Durante los últimos años el P. Palau dedicó sus esfuerzos a una actividad no solo delicada sino hasta heroica: la atención a los zarandeados por el mal. La revolución de 1868, violenta más que ninguna, en sus ataques contra la Iglesia, le debió parecer una confirmación palpable de sus sospechas.
Como la prensa era un arma formidable en manos de los enemigos de la fe, él les hizo frente con las mismas armas. Fundó el semanario “El Ermitaño”. Desde el cual, desenmascararía a las fuerzas ocultas que inspiraban aquélla. Era un semanario religioso – político -. En la cabecera de cada número, como lema, anotaba: ¿Quién como Dios? Comenzó su singladura en noviembre de 1868. Y continuó hasta un año después de su fallecimiento.
Escribía, el P. Francisco las páginas firmadas por la redacción del semanario. Además de las que llevaban explícitamente su autógrafo. Tal publicación sólo tuvo un vínculo con la política: el de la información. Trasmitía noticias destacadas en los ámbitos nacional e internacional.
Su enfrentamiento con los enemigos de la Iglesia fue continuo y directo, pero siempre en el plano religioso y pastoral. El dibujo del diablo aparecía cada semana, como protagonista central. No sólo el P. Palau sino un selecto grupo de colegas compartía sus ideas y dibujaba las cabeceras del Ermitaño.
Con el semanario nuestro Fundador sólo quiso vindicar los derechos de Dios y de la Iglesia. Escribía con decisión y valentía.
La postura que él exige a un apóstol de la Iglesia, en cuanto a política, ante las diversas opiniones posibles, es la de absoluta neutralidad. Sólo debe guiarle el servicio de Dios y de los hermanos.
Está destinado el Ermitaño a llenar un vacío en la historia contemporánea de la sociedad: La lucha entre Dios y el mal. Que se pronunciará a favor de la Iglesia. Aunque el mal se esconde y se presenta como un ángel protector, el semanario lo mostrará tal y como es.
Otro documento palautiano es el exorcistado y la influencia de ése daño. En la tirada aparte se añade: Observaciones dirigidas a los padres del Concilio Romano, por la redacción del Ermitaño. En él, expone su pensamiento sobre el exorcistado y su función en la Iglesia. Rebate la opinión de quienes no comparten su tesis. Indica que son muchos los casos de posesión de las personas por el mal y de su influjo en la sociedad. Propone el establecimiento de centros asistenciales para las víctimas. Pide que la Iglesia católica restablezca el exorcistado como orden permanente. Así, luchará contra los estragos, causados por lo nefasto, tanto en las personas como en la sociedad.
El folleto consta de ocho páginas.
Tanto la doctrina como la actividad apostólica relacionadas con el exorcistado son los aspectos más discutibles de la polifacética figura del P. Palau. Sólo desde su momento histórico y en su ambiente podemos comprender mejor su postura.
Las páginas de sus escritos nos ofrecen la posibilidad de llegar a una visión más completa y global de su persona. Del espíritu que le guía, también.
Tienen marcado carácter divulgativo las obras impresas. Sin embargo, en las que permanecen inéditas prevalece el tono confidencial: rasgo inconfundible de su favorecida personalidad.
Su escritura sigue un orden al ritmo de su experiencia de cada período. La característica más destacada de sus escritos es esa irrefrenable tendencia hacia la expresión figurativa y simbólica.
Escribir, destacada forma de permanecer vivo y comunicador entre sus seguidores y lectores.
A lo anterior se añade que el P. Palau fue un auténtico precursor. Un profeta en los temas teologales que más le preocupaban. La eclesiología de su tiempo no había captado ciertas realidades del misterio eclesial. Que para él resultaban evidentes y vivenciales. Faltaba una elaboración precisa. Razón por la cual él, la tuvo que improvisar. Más por penetración vital que por estudio analítico. Pero que no logró estructurar orgánica y sistemáticamente.
Dependiendo de tal misterio podemos establecer las demás coordenadas de su experiencia y pensamiento. Misterio de la Iglesia, punto cardinal de su experiencia espiritual, de su doctrina y el quicio de toda su actividad apostólica. Sí, el P. Palau fue profeta del misterio eclesial.
Y sus hijas ¿Seguimos su hoja de ruta? ¿Aportamos nuevas extensiones que la amplíen y autentiquen? O ¿minusvaloramos lo recibido?
