El origen de la comunión entre el p. Palau y los primeros colaboradores suyos lo encontramos en la Escuela de la Virtud. Allí lo descubrieron como guía, líder, a quien merecía la pena acoger y formar parte de su presente y de su futuro porque podía ofrecerlos aquello que ellos necesitaban.

En Vallcarca convivieron con él y con él se desplazaron a Ibiza donde la convivencia fue acompañada en todo momento por el maestro que ya se encontraba confinado. El destierro fue largo. Demasiado, pero ellos supieron aprovecharlo en todos los sentidos. Cierto, pero los primeros años de destierro no se valoraron como eslabón fundacional.

La experiencia le sirvió para actuar en otros lugares. También para incorporar la antigua institución de Randa a sus propios proyectos fundacionales. Cuando estos se fueron configurando S. Honorato se contempló incluido en el conjunto de su obra. Las visitas del P. Palau sirvieron para establecer lazos cada vez más fuertes con las comunidades que iban surgiendo. En 1862 escribió reglas propias para los ermitaños de Randa y colocó al frente del grupo a su hermano, Juan. De esta forma el proceso de integración en la propia familia religiosa se iba completando.

Casi al mismo tiempo que la reforma de S. Honorato, se realizaba la organización de Es Cubells como comunidad estable 1860-1862. Para ello fue ampliando el grupo. En ambos colectivos -S. Honorato y Es Cubells- la vida estaba calcada en el patrón de los conventos contemplativos carmelitanos, aunque con cierta elasticidad, dada la reducida consistencia de las comunidades y las necesidades más elementales para sobrevivir.

En la comunidad de Sta. Cruz de Vallcarca -Barcelona- fijó su residencia habitual el P. Francisco el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones ministeriales, y los viajes imprescindibles. En 1861, al comienzo funcionaba la comunidad con pocos Hermanos, entre ellos Juan Palau, hermano menor del P. Francisco. Cuando Juan fue destinado ya se habían agregado otros. Para 1862 se inició allí la actividad apostólica al compás de la orientación que le dio nuestro Fundador.

A partir de 1864 se convirtió en centro de actuación en favor de los marginados -enfermos mentales, y físicos-. Junto a la casa de las Hermanas, levantada a poca distancia.

En el Arrabal de Sta, Catalina eran ya cuatro los miembros de la comunidad, algunos provistos del oportuno título de magisterio, otros gestionándolo. Será una de las casas más florecientes.

Las dos actividades propuestas explícitamente –atención a enfermos y enseñanza- son ejemplificativas no exclusivas. Quedan enmarcadas en la amplitud de un etcétera y de las necesidades dictadas por la Iglesia. Así lo entendieron sus hijos/hijas espirituales.

Fue muy valorado el quehacer docente y de asistencia sanitaria del P. Palau.

La comunidad de Vallcarca fue la más numerosa, con siete miembros. La más reducida, la de Ibiza, con dos.

La última comunidad se trasladó al nuevo edificio en la C/ Sta. Cruz y se convirtió, por voluntad del Fundador, en la casa Matriz. Lo era, sobre todo, en la orientación de vida dada por él. Por eso mismo modelo de las que iban a seguir. Y fueron bastantes.

 

El Arrabal de Sta. Catalina -Palma de Mallorca- fue la primera fundación de Hermanos abierta a la enseñanza religiosa. Conoció momentos de relativo esplendor, dentro de su modesta consistencia. Más tarde decayeron paulatinamente sus fuerzas. Los años trágicos de la República tuvieron su responsabilidad en el evento.

Después de leer estas páginas podemos confirmar la importancia del p. Fundador para el complejo de Vallcarca.  Era él quien decidía, organizaba, cambiaba el último proyecto, los protegía. Era el alma del complejo. El líder del conjunto. El padre de los diferentes grupos, El organizador de todo. Quien velaba por todos ellos. Proyectaba, esperaba, los valoraba. Y disimulaba tanta limitación como se recolectaba por estas latitudes. Y eso sí, los acompañaba en todo momento.

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