LA MISIÓN DEL PRAT DE LLOBREGAT II
(Con la presente reflexión completo la anterior. Ésta profundiza en el contenido de lo expresado  en aquella).

El método empleado por los misioneros, en estas giras apostólicas, reviste características propias. En cada lugar. Tal hecho prueba la sensibilidad del apóstol. La de Palau, en este caso. Su capacidad de adaptación a las necesidades de los fieles, también. En el Prat se encuentra con buena organización escolar. Si bien con total abandono en el factor religioso. Éste será el objetivo de la actual misión: la promoción de la fe. Quiere afianzar la formación de niños y jóvenes. ¡Bien sabe lo que hace! ¡Como lo saben los gobiernos actuales, que proyectan lo contrario! Niños y jóvenes son promesa de nuevas generaciones. Más auténticas y por ello más cristianas. Punto de apoyo, al mismo tiempo, para implementar los valores humanos y cristianos del vecindario. Urgía formarlos religiosa y moralmente. Así lo comunica el P. Palau al prelado. Consiguió, la actividad misionera, distraer a la población de sus diversiones perjudiciales. Todas se suspendieron. Atendida la concurrencia, esperamos recoger grandes frutos en esta villa, un tanto desorientada -sostiene-. Durante aquellas jornadas de evangelización tratará de orientarlos y acompañarlos, a dar el salto a su interioridad ¡Claro! Experto en estas lides, fue Francisco Palau.

 

En el Prat ocurría lo mismo todas las tardes de fiesta. Por las calles pasaba invitación el tamborino y la flauta. Apenas oyen un instrumento todos brincan -anota en tono burlón. Y señala la causa de su queja-: Mientras en el templo, esas tardes festivas, se reza el rosario sin gente, los salones de baile se encuentran repletos. No hay aquí cofradía ni sociedad ni función religiosa alguna -se lamenta-. Al P.  Palau le duele el alma cuando advierte a personas o colectivos anclados en la frivolidad. ¡Lógico!

 

Resulta explícita la descripción que realiza, sobre la situación concreta del Prat. Los bailes, hacía tiempo, requerían la atención del prelado. Cierto, el clero multiplicaba sus desvelos. Pero no atacaba, de frente, tales diversiones. Éstas aparecían como monstruos. Pues, con indecible orgullo se habían instalado en el vecindario -afirma-. Serán tantas las víctimas de aquí a algunos años…-vaticina Palau-. En tales poblaciones los pasatiempos perjudiciales constituyen la diversión más frecuente para la juventud. Razón por la cual, ésta se muestra indiferente a los reclamos de la Iglesia. Hasta terminar en el más doloroso distanciamiento. Poco o ningún fruto conseguirá, en ellos, la predicación del evangelio. Y pone el dedo en la llaga: Se han de contrarrestar o desterrar estas perniciosas prácticas. Sí, sí. Palau, evangelizador consciente, afronta las dificultades, las reduce y procura su mejor solución. ¡Crece, a ojos vista, su talante evangélico y valentía! En este caso resultaba imprescindible apartar a los jóvenes de tales concurrencias. Lo cual favorecería el despliegue de la semilla lanzada en la misión.

 

Por otro lado, afirma: El párroco, hombre bueno pero encerrado en su rectoría, es frío y sin espíritu… ¿Seguro?

-¡Afirmación poco frecuente, la de Palau!-.

¿No exagera? No. Es la foto de esa concreta Iglesia.

Y se la remite al obispo. Así, tomará posición. Hay -continúa-, unas 1.700 almas de comunión, abandonadas a la dirección de media docena de bailarines. El P. Palau quiere, a toda costa, sacar del cieno a quienes permanecen ahí. ¡Obvio!

 

Sin apoyo alguno en lo religioso se encuentran las dos escuelas de niños/ñas.  La maestra, está dando lo mejor. Cuenta con dos ayudantes jóvenes. Ellas conectan con las hijas de las mejores familias de la villa. Pero al no hallar apoyo, en ningún estamento público, su misión se reduce al interior del centro. Pese a que las coordina el canónigo deán.

 

Y ahora, presenta su alternativa a las diversiones dañinas: Las conferencias dominicales salvaran, a la juventud, de los peligros que la acechan. ¡Seguro!

En seguida inició la organización de tales conferencias. En estrecha colaboración con sacerdotes, maestras y deán de la catedral de Barcelona. ¡Lúcido y eficiente, este hombre! Sin embargo, pese a las contrariedades con las que tropezó, el éxito de la misión fue completo. Misión que es la dimensión comprometida de la contemplación -reza alguno de nuestros antiguos documentos, ya mencionados, ¿verdad? -. Y el P. Palau es hombre contemplativo por excelencia. ¡Evidente! Su palabra grávida de vida realizaba auténticos prodigios: transmitía a los demás su propio compromiso evangélico. Así, incrementaba, de modo asiduo, la existencia de los creyentes. Con lo cual intensificaba la vida de la Iglesia. Iglesia, a la que admiraba, por la que luchaba, y con la que se identificaba. Dignificaba, al mismo tiempo, el entorno humano. ¡Admirable!