Puede sonar a frase cliché, pero la cuestión es que no puedo hablar de mi proceso vocacional—más aun, de mi vida— sin atribuir todo a la misericordia de Dios, que se ha dejado ver de formas muy concretas en los últimos ocho años, pero que sin duda estuvo desde siempre conmigo, aunque yo no tuviera los ojos bien abiertos para notarla. Me bautizaron cuando tenía solo treinta y seis días de nacida, por lo tanto, fui incorporada a la familia de la Iglesia desde entonces. Recibí todos los sacramentos a tiempo y creo que con cierta consciencia de lo que hacía; con la ayuda de mis padres y su ejemplo, sin embargo, creo que no había descubierto la gracia de ser parte de la familia, no conocía el amor de madre que ofrece la Iglesia y la dicha que se encuentra al descubrir a Dios siendo parte de nuestra humanidad, haciéndose uno con nosotros. Fue hasta después de varios años de alejamiento (lejos de mi familia, de mi parroquia, de mi misma y definitivamente de Dios) y gracias a una invitación que llegó en el momento indicado, que volví a casa. Entonces, en un grupo de jóvenes que acompañaba el sacerdote, pude iniciar un proceso de sanación de heridas y de reconocer la belleza del don recibido en el bautismo.  Gracias al acompañamiento del párroco y de todos los fieles de la comunidad pude reencontrarme con Dios; Ese que nunca me dejó pero que esperaba paciente por mí. Y empezó a surgir en mí un deseo de servicio y un ansia por conocer más y más a Jesucristo, fruto del encuentro, por supuesto, y de esta necesidad de mostrar mi agradecimiento por el amor recibido y que así como yo, otras personas pudieran tener lo que yo ahora; fruto del Espíritu Santo. Sin duda esto fue lo que me guio también por el camino de descubrir la vocación específica a la que todos estamos llamados; gracias a la motivación de personas muy cercanas (amigos y familiares: especialmente mi hermano) tomé la decisión de hacer un proceso de discernimiento vocacional y junto a otros amigos de la parroquia iniciamos esta aventura. El Señor fue marcando el camino para que un 14 de diciembre (fiesta de San Juan de la Cruz) tuviera la dicha de conocer el Carmelo Misionero, y después de escuchar algo sobre su carisma y misión, compartir un poco con algunas de las hermanas y sentirme acogida a pesar de mi historia y todo lo que aún cargaba, sintiera que había encontrado mi lugar: ese en el que podría seguir encontrándome con Dios y creciendo en intimidad con Él, encontrándome conmigo misma y luchado por la santidad y amando y sirviendo a la Iglesia. Claro, esto no lo descubrí al primer momento, fue solo esa sensación de estar en casa que poco a poco se fue clarificando y con el tiempo, las luchas, las crisis, la oración, los buenos momentos, la misión y la fraternidad se van materializando y es cuando el Señor continúa confirmando la opción diariamente. Hoy sé que el camino recién comienza pero tengo la certeza que la misericordia de Dios—que es ternura, cercanía, bondad, amor y tantas otras cosas—está conmigo; que es esta misma misericordia la que estoy llamada a mostrar a todos mis hermanos y hermanas y que cuando no lo haga es la misma Iglesia, como madre amorosa la que me tendrá que corregir y devolver al camino para alcanzar un día la santidad, que no es otra cosa—creo yo—que vivir eternamente unida a Dios en el amor. Hna. Daniela de los Ángeles de la Misericordia de Dios