Durante los últimos años, el p. Palau dedicó sus esfuerzos a esta actividad no solo delicada sino hasta heroica: la atención a los zarandeados por el mal. Las frecuentes revoluciones de su siglo, en sus ataques contra la Iglesia, le debieron parecer una confirmación palpable de sus sospechas.
En ese momento histórico la postura del magisterio de la Iglesia era de vigilancia. El movimiento racionalista identificaba al demonio con la idealización del mal. Doctrina común de escritores y de círculos católicos. Afirmaban que el diablo era el protagonista de todo lo negativo que ocurría en los ámbitos de ideas y costumbres. En el margen opuesto a la Iglesia, El satanismo se imponía en su acepción de magia tradicional. Aumentaban, así mismo, su influencia el espiritismo y el ocultismo.
El pueblo llano poseía en Cataluña, arraigadas creencias y costumbres que influyeron en una especie de culto a los espíritus. Al diablo en particular lo relacionaban con la salud y las cosechas. En cuanto a la salud se acentuó durante las fuertes epidemias de fiebre amarilla y cólera morbo. Una y otro asolaron Cataluña durante esta temporada.
En el Ermitaño, semanario dirigido por el P. Palau, desde el primer número se constata su preocupación sobre la actuación perniciosa del mal, en sus diversas manifestaciones: En la sociedad, en los fenómenos naturales y en la conducta humana. Para él era una realidad fuera de dudas.
Tal situación llegó a ser alarmante. La autoridad eclesiástica alertó a los fieles y los orientó en su conducta. Las periferias de Barcelona, donde se formaban nuevos núcleos de población, resultaron ámbito propicio para la difusión de semejantes doctrinas. Era donde actuaba el P. Francisco.
A día de hoy, aún quedan rastros de estas creencias en su bagaje cultural. Marginados de la sociedad y por la sociedad.
Los enfermos pedían que aliviara sus penas espirituales y sus dolores físicos. ¡Todo un desafío! ¿Qué hacer? El P. Francisco les imponía las manos y pronunciaba, sobre cada uno, los exorcismos de la Iglesia. En alguna ocasión se hablaba en su entorno de hechos prodigiosos.
Era cuando nuestro protagonista se convirtió en centro de admiración para unos. En blanco de crítica y repulsa para otros. Los instigados por la prensa anticlerical hablaban dels penitents como centro de superstición y de conspiración política. ¡Cómo no! Ya lo habían hecho, hasta la saciedad, años atrás, con la ya conocida Escuela de la Virtud. Ambos eventos perseguirán al P. Palau hasta el final de sus días. Como en otras muchas ocasiones, nuestro protagonista sufrió persecución, mofa y burla.
Luego dirigía al Obispo la exposición de lo que se vivía y ocurría allí. Y sometía al juicio del prelado su servicio ministerial.
El objetivo del P. Palau, en esta comprometida misión consistía en la lucha contra el mal. Y en la liberación de las víctimas.
Los enfermos solicitaban y cuando lo habían conseguido lo agradecían. Y es que el P. Palau sentía, por ellos, inmensa compasión -Ya lo hemos analizado-.
La dedicación a los enfermos mentales, contará con dos frentes: su actividad ministerial y sus escritos. Como exorcista, ¡Claro! Pues la decisión del P. Francisco, los exorcismos, -por ocurrir cuando ocurrieron- se incluían en la práctica común de la Iglesia.
Las páginas de Mis Relaciones daban fe de la lucha que se libraba en su interior, ante este nuevo capítulo de la serie.
Como telón de fondo de este comprometido servicio encontramos al P. Palau hundido en la noche de la fe. Se percibirá impotente para curar o aliviar a distintas personas -año de 1866-. Así se ponía en juego la fe ciega de este hombre de Iglesia. Personificada en la palabra de Cristo. Iglesia que reiteradamente le sitúa ante el fracaso.
