Unos y otros aguardan la pronta recuperación de la vida comunitaria. Perciben su brusca interrupción como acontecimiento pasajero. ¡Se equivocan!. Tardan en descubrir que acarician ilusiones vanas. Entretanto, Francisco Palau vive, lo mejor posible, su vocación de carmelita. Cierto, todos le ayudan. Servicio y contemplación son los ejes que sostienen su recorrido espiritual: lo fecundan y despliegan.

Pasa el tiempo. Con mucha lentitud ¡Jalonado por crecientes escollos!. En circunstancias tan complejas súbditos y superiores, carmelitas, reanudan los contactos. La esperanza de volver al querido convento se esfuma sin remedio. Sí. Pues las medidas antirreligiosas, decretadas por los gobiernos, crecen en hostilidad. Culminan con un nefasto decreto. Prohíbe a los religiosos, tanto volver a sus conventos, como vestir, en público, el hábito que los identifica. Los ordenados sacerdotes pasan a depender de los respectivos obispos. Son características que pueblan este período histórico. Situación complicada. ¡Muy complicada!.

Pese a ello, los superiores comunican a Francisco su deseo de que se ordene presbítero. Él lo acepta sin replicar. Más tarde, nos deja acta de su reflexión al respecto: Acepté, bajo la firme persuasión de que tal dignidad, no me alejaría de mi profesión religiosa, VS, 3. Puesto a anteponer, Palau antepone la vida religiosa a la sacerdotal. ¡Sin duda!. Lo manifestó, sin titubeos, al abandonar el seminario de Lleida e incorporarse al Carmelo de Teresa.

Nueva dificultad envuelve, ahora, su actual proyecto. En la ciudad del Segre carecen de pastor. El obispo ha tenido que exiliarse humillado, perseguido y maltratado por los revolucionarios.

¿Qué hacer?. Después de pensarlo, consultarlo y dialogarlo se dirige a la diócesis más cercana: Monzón. Se prepara. Concluye los estudios de teología. Y poco antes de ordenarse hace ejercicios espirituales. En Monzón, en la capilla más cercana a la entrada principal de la catedral, Francisco Palau se ordena sacerdote de Jesucristo. El calendario marca el 2 de abril, 1836. Fecha trascendental para él. ¡Qué alegría, tan profunda, brotaba de mi interior!. Nunca vivida. Sacerdote. Mediador e intercesor entre Dios y quienes me rodean. Puente que comparte las orillas. Limitación, medianía y hasta pecado, como mis semejantes. Y al mismo tiempo una franja de la vida de Dios. Me percibía investido de la más alta dignidad. Representante de Dios ante los humanos y de estos ante Dios, venero de vida. Ahora, sacerdote y carmelita. Todo al mismo tiempo.

Fue fiesta mayor, el día de mi primera misa. Solemnidad. Las campanas al vuelo, música, cohetes, cantos. Los más bellos. Alegría inmensa. Allí estaba el pueblo al completo. Acompañándome. Familia, adultos, jóvenes, peques, la coral de la villa, el sacerdote de Aitona y los del entorno, gente venida de fuera… Todos se sentían contentos al tener un nuevo convecino sacerdote. Bueno, tal vez, no todos. Sin embargo yo gozaba con quienes se alegraban por mi nueva condición.

Pronto comencé a ejercer mi ministerio sacerdotal. En Aitona, ¡claro!. Celebraba la Eucaristía, administraba sacramentos, echaba una mano en la catequesis, llevaba la comunión a los enfermos…¡Ayudaba en lo que hiciera falta!. Siempre en buena relación con el párroco. Aunque me encontraba exclaustrado el arraigo de la vida religiosa, en mi diario acontecer, era considerable. Hasta firmaba los documentos parroquiales con mi nombre y apellidos religiosos.¡ Sí señor!. Francisco de Jesús María y José. Al advertirme de las funestas consecuencias que tal firma podía acarrearme traté de borrarlo. Aún hoy, lo podéis comprobar.

En su camino emerge una nueva dificultad. No acepta compensación económica por el servicio sacerdotal. Afirma que tal analogía no es apropiada ni evangélica. El servicio sacerdotal se encuentra en un ranking incomparable al económico. Era religioso pobre y pobre quería vivir. Tenía suficiente con la ayuda que su familia le proporcionaba. ¿Para qué quería más?. Tal proceder le ocasionó incomprensiones. Con el fin de soslayarlas renunció a formar parte del equipo directivo parroquial. El pueblo lo sintió de veras.

Como alguno de sus hermanos carmelitas había recalado en el obispado de Lleida, acudió a ellos. Pronto se incorpora a la parroquia de S. Lorenzo de la ciudad. La más importante -si excluimos la catedral-. Incomparable obra de arte románico-gótica. Allí permanecerá una considerable temporada, gozando con tanta belleza y sirviendo con tanto desinterés.

 

Misionero Apostólico

Desde hace tiempo, no pocas ideologías políticas persiguen a la Iglesia en diferentes lugares. En concreto en España. Allí, la acosan con insistencia y encono creciente. Palau lo sabe. Pese a todo se compromete, de por vida, a hacer suya la profesión religiosa. Luego la ha rubricado con el sacerdocio: No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía…Me comprometí, sin embargo, con votos solemnes, a un estado, cuyas reglas creía poder practicar hasta la muerte, independiente de cualquier humano acontecimiento, VS 3. Conoce, Palau, las recientes publicaciones de la Santa Sede. Son una llamada a la conciencia cristiana y ciudadana para el cese de la violencia. Como respuesta a esta llamada del Papa, Palau se pregunta qué puede hacer él en semejante coyuntura. Imposible contemplar, el profundo dolor de su pueblo sin implicarse. Quiere estar a su lado, ayudarlos. Buscar, con ellos, soluciones al conflicto. ¡Envidiable!. Después de reflexionar, se pone a disposición de los obispos. Los de la subdelegación catalana, ¡lógico!. Eran los más cercanos. Y los obispos le confían la misión de recorrer las diócesis ofreciendo el evangelio a la gente sencilla. Misiones populares se denomina, en aquel momento histórico, a esta ofrenda evangélica. Tenían, como objetivo, despertar al pueblo creyente y formarlo. Así daría razón de su esperanza, en el escenario convulso que le rodeaba. Por otro lado, a nivel político, Cataluña era de dominio carlista. En este concreto escenario, Palau se entrega, con su característico entusiasmo, a difundir la palabra de Dios.  Recorre, para ello, las diferentes diócesis de la demarcación.

La eficacia de su acción pastoral, pese a los pocos años de experiencia, encuentra refrendo en los obispos. Ellos se disputan su colaboración y le conceden el título de Misionero Apostólico. Palau se percibe, sumamente, agradecido y honrado por tal credencial. Tal vez porque, con ella se siente identificado. De hecho, lo estampa en todas sus firmas. Y dos años, más tarde, solicita su confirmación a la congregación romana de Propaganda Fidei. ¡Sí, sí. Así procedía, este hombre!. Cierto, el gozo recibido, con este privilegio, es notable.

Para realizar el actual servicio se traslada a Berga. Centro de todo tipo de actividades: sociales, económicas y políticas. Allí se encuentra y comparte programa, objetivos, medios y realizaciones apostólicas con personas relevantes de Iglesia. Entre otros el canónigo Caixal. Más tarde, en el exilio, volverán a coincidir. Joaquina Vedruna, y Ana Mª Janer, más tarde, fundadoras. Caixal atendía al hospital militar carlista. Ellas organizaron y cuidaron los hospitales en la misma ciudad. Lo cual no indica adhesión, por parte de Francisco Palau, a la ideología carlista. ¡No!. Él vive en búsqueda del gran amor de su vida. Amor que percibe en penumbra. Sin embargo, aprecia su latido en el contexto. Lo presiente como el corazón de todo. Hasta con asombrosa propulsión en lontananza. Al encontrarse inmerso en tal estación, deja de lado lo contingente. Cierto, si existen colectivos carlistas, en su entorno, a ellos dirigirá, también, la palabra de Dios. Pero gran parte del pueblo rural y sencillo no tenía en cuenta semejantes parámetros. Y a estos era a quienes, preferencialmente, ofrecían el evangelio. ¡Lógico!.

Entre ellos, formaron el equipo de evangelizadores, orientados y apoyados por los obispos del entorno. Época de despliegue y calado espiritual para el conjunto, fue ésta. Al confrontar los contenidos de la evangelización, propuestos entre todos, la mente de cada uno hace suyas las apropiadas sugerencias recibidas. Con lo cual se universaliza y dilata. Al mismo tiempo, al observar la coherencia y calidad de los demás, cada persona recibe numerosos estímulos. Así brindarían sus mejores aportaciones. Todo en beneficio del proyecto encomendado. ¡Qué coyuntura -con toda seguridad aprovechada- para avanzar en el recorrido del espíritu!. Años estupendos vividos y saboreados por Palau. Los tres últimos de su recorrido. Sin embargo, en el entorno estallan cañonazos de guerra. Fracciones enemigas, aunque, de hecho, son hijos del mismo pueblo. Hermanos entre sí.

Por fin, la contienda concluye. No obstante los misioneros de Cataluña, por residir en territorio sometido, cosechan la peor parte. El bando vencedor los identifica como enemigos. Y, en consecuencia, intensifica el maltrato. Cada día más cruel. Palau acepta la situación de la postguerra: infortunio, inseguridad, privaciones. ¡Faltaría más!. Pero no puede tolerar la humillación y desprecio que sobre él se ceban por su condición de hombre de Iglesia. Amenazas, barbarie, saña y atrocidades se incrementan hasta devenir insoportables.

 

Imposible: me exilio

Palau observa, reflexiona, consulta, confronta. Ora, intensamente. ¿Qué hacer ante el escabroso contexto socio-político en que han sumergido a su pueblo?. Pide luz, acierto y decisión, con el fin de encontrar nuevos vericuetos a su futuro vocacional. En el discernimiento pone en juego sus mejores capacidades. La complicada situación lo requiere. Por fin, decide. Decide exiliarse. ¿A dónde?. A Francia, sí. ¿Motivo? El país vecino acoge a tanto desterrado. Por todo tipo de razones: empleo, nivel de vida superior, dimensiones política y humanitaria, etc.

Al destierro de su convento se añade, ahora, el de la patria. Patria que incluye sueños de vida religiosa restaurada. De proximidad a la familia, amigos. Supone, el destierro, un nuevo y fuerte desarraigo. Palau lo entrevé. Sin embargo, con posterioridad, anota la experiencia, al evocar el acontecimiento: No me resultaban indispensables las montañas de mi país, pues creía hallar en toda la extensión de la tierra bastantes grutas y cavernas para fijar en ellas mi morada, VS 3.¡No lo registra tan traumático!.

Se dirige, en grupo, al exilio. Lo forman ocho personas. Entre ellas se encuentra Juan: su hermano menor. En adelante, lo acompañará en numerosas situaciones. Atraviesan los Pirineos. No puede ser más bello el paisaje que enmarca la ruta. Advierten minúsculas aldeas, acurrucadas sobre las altivas cumbres del Pre-pirineo. Como si fueran postales. Atraviesan ríos caudalosos y transparentes, repletos de vida. Contemplan el inigualable cromatismo del firmamento. Luminoso y diáfano de día. Cubierto por incontables y brillantes estrellas de noche. Admiran valles exuberantes, poblados por todo tipo de ganadería. Numerosos bosques cuajados de arbolado. En ellos encuentran cobijo los transeúntes. Quienes se asombran ante las majestuosas y desafiantes montañas que conforman el Pirineo. Cuajadas por coníferas en su arranque. Por arbustos, en la zona ulterior. Muestran retazos de praderas y hasta la piedra de su armazón, en la cúspide. ¡Magnífico panorama!. Si no fuera por la causa del itinerario: el exilio, éste hubiera resultado un auténtico banquete para los sentidos. Para el espíritu sobre todo. ¡No cabe duda!.

Como aval de su pasado, Palau se provee de atestado. Acta de su distanciamiento al ámbito de la política. Salvoconducto ante las autoridades francesas. Los hermanos – Palau se declaran desvinculados de los carlistas: el bando vencido en la finalizada guerra española. Tal independencia se refiere al factor económico. De él prescinden.  Rehúyen, así, integrarse en campos de concentración. Numerosos en el territorio colindante a la frontera. Avisperos de no pocos disturbios, conspiraciones, motines y hasta atentados. Ellos son libres y optan por el lugar donde establecerse. Pronto los sabemos en Lesquerde. Población perteneciente al departamento de Perpignan. Allí, cultivan terrenos para sustentarse. Con lo cual alivian su menguada economía.

Doble péndulo sostiene la vocación de Francisco: moderado apostolado y sustancial urgencia de comunión con Dios. Es como un apremio que fluye de sus mejores fondos. Por ello se retira, con frecuencia, a las cuevas de Galamús, cercanas a Lesquerde. Bello y abrupto paraje. Configurado por precipicios, despeñaderos, gargantas, angosturas, extremado frío. Como música de fondo oyen, ininterrumpidamente, el graznido de los cuervos. En la cueva grande buscan refugio.¡Impresionante recinto!.

Ejerce su apostolado, en Perpignan con los compatriotas exiliados. Acompaña y orienta, a las religiosas de la ciudad. Entre las que se cuentan las Clarisas. Conoce, allí, a Teresa Christiá, vinculada, durante años, a su dirección espiritual. En Perpignan permanece a lo largo de dos años. Al constatar las amenazas que generan los campos de concentración se traslada a la diócesis de Montauban. Lugar más sosegado y seguro. Lo suyo es la serenidad, hecha servicio y oración en el insistente día a día. Se instala cerca del Santuario de Notre Dame de Livron. En las cuevas enclavadas en el bosque del castillo de Montdesir. No viene sólo. ¡No!. Lo acompaña un puñado de inmigrantes, atraídos por su forma de vida. Le admiran y quieren vivir en su compañía. Como él. Palau se identifica como carmelita, desde el fondo de su ser. En la cueva grande del coto del castillo, se instala. Allí da rienda suelta a su dimensión contemplativa. Allí y en los alrededores sirve a la Iglesia. Pronto, los habitantes del lugar, descubren la calidad espiritual del ermitaño español. A pedirle consejo acuden. Y vuelven fortalecidos, confiados. Con deseos de acelerar en el camino evangélico.