Desde los 9 años participé en las actividades de la Parroquia. Allí fue donde, por primera vez, conocí a una religiosa. Desde entonces sentí el deseo de llegar a ser algún día, religiosa como ella, pero nunca se lo dije a nadie, ni siquiera a mis padres. Yo llevaba una vida normal como las demás niñas, estudiaba y deseaba que esa inquietud que tenía de ser religiosa desapareciese; pero la idea seguía estando presente en mi vida. El tiempo fue pasando y obedecí a mis padres para continuar mis estudios hasta terminar la Universidad; elegí ser maestra.

Cuando estaba en la Universidad, tuvimos un problema financiero en mi familia, estuve pensando en detener mis estudios y cumplir con mi deseo de entrar en el convento. Afortunadamente uno de mis amigos, tenía una tía religiosa. Así que le conté mi secreto de querer ser religiosa y me llevó al convento de su tía. La expresé mi deseo de querer entrar religiosa, pero la hermana me contestó que primero tenía que terminar mis estudios y seguir creciendo en la vocación. Así que, continué mis estudios hasta que me gradué. Después estuve trabajando en una escuela como profesora. Estaba muy contento con mi trabajo.

Un día escuché que había hermanas que estaban trabajando con nosotros en la escuela. No sé por qué, de repente, el deseo de ser religiosa apareció otra vez, pero traté de negarlo. Me decía a mí misma que estaba muy contenta con mi trabajo de profesora y esto es lo que yo deseaba. Tenía dinero, trabajo y con todo ello podía ayudar a mis padres. Pero cuanto más lo negaba, más aparecía el sentimiento y se fortalecía esa inquietud. Me preguntaba ¿Cuál era el propósito de mi vida? ¿Es suficiente el dinero y el trabajo para hacerme feliz a mí y a mi familia? Me dije a mi misma que NO. Quería que mi vida fuese en beneficio para los demás. Y eso es lo que me convenció para entrar en la vida religiosa.

Y decidí entrar en las Carmelitas Misioneras. Tenía 24 años. Cuando se lo comuniqué a mis padres se quedaron sorprendidos. No querían que me fuese religiosa, pero no lo pensé dos veces. Decidí entrar con o sin su permiso porque sé que al Hombre al que estoy siguiendo, no es uno cualquiera, es Jesús.

La vida religiosa es la forma radical de seguir a Jesús. Al igual que María, que está aceptando obedientemente el plan de Dios para ser la Madre de Dios. Dios tiene un plan en cada uno de nosotros. Algunas personas pueden ser llamadas en la vida matrimonial, o como yo en la vida religiosa. Lo importante es ser generoso y abierto a la llamada de Dios.

Mi “SI” al Señor es un SI diario, desde que me despierto por la mañana hasta que me voy a descansar por la noche. Si me preguntan ¿Es difícil ser religiosa hoy? Puedo decir que no hay vida sin dificultades. Necesito siempre la ayuda de Dios para vivir en la fe, la esperanza y el amor. Jesús es mi modelo. Si sólo dependo de mi propia fuerza, estoy segura de que no puedo sobrellevar esta vida. ¡Experimenté tanta misericordia y compasión de Dios!

Él me dio más de lo que esperaba. Me encontré con más personas que hoy son mi familia, mis hermanos y hermanas. Me dieron la oportunidad de conocer a la iglesia sufriente a través del apostolado. Y estoy feliz de ser parte de esta misión. Ser signo de esperanza para aquellas personas que no tienen esperanza.  ¡Y decirles que Jesús está vivo!

Hoy estoy muy contenta de ser religiosa. Si alguna vez tuviese una segunda oportunidad en mi vida, seguiría eligiendo ser religiosa.

Así que aquí estoy compartiendo mi experiencia. Todavía soy joven en la vida religiosa sólo llevo 9 años. Mis primeros 4 años de formación fueron en Indonesia, después de la primera profesión continué la formación en Filipinas por 5 años y este año me prepararé para mis votos finales en Salamanca.

Como nuestro padre Fundador, Francisco Palau, dijo “Oh, Iglesia, ¡te amo!”. Así quiero que sea también mi vida, como esa entrega, “es lo menos que puedo ofrecerte a cambio de TU AMOR”