Misión Ibiza 65 II

Partió, la misión, del santuario de Es Cubells. Presidía la comitiva, la Reina: la imagen de la Virgen de las Virtudes. Se unían unos pueblos a otros y  escuchaban, a Palau, a veces, hasta bajo la lluvia -Otro tanto ocurrió el año anterior- ¿Verdad? En diversos momentos, al ser masiva la afluencia, el P. Palau daba la misión en pleno campo. Bajo el estandarte de la Virgen, todos ellos, son una sola familia. Todos fraternizan, todos se dan la paz -Advierte, desbordante de gozo-.

Tema fundamental de la misión fueron los mandamientos. Marco: las últimas encíclicas papales -Quanta Cura y Syllabus. Ya indicadas en la misión de  1864-.

Son los mandamientos el entretejido sobre el que discurrieron estas jornadas de evangelización, sí. Programa repleto de propuestas. ¡Sin duda! Invitación a estos campesinos a reflexionar sobre su modo concreto de vivir.

Amar a Dios. La presencia y actuación del Señor en la vida. Tanto a nivel particular como colectivo. La consciencia personal sobre esta primordial realidad. Dios, puerto de inicio y de retorno. Primero y último en la existencia de los creyentes. El mejor acompañante en el recorrido cristiano. Alma y soporte de las situaciones personales. Quien pone al alza todo lo natural y humano. Quien nos entreteje y envuelve. Quien puede transformar nuestra existencia de barro agrietado, en recipiente capaz de contener belleza suma. ¡Seguro, seguro! Él o nadie.

La concurrencia, permanecía a la escucha. Atenta a estas grandes verdades. Poco oídas y menos consideradas.

Santificar las fiestas. Mucho tenían que cambiar sobre este mandamiento. Ellos vivían de la agricultura. La valoraban como objetivo prioritario. Universo que los envolvía, alimentaba y cerraba su perspectiva. No les dejaba ir más allá. Trascender el horizonte. ¡Cuánto había luchado Francisco para suprimir el trabajo dominguero! Olvidaban algo fundamental. Que la ofrenda semanal de sus tareas a Dios y el encuentro distendido con familiares y amigos era lo mejor. Potenciaba y mejoraba el cometido de los otros seis días de la semana.

Atención al padre y a la madre. Todo un proyecto a mejorar, ayer, hoy y siempre. Ellos merecen el reconocimiento, afecto y la atención agradecida por parte de sus hijos. Todo es poco lo que por ellos se hace. ¿No es así?

Respetar la vida. Promocionarla. Valorar a la persona en todas sus dimensiones. Respetar, en su justo medio, la sexualidad. No ocurría eso, allí. En aquellos tiempos ¡Claro! No se promocionaba la vida al apoyar “el cortejo” ¡Ancestral tradición! La valoración de la sexualidad se hallaba bajo mínimos. Las jóvenes podían ser forzadas a mantener relaciones sexuales. Con el consentimiento, incluso, de sus padres. Tampoco al asesinar, vilmente, a los guardianes de los valores cristianos y humanos.

Cierto, la mayor parte del pueblo detestaba semejantes atrocidades. Pero resultaba urgente fustigarlas hasta destruirlas. Pues, con ellas, se despreciaba la vida. Se pisoteaban los más elementales derechos humanos. ¡Atención! Plantar cara a esta nefasta tradición supuso todo un riesgo para Francisco.

Respetar lo ajeno, también: personas, propiedades. Otro capítulo de la saga.

No discernían sobre conceptos difíciles de entender. Sino sobre el meollo de su propia existencia. Pues sí, las relaciones humanas son nuestra fortaleza y nuestra debilidad. Cada uno podemos ser frontera o enlace, espacio de encuentro o barrera, muro o cobijo acogedor. El misionero les anima a tratar de ser puente tendido, ámbito de encuentro, casa abierta. De esta forma, ganarían la jugada de vivir con sentido.

Resulta calco de su experiencia eclesial el proyecto misionero de este hombre. ¿A que sí?

Ojalá logremos la destrucción de tan perversas tradiciones y las podamos sustituir por la ley del Señor –Comentaba, nuestro protagonista, a su amigo Gatell-. Y añadía: Por lo mismo que la situación es tan difícil, el estímulo que suscita la Virgen misionera es intenso y profundo en el corazón la Isla.  Pues apenas, ningún día, se puede terminar el sermón sin que un llanto general ahogue la voz del predicador. Dios da, a estas gentes, en esta misión, el espíritu de arrepentimiento. ¡Bendito sea! Todos reconocen sus extravíos, lloran sus pecados y ofrecen sus hijos a María. Abrigan la confianza de que bajo sus cuidados adoptarán otra forma de vida. ¡Pobres! ¡Ya lo necesitan! El Señor verá su actitud de seguir más de cerca el evangelio y les dará su gracia. En cuanto al respeto debido a la propiedad, oída la ley: No hurtarás, acuerdan todos, contentarse con lo suyo. Modélicos. ¡Sin más comentarios!

Una bendición de Dios fue la misión. Hubo muchas conversiones.

Francisco Palau, se percibe, en todo momento, ministro de la palabra, del perdón. Heraldo del evangelio. Gozo profundo le invade al constatar cómo alcanza a esta gente sencilla, la palabra de Dios.