La misión ibicenca de 1864 tuvo asombrosas resonancias en el carisma de Palau. Constituyó el contexto histórico, donde su arraigada devoción mariana se incorporó, definitivamente, a los cauces de su experiencia eclesial.

Él siempre contempló a María interviniendo, en el designio salvador de Dios.

¡Siempre! ¿A qué sí? Sin embargo, en su ayer vocacional ciertas figuras femeninas del Antiguo Testamento, le fueron referentes. Cada una de ellas ofrecía significativos matices a su carisma. De este modo se autenticaba y enriquecía. En aquella fase de su recorrido, contó con Sara, Raquel, Débora, Rebeca, Judit, Ester.

No obstante, su vocación se despliega. ¡Evidente! Y al aparecer nuevos horizontes se incorporan, relativizan o desaparecen períodos pasados. Su visión vetero-testamentaria -entre otros factores de su espiritualidad- conoció un progreso definitivo. Ahora, las figuras del Antiguo Testamento, van perdiendo vivacidad y estímulo. Quedan, ya, como referentes anacrónicos. Inapropiados para expresar su actual experiencia vocacional.

A todas ¡Gracias a Dios! nos ha ocurrido/nos ocurre algo semejante. Ciertas ayudas pasadas, con el recorrido efectuado, nos quedan pequeñas. ¿No?: Años ha –manifiesta Palau- hacía esfuerzos de espíritu, excitando mi amor para con… la madre de Dios. Pues mi devoción, hacia ella, no me satisfacía. Mi corazón buscaba su cosa amada. Y en ella no encontraba, mi amor, su objeto.

La presencia de María, en su carisma, pese a todo, fue cotizando al alza. En la presente situación ha alcanzado cimas desconocidas hasta entonces.

Por otro lado, Palau ha vivido su sacerdocio como matrimonio con la Iglesia. Imbuido por el pensamiento paulino, sí. La mujer tipo de la Iglesia de Jesucristo, en Mis Relaciones, constituye lo más logrado del manuscrito, en esta dirección: Ni el ojo, ni el oído, ni el corazón humano pueden captar las dimensiones de esa virgen, siempre virgen, de esa joven siempre bella, sobre quien se reflejan los atributos de Dios –registra persuadido Palau-

Así descrita, -prosigue- la Iglesia es el último término de nuestro amor y aquella belleza, indescriptible, tras la que corre nuestro corazón: virgen la más pura y madre fecundísima -Admirable proclamación, salida del alma

¿Verdad?-

Ya lo hemos advertido. La imagen de la Esposa – Iglesia, es fruto maduro de su propio recorrido vocacional. Pues sólo ella, en su maternidad virginal se le presenta como arquetipo del misterio eclesial.

Sí, en su experiencia vocacional, María y la Iglesia son dos realidades implicadas, la una en la otra. Por expreso designio divino.

A partir de esta percepción, Palau consideró satisfechas las incertidumbres que sentía. Respecto al amor a María, madre de Dios. La contempló y la amó,

 

dentro del misterio eclesial. Como tipo perfecto de la Iglesia santa. Así, profundizó, más y más, en el amor al Cuerpo Místico de Cristo. Pues, ella, da plenitud a cuantas figuras, del Antiguo Testamento, han nutrido, hasta entonces, esa dimensión eclesial, tan suya. Ahora, nuevo tramo en el recorrido carismático. Ya no abandonará esta comprensión. ¡Cómo se despliegan sus mejores fondos! ¡Increible!

El misterio de la Iglesia y María, incluida en él, se intensificaron durante la misión ibicenca de 1864. Se hallaban a la base, fecundando su proyecto y entrega apostólica. Sí, sí. Eran su fuente generadora: En esta misión, al ir transportada en triunfo, por los hijos de este pueblo, oí una palabra procedente de la madre de Dios: Hasta ahora, no me has conocido, porque yo no me he revelado a ti. En adelante, me conocerás y me amarás. Yo guardé esta palabra. Razón por la cual este ministerio apostólico será memorable en su itinerario vocacional. Nueva demostración de que servicio cualificado y hondura vocacional van de la mano. ¿A que sí?

Extensión de la correría apostólica es su retiro restaurador en el Vedrá. Allí, recarga energía. Allí, se le manifiesta y condensa, con más nitidez y hondura, lo percibido en la misión: En adelante el nombre de la Amada no será Rebeca sino María… Soy María, la madre de Dios. Venerada como singular, no soy … tu cosa amada. Pero sí, considerada, junto a todos los santos del cielo y a los justos de la tierra, unidos a Cristo, su cabeza. Como objeto perfecto y último de tu amor, tu amada es la Iglesia. De hoy en adelante, estaré contigo y no te dejaré más ¡Magnífica promesa! ¿No?

Con tal percepción eclesial, Palau se anticipó, en un siglo, a la doctrina del Concilio Vaticano II. Nuestro Fundador, precursor, profeta. De la nueva perspectiva eclesial. ¡Claro! Al profundizar en la vida desembocamos en nuevos descubrimientos. Ellos alumbran desconocidas formas de vivir y servir. Más en consonancia con las necesidades humanas ¡A lo cual Palau nos invita!´