Epílogo de discernimiento

¡Qué bien me encontraba los primeros años de mi estancia en el seminario de Lleida !. Silencio, convivencia con jóvenes y profesores, estudio, espacios de oración, atención a la vida interior configuraban un sorprendente clima. El cual nutría mi crecimiento espiritual. En la medida que el tiempo transcurría, descendía ese nivel de auténtico bienestar. Cierto, me sentía más valorado que nunca. Sin embargo, en el contexto percibía despliegue de factores en disonancia con mis sueños. Como si en la formación primara el quehacer sobre el ser. Y en el quehacer parecía abundar lo mandado, la norma. Descubría escaso espacio para la creatividad, para el don, para el misterio. Tal comprobación me desazonaba. ¿Qué hacer? -me preguntaba con insistencia-. En el seminario yo estaba diseñando mi futuro. Sí, el rumbo que deseaba imprimir a mi existencia. Y no podía resignarme a que fuera como otros lo perfilaran. Era yo quien tenía que asentir a ese esbozo. E involucrarme. ¡Evidente!. Sin embargo, eso no ocurría. Se imponía, por tanto, la reflexión honda y prolongada, sobre un asunto de tanto interés para mí.

Al mismo tiempo, en las jornadas finales de curso, conocí a diversos religiosos. Formaban parte del tribunal de exámenes. Los observaba. Hasta les pregunté algo relacionado con su vocación. No demasiado. Porque la timidez, en aquella etapa de mi recorrido, constituía factor relevante de mi condición. Incrementé, tanto la reflexión como la oración. La información, también. En mis escasas salidas del seminario visité algún convento. Sus celebraciones, más bien. Así barruntaba, in situ, algo, de su forma de vivir. Continué buscando. Incansable. Ya hacía años que la búsqueda se había tornado primordial estímulo para mi caminar. Y en semejante situación resultaba urgente. ¡Me jugaba el porvenir!.

Poco a poco se me fue desvelando la riqueza, profundidad e impulso que incluía la vida religiosa. En síntesis, su alto contenido evangélico. Por fin, acudí a una acreditada novena celebrada en honor del gran profeta Elías. Quedé hechizado por su figura. Vigorosa por endiosada. Tenía lugar en los carmelitas descalzos. Continué visitándolos y discerniendo en serio. Valoré pros y contras. Así me afiancé en mi convencimiento: lo mío era la vida religiosa. Y en concreto el carmelo de Teresa. Broche de oro a la prolongada búsqueda, lo formalizó la lectura de su obra. De ella me fascinó todo: su personalidad, experiencia espiritual, hondura de pensamiento. Y no menos su empresa fundacional: formidable servicio a la Iglesia. El tramo siguiente del itinerario se coloreó con mi opción.

Al tomarla me invadió una sorprendente y espléndida alegría. Quise compartirla con los míos: familia y amigos. Pronto tropecé con la contrariedad de unos y otros. Como si se hubieran propuesto un objetivo común: hacerme ver lo equivocado de tal decisión. Lo comprendía. Pues ser sacerdote, en aquel momento, resultaba una auténtica promoción personal y familiar. Las dos cosas al mismo tiempo. El sacerdocio estaba bien visto por el entorno social. Además, el candidato podía ascender diversos peldaños en la escala promocional del colectivo. Desde donde aspiraba a no pocos privilegios.

Los religiosos, en cambio, vivían con gran simplicidad y hasta estrechez. Lejos de toda consideración y prestigio. Por ello, tanto su objetivo como su forma de vida los encontraba en consonancia con mis deseos. Los míos se concretaban en vivir con mayor autenticidad la comunión a todo nivel: con Dios, con los demás, con el entorno. Descubrir nuevas dimensiones en mi propio ser, para, desde allí, seguir mi trayecto vocacional.

Ocultaba, la oposición del entorno, su faceta positiva: nuevos motivos que consolidaron mi determinación. Cierto, consiguieron hacerme sentir ingrato. Como si no respondiera a lo que de mí esperaban. Escuché mucho, hablé menos, esperé y esperé. Mientras, hice lo posible para que entendieran mi proceder. Al fin, más dichoso que nunca, se lo comuniqué a todos: Seré Carmelita, hijo de Teresa.

 

Diseño de Carmelita

Comunico mi decisión a superiores y amigos del seminario. Ellos lo sienten porque” yo era un buen sujeto para el sacerdocio” -afirman-. Luego, renuncio a la beca conseguida cuatro años antes. E inicio los trámites para comenzar mi andadura en el Carmelo de Teresa. ¡ Cuántas teclas !. Me traslado a Barcelona. Allí, en la Rambla, en lo que es hoy mercado de S. José, se encuentra la casa madre del Carmelo Catalá: curia provincial, comunidad y noviciado. Los carmelitas realizan, aquí, importantes cometidos –atención a las celebraciones de la iglesia conventual, a la fábrica de letra de imprenta, a la valiosa biblioteca e imprenta, a la huerta, imprescindible para la alimentación y recreo comunitario, etc.-.

Nuestra comunidad era modelo de vida para la demarcación. La configurábamos unos 50 religiosos. Inicio, aquí, mi formación como carmelita. Comienzo el noviciado cuando aún no había cumplido los 21 años. Es el 14 de noviembre. Corre el año 1832. Visto el hábito del Carmelo y adopto el sobrenombre de la familia de Nazareth. Referencia en mi vocación.

Sí, Palau con buena formación filosófica e iniciado en teología sabe lo que quiere. No se dirige, a ciegas, a la vida religiosa. Se halla bien informado de la situación socio-política que vive su pueblo. Difícil. Muy difícil. Se halla al tanto del peligro que acecha a los religiosos. Sin embargo no tiene miedo. No le asustan los riesgos. Con posterioridad, al recordar estos, sus inicios, afirma: No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía ni el modo de evitarlo. Me comprometí, sin embargo, a una consagración, de por vida, independientemente de cualquier humano acontecimiento (VS 3, 2). Así actúan los valientes. Perdón, los creyentes.

Ahora, se me ofrece la oportunidad de ahondar en el conocimiento de los grandes del Carmelo: Elías con sus gestos proféticos, Teresa sumergida en experiencias profundamente humanas por místicas, Juan de la Cruz con sus intensos silencios contemplativos…. Tal ámbito proyecta brillante y esperanzada perspectiva al espíritu. El proyecto me entusiasma y atrae. Al mismo tiempo mi día a día discurre entretejido por sencillos quehaceres: solicitud por el estudio, por la buena relación con los demás, por mi propia formación. Colaboro -como todos- en las tareas comunitarias etc.

Los carmelitas nos sentimos ermitaños. Por ello buscamos y propiciamos espacios de soledad, de silencio. Ellos envuelven nuestro hábitat. Silencio y soledad, clima para la vida de oración. Mi contexto comunitario le concede valoración, absolutamente, excepcional. Por lo cual convivo, con hermanos troquelados por este don. Mayoritariamente, son hombres de considerable talla espiritual. El superior provincial fue, con anterioridad, profesor del colegio de Lleida. Formó parte del tribunal examinador en el seminario. Influyó, sin duda, en mi opción por el Carmelo. Más tarde, me acompañará en momentos decisivos. Aun cuando los dos estemos exclaustrados. El superior, hombre exigente, comenzando por él. Buen profesor y mejor persona. El maestro de novicios, conventual, en otro tiempo del desierto del Cardó. Es el carmelita más ligado a mi vocación. Por algo se responsabiliza de los novicios en todo y para todo. Hombre de Dios. Además un colectivo envidiable de carmelitas cultos. Predicadores insignes. Otro menor de laboriosos hermanos, encargados de las diferentes dependencias conventuales. Los novicios ocupamos una parte del convento, separada del resto. Convivo con una veintena de jóvenes. Nos preparamos a la profesión. Todos vivimos con innegable sobriedad. La abstinencia es perpetua y el ayuno se prolonga durante 6 meses. Al año siguiente, a mi inicio en el Carmelo, emito mi profesión solemne. Es el 1833. ¡Qué alegría tan intensa!. El corazón se me dilataba.

Percibo a Teresa madre, maestra, referente y guía en mi peregrinar. En situaciones decisivas, sobre todo. Después de profesar sigo en el noviciado. Espero se me asigne colegio, donde terminar los estudios eclesiásticos. Prólogo al sacerdocio.

Dentro del convento la vida resulta interesante.  Me dedico, de lleno, al estudio y recibo diferentes órdenes. Colaboro, de este modo, en las celebraciones litúrgicas de nuestro templo conventual. Sin embargo, en el entorno socio-político, detectamos la presencia de oscuros nubarrones. Cada día más gigantescos y amenazadores. Anuncian impetuosas tormentas, convulsas situaciones.

Entretanto, intento vivir en obsequio de mi Señor. Imitarlo, con corazón limpio y conciencia recta.

 

Carmelita en flor

Y me fui a Barcelona. Al convento que los carmelitas tenían en las Ramblas. Inicié este nuevo sendero de vida, encantado por la acogida y el trató que recibí. Por los compañeros y amigos que fui descubriendo. Por los formadores que con su ejemplo, más aún que con su palabra, nos indicaban el camino evangélico. El propio de la familia, también. Acogía, con gran interés, todo lo que me ofrecían: compañía, orientación, trato asiduo con Dios, formación, propio conocimiento. Yo, me sentía responsable de la marcha del grupo y colaboraba desde lo mejor de mí mismo. Estaba viviendo, exactamente, lo que tiempo atrás soñaba. ¡Qué gozo!. Cierto, el claustro ensanchaba mi corazón y encendía en mi interior la llama del amor. Me percibía pertenecer a lo mejor de la Iglesia. Como si fuera solidario con toda la humanidad. Sin embargo, fuera, en la ciudad, en el país la situación era sumamente conflictiva. Empeoraba día a día. Los dirigentes, tanto a nivel político, como social o laboral eran incapaces de frenar tanto desmadre y convulsión. Incomprensible. Como si la ciudadanía hubiera perdido el juicio y no calculara las funestas consecuencias que de su proceder se derivarían.

Ahora, se me ofrece la oportunidad de ahondar en el conocimiento de los grandes del Carmelo: Elías con sus gestos proféticos, Teresa sumergida en experiencias profundamente humanas por místicas, Juan de la Cruz con sus intensos silencios contemplativos… Tal ámbito proyecta brillante y esperanzada perspectiva al espíritu. El proyecto me entusiasma y atrae. Al mismo tiempo mi día a día discurre entretejido por sencillos quehaceres: solicitud por el estudio, por la buena relación con los demás, por mi propia formación. Colaboro -como todos- en las tareas comunitarias etc.

Los carmelitas nos sentimos ermitaños. Por ello buscamos y propiciamos espacios de soledad, de silencio. Ellos envuelven nuestro hábitat. Silencio y soledad, clima para la vida de oración. Mi contexto comunitario le concede valoración, absolutamente, excepcional. Por lo cual convivo, con hermanos troquelados por este don. Mayoritariamente, son hombres de considerable talla espiritual. El superior provincial fue, con anterioridad, profesor del colegio de Lleida. Formó parte del tribunal examinador en el seminario. Influyó, sin duda, en mi opción por el Carmelo. Más tarde, me acompañará en momentos decisivos. Aun cuando los dos estemos exclaustrados. El superior, hombre exigente, comenzando por él. Buen profesor y mejor persona. El maestro de novicios, conventual, en otro tiempo del desierto del Cardó. Es el carmelita más ligado a mi vocación. Por algo se responsabiliza de los novicios en todo y para todo. Hombre de Dios. Además un colectivo envidiable de carmelitas cultos. Predicadores insignes. Otro menor de laboriosos hermanos, encargados de las diferentes dependencias conventuales. Los novicios ocupamos una parte del convento, separada del resto. Convivo con una veintena de jóvenes. Nos preparamos a la profesión. Todos vivimos con innegable sobriedad. La abstinencia es perpetua y el ayuno se prolonga durante 6 meses. Al año siguiente, a mi inicio en el Carmelo, emito mi profesión solemne. Es el 1833. ¡Qué alegría tan intensa!. El corazón se me dilataba.

Percibo a Teresa madre, maestra, referente y guía en mi peregrinar. En situaciones decisivas, sobre todo. Después de profesar sigo en el noviciado. Espero se me asigne colegio, donde terminar los estudios eclesiásticos.