El talante del P. Francisco lejos de ser mágico era una fe vivida con simplicidad, y convencimiento, quizá. Con intensidad. Con mucha intensidad. Por lo cual los exorcismos que ofrece él, resultaban signos de bendición. Algo semejante a las plegarias de sanación. Con ellas suplicaba a Dios la salud para el enfermo. A través de la oración de intercesión incesante. Sí. Incluyen, al mismo tiempo, valor de testimonio en el entorno hostil que la administración les proporcionaba en aquel momento.
Nuestro Fundador nunca se sintió protagonista. Actuaba siempre en nombre de Dios. De su Iglesia. Es Dios quien cura, sana, libera. Tal ministerio forma parte de sus raíces. Cierto, el uso de oraciones de intercesión, bendiciones y otros sacramentales son prácticas habituales en él. Pero, se convierten en rasgo característico en los últimos años de su vida. ¡De buen espiritual se imbuía su actitud altamente realista! Y como tal, observaba la situación de los enfermos.
Enfermos que llegaban de formas diferentes -Ya lo hemos visto-. Marginados de la sociedad y por la sociedad. Le pedían aliviara sus penas espirituales y sus dolores físicos. ¡Todo un desafío! ¿Qué hacer?
El P. Francisco discernía.
A veces, ante la lamentable figura que ofrecían, el P. Palau los acoge con respeto y aprecio. Ora por ellos. Les impone las manos y pronuncia, sobre cada uno, los exorcismos de la Iglesia.
En ocasiones acogió a personas necesitadas de reposo, soledad y ayuda espiritual. Se quedaban varios días con los Hermanos. Hasta que recobraban la serenidad. Es lo que nuestro Fundador y su familia podían brindarles. ¡Que no era poco! Y es que sentía, por ellos, inmensa compasión.
En aquellas circunstancias, el P. Francisco, llegó a ser centro de admiración para unos. Blanco de crítica y repulsa para otros. Las páginas de Mis Relaciones dan fe de la lucha que se libraba en su interior, ante este nuevo capítulo de la serie.
Como telón de fondo de este comprometido servicio -1865- encontramos la situación concreta, impotente para curar o aliviar a diferentes personas -febrero y marzo del 1866-. Así se manifiesta su fe ciega. Personificada en la palabra de Cristo -Iglesia- que reiteradamente le sitúa ante el fracaso.
Al ser diferentes los tipos de enfermedad mental que expresan los pacientes lo son los efectos de la actuación del p. Francisco. Y no solo fueron diversos sino hasta contrapuestos. ¡Cierto! En ocasiones los exorcismos no hacen nada. En otras, recuperan la salud y en adelante viven con normalidad. Como si nada negativo les hubiera ocurrido. En alguna, que otra, no pueden ser más positivos: curaciones portentosas. Al p. Francisco le parecían tan evidentes que no podía dudar de la intervención divina. No son sólo declaraciones suyas sino afirmaciones de testigos presenciales. ¡Motivo por el cual se fortalecía la confianza en este hombre de Iglesia!
En esta prueba, nuestro Fundador -como otro Jeremías- lucha para salvar a su pueblo, en los miembros más vulnerables.
Sí, la atención a los más pobres resultó ser su definitivo servicio a quienes poblaban su entorno. Preferentemente a quienes presentaban, sin disimulos, sus credenciales de pobreza.
Objetivo de este hombre, en esta comprometida misión consistía no sólo en la lucha contra el mal sino en la liberación de las víctimas.
En ese momento histórico la postura del magisterio de la Iglesia era de vigilancia. Doctrina común de escritores y de círculos católicos. Afirmaban que el diablo era el protagonista de todo lo negativo en los ámbitos de ideas y costumbres. En el margen opuesto a la Iglesia, el movimiento racionalista identificaba al demonio con la idealización del mal. El satanismo se imponía en su acepción de magia tradicional. Aumentaban, así mismo, su influencia el espiritismo y el ocultismo. Tal situación llegó a ser alarmante. La autoridad eclesiástica alertó a los fieles y los orientó en su conducta. Las periferias de Barcelona, donde se formaban nuevos núcleos de población, resultaron ámbito propicio para la difusión de tales doctrinas. Era donde actuaba el p. Francisco.
El pueblo llano poseía, arraigadas creencias y costumbres que influyeron en una especie de culto a los espíritus. Al diablo en particular. Lo relacionaban con la salud y las cosechas. En cuanto a salud se redujo durante las fuertes epidemias de fiebre amarilla y cólera morbo. Una y otro asolaron preferentemente Cataluña durante esta época. A día de hoy, aún quedan rastros de tales creencias en su bagaje cultural.
En este apostolado invirtió nuestro Fundador su ser y su haber. ¡Sin ningún género de dudas!
