Era la Navidad de 2017. Poco a poco el sueño fue tomando forma, tiempo y espacio. Después de varios contactos conseguimos armonizar nuestras agendas y las de las comunidades que nos iban a recibir: Los internados de Gujarat y la comunidad de Andra Prhades.

El 29 de octubre Emilio, Manolo y yo nos poníamos cara poco antes de embarcarnos en el avión de los Emiratos que nos llevaría hasta Bombai donde después de 15 horas de viaje nos recibió Hna Marykutty, provincial de la India.

De su mano hemos conocido cuatro de nuestros internados y dispensarios del Gujarat. La vida es un milagro diario. Se necesita muy poco para ir tejiéndola. El día a día de estas niñas de entre seis y dieciséis años gira en torno al compartir su vida con sencillez, alegría, gratitud y, como todas las niñas, con sus picardías. Todo es reciclado y aprovechado. Todo está perfectamente armonizado: estudio, alimentación, aseo, trabajo, juego, bailes, alegría…

Visitamos los grupos de mujeres de autoayuda que han sido proyectos nuestros y que ahora tienen un aceptable grado de autonomía. Ellas han abierto un “banco de mujeres”, trabajan tejiendo o vendiendo en la tiendecita que también visitamos. Es importante no dejar a un lado la formación humana integral, la laboral y el fomento del ahorro que les sirve para tener un pequeño “colchón” individual y una ayuda colectiva.

El domingo participamos en la celebración de los votos perpetuos de Sharmila. Se celebraron en Dediapada. Sharmila es de un pueblo cercano y es una de las niñas del internado. Todo el pueblo se volcó y las niñas mayores retrasaron el comienzo de sus vacaciones para participar en la ceremonia y en la fiesta. Como si el mundo se detuviera la ceremonia iba transcurriendo en el gran salón habilitado como capilla, lleno, todos sentados en el suelo, solo la oración, la música y de vez en cuando las quejas de un bebé, nada más. Estábamos fuera del tiempo. Y más nosotros que no entendíamos ni una palabra, pero el ambiente, la oración, nos envolvía con una gran calidez y nos hacía sentirnos uno con tanta gente tan distinta y tan igual.

Veinticuatro horas en tren. Toda una experiencia que nos ha trasladado varios años atrás o a un mundo de película. Su día y su noche con un constante traquetreo y llegamos a Andra donde nos espera Hna Beatriz Martínez, cincuenta y dos años en la India.

Aquí también hay grupos de mujeres que de alguna manera, aunque sin banco propio, funcionan como los grupos del Gujarat. Ellas montan supresores de picos de voltaje, desde el primer paso hasta el empaquetado para salir al mercado. Una fábrica nacional les provee del material necesario y les compra el producto terminado. Son alrededor de 100 mujeres divididas en tres grupos de producción.

Y a unos kilómetros de la misión, en terrenos del seminario, las plantas medicinales. Varias hectáreas de Lemón Grace está casi a punto para ser recogido. Será la primera cosecha madura después de dos años y tienen puesta en ella mucha esperanza. La planta será licuada y estará lista para su comercialización. Hay que buscar mercado, aún estamos en los primeros pasos.

Emilio, con la ayuda de Beatriz y de Josi, su capataz, ha comprado 11 cabras que se han repartido entre cuatro familias. Quizá, en unos meses, puedan tener un pequeño rebaño que ayude a la economía familiar.

Como el evangelista no me queda otra que decir: “Muchas cosas me quedan por contar” pero no queremos que las comunicaciones sean muy largas y no quiero pasarme. Gracias a las hermanas que aquí y allí, han hecho posible estos días y esta experiencia en una cultura y en una vida tan distinta. Gracias a Emilio y a Manolo que han sido un lujo de compañeros de viaje, gracias a PROKARDE que me ayuda a convivir cada día con estas realidades, y gracias al Señor que tiene sus preferencias entre los pequeños y abandonados de la tierra; esas miradas y esas vidas quedan en mi corazón y formarán parte de la sustancia de mi vida, mientras volvemos a la vida ordinaria, al tráfico de vehículos ordenado, a la comodidad de la ducha, a la comida sin picante, al trabajo frente al ordenador y las horas en el aula con estos niños que ya no tienen libros, como las niñas de los internados, estos tienen su portátil, aquellas, su pizarrín, estos su armario lleno de ropas y su habitación a lo máximo compartida con su hermano, ellas guardan sus pocos bártulos en sus maletas y duermen en salas de 30 compañeras, con un poco de suerte de parecidas edades. Niñas tan iguales y tan distintas, personas, tan iguales y tan distintas,… la vida sigue.