Me llamo Francisco. Soy hijo de José y Mª Antonia. Ella se apellida Quer. Él, Palau. De manera que yo soy Palau Quer. Natural de Aitona, pueblo leridano al que quiero entrañablemente. Por doble motivo: porque es el mío y porque es bonito. Se halla, por un lado protegido por agrestes cerros y por otro mira a la vega del Segre. Produce variadas hortalizas. Y ahora, mucha y buena fruta. Muy buena.

Yo nací hace 200 años. Una helada mañana de diciembre. La nación estaba en guerra contra los franceses. No fue buen momento para nacer. ¿Pero a quién le has dado la posibilidad de elegir? Lo que era bueno de verdad era mi hogar. Fuimos nueve hermanos y yo ocupamos el séptimo lugar. No éramos ricos pero tampoco pobres. Y aunque no esté bien bien decirlo éramos una familia honrada. Es que debo a mis padres el homenaje a su honor y el culto que profesaban a las mejores tradiciones cristianas. ¿Verdad que tu familia también ha sido estupenda?

Niño

En los primeros años que pasé en mi pueblo no me pasaron cosas extraordinarias, ¡palabra de honor! No me visitaron ángeles ni para hacerme dormir. Ni me hicieron carantoñas los querubines ni se me aparecían fantasmas celestiales que me tenían entretenido en las horas aburridas o que poblaban mis sueños en las interminables noches de invierno. No. Tampoco se me apareció la virgen a la sombra de ningún olivo, ni escuché palabras venidas del cielo.

Fui niño entre los niños, jugué con ellos, discutí a ratos, hasta me peleé en algún momento pero también tuve grandes amigos. Eso sí, fui devoto cuando hay que serlo. Iba a misa los domingos y fiestas de guardar. Rezaba el rosario en casa, con los míos, cuando estábamos todos, antes de ir a dormir y cantaba lo mejor que sabía en el coro de la parroquia. Me daba pena ver niños pobres y repartía con ellos lo que a mí me daban. No mucho, porque en mi familia sobraba poco. Vosotros habéis nacido y vivido en mejor momento que yo. ¡Me alegro!

Lérida

Si he de ser sincero reconozco que algunos amigos de casa y hasta el cura de la parroquia decían que era un chico despierto y que debería seguir estudiando de acuerdo a mi capacidad. Que sería una pena que no lo hiciera por falta de medios. Cuando lo oía me ponía triste. Sin los míos, ¿qué haría yo? Pero la situación no estaba para soñar. Yo miraba a mi alrededor y me decía que o mi hermana Rosa me llevaba con ella a Lleida o los pronósticos de la gente sesuda no se cumplirían. Ya me veía de zagalón o de pequeño labriego. Pero Rosa salió al paso en este asunto y me tomó a su cuidado. ¡Vaya que si me tomó! ¡Y cómo! Se la notaba que me quería a rabiar. Rosa me llevó a Lleida, bueno a la partida de Butsénit, donde ella vivía desde que se casó. Y con ella me fui. En Lleida me puse a estudiar con toda responsabilidad. Y las letras me trajeron los primeros sueños. Se me ocurrió que no estaría mal que fuera cura. Porque yo quería hacer el bien a mi alrededor. Y esa era una buena forma de hacerlo. ¿No os parece?

Seminarista

Ampliar estudios en Lleida me vino muy bien para ensanchar, por dentro, mis capacidades y aspiraciones. Pensaba que ser sacerdote era un buen camino de vida. Una forma estupenda, para solidarizarme con los demás, también. E hice realidad esta opción a los 17 años. Entiendo que era joven para meterme en semejante proyecto. Pero es que entonces se crecía demasiado pronto porque la vida era demasiado corta. El estilo del seminario resultaba más bien sombrío y rígido. Pero como yo lo había elegido con tanto convencimiento como ilusión, todo me parecía normal. Nos ayudaba mucho la atmósfera de sobria espiritualidad que allí respirábamos y la buena voluntad y empeño que demostraban los superiores. Lo cierto es que priorizaban nuestra formación. Y con ella se me despertaron ideales superiores a los que el mismo seminario podía satisfacer. Sí, al cabo de 4 años me sorprendí, al darme cuenta de que ya no me interesaba el sacerdocio. Ahora, deseaba, de veras, ser religioso. En concreto, carmelita. Me había acercado a las obras de Teresa y Juan de la Cruz y me resultaron fascinantes: tanto los contenidos que sustentaban su propuesta de vida como su proyección apostólica. Y no digamos la forma de vivirlos: la soledad.