Misión de Formentera

El proyecto misionero de Francisco Palau en Ibiza para el año 1865, quedó reducido. Sin concluir. Ya lo hemos visto. Permanecieron sin misionar cuatro villorrios. Aunque pensaban finalizar el año siguiente, no fue así.

La documentación poseída da fe de que Francisco fue requerido para una nueva misión allí, en 1866. Sin embargo, no tenemos ni documentos ni datos que lo confirmen. Por lo cual no se puede probar si la dio o no. ¡Es lo que hay!

De la que sí poseemos datos y testimonios es de la de Formentera. Diócesis de Ibiza. En marzo de 1867.

Poco antes de la misión, al P. Palau, se le prorrogaron las facultades, como misionero apostólico. Desde la congregación romana para la evangelización de los pueblos: Propaganda Fide, ¡claro! Pronto se le concedían, especiales gracias e indulgencias. En orden a las misiones. Por breve pontificio, sí. Por otro lado, su prelado de Barcelona, le otorgaba comendaticias para trasladarse a Ibiza. Por razones de su ministerio sacerdotal. ¡Todo a punto!

 

Junto con Ibiza y los islotes menores, Formentera formaba el conjunto de las Pitiusas. A Formentera e Ibiza las separan 10 kilómetros. El recorrido, en barca, de una a otra, resulta un bellísimo y refrescante paseo veraniego. Entonces, Formentera, dependía de Ibiza. Tanto en lo administrativo como en lo religioso. Su población, como la de la Isla Mayor se hallaba, en gran parte, diseminada por caseríos dispersos. El centro urbano más relevante era San Francisco Javier. Contaba con 824 habitantes de los 5,900 de toda la Isla. En esa localidad se levantaba la parroquia del mismo nombre. Tenía y tiene otros templos anejos: Ntra. Sra. del Pilar y S. Fernando. En cuanto a cultura, por aquellas fechas, no existía más que una escuela privada. Para la atención de niñas. ¡Menguada, la cultura! ¿No? La situación general de Formentera era muy similar a la de Ibiza. ¡Lógico!

Antes de desembarcar en las Islas, Palau, se detuvo unos días en S. Honorato de Randa. Con sus ermitaños. Era, casi, obligado alto en el camino. Y una gran alegría para todos.

Los datos conservados de esta misión, por parte de Francisco, son casi inexistentes. El silencio atañe, también, a la experiencia de estas jornadas evangelizadoras. No narran ni su proyecto ni su éxito. No es la única misión en que esto ocurre. ¡Comprobado! Sin embargo, en cuanto a historicidad son jornadas relevantes. En aquel momento a Palau le ocupan otras realidades: su obra fundacional y la lucha contra el mal. Mal que se palpaba en diferentes ámbitos humanos y sociales. Razón por la cual, tal vez, no concedió demasiada importancia a la nueva misión.

Sin embargo, aún hoy, la recuerdan los isleños. Quienes, por tradición oral, saben que en la confluencia de las parroquias había una cruz de piedra. La colocó Francisco al finalizar la misión. Fue destruida en la contienda de 1936. Pero resultó el símbolo-recordatorio de un momento transcendental para ellos. Su memoria perdura, a distancia de un prolongado siglo. Aunque las señales externas de su tránsito hayan desaparecido. Igual que las demás cruces, a las que alude el misionero, hijo del Corazón de María. Muchos años después. Parece que, en ocasiones, sirvieron a Palau como púlpito, en pleno campo. No sería la primera vez que esto ocurría, ¿Verdad?

El P. Aubert, claretiano, predicó en 1917 misiones en Formentera y en Ibiza. Las siguientes a Palau. En todos los pueblos encontré la buena semilla sembrada por él. Se traducía en vida moral y en religión práctica de aquellos habitantes que se sentían felices, recordando los sermones del P. Francisco. Valorativo, él, ¿No? Cambió su proyecto para concluir la misión. Se lo sugirió el entrañable recuerdo de los isleños: Era tan vivo, –sostiene– que me pareció una falta de respeto, a su memoria, levantar un monumento de las misiones por mí predicadas, como es costumbre. Y me contenté con bendecir, de nuevo, las cruces erigidas por el santo P. Palau para que, de ese modo, perdurara su presencia. El misionero escribe tal relación en 1930.

Permaneció viva durante mucho tiempo la obra evangelizadora de aquellas misiones. En efectos concretos se prolongó hasta época reciente. La moral y práctica cristianas arraigaron en aquella modesta población. La cual transmitió recuerdos y enseñanzas de Francisco. También ellos lo consideraban su padre y apóstol.  Nosotras, con sumo gozo, valoramos tal despliegue. ¡Evidente!

Da testimonio, el P. Aubert de la evangelización palautiana en las islas. La buena semilla sembrada por el P. Palau había producido el ciento por uno. De hecho, seguía siendo protagonista, tantos años después de su muerte. Pero también es para tener en cuenta la grandeza de alma del claretiano. Supo respetar la consideración conseguida por Francisco. Y quedarse como segundón. No todos saben hacerlo con tanta naturalidad. ¿A qué no?

Concluida la misión, Palau, marcha al Vedrá. Allí, vivirá un prolongado retiro. Lo confirma su correspondencia. Necesita rumiar lo vivido, sí. Programar, sobre todo, el futuro. Pues ya están ahí los nuevos proyectos. Y se le pide afrontarlos y responder al desafío que conllevan. ¡Que no es pequeño!