La sencillez es don y es tarea. Es don porque sobrepasa, sin pretenderlo, la dimensión humana. Y es tarea porque las personas han de poner lo mejor de sí mismas para favorecer su extensión y profundidad con tal de que pueble nuestro ámbito y planeta.

A nuestro querido protagonista lo bautizaron el mismo día de su nacimiento -día 29 de diciembre de 1811-. Nació en el hogar de los Palau: José Palau i Miarnau, y Antonia Quer i Esteve y en su casa y familia descubrió sencillez por rincones y espacios abiertos. No le causaba vergüenza porque era algo así como su DNI.

Convivió en su hogar con otros ocho hermanos. Entre ellos él ocupaba el séptimo lugar. Eran de posición modesta. No figuraban entre el colectivo más valorado de la población. Francisco era un niño como los demás niños: jugaba, iba a la escuela,¡ah! y con su padre formaba parte del coro parroquial. Vivía en una villa -como la suya- humillada por el dominio de los ocupantes franceses.

Pronto su hermana se lo llevo con ella. Rosa se había casado y vivían en Butsénit, un barrio de Lérida impregnado por un clima religioso donde proseguiría los estudios sugeridos, por el maestro y el sacerdote de Aitona, quienes influían y mucho en el futuro de los pequeños. Si ellos afirmaban que el niño servía para estudian todos se empeñarían en conseguirlo. Antes del traslado recibió el sacramento de la confirmación.

Ya de niño probó los sinsabores del esfuerzo. Cada día se trasladaba de Aitona o Butsenit al Seminario para recibir clases. Sí es que la sencillez tiene capacidad de adaptación. Desde donde se reduce lo complejo a lo simple.

Desde ella se comprende mejor lo que es realmente valioso y las relaciones que establezcamos serán de calidad. Nos entretejerá con la prudencia y la generosidad, pues mantiene congruencia entre lo que se dice, se piensa y se hace. Evita la ostentación de los propios éxitos y adjudica la adecuada importancia a los valores personales. Valor éste del insistente empeño. En este devenir tan elemental   admite errores y sabe pedir perdón.

Cuando en la existencia humana o social prevalece el tono de sencillez afirmamos que el escenario facilita la experiencia de valores a nivel personal y de grupo. Y lo admitimos convencidos. Tenemos conciencia de que hemos dado con el quiz de algo importante. Sí, sí es una prueba irrefutable. Lo mismo ocurre en el sentido opuesto. Para sentirnos mal solo hemos de persuadirnos de que nuestros pies se tambalean porque les falta base. Razón por la que el p. Palau se exilió a Francia al arreciar las guerras carlistas. Perdía dignidad.

Una base fundamental para el recorrido es la llaneza. De hecho, para vivir con cierto bienestar requerimos seguridades. ¿Verdad? Vivir convencidos/das de que cuantas más necesidades tengamos cubiertas más serena y gratificante resultará nuestra existencia. No tenemos más que prolongar la mirada para percibir la gran verdad que configura esta sencilla afirmación.

Tiene muchos rostros la sencillez. No ambicionar puestos de relieve, ni presidir trabajos destacados. Negarnos a poner como modelo nuestra forma de realizar lo que se nos encomienda. No permitir que otros nos valoren cuando es algo a lo que nos sabemos obligados. Huir de las apariencias. Por algo el P. Palau se refugió en la cueva: el lugar más cercano al corazón de la tierra. Continuar la obra que otro/otra inició. No filtrar y mantener en el entorno nuestra propia aportación humana o profesional. Quitarle oropel. Fue una tarea ininterrumpida del P. Palau a lo largo de sus días. Valorar lo que otros hacen, etc.

Las personas en las que en su recorrido crece al unísono el deseo y el empeño porque este interesante dúo se realice en la propia vida, escalan numerosos peldaños en la capacitación del recorrido existencial. El P. Palau no solo era ermitaño, sino que llegó a percibirse PADRE DE LA IGLESIA.  Y para procurar su expansión y calidad, ¿qué hacer? Vivir el día a día que se nos brinda en esta clave. Acoger y expresar con auténtica sencillez lo que somos en lo que hacemos. Procurar que se nos engendre de vida auténtica el receptáculo de la propia expresión. Lo cual tan bien nos cae a cada uno porque es lo mejor de nosotros/as mismos/as. Si no existe o desaparece la sencillez nos quedamos en auténtica trivialidad. Rampante frivolidad.

Lo descubrimos en la presentación o el quehacer de personas relevantes a nivel social. Nos parecen auténticos oropeles sin valor, las alhajas que no se pueden proteger en este cofre.

Sin embargo, sorbemos con avaricia el contenido que encierra la vida envuelta por la llaneza. Valoramos a las personas que derrochan sencillez.

¿En qué situación descubrimos al P. Palau? He ido desgranando algo de lo que fue porque lo acogió, vivió y contagió.

Fue hombre de gran talla humana. Perteneció a esa saga de personas sencillas que han poblado nuestro planeta y han contribuido, sin ambicionarlo, ni siquiera pretenderlo, a mejorarlo. Así sostenía y enriquecía su propia existencia y la de tantas mujeres y hombres como los que enriquecían la plataforma que le sostenía a él y a sus afines. Eso es lo que realizó con el conjunto de sus seguidores/as: UNA AUTÉNTICA FAMILIA RELIGIOSA.

es_ESES
Compartir