Misión Ibiza III

De acuerdo con el administrador apostólico, el P. Palau se propone no sólo metas evangélicas. Sociales, también. Pues percibió, con exactitud, la mutua interferencia entre lo religioso y lo social. ¡Con capacidad contaba para hacerlo! ¿O no? Han orientado, la misión, prioritaria pero no, únicamente, a la transformación religiosa y moral de la Isla. Al conocer el carácter, costumbres y religiosidad de este pueblo, programaba con más acierto e incidencia. ¡Lógico!

Siempre actuaba, nuestro protagonista, con planes estudiados meticulosamente. No era amigo de improvisaciones. Convino su proyecto que creyó produciría buenos resultados. ¡Y así ocurrió! Tenía asimilado el principio de la necesaria adaptación de formas. Familiarizarse con el estilo de la Iglesia y del pueblo ibicenco. No pretendía ser algo espectacular y fugaz. Capaz, únicamente, de deslumbrar. Deseaba que la evangelización produjera frutos duraderos. Que permaneciera. ¡Obvio!

Durante la misión, logró convertir las jornadas de evangelización en semana de fiesta para el vecindario. La reciben con tal entusiasmo que, para el pueblo, donde llegamos, toda la semana es fiesta. Oyen misa y la plática que les damos. Se confiesan y, por la tarde, siguen atentos los ejercicios. Y la fe, al hallar eco en el corazón, produce el arreglo de vida, según Dios quiere -Lo afirma convencido. Por algo ha sido testigo-. ¡Claro!

A través de los traslados, caminando horas y horas, consiguió incrementar la relación entre los feligreses. Mejorarla entre los habitantes de diversos poblados. ¡Todo un éxito! Y al final, los participantes dispuestos a seguir el evangelio. Con más coherencia.

Fiesta, fraternidad, anhelos auténticos de renovar la vida. Impensable nacimiento de actitudes en una Iglesia y pueblo tan deprimidos. ¡No es extraña la profunda alegría de Francisco! ¡A que no!

 

Por fin, una concurrida procesión llegó al paseo de la Alameda. En la capital, sí. Allí, recibieron la bendición final. Con lo cual concluía la misión. Francisco huyó del clamor exultante. Se contentaba con que la simiente, arrojada en el corazón de los isleños, produjera frutos maduros y abundantes.

 

Fue evidente el optimismo del apóstol por el cambio obrado en la Isla desde la misión anterior. Los asesinatos de sacerdotes desaparecieron. Se intensificó la frecuencia de los sacramentos. Los sacerdotes cumplían, pacíficamente, su misión. ¡Impensable todo ello! Sin embargo, el P. Palau, es consciente de lo mucho que le queda por hacer allí. Y no quiere dejar suelto ningún fleco. Por lo cual, procura concientizar a quienes puedan influir.

Sí, de común acuerdo con los más influyentes ibicencos ha pergeñado proyectos. Y tengo la satisfacción de ver una cooperación muy decidida y eficaz. No sólo de ellos sino de todas las autoridades. Unos y otros prestan su auxilio a esta misión para que sea fructuosa. Unos y otros continuarán el impulso religioso y social. Era el camino eficaz para abolir las funestas costumbres que, aún, degradaban al pueblo.

 

Arroja un saldo, altamente, positivo la cosecha de esta misión.  En el campo espiritual, fue posible gracias a la profunda experiencia interior del apóstol. Así como a su visión pastoral. ¡Quién lo duda! Su experiencia vocacional se halla a la base de este estallido de vida que ahora florece en esta Iglesia. En el pueblo, también. Todo ello como la mejor promesa. Con el tiempo sazonará. ¡Seguro!

Uno de los objetivos de esta misión consistió en promocionar el nivel cultural de la población. Las cotas de analfabetismo eran demasiado elevadas. Así, no se podía pretender una auténtica renovación cristiana, duradera. Resultaba urgente incrementar la base cultural.

Quedan patentes la urgencia y necesidad de esta asistencia, en las estadísticas del momento. En 1862 de un total de 11.065 varones y 12.323 mujeres, sólo 209 de ambos sexos sabían leer. 1310 escribir. Y los restantes no sabían ni lo uno ni lo otro. Con el agravante de que en estas cifras se incluían transeúntes y extranjeros. Quedaba un remanente poco positivo a favor de los ibicencos instruidos. ¿Verdad?  Motivo por el cual a la esperanza de Francisco Palau se suma la preocupación. ¿Van en buena dirección? Una y otra afloran desde sus mejores fondos.

Preocupación y esperanza ocupan las mejores dimensiones de nuestra existencia hoy. ¡Inseparables, en muchas situaciones!. En concreto, en la nuestra de pandemia. Mañana percibiremos el triunfo. Confiamos identificar los contenidos de la esperanza como la gran realidad que nos envuelva y sostenga. ¡Ojalá!