Me llamo Alice Angora, vengo de una familia cristiana pero poco practicante. Empecé con la catequesis de los niños de mi barrio. Recibí el bautismo y la confirmación. El día de mi confirmación pedí al Señor la gracia de poder entregarle mi vida. Pero tardé en dar respuesta. Seguí mis estudios sin pensar más en esta promesa. No sabía lo que era vocación ni si la tenía. En la ciudad donde vivía había una congregación religiosa donde iba de vez en cuando.  Tenía una amiga monja con quien compartía mis problemas de familia, pero nunca hablé de vocación, ni ella me preguntó. Sin embargo, sentía que algo me atraía, pues me gustaba ir a rezar con ellas.  Poco tiempo después se fue mi amiga.  En realidad, no di tanta importancia a esto y seguí viviendo mi vida como toda joven de mi edad. Terminé mis estudios y empecé a trabajar y a organizar mi vida, pero todo eso no me llenaba, sentía un vacío que no podía explicar. Me hacía preguntas sobre el sentido de mi vida, qué hacer, sobretodo en ese momento que ya tenía un trabajo. Buscando respuesta a mi vacío interior y mis preocupaciones sobre el sentido de mi vida, un viernes santo después que hice el viacrucis, sonaba en mi interior esta pregunta ¿yo hubiera creído, si hubiera vivido en el tiempo de Jesús?

Pero una voz interior me contestó “si no crees ahora, tampoco hubieras creído en el tiempo de Jesús…” ese día me fui a mi casa con muchas interrogantes y confusiones interiores. A partir de allí buscaba respuestas… participaba en grupos de oración y muchas actividades en mi parroquia, pero sentía que eso tampoco me llenaba. Sentía que había algo más.

Tuve la suerte de encontrar un director espiritual que me acompañara, el me hizo meditar muchos textos, pero voy a hacer referencia a tres que me ayudaron a decidirme verdaderamente.

El texto sobre la parábola del sembrador (Lc 8, 14), la semilla había caído entre espinos, porque muchas cosas, vanidades, como dice “la santa” me impedían responder a la llamada de Dios, ¿que tierra soy?

Luego la parábola de los trabajadores del viñedo (Mt 20, 1-15), Dios llama a todos y a todas en distintos momentos. Yo no me creía digna de esta llamada, sentía que no la merecía mirando mi pasado, lo que había vivido me hacía sentir tan pecadora que me resistía a la llamada.

Y, por último, la llamada de Leví (Lc 5,27), que me iluminó y me ayudó a tomar la decisión.

Poco a poco fui buscando congregaciones con la ayuda de mi director espiritual. Un domingo del buen pastor, distintas congregaciones presentaron su congregación y entre ellas, las hermanas Carmelitas Misioneras. Me gustó su espiritualidad y quise saber más. Al principio empecé como miembro del Carmelo Misionero Seglar (CMS), pero luego entendí que el Señor me pedía algo más.  Entonces expresé a las hermanas mi deseo de conocerlas más de cerca. Tuve una experiencia con ellas y esto me gustó, a partir de allí decidí dejar todo, mi trabajo, mis posesiones y entrar en el convento y así fue.  Inicie mi proceso de formación y estoy aquí en Salamanca preparándome para los votos perpetuos.

Doy gracias a Dios por su amor y su presencia en mi vida.

Estoy muy agradecida a la congregación que me ha dado esta oportunidad de seguir a Cristo.

Siempre el Señor me pide más y hoy también, me pide una entrega total. A todos los jóvenes que leerán este testimonio vocacional que sepan que Dios sigue llamando y que no tengan miedo a decir Si al sueño de Dios. Dios necesita de cada uno de nosotros para construir un mundo de paz y felicidad. El nunca nos abandona. Y si alguna vez te preguntas ¿para qué estoy en este mundo? Seguramente la respuesta de Dios será: VEN Y SIGUEME.