El capitán general de Cataluña decreta, el confinamiento de Fco. Palau a Ibiza. Corre el mes de abril (1854). ¡Todo un decreto!. Así se lo comunica al obispo. Al día siguiente, nuestro carmelita, se dirige al gobierno civil, con el fin de recoger su pasaporte. Allí mismo lo arrestan y conducen al vapor Mallorquín, anclado en el puerto de Barcelona. Zarpa, el buque, un día después y en la misma fecha fondea en Palma de Mallorca. Por la noche, Palau, sale, rumbo a Ibiza, en una lancha rápida. Les urge recluirlo. El capitán general había comunicado al ministerio de la guerra la medida tomada contra Palau. Una real orden aprueba tal determinación. Y con ella le confiere preponderancia.

La extensión de la Isla es de 751,6 Km2. De nordeste a sud-este se cuenta la distancia máxima: 41 Kms.  y la amplitud, es de 20. Juntamente con las islas mayores -Mallorca y Menorca-, Ibiza, en el s. 19, forma la provincia española de Baleares. En Palma, reside, un gobernador civil para las tres islas y en cada una cuentan con otro jefe militar. También reside, en Palma, el capitán general de Baleares. Así pues, el partido judicial de Ibiza depende  de Mallorca, en lo político y militar.

En lo eclesiástico y en virtud del concordato con la Santa Sede (1851), quedó suprimida la diócesis. Sus parroquias fueron incorporadas a la de Mallorca, como arciprestazgo. Comprende, así mismo, las de Formentera. Por diversos motivos, la supresión no se lleva a cabo efectivamente. Siempre ha estado gobernada por un vicario capitular y gobernador eclesiástico, sin probada dependencia del obispo de Mallorca. ¡Lógico!. Cada colectivo tiene sus características.

Merece ser recordado, D. Rafael Oliver. Buen teólogo y canonista. Hombre de intachable conducta moral y política, acertado y prudente para desempeñar tal cometido. Inicia su gobierno en 1855.  Siempre mantuvo cordiales y estrechas relaciones con Palau. Todo un apoyo para él.

Era la capital el único centro de cierta importancia en la Isla. Con el mismo nombre: Ibiza. Los lugareños la denominan La Vila. El resto de las localidades, apenas merecían el nombre de poblados. Y la situación persiste, aún hoy, si excluimos a S. Antonio y a Sta. Eulalia. Incluyendo Formentera se contaban 16 aldeas, divididas en 5 distritos. Preferentemente dedicados a la agricultura, los habitantes, vivían diseminados por el campo, en estado de pobreza y abandono. Como botón de muestra cabe recordar cómo se encontraba la cultura. Hasta 1855 había una sola escuela en toda la Isla.

Desde el reinado de Fernando VII, Ibiza se convierte en lugar de confinamiento para los adversarios políticos de cualquier gobierno. Pertenecientes, a partidos de la oposición, a quienes juzgan peligrosos.  Numerosos son los vinculados al clero y al ejército. A ellos se añaden muchos religiosos exclaustrados. Tampoco falta algún que otro obispo. En 1848, entre una población de 20.000 habitantes, los desterrados son 200. Y durante el 2º alzamiento carlista, desembarcan, al mismo tiempo, 109 individuos.

Ibiza, con las otras tres más pequeñas -Formentera, Conejera, Espalmador y algunos islotes más-, forma el grupo de las llamadas, antiguamente, Islas Pitiusas. El archiduque, L. Salvador de Austria realiza, para el Archipiélago, una labor histórica. Su obra, Las antiguas Pitiusas, dedicada al emperador Fco. José, es una bella descripción de la Isla. Escrita en alemán en 1866, se traduce al castellano 20 años más tarde.

Palau, llega a la ciudad en el mes de abril. El capitán general de Baleares se lo comunica al gobernador eclesiástico. Aconseja estar atentos a su conducta. Si no es la que corresponde, amenaza con recluirlo en la isla de Cabrera. También el alcalde recibe un comunicado del gobernador civil en el que se le encarga ejercer, sobre el confinado, estrecha vigilancia, para evitar su evasión -si lo intenta-.

Humanamente fracasado llega Palau. ¡No es para menos!. Éste es otro de los diversos exilios sufridos desde que la revolución, (1835), lo arroja, violentamente, de su convento. Más cercanos a su confinamiento ibicenco ha soportado dolorosos contratiempos. Los grupos femeninos dirigidos por él, fueron disueltos, por la autoridad civil, de acuerdo con el obispo de Lérida. Hace dos años (52). La EV, quizá el mayor triunfo de su apostolado, ha sido suprimida, cuando el éxito le sonreía y parecía llamada a alcanzar altas cimas. Los terrenos de Vallcarca, adquiridos poco ha, para construir un convento -Els Penitents-, con su destierro, quedan sin orientación. ¡Significativas contrariedades!

Recibe, del gobernador eclesiástico, a los pocos días de llegar, las licencias ministeriales para celebrar, predicar y confesar. Reside en la capital. Sin embargo, no sabemos el lugar concreto,  ni cuánto tiempo permanece en ella. Aún se halla allí, mes y medio después de su llegada. Nos lo indican dos cartas escritas en la Vila. Cartas -por cierto- intervenidas por las autoridades.

No constituye una novedad para los ibicencos, la presencia de un confinado. Sin embargo, Palau es objeto de curiosidad, en la capital. Los rumores que acerca de él han corrido entre el clero y la clase distinguida, despiertan deseos de oírle. Para lo cual organizan una función religiosa en la iglesia de S. Pedro -feudo de los dominicos hasta la exclaustración (1835)- y le encargan el sermón. Anota él a este propósito: Aunque la iglesia era bastante capaz, dos horas antes de la función, ya estaba llena de gente. Más curiosa  que devota.

Al principio, se siente extraño en el nuevo contexto. ¡Normal!. El cambio experimentado, en su vida, resulta demasiado brusco. En Barcelona ha dejado tareas apostólicas muy queridas, amigos y compañeros fieles. Pues aunque parece adusto, su corazón late al compás del amor: limpio, verdadero. Le preocupa la suerte de los suyos, con quienes se relacionaba y con quienes hacía un ensayo de vida religiosa. Los quiere tener por compañeros en todas partes. Uno de ellos, Ramón Espasa, pronto, lo sigue al destierro.

 

Palau, ciudadano ibicenco

Pasada la zozobra de los primeros tiempos, Palau discierne. No se arrepiente de su pasada actuación en Barcelona, a pesar de las graves consecuencias derivadas.

Uno de sus primeros proyectos, al llegar, consiste en historiar y vindicar la obra de la Escuela de la Virtud. Le urge dejar claro que la actividad consistió, únicamente, en adaptar la predicación del evangelio a una de las numerosas formas posibles. Escribe el librito: La Escuela de la Virtud Vindicada.

Desde su retiro sigue los acontecimientos de la península.

En alguna de las correrías por la isla, desde S. José, en dirección al SO, observa cómo se alternan lindes pedregosas, pequeños valles, algún regato, minúsculos pinares, huertos y trigales, higueras y olivos, algarrobos y almendros. Desperdigadas viviendas rurales, también. Blancas muy blancas. Bordeados, a su derecha, por las lomas descendentes de la Atalaya.

Palau lo admira y advierte que el alma se le ensancha ante aquel paisaje. Admira, así mismo, la dilatada belleza del mar. Su intenso azul. Entre pedregosas ensenadas y minúsculas playas, hospitalario, le acoge. Seguro que ha escuchado, con avidez, el unánime sonido campestre y la sinfonía montaraz, abrazados por el murmullo de las olas. Armonía semejante a una multitudinaria oración.

Encuentra una cueva cerca de un manantial. A 10 kms. de S. José. Lo percibe como lugar idílico para instalarse. El mar les proporcionará alimento y el agua les servirá de regadío en aquellos terrenos agrestes. Un año después de su llegada a Ibiza era ya, aquélla, su residencia habitual. El papa, Pío IX, le concede indulto de oratorio privado, en el que celebrarán la Eucaristía quienes con él conviven, así como los lugareños del entorno.

Su espíritu, zarandeado por tanta inclemencia, hambriento de reposo, en aquella incomparable soledad, se abre, en profunda gratitud. Ha conseguido lo imprescindible: descansar, confiadamente en Dios y encontrarse a solas consigo. Sus prolongadas jornadas de soledad, fueron de intensa comunión con Él. Pues  este trato, sólo se labra en el tejido lento y trabajoso del acontecer sencillo y ordinario. Sí, el fuego interior caldea, sin cesar, su espíritu. En él resuena la voz que le urge a buscar la belleza, incomparable su Amada. Saborea, así, la soledad sonora de su Carmelo, el paraíso del silencio, el sosiego imperturbable del retiro. Templa su espíritu en el adiestramiento, diario, de la fe, pobreza y penitencia.

Para su apostolado y, en atención a los isleños, adopta formas que ellos entienden. Aunque para él son: cuaresmas de rutina. Sin embargo, logra incidir, profundamente, en la fe del pueblo, a través del propio testimonio. Sin, casi, pretenderlo, convierte su morada en centro de peregrinación creyente.

Poco a poco, sus cansinas actividades pastorales se van abriendo a nuevos horizontes y su distancia inicial de los ibicencos, se torna estima y confianza. A la luz de experiencias pasadas y de la inspiración del sosiego presente, estudia posturas y, perfila criterios de actuación.

Un habitante de Es Cubells, le cede el pequeño terreno agreste, donde se halla situada la cueva: l´Entradó d´Es Cubells.

Poco después, compra otra finca contigua. En el despeñadero. Con sus compañeros construye ermita y oratorio  en la parte más elevada. Existen,  en la ermita, 3 ó 4 habitaciones, de muy poca capacidad, para los ermitaños. La planta baja incluye, además, el reducido oratorio: 8 mts. de fondo, x 5 de ancho y 4 de alto.

Prendado por la belleza del lugar, Palau, se dedica a transformar aquellas tierras en plantío con huerta y arbolado: todo un vergel.

Con el propósito de hacer, allí, vida solitaria y contemplativa construye, junto al manantial, una pequeña casa donde establece su morada. Vivienda, sumamente, sencilla, sostenida por un crecido número de bancales, dispuestos en gradería, en dirección al mar. Plantan naranjos, higueras y otros árboles frutales. Dejan espacio para cultivar hortalizas, legumbres y flores. Muchas flores. La vivienda del ermitaño se halla sombreada por algunas vides. Entrelazándose forman una entoldada galería delante de la casa. Desde allí, y por entre las ramas de los árboles,  se divisa el vasto y azulado espejo del mar. Calas y montañas, también. Las puertas y ventanas de la vivienda permanecen, ordinariamente, abiertas.

El libro Las Pityusas del archiduque L.S de Hasburgo-Lorena, añade datos. Todo respiraba, en ella, sencillez y pobreza. Tiene las toscas paredes adornadas con estampas. Hay una mesa de leño sin labrar. Una tarima como lecho y en el suelo se ven libros viejos, llenos de polvo. Es toda la escenografía de la mansión  palautiana.

Ninguna voz ni ruido interrumpe, ordinariamente, el silencio que reina en derredor.

Los ermitaños se mantienen con lo que produce la tierra que cultivan: hortalizas. -Son las primeras que se presentan en el mercado de la capital-. Y con las limosnas que, en caso de necesidad, recogen de los caseríos vecinos.

Palau no oculta el gozo que le produce la contemplación de esta fascinante naturaleza, embellecida por ellos: Preciosas para mí las cadenas de este  destierro -refiere, por carta, al P. Claret.

 

Viaje de ida y vuelta

Dos años permanece, Palau, recluido en Ibiza. Sin embargo el gobierno Espartero había concedido varias amnistías a los confinados, por motivos políticos.

Solicitado por las autoridades eclesiásticas de Mallorca, se traslada a Palma. Los gobernadores eclesiástico y  militar le conceden permiso y pasaporte. Allí, predica: novenas de Sta. Teresa y  del beato Alonso Rodríguez, panegírico de la beata Mª de la Encarnación, triduo de S Andrés Avelino. Algún participante lo califica de misión. A ella acudió una considerable multitud. Fue del gusto de todos -puntualizan-  y de la cual se derivó mucho fruto. Según anotaciones de la prensa, predicaba, asiduamente, los cultos eucarísticos de las cuarenta horas. Como siempre, trabaja de modo incansable. Pasa allí, al menos, dos meses. Por estas fechas, aún alimenta la esperanza de que la EV vuelva  a funcionar.

Regresa a Ibiza. Como está convencido, no sólo de su inocencia sino de hallarse incluido en los decretos de amnistía, concedidos por las autoridades de Madrid, escribe a la reina. Hace historia de su causa. Se declara inocente y requiere se le levante el destierro. Acompaña la solicitud con un certificado del gobierno eclesiástico de Ibiza. En él se acredita la ejemplaridad de su conducta y los excelentes servicios prestados, durante su confinamiento, en el ministerio de la predicación. ¡Merecido lo tenía!.

Transcurrido medio año sin obtener respuesta, cree, haber molestado, sin motivo, a la reina y decide trasladarse a Barcelona para resolver el problema del terreno de Horta. Casi, al mismo tiempo, las autoridades de Ibiza y Barcelona reciben la noticia de que Palau  puede regresar, libremente, a la península. Excluida Cataluña.

Llegado a la Ciudad Condal se presenta en la curia diocesana y el gobernador eclesiástico le comunica las órdenes ministeriales. No puede establecer su residencia en Cataluña. Sí, en el resto de la península. ¡Nueva contrariedad!. Ante tan desagradable disposición se presenta a las autoridades civiles para informarlas sobre los motivos por los que se encuentra allí: gestionar asuntos de carácter personal y familiar. Sin sospecharlo, se ve envuelto en una situación semejante a la de años atrás.

No ha olvidado, el capitán general, la disuelta EV y sigue de cerca los pasos de Palau. Envía un agente al domicilio del alcalde de Horta, -García-, donde se aloja el P. Francisco. Registra la casa y encuentra libros piadosos. Entre ellos La lucha del alma con Dios. Se afianza, el capitán, en sus propios prejuicios: Palau pretende restablecer la EV. Pronto, agentes de capitanía, registran el domicilio y hallan ejemplares del catecismo de las virtudes. Nuestro protagonista los había recogido para venderlos. Tal hallazgo resulta la prueba, inequívoca, de sus ocultos objetivos -insiste el militar-. Lo detienen. Al día siguiente, decreta su confinamiento a Ibiza y lo conducen al buque de guerra, Vasco Núñez de Balboa, anclado en el puerto. Como el arresto es un atropello, en toda regla, y quiere dar al hecho, apariencias de legalidad, envía al fiscal militar para que le tome declaración. ¡Sí, sí!. De hecho, la orden es contraria a las disposiciones legales. El buque permanece en el puerto ocho días más. El nuevo gobernador militar de Ibiza comunica al alcalde la decisión del jefe de Barcelona y la estrecha vigilancia que debe ejercer sobre Palau. A quien prohíbe el regreso al continente. Sigue, el capitán, buscando informes que demuestren la repetida estancia de Palau en la ciudad condal. Por supuesto, no los encuentra.

La sinrazón de este 2º confinamiento le hace ver una situación sumamente lóbrega. Nos confiesa que al ser interrogado, percibió la presencia del mal: director de la trama histórica. A pesar de todo vio, en los hechos, la mano de la providencia que le conduce, de nuevo, a incrementar su vida contemplativa en Ibiza. ¡Hombre confiado, donde los haya!.

Luego, debió sumirse, Palau, en el más absoluto decaimiento. Pues interrumpe la correspondencia. Incluso en su faceta  de director espiritual. Hasta nosotros sólo han llegado unas notas. Las cuales ponen de manifiesto el combate interno  que vive.

Convencido de que  su 2º confinamiento se ha tramitado en Madrid, por el ministerio de la guerra, gestiona lo necesario para que tal jurisdicción reconozca su inocencia y decrete su libertad. Ministro de la palabra de Dios, le urge luchar por el libre ejercicio de su sacerdocio.

El gobernador eclesiástico le proporciona un elogioso atestado. Indica que el proceder de Palau, en la diócesis,  ha sido, siempre, digno de todo elogio y el más propio de un verdadero sacerdote. De la reina implora la alternativa: que se le alce el confinamiento o se le juzgue en los tribunales.

Su salud se resiente. Sólo la voz de Dios, a la que no puede oponer resistencia, le mueve a pedir la libertad. Mientras espera respuesta, hace testamento a favor de Juana Gratias, R Espasa y G Brunet. Favorece a Juana con el terreno de la rota den Garrova. Aconseja, a todos, abandonarse a la Providencia. Actitud que él practica con ejemplaridad.

Decide imprimir la obrita, La Escuela de la Virtud Vindicada. Aprobada, por el obispado de Ibiza, la examina el vicario eclesiástico de Madrid. En ella expone lo que en realidad fue la EV: la enseñanza del evangelio, bajo una forma acomodada a las necesidades del pueblo. En aquellas circunstancias concretas. Ella resulta, al mismo tiempo, un exponente de su inocencia. ¡Estaba en su derecho!.

Nuestra Señora de Es Cubells

Nada más situarse en Ibiza, Palau, aconseja a sus amigos de Barcelona recoger las pertenencias de la EV. Así, evitarán que el gobierno se las incaute. Procura que la imagen de la Virgen de las Virtudes y el pendón -cuya suerte le preocupan- no caigan en manos de acreedores. Primero, los escondieron en el convento de Sta. Teresa. Luego…, con disimulo, da alguna pauta sobre sus intenciones: Ramón E. tiene una lancha. Y si la arma, no con cañones sino, con estampas, escapularios etc. se atreverá a presentarse en defensa de la virgen cortesana. Ella le dará bastante quehacer para defender su real trono y persona. Al preámbulo sucede el acontecimiento. La hace trasladar, con el mayor sigilo.

Con la imagen, ya en Es Cubells, justifica su picardía: Barcelona no ha sido digna de que María descendiera sobre ella, bajo el título de las Virtudes. Por lo cual, se ha retirado entre estas peñas, donde vive festejada por pescadores e isleños rústicos e ignorantes pero devotos suyos. Satisfecho por tenerla con él, agrega: Donde está mi maestra estaré yo, dispuesto a seguirla a dondequiera que vaya.

Ante la perplejidad e incluso la contrariedad de algunos amigos por el proyecto realizado, anota: Yo no creo haya entre Vds. quien encuentre mal que estos objetos hayan sido trasladados a puerto seguro. Ni menos que sean públicamente venerados… Dejemos el asunto porque me enfadaría si pensara que esto les hubiese sorprendido….Concluye el asunto con buena dosis de ironía: No pensaba fuesen gente de etiqueta.

Palau, en Es Cubells, ha levantado la rudimentaria capilla, donde coloca la imagen de N. Sra. de las Virtudes. Comienza, de este modo, para él, una época de descanso y paz. Se siente otro.

La capilla, pronto, fue frecuentada por los sencillos habitantes de la Isla y Palau goza en las celebraciones con que honran a María. Con la imagen, el culto mariano se intensifica. De hecho es la primera capilla dedicada, a la virgen, en Ibiza.

El nombre de este lugar solitario y desconocido, gracias a Nuestra Señora, transciende sus límites y se transforma en punto de convergencia de gentes venidas de todas las localidades y zonas rurales de la Isla. En adelante, permanecerá como escenario privilegiado de romerías y peregrinaciones. Y se transformará en el santuario mariano ibicenco, por excelencia. El pueblo confía a la virgen, penas y alegrías. Pronto fue conocida como N. Sra. d´Es Cubells.

Más tarde, la Iglesia lo ha denominado, Santuario mariano de la diócesis.

Vive atento, Palau, a cuantos necesitan de su presencia. Oración y vida, que compartida con la ejemplaridad de los ermitaños, constituye el más poderoso imán de este incentivo mariano. Sueña, este hombre, con crear un hogar donde permanezca vivo el intercambio de amor entre la madre de Dios y sus hijos de Ibiza. Levantar un trono donde la reina del Carmelo reciba los ruegos de estos isleños. Así, su insignia entusiasta y constante conseguirá eternizar este lugar, convirtiéndolo en altar mariano del pueblo.

Conmueve la influencia de María sobre él, tanto en este momento, como en su recorrido vocacional.

Con el paso del tiempo, el sueño de Palau no sólo se ha convertido en realidad sino que ha trascendido todos los límites de lo razonable. Mientras tanto, María irá disponiendo el espíritu de Francisco para que le abra al misterioso romance de su amor: La Iglesia.

Con solicitud, ahonda en este misterio, bajo doble dirección, Mª-Iglesia, Iglesia-Mª. Iglesia, casi siempre encubierta. Sin embargo, ella espolea su inquietud y acrisola su fidelidad creciente.

Yo soy Mª, la Madre de Dios … – escucha  con insistencia – Siendo la Iglesia … la congregación de los santos bajo Cristo, su cabeza, tu Cosa Amada … para que la virginidad y maternidad, la pureza la belleza de la esposa de mi Hijo tenía un tipo perfecto … Dios me ha escogido a mí … Así no te extraviarás. Yo soy el tipo de la Iglesia … Pero objeto de tu amor … lo es ese misterio .

Apremio, orientación, y compañía, en la cima de su recorrido vocacional.

Nota: El contenido fundamental de ésta y otras páginas sucesivas lo he entresacadao del artículo del P.Tomás Álvarez, El P. Francisco Palau y el Vedrá, del libro: Francisco Palau e Ibiza.

 

El Vedrá  I

“ Decidime, desde entonces, -hacía 15 años-, fijar mi residencia, en los más desiertos…. y solitarios lugares. ¿Motivo?. Contemplar, con menos ocasión de distracciones, los designios de la divina providencia, sobre la sociedad y sobre la Iglesia”. Así reflexionaba, Palau, en su destierro francés. Respetamos y admiramos su determinación. Nos recuerda a Jesús, quien, antes de comenzar su actividad misionera, decide vivir solitario. Y durante el transcurso de la misma, frecuentemente, se retira, a la soledad.

Retiro, soledad requieren escenarios apropiados. Nos remiten al despoblado, a la montaña, etc. Entre las bíblicas, evocadoras del admirado Vedrá palautiano encontramos el Líbano, Sinaí, Horeb, Carmelo, Tabor. Lugares obligados para el encuentro profundo con nuestro trípode fundamental: Dios, nosotros mismos, los demás. Pero no son las montañas quienes atraen, sin más, a Palau, aunque Tagore las contemplara en su mejor dimensión: -“Cuando la tierra quiso orar, se levantó en montañas”-.

Él lleva como bajo-fondo del alma una fascinante vocación. Entretejida por dos singulares componentes: contemplativo y profeta. La ha recibido de su familia religiosa, el Carmelo de Teresa. Y la ha hecho suya. Ha procurado que fecunde su interioridad y que dé rumbo concreto a su existencia. La vocación: su fundamental tesoro.

Reclamos de soledad, preludio y atmósfera de contemplación, a lo largo de su recorrido, se concretan en la cueva de Aitona, Francia -Galamus, Montdesir y Livron-, Vallcarca -Barcelona-, Montsant -Tarragona-, Es Cubells, El Vedrá -Ibiza-. Durante su confinamiento en la Isla anota: Desterrado entre los isleños, pienso aprovechar mi exilio para disfrutar de  completa soledad. Urgente para él, será el clima que vigorice su mirada de contemplativo y despliegue su servicio misionero. Mirada para descubrir, con más realismo y hondura, las urgencias del entorno. Servicio para dedicarse, de lleno, a paliarlas y, mejor, a erradicarlas. ¡Sin duda!.

En la historia interior de este hombre, el enclave de Es Cubells resultará, prólogo o vestíbulo desde donde descubrirá y abordará la conquista de la soledad suprema: el Vedrá.

Aquel género de vida sirve de trasfondo y apremio a su aventura de la mítica montaña. Derivará en ulterior avance. De la soledad, a mayor soledad. De donde concluimos que las  jornadas de retiro, en uno u otro lugar, nunca lo han sido de ensimismamiento, ni de descanso. El fuego interior caldea, sin cesar, el espíritu de nuestro protagonista. Y en él se fraguan espléndidos porvenires.

El Vedrá, imponente islote situado en el costado sud-occidental  de la isla de Ibiza, se adentra una legua en el mar. Dista una milla de la costa. Tiene 5 kms. de perímetro  y su altura es de 385 mts.  Desde que lo descubre, Palau, se siente en sintonía con él. Como si Dios le hubiera  preparado, providencialmente, el clima y escenario del macizoIdilio del hombre y la montaña. Mejor, del hombre y sus mejores dimensiones. Pues es allí donde surgirá y avanzará hacia él una presencia misteriosa y arrolladora, símbolo de la Iglesia:A él acudirá siempre que pueda. Se dejará guiar por el espíritu que preside y asiste aquel lugar. Cuando marcha del monte sentirá preguntar: ¿Volverás?.Y, sin titubear, responde: Sí, volveré.

Profunda es la sima que separa al peñón de la isla. Las aguas borrascosas. Para zarpar y bogar, sólo sirven los días serenos. De lo contrario te expones a peligrosas situaciones. Incluso a zozobrar. Palau zarpa unas veces, las más, de la embellecedora cala de su vivienda y entorno. Otras, desde más cerca del islote: el fondadero de Cala D´Hort. Varias horas de travesía, en el primer caso. Una larga, de remo, en el segundo. Los Hermanos le acompañan en el desplazamiento. Luego, lo dejan sólo. Quizá, todos, comprenden que la montaña, recia y bravía, no es oasis apto para todos.

Ya, en el primer viaje, Palau y sus barqueros se dedican a pescar, para que no le falten provisiones, en las jornadas  sucesivas.

Luego, contempla el imponente peñón y decide escalarlo. Todo un desafío al que no quiere renunciar. Como si algo primordial se ocultara en esta decisión. De hecho, lleva la brújula en el alma y le acompañan el impulso y la esperanza. Uno y otras sazonan las mejores búsquedas.

El VEDRA II

Para escalar el Vedrá se requiere, además de una excepcional decisión, tres cuartos de hora, hasta llegar a la gruta-albergue de Palau. Un cuarto de hora más, para alcanzar la cima de la montaña. Total, una hora de escalada. De camino, encuentra senderos arroyados, matorrales, veteado abrupto de la roca, mas unos 400 mts. de pared rocosa, casi en vertical. Y tras la subida del muro le aguarda una ruda travesía ascendente, hasta acceder a la altura de la cueva-refugio. El suyo, el de Palau, debió ser un ascenso contra reloj. Con el agravante de ir cargado de provisiones. ¡Penosa subida!, ¡recia escalada! si se encara por la pared norte.

Si, en cambio, accede por el flanco meridional, le aguardan varios metros de muro liso y encrespado. Pero luego se abre, ante él, un espacioso anfiteatro. Por este lado, el seno de la montaña es menos arduo. Más acogedor. Hendido hacia el centro, por uno o varios lechos de torrentera abrupta. Salpicado de sabinas copudas y chaparras, agazapadas sobre la roca y diseminadas a lo largo de la escalada. A la derecha se alza, majestuoso, el macizo más alto y corpulento del islote. A la izquierda  alejado, desde el extremo oeste, el desafiante picacho de la Bastorra.

La cueva del agua es grande. Se halla escondida. Al subir por el atracadero sur, a la derecha, el macizo rocoso la encubre. Cuenta con una enorme antesala, de cara a mediodía. Luego, esconde un segundo orificio: la verdadera gruta. Es oscura, de suelo viscoso, dada la multitud de goteras cantarinas. Todo un concierto de la más transparente y líquida naturaleza. Aunque le resuelve el problema del agua, el solitario no se instala ahí. Es demasiado húmeda.

Entre las muchas existentes escoge otra,  a la medida de su cuerpo y deseos. Situada en el centro y en lo alto del anfiteatro montañoso. De cara a mediodía y con amplia perspectiva marina. La podrá contemplar, desde el fondo de su cobijo. Paisaje flanqueado, a uno y otro lado, por el macizo de la izquierda y la crestería de la derecha, apenas salga de la cueva. Vista desde fuera, se presenta como una enorme grieta que hiende, de arriba a abajo, el lienzo de la roca, a lo largo de 10 ó 12 metros. En la zona inferior se abre, en triángulo, hasta dejar, en la base, 3 ó 4 metros de vano. A la derecha, pared limpia. Sobre ella, restos de viejas inscripciones a lápiz. A la izquierda, parapeto agrietado. De trecho en trecho, deja asomarse ramilletes de minúsculas florecillas, como oraciones de contemplativo. En la boca de la gruta una losa rectangular y plana, apoyada sobre piedras de posterior colocación. Ha desempeñado funciones de altar. Tal vez a él le sirvió de escribanía. En la pared derecha, una blanca imagen de la virgen de los montañeros. Colocada más tarde. Poco a poco la gruta se angosta. Al fondo, un escalón para subir y penetrar en la recóndita celdilla del solitario. Recámara de trazado oval, extendida longitudinalmente, montaña adentro, con techo bajo y arqueado, de bóveda irregular. Ahí, descansaría. Mide 2 m. de longitud y conserva el pavimento mullido, de arena fina. El del resto del refugio es de tierra. Toda ella templada y acogedora. Lo mejor del recinto: su disposición interior. Incluye dos estrados, a propósito para el recogimiento silencioso y para admirar y el magnífico paisaje que se despliega, en abanico, ante su puerta.

Sin embargo, Palau no acude al Vedrá, principalmente, a contemplar tanta belleza como desde allí se admira: El objeto de mi retiro  es ordenar mis cosas y las de quienes dirijo, según Dios -escribe poco después de escalarlo por vez primera-.

Los pobladores del Vedrá son numerosos. Se cuentan, entre ellos, cabras salvajes, conejos, gaviotas, cuervos marinos, numerosas aves que anidan y graznan en lo más empinado de las rocas. Huéspedes inofensivos todos, excepto los más menudos: las lagartijas. Las del Vedrá son de talla XXL y vivaces. Muy vivaces. Si el solitario descuida sus enseres, en un pis pas, han fondeado hasta el último secreto de su alforja. Como única defensa, cuenta con el oscuro interior de la cueva. Seguro que le asigna funciones de caja fuerte, contra las temibles depredadoras. Sí, así es. Ante ellas, tienes la impresión de que se encuentran en casa propia. A ti te tildan de forastero y te tratan como a tal.

El Vedrá, III

Escalar el peñón es toda una proeza. ¡Sin duda!. No obstante antes y después, resulta un espectáculo, espléndido en extremo, contemplado sobre el intenso azul del mar. Imponente y majestuoso pregona grandeza incomparable, esplendidez suma, singularidad fascinante. Nos transporta a horizontes  sobrehumanos, a paraísos eternos.

Aparte de la belleza, la montaña genera otros beneficios. Entre ellos la soledad. ¿Es beneficiosa, la soledad?.¡Claro!. Pues favorece la observación honda: la síntesis de experiencias vividas, así como la incorporación del momento personal e histórico presente. El acierto de proyectos de futuro, también: Ve al monte -escucha Palau- y allí te revelaré los secretos de mi corazón.

Cierto, en principio, allí, se reducen las distracciones de modo considerable. Resulta más fácil esquivar la trivialidad, relativizar todo lo relativizable que se interpone en el peregrinar del espíritu. Ayuda a penetrar, discernir y asimilar las dimensiones primordiales del ser humano, de la iglesia y de la historia: ¡Ven!…¡Te espero…Y para que entiendas…, te quiero unos días sólo… en el Vedrá  -percibe en su interior-. Sí, el contemplativo encuentra más resortes para sondear en lo esencial. Razones por las que Dios y su Iglesia se dejan percibir y reconocer con más nitidez y calado. Y su impacto, en el solitario, es más vinculante y duradero. Así es. El entorno, confiere, a las situaciones que consideras, tintes del mejor realismo trascendente. Efecto que  no concierne al universo de la sugestión. Se debe, tanto al entorno favorecedor, como a la decidida colaboración del privilegiado: La posición exterior ayuda, maravillosamente, al espíritu -advierte Palau-. Pues es así como emerge lo mejor que la persona posee. Siempre ha constatado, él, esta benéfica atmósfera. Tan valiosa, para su vocación: Preciosa soledad tú has curado las llagas de mi corazón pero has abierto otras que son incurables. Es más, con ella, identifica al islote: Para soledad tengo el Vedrá.

De todos modos  es la de 1861, la que grabará, a cincel, su alma de solitario. Allí, se sumerge en el motivo, que desde tiempo ha, embarga sus mejores fondos: el misterio de la Iglesia. En el Vedrá irrumpe, plenamente, en su existencia. Las jornadas de este verano, en la montaña, dejan profunda huella en su interioridad. Hasta desatar, en ella, una incontenible experiencia eclesial. Con visos de enamoramiento y con los típicos síntomas de la interior fiesta nupcial de los místicos: Desde mis últimos ejercicios del Vedrá, siento, en mi compañía, bajo las sombras de una mujer, a la Iglesia. Su presencia absorbe toda mi atención. Estoy consultando, con Ella, lo que, en su servicio, he de hacer. Yo no pensaba que fuese cosa viva, y ¡qué sorpresa, la mía al conocerla!. A su presencia  queda eclipsada y, como en tinieblas, toda belleza y hermosura criadas¡Eres tan bella como Dios! -registra, sobrecogido, en otro momento-.

Y con la arrolladora experiencia del misterio eclesial comienza -en el Vedrá-  la escritura de su cuaderno íntimo. Lo titula Mis Relaciones con la IglesiaLibro, mitad idilio personal, mitad epopeya mística. Acta de situaciones singulares, en su recorrido vocacional. Quizá, también, alivio personal, al narrar experiencias difíciles de comunicar  en su entorno. Punto de arranque de la obra es  la 7ª. morada del Castillo Interior de Teresa de Jesús. Capítulo  de cima. En él se entrelazan, en inseparable abrazo, las dos dimensiones del misterio evangélico del amor. Legado del Maestro.

Lo he escrito -manifiesta Palau- para mí sólo y lo escribo en los momentos en que más necesidad tengo de Ella –la Iglesia-. Pensaba enviártelo, pero lo tengo con tanta reserva, que no me atrevo a hacerlo.

Mi pluma, hija mía, corre tras estas cosas porque ocupan por entero y de lleno mi alma -concluye-

Resulta -el cuaderno- acta de la fiesta interior. ¡No podía ser de otra manera!. Palau es el portador de la misma. La vive con intensidad en el diario acontecer y la despliega y expresa en diversas situaciones de su viaje. Ahora, en el macizo: Hay cosas que las escribo con tal reserva, que si supiera se habían de leer, estando yo vivo, las quemaría. Plenitud velada por la discreción, jalona su actual fase vocacional. Todo un referente para quienes nos sentimos vinculadas/os a la experiencia eclesial que emana de este gigante del espíritu.

El Vedrá IV

El índice de subidas, al Vedrá, que Palau consigna en sus escritos es incompleto. La primera ascensión, ampliamente, documentada, data del verano 1857: Hace cuatro días  que vivo en estas peñas sólo -anota-. En este islote, Dios me ha preparado una soledad, en posición tan agradable a mi espíritu, que no me hubiera atrevido a desear ni pedir otra mejor. Habiendo aquí agua y los Hermanos, para venir de cuándo en cuándo, lo tengo todo…… Para mí, esta soledad es el cielo. Palau lo ha escalado, en numerosas ocasiones. Algún año hasta ha repetido. Por lo cual, ya conoce la idiosincrasia del peñón.

Allí, envuelto en tan singular atmósfera, transparente e incitadora de autenticidades, se adentra en su interioridad. La explora. Decide eliminar lo inconveniente e incrementar lo positivo y evangélico: En la oración, en el monte, has de revisar toda tu vida y si en tus acciones hay algo que me desplazca lo quitarás -mensaje de su Amada-. Escenario idóneo para este primoroso quehacer de orfebrería, así como de sus más cualificados tramos vocacionales es el Vedrá. Lo es para vivir momentos incomparables: No puedo remediar mis necesidades espirituales sino en ejercicios como los del Vedrá…¡La noche viene!. Todo este monte está en calma y quieto. ¡Qué soledad!. ¡Qué bien!.

Cierto, al trasluz de sus cuartillas, vemos perfilarse, íntegra, su figura. En este contexto concreto, en la montaña: Sentado sobre las altas, encrespadas y firmísimas peñas del Vedrá veo estrellarse y convertirse en espuma las furias del mar… y me río, de sus vanos esfuerzos, porque estoy seguro. Todo un símbolo. Con ello, Palau, refiere su propia experiencia. No se inquieta, ni conmueve. Se encuentra inquebrantable, ante las embestidas del mal para plantarle cara y reducirlo. Objetivo de su entera existencia.

No sólo ora, el solitario. A veces, disfruta del paisaje. Lo contempla a sus anchas. Sin reducir el tiempo. Con lo cual, percibe que el alma se le dilata y embellece. Como si formara parte del incomparable entorno. También escribe, dibuja. Redacta cartas y parte de sus reflexiones, las reglas de sus discípulos, etc.: Iré al Vedrá. Propondré a Dios la dirección y volveré a escribirte lo que Él, sobre ella, me inspire  -comenta a su confidente, Juana Gratias-. Escritos, eco espontáneo de su alma, en tan diversas situaciones. Alma, la suya, incansable descubridora de magníficos horizontes espirituales, al desplegarse, insistentemente, en acogida del misterio y, en cualificado servicio. Es así como se robustece su personalidad. Con todo, en el Vedrá, preferentemente, ora. La oración impregna y envuelve su jornada: explosión incontenible de sus experiencias interiores.

Escribe al confesor de la reina, sobre el doloroso problema de su destierro y de la infamia con que, oficialmente, le han marcado. Fin del mismo y consecuente libertad, solicita en la misiva. Afirma, no obstante, que la nueva forma de afrontar los episodios diarios, iniciado en el confinamiento, le ha hecho vivificar su vocación de siempre: carmelita, desde el fondo.

Profesional en diferentes cometidos, artista y poeta Palau es, ante todo, contemplativo. El Vedrá resulta para él escenario de teofanías y eclesiofanías. Poco a poco, sin dejar de ser lo que es -lugar geográfico- se va transfigurando en su ámbito salvífico, espacio de gracia. Donde vive momentos significativos. Cuajado de constitutivas experiencias espirituales: bienechoras iluminaciones, inevitables esperas, profundas y prolongadas luchas internas. A Palau se le torna monte santo.

Como hemos constatado, dos son  las nuevas dimensiones interiores que ahora, le cruzan: hondo anclaje en la propia interioridad y espacioso sentido eclesial. Ambas se retroalimentan. Experiencia eclesial, la suya, se despliega y diversifica hasta invadir y armonizar, plenamente, su universo interior e intensificar su extensión profética.

Igual que un día se le prometió a Abraham, Palau deviene bendición. Todo él. Interioridad y sentido eclesialdimensiones vocacionales constitutivas, procedentes de un hombre hecho bendición, confieren bendición en abundancia. Alcanza a cercanos y a distantes. A su contexto, a la Iglesia peregrina, a la entera humanidad, con la que comparte historia y solidaridad. A sus seguidoras/res, de modo preferencial. Francisco Palau, inmerecido regalo. Bendición personal y congregacional. Bendecidas, con esta solidez, seremos, sin duda,  bendición para el entorno.

El Vedrá V

El episodio del Vedrá no es un hecho aislado y sin precedentes. Añade una cuenta al rosario de la Iglesia, a sus montes y contemplativos: Moisés y el Sinaí, Elías y el Horeb, Jesús y el Tabor. En el NT todo apóstol que se precie de tal, pasa por el crisol de la soledad: Benito y Monte Casino, Francisco de Asís y el Alvernia, Ignacio y Montserrat, Juan de la Cruz y las cuevas grajeras de Segovia, el Monte Atos y las comunidades de hermanos ortodoxos, etc.

Una cosa es patente en el caso de Palau, el monte y la soledad son piezas maestras para el ensamblaje de sus dos dimensiones fundamentales: hombre realista y trascendente. ¿A qué sí?. Él permanece abierto al misterio, receptivo y disponible de cara a los designios de Dios. Como derivación, comprometido con su entorno. Tal vez, por ello, es en el Vedrá, donde irrumpe en él, con plenitud, la experiencia eclesial. La cual hermanará su dinamismo contemplativo y apostólico. Doble maridaje, explica el por qué la soledad sirve de trampolín o detonador para poner en marcha misiones proféticas en la Iglesia.

En esta etapa de cima, Palau ha llegado, también, a conciliar dimensiones personales, en otro tiempo antagónicas. ¿Las recordáis?. Sí, entre ellas la incorporación del sacerdocio a su vocación religiosa. Ahora, ya no son alternativa. Pues gracias a ésta, aquél resulta más intenso. Su situación de puente entre Dios y los hombres, acerca más y mejor a ambas riberas. Fruto madurado en la soledad de Es Cubells, cierto. Pero, al ser Es Cubells, para Palau, antesala del Vedrá, es aquí donde descubrimos tales resultados. Insisto, ha llegado, a conciliar lo más específico de su vocación: profeta y místico, sacerdote y carmelita, fundador e intérprete  en el gran escenario de la Iglesia. ¡Laborioso cometido! ¡Envidiable trayectoria!.

Durante los últimos 15 años -los más fecundos de su existencia- todo – inspiraciones, decisiones, proyectos, sufrimientos, misión etc.-, absolutamente todo pasa por la soledad del Vedrá. Y desde el Vedrá, adquiere calado y envergadura. Troquela, de ese modo, su personalidad. Se despliegan sus dimensiones contemplativa y profética. Así es. Palau se caracteriza como hombre de singular acogida y excelente servidor.

Ahora, desde la cumbre de su atalaya, contempla el campo de la mies. Asimila y proyecta su servicio profético. De hecho, en numerosas ocasiones, alterna la concreta misión, con su estancia en la montaña. Para prepararla o evaluarla. Sí, saborea, allí, lo más auténtico del Carmelo: la soledad sonora, el paraíso del silencio, la calma imperturbable del retiro. Entraña que le devuelve al servicio, a la lucha, a seguir pregonando, con fidelidad creciente, la belleza, incomparable, de su Amada: la Iglesia. Misterio que él vive con tanta hondura como realismo. En el Vedrá templa, también, las armas de su espíritu en la fe, penitencia y pobreza. Preámbulo y soporte para desgranar el amor. Unas veces a Dios, otras, a los hermanos. Las más, a ambos, en  inseparable abrazo. Palau, ¡todo un arquetipo!.

En la interioridad se encuentra, el núcleo aglutinante. Es ahí, donde el fuego de Dios lo caldea, sin cesar, a través de los profundos encuentros con su Amada. Ellos, intensifican sus proyectos misioneros y estos su índole eclesial. ¡Admirable complemento!.

Cada año vuelve al islote. En alguna ocasión  los ejercicios son exclusivos para mi alma -puntualiza-. Otras, por vosotros he venido. Y en sucesivas jornadas elaborará, cuidadosamente, las reglas del grupo. Siempre, a consultar cosas del espíritu.

Más remansadas y serenas serán las visitas de los últimos años. Abajo, le aguarda, siempre, la barquilla para regresar. No obstante, el Vedrá queda instalado en aguas profundas de su existencia. Como soporte singular, excelente tamiz de accidentalidades, incomparable escenario.

Incitación, la suya, a frecuentar y a valorar, con solicitud, espacios y tiempos, escenarios y ayudas para nuestros momentos vocacionales. Tanto habituales como relevantes. Arropados por tales contextos, la vida posterior se desplegará, con vigor nuevo y, la reconoceremos. Hecha de armonía personal, consciencia ascendente de que todo lo que nos rodea son pistas de Dios y, por supuesto, cuál es el escenario preferido de éste nuestro Señor humanado: la entraña de todo. Preferentemente la interioridad humana. Inmejorables connotaciones éstas, para saborear la serenidad que la vida nos depara y hasta el gozo hondo de vivir.

El Vedrá VI

Días y noches, auroras y ocasos, picachos abruptos y tersura del mar saturaron los ojos y los mejores fondos del contemplativo, inmerso en la soledad. Resultaron inmejorable complemento del espíritu. Escenario  natural que propicia, sostiene e incrementa la experiencia interior. ¡Sin duda!.

Por lo inefable de la misma, Palau no logra transmitirla, tal cual, en sus escritos. Sin embargo, ellos contienen la relevante belleza nacida y trabajada en  su universo interior.

Sí, tales comunicados tamizan la visión del paisaje, sostenido por sus profundas vivencias. Son ellas quienes, continuamente, mantienen su penetrante mirada, abierta  la doble cadencia de la realidad y del misterio. Su calidad de vida le lleva a bucear en  ambas dimensiones, hasta encontrar enlaces comunes y aunarlos. Años y años transcurrieron en semejante quehacer.

Quien se halla al centro es su Amada: la Iglesia. ¡Lo sabíamos!. En lucha por encontrarla, en vigilante espera, en ascendente seducción o, en estrecho abrazo. Como paso previo, la define.

La Iglesia está en Cristo y Cristo en la Iglesia, siendo los dos una sola cosa. Cristo-cabeza y los prójimos la constituyen.

Todas mis relaciones con Dios, lo son con la Iglesia.

Para atajar sus males me retiro a un islote. Allí, me uno con Dios y su Iglesia. Ella es el último término de nuestro amor, –fundamental  declaración-.

Se dejó ver y conocer, pero a medianoche. En ese silencio, la llamé muchas veces. Me puse de rodillas y, allí, esperaba.

En las bellas mañanas de primavera, en las tardes quietas de verano, en las noches frías y heladas del invierno… sobre la cima de los montes, te busqué. Y no te hallé -confiesa, ungido por el realismo-.

¡Tú eres mi herenciami patrimonio y las delicias de mi corazón!.

Te he formado según mi amor, te amo con el amor con que me amo a mí misma…Eres todo mío y no te dejaré…-escucha  conmovido-.

Y la sorprendente declaración se prolonga: Por la fe, la presencia de tu Amada, ha grabado, en tu ser, su imagen y el amor.

La luz de mi Amada, convierte en noche el día más sereno.

Continuaba sosteniendo, en la oración, una lucha tremenda con Dios. Mi alma, abatida por ella, a favor de la Iglesia… tomó vigor.  Y nos regala una importante consigna: Para salir de su estado de postración le falta, a la Iglesia, la lucha que tanto esquiva.

Desde esta situación de enamoramiento, de progresiva identificación  con su Amada, de cima, a Palau se le intensifica la fiesta. Entona el Tota pulcra es…Nos regala preciosas bienaventuranzas, nacidas al calor del abrazo con su Amada. Numerosas páginas, bellísimas. Fiesta del corazón. Alegría profunda. No de fin de semana, sino gozo intenso de ser y vivir. Valoración de todo, sin perder realismo. Anticipo de la eternidad que ya está haciendo sus incursiones entre nosotros y convierte, a estos privilegiados, en adelantados y, asesores del porvenir  que, a todos, nos aguarda.

Al vivirla con tal calado la descubre en su entorno, en las criaturas, en la naturaleza y en el universo que lo conforma. Todo le parece espléndido: He hallado esto como un paraíso, porque cada año crece en hermosura.

Así, describe la montaña y el mar, las noches serenas y las tormentosas, amaneceres radiantes y, atardeceres sublimes. Muchos, limpios y transparentes, cuando la brisa acaricia y produce una agradable sensación de bienestar. Cuando el sol besa el azul intenso de las aguas y se proyecta en brillantes y prolongados centelleos.

La respuesta adecuada, a tanto don, no se hace esperar: ¡Gracias os doy, oh mares, que rodeáis este monte!….

Con frecuencia, en la calma de la noche, el solitario mantiene el espíritu en vigilia, atento a la voz de Dios. Así, se convierte en excepcional testigo de esos espacios de nocturnidad: A media noche salí de mi cueva. Noche  clara, de luna llenaCon su luz candorosa  se levantaba de las aguas del Mediterráneo, descubría… las sublimes cúspides del monte, y convertía en día la misma noche… Todo estaba en tal quietud y paz que ni se oía el susurro del aire, ni los mares hacían murmullo.

¡Qué arraigo y qué lozanía emite su universo interior! ¡Resulta un sorprendente canto a la vida!.

Palau, al vivir con intensidad, canta. Su entera existencia deviene canción. Canta a Dios. Canta a la Iglesia, representada en quienes le rodean. A través de ella canta a la entera creación. Su vigoroso y trascendente canto se difunde no sólo en el entorno. Atraviesa la historia con sus diferentes culturas. Al día de hoy, continúa su despliegue sostenido, desde sus mejores compases, por sus hijas. Por sus seguidores/as.

El Vedrá, VII

Acogemos, con sumo interés y atención, las experiencias contemplativas de Palau, nacidas en sus mejores fondos. Tales manifestaciones encierran sorprendentes contenidos vocacionales. Los cuales nos vinculan desde la empatía y admiración para devenir acogida y seguimiento. ¿Su propósito?, incrementar el carisma. Pues si calan en nuestro universo interior, tales actitudes, nos transformarán en lecho de la corriente vocacional, procedente de este hombre de Iglesia. En pequeño afluente de ese caudal, también. ¿Verdad?:

Estaba, al caer el sol sobre las aguas del Mediterráneo… La tarde era de primavera anticipada. El clima y el tiempo, magníficos. El cielo sereno. En el monte reinaba un silencio sepulcral. Todas las criaturas estaban en profunda paz y quietud. El mar aparentaba un salón inmenso de vidrio verde-azulado a los pies de este monte.

El aire susurraba tan dulcemente, que apenas dejaba sentir su fresca aura y, tan limpio y puro que, uniéndose, a lo lejos, con las aguas era la imagen de la gloria. Al esconderse el rey de los astros, bajo el mar, glorificaba con sus rayos las aguas y los aires, de modo que parecía el empíreo. Yo estaba admirando este espléndido panorama. -No lo olvidemos: el contemplativo es poeta.

Como broche de la experiencia se sumerge en el agradecimiento:

¡Gracias os doy, oh mares que rodeáis este monte, pues que aseguráis mi soledad!. Gracias a ti, ¡Oh monte!, por levantar tus firmes columnas sobre el mar!.

A lo largo de otras jornadas se siente y siente azotado el peñón por el vendaval y la tormenta: Los vientos embisten, con furor, las elevadas crestas de este macizo. El mar está furioso, agitado….por la tempestad. Levanta al cielo sus olas… lanza bramidos que causan inquietudEmbravecido, amenaza engullirse entero este monte, pero la soberbia de sus olas queda confundida por la dureza de las peñas y se convierte en espuma…Retira, con rabia, sus olas y vuelve a la batalla inquieto, pero no altera la paz del monte. –Sí, sí, Palau demuestra ser un magnífico observador, de los vaivenes naturales.

Mi celda está custodiada, abajo, por las aguas del mar y las peñas están tan cortadas que nadie puede subir a ellas, sin ser muy práctico en el terreno. La soledad se halla defendida por el mismo monte y por los mares.

Y concluye su cuaderno personal con un recuerdo para sus compañeros de soledad. Acompañantes y pobladores del peñón son las criaturas que allí residen o lo visitan. En cada especie, Palau, halla invitación concreta a profundizar en diferentes aspectos de su momento vocacional: protección, celebración del amor, testimonio de existencia retirada, símbolo de espíritu libre, centinela y anunciador del futuro. Hombre profundamente vocacionado, todo le sirve para reavivar su llamada.

Privilegiado escenario de comunión plena con la hija de Dios, la Iglesia, ha  devenido el Vedrá. Y, como consecuencia, con personas, creación, cosmos. Hasta sentirse parte de ese inconmensurable y magnífico entorno. Su mención a las criaturas pone broche de oro a su cuaderno íntimo:

Uno de los testigos oculares de mis amores en la soledad es el mirlo solitario. Con su canto melodioso celebra mi enlace con la Hija de Dios.

El reyetón, el más pequeño de los volátiles, es un subido tiple y se hace sentir. Siempre escondido… hace grandes elogios de la vida oculta.

Fuera del tiempo de la cría, el águila del mar, vuela siempre a lo sublime. Me llama la atención… para anunciarme las tormentas de la vida, en los mares del mundo.

Arquetipo de comunión, Palau lo es con todos y con todo. Hecho y conciencia de la misma, se sabe porción del todo eclesial y humano. No la retiene. Al contrario, la transfiere, siempre, a quienes peregrinan por el sendero evangélico y le descubren como referente, guía y compañero de camino. Comunión, actitud urgente a intensificar. La solicita nuestra sociedad, la Iglesia y hasta nuestras comunidades. Sólo así, incrementaremos la tolerancia, la sociabilidad, hasta llegar a la benéfica y cordial convivencia. Forma de relación que tanto necesitamos.

Goza de la ansiada libertad

Al estrenar libertad, Palau desbordaba alegría. Se dirigió a Barcelona y de allí a Lérida y a Aitona. Visitó a su familia. Su salud se encontraba un tanto quebrantada. Sin embargo, se percibía optimista ante los nuevos campos de servicio apostólico, que veía abrirse ante él. Más tarde, viajó a Madrid. Quería sumar datos para decidir la orientación de su apostolado. Consultó, examinó y, pidió oraciones. Tenía plena confianza en que Dios, que veía la rectitud de sus intenciones, le daría la luz necesaria. Para él el Señor es el alma de todo.

Predicaciones cuaresmales, mes de mayo, triduos, novenas y varias campañas misionales ocuparon, gran parte, de su tiempo en los primeros años de libertad. Palau se convirtió en pregonero de la palabra de Dios.¡ Excelente ministerio!. ¿Verdad?.

Predicó, en Palma, la novena a Sta. Teresa y en noviembre la de Ánimas, en Ciudadela. A ésta siguieron varios días de atención espiritual a los fieles, atraídos por el celo de este hombre de Dios. Por los frutos recogidos en el novenario, también. Insistían en que no les dejara tan pronto. Tuvieron buen olfato, para percibir la íntima naturaleza que le sostenía. Hasta hicieron oración a fin de que se prolongara su estancia en la isla. El mal tiempo se les alió. Hoy, no pocos, lo denominarían casualidad. ¿A que sí?.

Las jornadas vividas, en ambas ciudades, resultaron significativas para su vida espiritual. Según propio testimonio, luces, hasta entonces desconocidas, brillaron en su alma y entendió, de modo claro, la misión a que Dios le llamaba. En sus páginas íntimas -Mis Relaciones con la Iglesia-, expresa esa experiencia como una revelación sin precedentes. Ocurrió en la Catedral de Ciudadela. El último día de la novena, sí. Cuando se preparaba para impartir la bendición al pueblo. Comprendió, entonces que, como sacerdote, era padre en la Iglesia y de la Iglesia. Acontecimiento que marca, en su recorrido vocacional, un antes y un después. En el pasado vivía para la Iglesia. Ahora, se sabe Iglesia. ¡Hombre privilegiado, al fin!.

Inicia nueva etapa en su recorrido. Fueron cesando las tensiones entre acción y contemplación y su existencia adquiría admirable concierto. Pasó por S. Honorato (Mallorca). El obispo le había nombrado director de un eremitorio para organizar, allí, la vida solitaria. Cuando su misión se lo permita se ocupará en ello y, recogerá a quienes deseen vivir de este modo. Él lo hará con talante de pobre. Desprendido de lo transitorio.

Desplegó gran dinamismo apostólico a través de la predicación. La realizó en las grandes urbes: Barcelona y Madrid. También en diversas ciudades y pueblos de Baleares, Cataluña y Aragón.

Al comienzo, sus reflexiones seguían el estilo común a la predicación eclesial de la época. Luego, las adaptó al método de la nueva mentalidad. Contamos con un ejemplo: El Mes de María. Su obrita, recientemente publicada. Tal texto se sostenía en el siguiente esquema:

*presentar la flor del día y su simbolismo

*explicar la virtud correspondiente

*contemplar esa virtud en María.

*aplicarla de modo personal. Concluye, al presentar la flor a María, en la oración final.

Todo un estilo innovador para la época. ¡Sí, sí!.

El éxito fue abundante, a juzgar por los nuevos compromisos. Con mucha antelación fue requerido para predicar el próximo mes de mayo, en dos de las parroquias más prestigiosas de Barcelona: Belén y S. Pere de les Puelles.

Para sus tiempos de oración contaba con ámbitos solitarios. Sin embargo, el preferido fue, siempre, el Vedrá. Como ya hemos constatado, con profusión, se le hizo necesidad imprescindible acudir, todos los años, a la imponente soledad del islote. ¿Idilio de Palau y la montaña?.

Allí, volvía a acoger la vida y los sucesos, desde sus mejores dimensiones, para recargarlos de intensidad evangélica: el misterio de la Iglesia, los problemas que surgían en su apostolado, la marcha de sus fundaciones, las necesidades de quienes a él se confiaban.

Aprovechó, en no pocas ocasiones, el final de la misión para agradecer los frutos recogidos. Al Vedrá acudía, también, antes de tomar decisiones importantes y de pergeñar proyectos de relieve, de iniciar misiones. Así, confiaba a Dios, Padre bueno, su servicio apostólico.

La experiencia palautiana del Vedrá nos interroga de modo contundente.¿ Verdad?. El nuestro, ¿dónde se encuentra?. ¿Qué dimensiones conforman nuestros espacios de comunión con Dios?. De hecho, ¿vivifican nuestro proceso vocacional?.