Desde el Ermitaño, el P. Palau da cuenta puntualmente de los hechos. Asume también la defensa de los suyos y de su causa.
Sin embargo, no nos cansaremos de afirmar que en els penitents el talante era de acogida, de gratuidad, de integración, de inclusión. Eran atendidos en todas sus necesidades los numerosos visitantes. Se trataba con delicadeza a enfermos y familiares. Se salvaguardaban, por todos los medios, el anonimato y la intimidad. Tanto los enfermos como sus familias se hallaban satisfechos del trato que allí recibían. ¡Espléndido testimonio! Razón por la cual, corroboraron lo expuesto por el P. Francisco ante los jueces.
Lo cierto es que este servicio de nuestro protagonista se hallaba motivado por los más altos ideales espirituales. Si su diagnóstico sobre los enfermos, alguna que otra vez fue inexacto, la calidad de su servicio eclesial resultaba incuestionable. ¡Así era!
En la capilla de Sta. Cruz la concurrencia había ido en aumento. Y la voz de las curaciones se propagó por Barcelona. Realizaciones y proyectos fueron la comidilla en el escenario eclesial y social. Donde abundaban las sospechas y acusaciones de otros tiempos.
La extrema tirantez entre la Iglesia y la administración, aconsejaba extremar la prudencia. Como la situación llegó a ser crítica, el obispo actuó con rigor.
Por su parte los feligreses le remitieron el mencionado y caluroso escrito. En defensa del P. Palau y de su actividad, sí. En él defienden, también, el nivel de vida espiritual, conseguido por él, la calidad de su apostolado a nivel espiritual: predicaciones profundas, ejemplo de vida, aumento de la práctica sacramental. Ayudaban a la regeneración espiritual de la población. El obispo no dudó de la benéfica actividad de este misionero. ¡No podía dudar! Pero actuaba con prudencia. A nuestro protagonista lo habían denunciado por su actividad social. También le hostigaron desde círculos eclesiales. Todo lo cual fue motivo por lo que el obispo clausuró las actividades. El P. Francisco aceptó tal decisión. Con humildad, claro. Con mucho dolor, también.
La causa del escrito fue la tristeza que embargó a todos pues coincidían con el P. Director: identificar el triunfo del mal sobre aquellos brotes de regeneración moral y religiosa.
La enorme tirantez entre la Iglesia y la administración, aconsejaba extremar la prudencia. Como la situación llegó a ser crítica, el prelado actuó con rigor. El P. Francisco le presentó sus razones. No veía por qué debía abandonar aquel servicio: se ahuyentaba el mal y se beneficiaban los enfermos, etc.
El drama interior del P. Francisco, consistía en que los enfermos acudían a su domicilio y él se veía obligado a despedirlos sin alivio alguno. La obediencia al obispo no acallaba la lucha interior ante aquella realidad: personas angustiadas que le pedían ayuda. Al mismo tiempo las familias afectadas manifestaban interés y cercanía. Habían experimentado el servicio desinteresado y generoso del P. Francisco. De él les atraía, además, su sorprendente estilo de vida sobria. Reconocida por amigos y enemigos.
Sin embargo, a los enfermos se les atendía de forma gratuita. El único objetivo del Director era la curación física y la regeneración espiritual de los pacientes. ¡Significativas intenciones, significativo propósito!
¿Nos interrogan estas actitudes del P. Francisco? ¡Claro que sí! A intensificarlas nos invita. Pues a no pocos ninguneados los tenemos muy cerca de nosotros. ¿Verdad?
Este servicio del P. Palau se hallaba motivado por las más altas pretensiones espirituales. Si su diagnóstico, en alguna que otra situación fue inexacto, la calidad de su servicio eclesial resultaba incuestionable. ¡Cierto!
Ante la negativa se refugió en la oración y en la soledad. Dos realidades a las que podía dedicar el tiempo necesario en el Vedrá.
Pues reconocía a este orgulloso peñasco como su segundo lugar de residencia. Y a ese objetivo se encaminó.
A allí no solo se encaminó, sino que en él permaneció no pocos días. Necesitaba, con urgencia, tiempo suficiente para incorporar la nueva etapa: 24 jornadas.
Y es que nuestro protagonista deseaba llegar hasta el final. El Obispo no era su último superior. Aconsejado por personas autorizadas someterá los hechos y su comportamiento ante ellos, al juicio de sus superiores. De los Padres del Concilio Vaticano I, y como no, del Papa.
Preparó viaje a Roma. E hizo su proyecto. Hablará personalmente con el Vicario de Cristo. A él le expondrá la situación. Le pedirá licencias para seguir ayudando a los más vulnerables. En Roma -llega a mediados de diciembre,1866-. Y allí, permanecerá cuatro meses.
