias. En trance de angustia, unos y otras acudían al espiritismo en busca de alivio. También a la magia. Llevado por el evangelio y por la compasión con los que sufrían, Francisco estudió los errores de estas ideologías -magia, espiritismo, ocultismo-. Y los combatió desde la doctrina de la Iglesia. Era una lucha abierta contra el poder del mal. Y los clubes espiritistas de Barcelona lo reconocieron como un gran adversario. ¡No podía ser de otra forma!
Tanto su origen dentro del mundo rural y tradicional, como su contacto con medios, influenciados por el espiritismo y con colectivos propensos a creencias fantásticas, incidieron en él. Le dolieron.
El sentimiento de la convivencia con el mal anida, de modo particular en la gente sencilla, huérfana de cultura. Tampoco está ausente de la gente culta ni de Iglesia. No, no. Numerosos clérigos practicaban exorcismos. No andaban errados. Jesús ahuyentó al maligno de su presencia. Tampoco se encuentra ausente de ciertas situaciones actuales. Así lo afirman no sólo la gente crédula sino realistas y sesudos hombres de Iglesia. Tal situación llegó a ser alarmante. La autoridad eclesiástica alertó a los fieles y los orientó. Las periferias de Barcelona resultaron ámbito propicio para la difusión de estas doctrinas. Allí, se formaban nuevos núcleos de población inmigrante. Era donde actuaba nuestro protagonista. Allí, el origen de su inclinación a lo social.
El pueblo llano poseía, en Cataluña, arraigadas creencias y costumbres. Las cuales influyeron en una especie de culto a los espíritus. El amplio y ambiguo concepto de revolución y todo lo nuevo, lo percibían como obra del mal. En los ámbitos de ideas y costumbres. En particular de la salud y las cosechas. En cuanto a la salud se acentuó durante las fuertes epidemias de la época. A día de hoy, aún quedan vestigios de estas creencias en su bagaje cultural. ¡Son muy conocidos! ¿Verdad?
No veían a un demonio con cuernos, cola y horquilla, como lo pintaba la imaginería popular. Sino como el origen del mal que zarandeaba a los humanos. A su entorno. En ese mal pensó también Francisco Palau. ¡Claro que sí!
En el margen opuesto a la Iglesia, el movimiento racionalista imponía, el satanismo, en su acepción de magia tradicional. Aumentaban, así mismo, su influencia el espiritismo y el ocultismo.
¡Cuánta escoria en cambios de época como la que vivió Francisco! Y ¡cómo la que nos toca vivir a nosotras!
