Misión Cuaresmal en la capital del país, I

Buen amigo de Palau fue el sacerdote José Pascual. Él le tenía al tanto sobre el proceso seguido en Madrid, en torno a su confinamiento. Él facilita la impresión del Mes de María. Él acoge, en su domicilio madrileño, a nuestro protagonista. Él realiza las gestiones pertinentes para su predicación en la ciudad. Y.., hasta viajan juntos a las Islas. ¿Dónde se halla el origen de tal amistad? Lo desconocemos. Por la carta que de él conservamos, descubrimos que Palau abandonó el exilio con anterioridad a la orden de su total libertad. Previo al fallo real. Él tuvo en cuenta la amnistía general del 1 de mayo. Con la libertad, este hombre, dio carpetazo al largo confinamiento de 6 años.

¡Ya es libre! Quiere, ahora, reestrenar libertad. Darle el puesto que le corresponde en su vida. ¡Cuántas veces había soñado con este momento!

Libre, sí. Pero, ¿para qué? Pues para decidir su modo de vivir y de evangelizar.

De antemano sabemos que Palau era pico de oro. Qué ¿por qué? Porque lo dijeron los ibicencos. Lo dijeron, antes, los alumnos de la Escuela de la Virtud. Y después, … lo ratificó él mismo al predicar, con singular complacencia del público en las Iglesias Real de S. Isidro y Sta. Isabel de Madrid, la cuaresma de 1861. Pocos meses después de abandonar el destierro. En el mismo púlpito se daban cita los más acreditados oradores. Orientó, las dos cuaresmas anteriores, el confesor de la reina: el P. Claret. Un as en la asignatura.

Francisco Palau es hombre que escucha a Dios, se alimenta de su palabra, vive atento a los demás, reflexiona, hace el bien a todos. Dice cosas que penetran en los mejores fondos humanos y sabe decirlas. Por lo cual puede acceder a ese estrado.

Intensa y prolongada fue su predicación en Madrid. Le ocupó desde febrero a abril de 1861. Jalones relevantes en ella lo constituyeron, el triduo de homenaje al Papa, la novena de los dolores de María, los sermones de la pasión y de las siete palabras.

El auditorio resultó no sólo numeroso sino selecto. Sí, sí. Pues la Iglesia de S. Isidro era frecuentada por la nobleza cortesana. En ella solía presidir las funciones cuaresmales el mismísimo nuncio. Sin embargo, poco le importan a Francisco los apellidos. Prioriza los nombres propios.

Sobre los sermones y conferencias, habidos en la parroquial de S. Isidro, la prensa madrileña ofreció amplia información. Los juzgaba de gran interés y reproducía íntegro, tanto el programa como el contenido. Contenido que resultaba de la más palpitante actualidad. He aquí el motivo por el cual contó con gran aceptación del público. Tal público no quedó limitado a la capital del país. Se desplegó hasta la prensa barcelonesa. Es más, a través de la Revista Católica, alcanzó a todo el territorio. ¡Corresponsales bien conectados! ¡Estupendo!

Uno de los principales rotativos de la capital, La Regeneración, publicó la noticia y el programa en la página principal. Firmado éste por Palau. Encabezó, la publicación, con elogiosas expresiones: Solemne Triduo, en la Real Iglesia de S. Isidro, de esta Corte, dedicado al consuelo de la Iglesia … en sus actuales dolores…. Aplaudimos el pensamiento. Felicitamos a sus autores y nos asociamos a ellos en el deseo que los anima.

Otro noticiero de signo monárquico, La Esperanza, reproducía el programa y notificaba al público: En la real Iglesia de S. Isidro se va a celebrar, continuando los ejercicios de la noche, un solemne y devoto triduo a favor de…. Pío IX. He aquí el esbozo que se propone desarrollar el distinguido orador, P. Palau. Tanto brillante como persuasivo. ¡Seguro!

El éxito obtenido no debió ser menguado. Nos lo confirma el entusiasmo mostrado por él, al finalizar la predicación en la corte: Unas cuantas cuaresmas las daré en Madrid….

Desconocemos los motivos, pero lo cierto es que no cumplió su propósito. Como predicador, su actividad se limitó a Cataluña y Baleares.

Nos lo confirma, sobretodo, el panegírico que de tales conferencias hizo, al inicio del año siguiente, la Revista Católica. Lo refiere en la Reseña histórica anual del episcopado y clero español. Sí, entre los modelos de intervenciones del año, registra el programa del triduo, en homenaje al Papa, predicado por Palau. Por tanto, entre los mejores. ¡Claro! ¿Qué hija suya lo dudaba?

Para concluir, un relevante añadido: El grito de ¡alerta!, con relación a la Iglesia española, lanzado por nuestro protagonista ante el público cortesano, no tardó en cobrar realismo. La ocasión se presentó al definirse el gobierno español frente a los intereses de la Santa Sede. Palau, nuestro padre, ¡todo un vigía! Atento, clarividente y con profunda visión de futuro.

Misión Cuaresmal en la capital del país, II

(Contenido de la predicación y experiencias fundantes)

Fueron consideraciones esenciales para aquel momento histórico y para cualquier otro. Entre ellas la caridad y la apostasía, la Iglesia y el amor de Dios. Consideraciones, también, estampadas en la prensa ¿Con qué finalidad? Con la de ampliar el auditorio. ¡Evidente!:

Dios se relaciona con el alma por medio de sus potencias y facultades espirituales e imprime en ella su imagen. Es bella como Aquel a quien representa. La obra se realiza por la mano de Dios. Vuelve, la criatura, al centro de donde salió por la creación y, allí, descansa, dormida en los brazos de su Amado. Ese amor de Dios nos vincula a todos y nos convierte en su cuerpo: la Iglesia. El amor es el único vínculo que hay en los talleres de la creación, con destino a formar pueblo, sociedad. Despliegue del amor: a Dios y a los semejantes, como a uno mismo. Los demás nexos son prolongación de éste.

¡Precioso diseño para presentar el alma de nuestra vida cristiana! Nada extraño que dejara entusiasmados a asistentes y lectores.

Principio de disolución es la apostasía –prosigue Palau-. Destruye la obra del amor. Separa a la persona de Dios y, como consecuencia, desorganiza la sociedad humana. Quitado el amor, el egoísmo campea a sus anchas. Sí, sí ¡Todas lo hemos advertido!  Es el desarrollo del mal y la represión del bien. Conduce a la sociedad a su muerte espiritual. Al matar al individuo, mata al pueblo.

Por ello, la Iglesia sufre. El Hijo de Dios y su Esposa, aborrecen el mal, aunque aman a las personas. Y las aman con amor fiel e intenso.

Hoy ¿debemos hacer algo para consolar a la Iglesia? -se pregunta-. . -replica sin titubeos- ¿Qué? Lo que podamos – ¡Realista donde los haya! – Si tenemos amor verdadero, podremos mucho. Si poco, poco ¡Nada que añadir!

Tuvo lugar la predicación de las tres horas de la Agonía o de las siete palabras en la iglesia de S. Isidro, de doce a tres de la tarde, el 29 de marzo de 1861.  ¡Tres horas…!

La misión de cuaresma y los ejercicios de semana santa le habían ocupado por entero. Su predicación fue ininterrumpida hasta la jornada de Pascua. En alguna ocasión, incluso, conjugó las conferencias en ambas iglesias: S. Isidro y Sta. Isabel. Sin embargo, el contenido de la correspondencia se despliega en torno a su experiencia espiritual. Experiencia plasmada en sus escritos íntimos: Pensaba en la Iglesia, la invocaba, la llamaba, la tenía cerca y miraba a su cabeza -Cristo-… Ella dejaba mi corazón herido de amor. ¡Sorprendente revelación para sus hijas! ¡Para sus seguidores/as, también!

A juzgar por sus escritos, podemos afirmar que el misterio de la Iglesia, no sólo se hallaba latente en sus disertaciones, sino que les ofrecía impagable soporte. De hecho, el misterio eclesial, es su núcleo carismático, ¿verdad? Pues sí. Progresivamente se dejó entrever e iluminó tanto la existencia como la misión de Palau:

Antes de comenzar… no podía fijarme en ninguna idea. Pensaba en la Iglesia, la invocaba, la llamaba… ¡Déjame!… ¿Y el sermón? Queda a mi cargo -entendió– Palau arrodillado en el púlpito… ¡Invadido por el misterio! ¡Seducido por él!: En lugar de prepararme para la Palabra, mi alma estaba absorta en coloquios con la Hija de Dios. Las visitas se multiplicaron y no hacían más que acrecentar el tormento, porque dejaban mi pobre corazón herido de amor y, la llaga, lejos de curarse, aumentaba. Pero esas mismas comunicaciones aliviaban mi dolor ¡Aventajado discípulo de Juan de la Cruz!

Doble movimiento interior le concentraba e impulsaba: atención a la urgente llamada del Papa y la trascendental experiencia eclesial que actuaba en el hondón de su vida, hasta apropiarse de su entera persona: Cuando Dios predica y habla en mí y por mí, yo soy el primero que recibo el don de la Palabra divina. ¡Sin duda! Y esta profunda situación espiritual apremiaba a los oyentes a alojarse en los mejores niveles de su existencia. A incorporar las experiencias que Palau los transmitía. Desde ellas vivirían, más y mejor ¡Seguro!