Misiones en el Bajo Llobregat, II

 

En la procesión tripoblacional, aludida con anterioridad, las niñas de la escuela de Vallirana, tomaron a su cargo la imagen de Nuestra Señora. Las dirigía su digna maestra. Al mismo tiempo los jóvenes recibieron, de manos de los de la Palma y Cervelló, el pendón y estandarte de la misión. Cantando himnos, en honor de María, llegamos a la iglesia parroquial. Allí, comenzamos nuestros ejercicios. ¡Buen preámbulo!

 

Vino el obispo el sábado siguiente. Le acogieron con numerosas muestras de afecto. Le precedía y seguía una compañía de tiradores. Daban vivas y saludaban, afectuosamente, a su padre, prelado y pastor. Desde Cervelló y la Palma, el obispo se trasladó a Vallirana. Administró la confirmación y allí, permaneció dos días. En los cuales compartió, con los misioneros, las tareas propias del ministerio común. ¡Espléndido gesto de comunión! ¿A qué sí? Muy satisfecho, también, por la labor realizada. Luego, visitó las escuelas. Es lo que solía hacer en los recorridos pastorales. Por la noche, pronunció un elocuente sermón. En él probó la necesidad e importancia de las misiones. Espacios singulares de evangelización -según él-. Desde luego. El domingo ocupó, -como nosotros- el confesonario, dio la comunión general y se despidió -registra Palau-.  Gracias a Dios, siempre ha habido obispos con olor a oveja. La presente es una insignificante muestra. ¿Verdad?

Continuamos, allí, nuestra misión. Nos despedimos, sumamente complacidos de nuestros trabajos. Pues habiendo, en dicho pueblo, novecientas almas de comunión, comulgaron, en esta misión, mil cien – ¿Cómo? -.  Las matemáticas chirrían ante la diferencia. ¿De dónde acudió el excedente?

Antes de terminar la misión en Cervelló, el P. Palau remitía al prelado una relación de los éxitos logrados. Le exponía, al mismo tiempo, el proyecto del que pensaba servirse, en adelante. -No se ha podido encontrar el texto del esbozo-.

 

Por otro lado, la vigilia de la clausura misionera, el párroco de Vallirana y la maestra de niñas comunicaban al obispo la creación de un centro dominical. Sería inaugurado el domingo siguiente. Para tal fin solicitaban, del obispo, un reglamento propio. Proyecto sugerido por el P. Palau. ¡Sin lugar a dudas! Las actividades propuestas, en aquel lugar, mantendrían ocupadas a las jóvenes. Lo cual resultaba alternativa, de sumo interés, a las diversiones domingueras, poco recomendadas. Tal era el objetivo de Francisco Palau. El cual coincidía con el del prelado. De este modo se prolongaba, en el día a día, la atención a los valores personales y evangélicos, descubiertos en los espacios de reflexión misionera. ¡Todo un acierto! ¿No?

 

Después de estas jornadas, el obispo recorrió, las parroquias misionadas de Cervelló y la Palma. Comprobó, por sí mismo, la acción bienhechora de los misioneros. Sí, sí. Fueron diez días de bendiciones, en los que anunciaron el mensaje evangélico. La aclamación y entusiasmo religioso de aquellas poblaciones y, las públicas manifestaciones de devoción a la virgen del Carmen le convencieron del acierto de la misión. ¡Qué satisfacción descubrirle tan evangélicamente motivador, orientador y acompañante en el recorrido cristiano de estas gentes!

Hombre entretejido por la comunión evangélica, a través del misterio de la Iglesia, Francisco Palau deviene excelente misionero. Él, siempre, ha reconocido la intensa dimensión fraterna en quienes se dejan modelar por nuestro Dios comunión: el Dios de los humanos y, el Dios humanado. Es el mejor regalo con el que Él enriquece a su pueblo.

Dispuesto, permanece, nuestro Fundador, al día de hoy, a transferir tal dimensión vocacional a sus hijas/os y a toda la Iglesia.