Dentro del convento la vida resulta interesante. Me dedico, de lleno, al estudio y recibo diferentes órdenes. Colaboro, de este modo, en las celebraciones litúrgicas de nuestro templo conventual. Sin embargo, en el entorno socio-político, detectamos la presencia de oscuros nubarrones. Cada día más gigantescos y amenazadores. Anuncian impetuosas tormentas, convulsas situaciones.

Entretanto, intento vivir en obsequio de mi Señor. Imitarlo, con corazón limpio y conciencia recta.

Frailes, ¡a la calle!

Iba a necesitar esa profunda alegría que se instaló en mi vida a partir de la profesión religiosa. Sí. Pues los demonios nacionales enloquecieron del todo. Al rey nadie le aguantaba sus veleidades. Lo cual resultaba, sumamente, peligroso. Se irritó con él todo el espectro político. Hasta el ejército perdió los estribos. ¡Casi nada!. Lo cual diseñaba el futuro, con densos nubarrones. Muy densos.

Una de las víctimas de todo este embrollo -como siempre- fue la Iglesia. Prioritariamente los curas y por supuesto los frailes y monjas. Las presagiadas convulsiones llegaron al límite. Y la revolución, pura y dura, nos envolvió como una mortaja. Las grandes ciudades fueron pasto de la furia del anarquismo más exaltado. En Barcelona incendiaron todos los conventos de las Ramblas. También tocó el turno al nuestro. Y ¡claro! yo, estaba dentro. Era la fatídica tarde del 25 de julio. 1835. Terminaba una pésima corrida de toros, que enfureció a la chusma. ¡Aquello fue dantesco!. Los compañeros escaparon como pudieron y yo, con 24 años, me di cuenta de que me quedaba sólo con un anciano invidente. ¿Qué hago? -me pregunté-. Pues, lo que haga falta. ¡Es un momento crucial! -me respondí-. Le busqué, le ofrecí seguridad y consuelo –que era de lo que yo carecía- e intenté huir de los asesinos. Recalé en el domicilio de una vecina.

Nos conocíamos poco, aunque ella iba a misa a nuestra iglesia. Sin embargo, por lo que, en seguida, os narraré, veréis cuánto quería a los frailes. La mujer, ni corta ni perezosa, me escondió, nada menos, que en un armario. Sí, sí, lo habéis entendido bien. En un armario. Y cerró la puerta con llave. Pisándome los talones llegaron los incendiarios, dispuestos a hacerme añicos. Después de registrar, palmo a palmo, el domicilio le exigían abriera la puerta de mi nicho. Ella, que no encontraba la llave, ellos, echaban fuego por los ojos. Por fin la encontró. ¡Dios mío! Pongo mi vida en tus manos –acerté a balbucir-. Pero como la mujer era mucho más inteligente que aquella cuadrilla de asesinos, comenzó a abrir la puerta, justo al revés de cómo debía hacerlo. La forzó tanto que la llave se partió. Era exactamente lo que pretendía. En ese momento comenzó a gritarles, por lo cual pusieron pies en polvorosa. La verdad es que yo, esperaba un buen desenlace al trance. Sí, ¿sabéis por qué?, porque sobre la desvencijada cerradura había trazado la señal de la cruz. A ver quién puede más -pensé- Y Dios siempre sorprende y desborda a quienes en Él confían. ¡Probadlo!.¡Me daréis la razón!.

Como los subversivos habían aumentado en un 400%, al fin, me detuvieron y en compañía de otros compañeros nos embutieron en el calabozo. ¿Que por qué tanto honor?. Por el imperdonable delito de ser fraile. Lo hicieron a empellones, como si de ganado se tratara. Allí, en la fortaleza de la Ciudadela nos retuvieron días y días. ¡Se nos hacían interminables!. Carecíamos de todo. Y pensábamos lo peor. ¡Claro!.

Esto era fácil de prever -repetía para mis adentros-. No me había equivocado en mis pronósticos.  Y yo lo había arriesgado todo. Sí. Lo que ocurre es que cuando Dios llama, o le sigues o te alejas de tu propia felicidad. Y para mí, la llamada de Dios era transcendental.

Por fin, la situación se fue relajando. Nuestros vigilantes percibieron que no éramos energúmenos. Y como no cabíamos en la mazmorra, decidieron ponernos de patitas en la calle. El que reclamáramos atuendo para abandonar aquel distinguido aposento, no fue simple capricho. No. Si íbamos con hábito nos exponíamos, como mínimo, a nuevas y más peligrosas detenciones. Y ya habíamos sido la mofa y carne de cañón de no pocos agitadores. Así es que nos pusimos de acuerdo y solicitamos indumentaria para marchar de aquel antro. Lo exigimos, como condición imprescindible para abandonarlo. Por fin, los guardianes cedieron a nuestra razonable demanda y nos ofrecieron algo con que cubrirnos. La imagen que ofrecíamos era patética y hasta ridícula. ¡ Qué andrajos, Dios santo!. De todos modos nos brindó la estupenda oportunidad para reír, a carcajadas, al mirarnos unos a otros. Soltamos, así, parte de la tensión acumulada a lo largo de tantas y tan difíciles jornadas.

El mero pensamiento de que pronto me encontraría en Aitona, junto a mi familia, relativizaba tanto fanatismo, hostilidad, atropello, barbaridad, odio, convulsión. En definitiva, tanto absurdo y desatino, vivido durante la última temporada. ¡Qué necesidad tenía de abandonarlo!

 

Con los míos

Temporada, aquélla, sumamente dolorosa. La revolución impuso un cambio total a mis proyectos: me expulsó del convento, me alejó de hermanos y amigos y me arrojó lejos. Gracias que recalé en Aitona: mi villa natal. Los de casa me acogieron con los brazos abiertos.

Imposible narrar los sentimientos y emociones que me embargaron al encontrarme con ellos: mis padres, hermanos, sobrinos, amigos, vecinos. Sentimientos y emociones entrañables, intensos y hasta contrapuestos. Como si el tiempo se hubiera detenido. Como si las relaciones se hubieran estrechado. Los sentía más míos que nunca. Atrás quedó tanta tragedia. ¿Por mucho tiempo?. De momento, me encontraba en casa. Todos reunidos y cada uno por su lado, me hicieron partícipe de sus proyectos, esperanzas, luchas y fracasos. Es más, me pedían opinión. ¡Y la tenían en cuenta!. Mis padres contaban conmigo para todo. Hasta para lo más insignificante. Por otro lado, me mimaban como a una criatura. ¡Madre, estoy bien!. ¡No te preocupes tanto por mí!. ¡Padre, tranquilo!. Ya sabes que me parezco a ti. Soy fuerte como un roble. -Expresiones que se repetían, con frecuencia-. Hasta casa llegaban los hermanos independizados. En cualquier momento y bajo cualquier pretexto. Las tardes-noches resultaban de lo más familiar. Tanto al fresco otoñal como en torno al fuego del hogar. Como telón de fondo se encontraba el lamento común por la injusta persecución de la que era víctima la Iglesia. Todos vivían como buenos cristianos. Cristianos viejos, de toda la vida. (Al menos desde que lo manifestaba el árbol genealógico). En la calle me encontraba con adultos, ancianos y peques. Con unos hablábamos de cosechas y animales. De hijos, sobretodo. A los jóvenes tenía que preguntarles. Los ancianos, que tomaban el sol a la puerta de su casa, esperaban mi saludo. Era el pórtico para charlar en torno a su escasa salud y al exceso de achaques. Cada día en aumento. Los peque quedaban sorprendidos ante el nuevo vecino. Tanto mi forma de vestir como de relacionarme con ellos les resultaba desconocida. Cabizbajos, al inicio, aguardaban alguna broma mía para iniciar el juego de una simpática conexión. Acabábamos siendo cómplices. Al despedirme, hacían lo imposible, con el fin de prolongar aquella agradable coyuntura. Alguno se agarraba a mi hábito y no había manera de separarlo. ¡Qué gozada!. En la parroquia ayudaba en lo que podía: al párroco y a los feligreses. Unos y otros se acostumbraron a mi presencia entre ellos y hasta la solicitaban.

Por otro lado, desde la raíz de mi propio ser percibía una enorme necesidad de estar con Dios. El Dios de la vida. El que escribía derecho a través de tanto renglón torcido. El Dios que daba sentido a todo recorrido humano-vocacional. ¡Qué discreto y qué presente!, al mismo tiempo. A Él presentaba la jornada, jalonada por numerosas nimiedades. A Él pedía consejo y de Él esperaba luz para afrontar crecientes problemas. Y le escuchaba sin prisas. Estar con Dios resultaba apremiante para mi espíritu.

La cueva que mis padres poseían, a las afueras de Aitona, fue testigo de mis largos ratos de comunión con Él. Oraba por todos y por todo. A ella me retiraba al concluir la jornada. Por la calle alta llegaba, en un pis pas. Se enteró el vecindario y se acercaban para hacerme partícipe de sus cuitas. Buscaban mi opinión y consejo. No pocos, recibían el sacramento de la reconciliación -después de mi ordenación sacerdotal-. ¡Obvio!. A veces me acompañaba mi hermano Juan. No obstante, yo prefería permanecer sólo. En alguna ocasión constaté, contrariado, la presencia, amenazadora, de grupos siniestros. Se ve que mi persona estorbaba sus planes. Hasta una banda de matones se acercó, con intención de asesinarme. Ante situaciones semejantes, en lugar de apocarme, suelo dar la cara. Discutimos, hablamos y guardamos espacios de silencio. ¡Ellos y yo!. De tanto en tanto, se alejaban para dilucidar sobre su proyecto. Yo me confiaba a Dios bueno. Él siempre protege a los indefensos. Y en aquel momento el indefenso era yo. ¿O no?. Por fin, me pidieron no sólo perdón sino confesar su pecado. Yo, no salía de mi asombro. ¡Cómo cambia Dios el corazón humano!. Ahí, es donde yo descubría su omnipotencia. Más, mucho más que en las grandes obras de la naturaleza, del cosmos. En ellas se nos impone la presencia de su autor. En éstas se nos invita a viajar hasta nuestra interioridad. Ahí, es donde descubriremos sus mensajes. Caudal de vida que se esconde en los mejores repliegues del espíritu humano. Tanto propio como ajeno.