Si a los grandes fundadores se les distingue por el desvelo realizado, por las dificultades superadas, por la originalidad del carisma fundacional, nuestro fundador tiene puesto asegurado entre ellos. Fundador, quien ha creado un ser espiritual nuevo, un estilo de vida evangélica original, aunque quedara al final de su existencia en precarias condiciones canónicas.
Juan de la Cruz, buen catador de los refinados secretos del espíritu asegura que son pocas las almas capaces de experimentar la verdad del símil evangélico del grano de mostaza… Más algunas han llegado, mayormente las de aquellos cuya virtud y espíritu se había de difundir en la sucesión de sus hijos, dando Dios la riqueza y valor a las cabezas en las primicias del espíritu, según la mayor o menor sucesión que habían de tener en su doctrina y espíritu (Llama de Amor Viva 2, 11-12). A esta tipología responde el P. Palau quien descubrió, en determinado momento, que todos habían sido pasos contados por los que le había conducido desconcertadamente el Señor: Creo me llamó la Santa a su Orden para esta obra -el Carmelo Misionero-. No llevaba tres años completos en el convento cuando tuvo que abandonarlo a golpe revolucionario.
Perdió dimensiones significativas en su vocación: la fraternidad, el recinto monacal, la observancia regular del ordenamiento legal. Le quedó solo la fidelidad al espíritu, asimilado durante la formación. Al sumar esa fidelidad y el tiempo descubrió el haber sido guiado por Dios al Carmelo para abrir nuevo cauce en él. El trayecto resultó un largo camino de búsqueda. Nació de la admirable fusión, operada en él entre la herencia teresiana y su experiencia eclesial.
Una vez situado en España, después de la prolongada estancia en Francia, el P. Francisco trató de invertir la herencia familiar recibida y tenerla cerca para dedicarla al beneficio de su entorno, pues demostrado estaba que la necesitaban.
Se vuelve fundador y líder a la fuerza. Hay en él algo que arrastra y congrega pese a la figura que le presenta como anacoreta irrenunciable.
Los seguidores han convivido con él en Francia, en Barcelona. Donde nos encontramos. Motivo por el que le siguieron hasta aquí. Entre todos disponían el espacio para la convivencia. Cada uno trabajaba aquello que mejor conocía. El P. Palau lo coordinaba todo. Permanecía pendiente de ellos. Atento a los movimientos del pequeño grupo y no menos de los transeúntes que merodeaban, por aquella zona. No pocos le buscaban a él.
Llevaba en el alma una herida, abierta, extendida, profunda. ¿La de no atender a quienes le pedían ayuda? La última palabra en cuanto a su servicio eclesial de atención a los demás -como es de suponer- la tenía el obispo. Si nos referimos a apostolado, él vivía en ese compás -ya lo sabemos-
La verdad es que nuestro protagonista no esperaba una mayúscula oposición, pues hasta las familias que no aguardaban esa ayuda apoyaban sus decisiones. Lo reconocían como hombre honesto, sobrio. De él les atraía, su sorprendente estilo de vida solidaria, generosa en compartir lo poco de que disponía. Razón por la que lo valoraban como hombre semejante a ellos, pobre. Sabían que no se reservaba nada. Todos lo admitían: unos y otros, amigos y enemigos. Todos. Y de parte de casi todos le llegaban los reconocimientos.
No obstante, a los enfermos les atendía lo mejor que sabía y de forma gratuita. ¿Su único objetivo? la curación física y la regeneración espiritual de unos y otros. ¡Significativas intenciones, relevante propósito!
Las actitudes del P. Francisco nos cuestionan intencionadamente. ¡Sí, sí! A prolongarlas en este momento histórico nos invita con ellas. Pues a no pocos ninguneados los tenemos muy cerca de nosotros. ¿No es así?
Lo auténtico de este su servicio se hallaba motivado por los más altos valores del espíritu. Si su diagnóstico, a veces, no era exacto, la calidad de su prestación eclesial resultaba incuestionable. Al mismo tiempo y pese a su evidente pobreza, este hombre de Iglesia hasta tenía proyectos significativos para mejorar la salud de los clientes. A toda clase de enfermos mentales. Con preferencia, a los más pobres pertenecientes a cualquier sector.
Al compás de estas diferentes notas vivía su drama interior. Tal drama consistía en no poder proteger a los enfermos que solicitaban de él algún tipo de ayuda. Compartir con los que acudían a els Penitents en busca de alivio, y él se veía obligado a despedirlos sin poder ofrecerles apoyo. La obediencia al obispo no silenciaba la enorme lucha interior que lo zarandeaba ante aquella urgencia: personas atribuladas, necesitadas de ayuda. Más dolorosa porque al mismo tiempo las familias afectadas manifestaban interés, cercanía y cariño por él y por su obra.
Una visión superficial de la realidad podía desenfocar el heroico apostolado de estos últimos años de su vida. Acudían a su vivienda de Vallcarca -Barcelona- muchos abandonados por la familia o la sociedad en busca de ayuda material o espiritual. Algunas con síntomas de enfermedades mentales.
Pese a la incomprensión y a las persecuciones sufridas por esta actividad, el P. Palau se entregó a ella sin esperar reconocimiento o recompensa humana, consciente de que sufría por la Iglesia y sus miembros dolientes.
Con la prohibición del obispo, nuestro protagonista reconoció otra nueva manifestación del triunfo del mal. Y, como siempre, los más vulnerables padecieron las consecuencias. Sí, el corazón le sangraba por la incomprensión. Él -P. Francisco- generoso como siempre las sorbió y las tuvo muy en cuenta.
Su cercana relación con el obispo no disminuyó el dolor que le invadía al no poder ayudarlos. Pues lo respetaba hasta tal punto que en ocasiones tal respeto se confundía con la veneración.
Durante un tiempo convivieron en su interior dos impulsos opuestos: resistencia y sumisión.
Resistencia para no echar por la borda toda dificultad. La sumisión, actitud muy propia suya, autenticó su talante evangelizador.
En el proyecto fundacional de Vallcarca nos encontramos con el P. Palau en comunión con los antiguos compañeros de la Escuela de la Virtud, sí y de otros que se les han unido. Ahora, hermanos de vocación.
