No fue un carmelita cualquiera, sino un hombre que encontró lo que buscaba. Antes de formar parte de la familia del Carmelo discernió, oró y pidió consejo sobre la forma de vivir su vocación. De hecho, llevaba cuatro cursos en el seminario de Lleida. Se encontraba bien pero no satisfecho. No sabía qué pero quería otra cosa.

Buscó y le salió al encuentro Teresa de Ávila, quien le fascinó. Ella le guió y acompañó a lo largo de su recorrido. Juan de la Cruz no se quedó a la zaga en influencia. Palau se descubrió en profunda sintonía con él. Con la maestría que los caracteriza, ambos fueron configurándolo, robusteciéndolo, dejando en él su propia impronta. Desde entonces ya no era sólo suya. Era el resultado de aquélla asimilada por la experiencia propia de Palau. Así, los padres del Carmelo conquistaron, para la familia, a este excelente carmelita. Y él llegó a valorar la vocación como el gran tesoro de su existencia.

No le tocaron en suerte tiempos fáciles. Al contrario: una situación histórica sumamente dura. Sin embargo relativizó todo lo que no fuera el inmerecido regalo de su vocación. En el exilio francés -y a sus 30 años- nos deja acta valiosa de su experiencia vocacional: Para vivir como carmelita sólo necesito vocación. Puede prescindir de edificios que le alberguen, de geografía familiar, de entornos que le arropen, hasta de comunidad donde insertarse. Sin lo que no tiene sentido su existencia es sin su propia y concreta vocación.

Vivió desde lo mejor de sí mismo, donde se le permitía, sin exigencias de ningún tipo. Pues se percibía ciudadano del mundo. No temía a las revueltas políticas de la época. Acogía a quienes se le acercaban y compartía con ellos el tesoro vocacional. Y en esos años difíciles, en los que rumió soledad hasta cotas inimaginables, junto a la palabra de Dios, Teresa y Juan de la Cruz alimentaron su espíritu, dieron sentido a su errante vivir.

Desde esta experiencia vocacional recibida de los grandes del Carmelo, encarnada en su existencia y forjada por el realismo de su concreto entorno histórico, fue descubriendo una nueva forma de vivirla. En su momento histórico, y en sus circunstancias concretas no se podía vivir, como lo hicieron Teresa y Juan, tres siglos antes. Ellos lo hicieron, con gran coherencia, a nivel personal y fraterno, dentro del marco propio de su época: el claustro. Palau, como otros muchos/as, fue víctima de un brutal despojo de todo lo imprescindible para expresar su condición. Se le privó de vivienda, pertenencias, compañía. Le dejaron a la intemperie. Y es desde ahí que afirma la superioridad de su vocación sobre todo lo demás, por necesario que parezca.

Entonces, como antes, se encontraba el Espíritu para fecundar y encarnar el legado en esa inédita situación. Y Palau colabora, desde lo mejor de sí mismo, para que el proyecto de Dios se transforme en realidad.

En la medida en que fue asimilando la vocación recibida, se le descubrieron nuevas posibilidades de vivirla y expresarla. Formas nuevas porque diferentes y hasta opuestos eran los ambientes en los que estaba llamada a encarnarse.

A fuerza de espesor del Espíritu y de fidelidad creativa por su parte, la vocación acogida fue configurándose como algo nuevo. Dios y Jesús fueron el centro de la vocación de Teresa y Juan. La de Palau fue la Iglesia: misterio de comunión entre Dios y los hombres, hijos suyos. Y es que él descubrió que nuestro Dios hecho hombre, lo es para configurarnos con Él. Ya nos lo recordaba Juan de la Cruz -estamos llamados a ser dioses por participación-. Palau vivió ese misterio con tanto realismo como profundidad. A la Iglesia se entregó hasta afirmar con toda rotundidad: Viviré y moriré por ella.

Así, trasladó la vocación del Carmelo a la calle, en medio de la sociedad: a los lugares de trabajo y de lucha, de superación y encuentro, a hospitales y colegios, telares y cabeceras de enfermos, a los hogares y foros de consenso. Sin embargo, la alimentó en la comunión más realista con Dios, en la más profunda soledad. Está seguro que Teresa le llamó a su orden para que él realizara este trasvase.

Preciosa vocación, la suya. Surge de lo fundamental del Carmelo y lo despliega en contenidos y formas nuevas. Más al unísono con la sociedad en que vivió. Con ella, Palau no sólo acoge sino que ofrece a la familia su propia experiencia vocacional. De este modo, la enriquece y embellece.

 

Referente vocacional

Aunque lejos de su patria, Palau vive atento a lo que allí ocurre. Sigue las consignas del Papa sobre la situación de la Iglesia en España. Lee, escribe y sobre todo, ora. Ora ininterrumpidamente. Pues la oración -según su criterio- es el mejor servicio que podemos ofrecer a la Iglesia. A la humanidad, también. A estas alturas de su recorrido, la Iglesia es, ya, para él, una realidad transcendental. Por lo cual, es ahora, cuando escribe el librito de La Lucha. En ella se solidariza con esa Iglesia perseguida. Teófila, la criatura amada por Dios, y dirigida suya, es la destinataria de la obra. Quiere Palau que testimonie y divulgue el contenido de la misma. Lo propio solicita a su círculo de amigos, al resto de lectores. Prescinde, para ello, de época y lugar. Así mismo parece haber compuesto, aquí, parte de la obra  Quidditas Eclesiae Dei. Al día de hoy, desaparecida.

Con sus ermitaños ocupa parte del coto del castillo de Montdesir. Todo él sembrado de cuevas. Refugio de los ermitaños. Desde la del director se emiten llamadas características para iniciar y concluir los espacios más significativos de oración. Entre todos cultivan la tierra y cosechan hortalizas. Con ellas se alimentan. En el día a día de sus abundantes espacios contemplativos y de su apostolado, la figura del solitario español cotiza al alza. Ante todo para el grupo de ermitaños. Tal certeza se prolonga hasta los feligreses de las parroquias vecinas. Unos y otros perciben la intensa vida interior que emerge, tanto de sus palabras como de sus silencios. Palau, ¡volcán de vida interior!.

Si hasta ahora se ha visto rodeado por un puñado de hombres, ávidos de vivir como él, ahora comienza a perfilarse el de un grupo de mujeres. Con su evangélico y coherente estilo de vida, Palau, es un imprescindible referente vocacional. Atrae como un imán. Seduce. También ellas quieren vivir como este servidor de la Iglesia. Cautivadas por el incentivo de su acompañamiento espiritual, recalan en el Santuario de N. D. de Livrón. De cuidarlo y acoger a los peregrinos se encargarán ellas. Entre las integrantes del grupo encontramos a Teresa Christiá. Desde Perpignan ha seguido a Francisco Palau. Se ha hecho construir vivienda en una ladera de los montículos que coronan el templo. En ella se instala con el grupito de compañeras. Permaneció con los señores de Montdesir, años atrás. Las guardianas del santuario tratan de vivir en fraternidad. Alimentadas por la vida de oración. Otra de sus connotaciones características es la pobreza. Estilo de vida diseñado por Palau. Orientadas y acompañadas personalmente por él. ¡Afortunadas!. Entre las más jóvenes encontramos a Juana Gratias. Más tarde distinguida por el director. ¿Cómo lo conoció?. Probablemente, visitaba el santuario, con algún grupo de jóvenes. Sí, quedó fascinada por la egregia personalidad de este hombre. Percepción común a quienes, sin prejuicios, se acercaban a él.

El tiempo transcurre y Palau pierde la confianza de los sacerdotes del entorno. De él desconfía, hasta el mismísimo obispo. ¿Motivos?. Tal vez, no veían con buenos ojos, tanta valoración, procedente del entorno. Le retiran las patentes para ejercer el ministerio sacerdotal. Leprohíben celebrar la Eucaristía. Palau, consciente de no haber cometido mal alguno, participa en las celebraciones. Como un feligrés más, ¡claro!. Su categoría espiritual asume todo tipo de reveses. Al mismo tiempo, alguno de sus ermitaños, con inapropiada conducta, desacredita, tanto al director como al grupo.Y las fuerzas de seguridad toman cartas en el asunto. ¿Responsable?. El director. ¡Lógico!. Teresa Christiá echa leña al fuego. ¿Por qué?. ¿Se percibirá relegada, en su relación con Francisco Palau?. Con precisión, diseña la venganza. Y le sale perfecta. Lo denuncia al obispo. Siembra de falsedades el comunicado. Y las consecuencias serán nefastas para él. ¡Sí!, ¡sí!. El obispo cree a Teresa Christiá. O al menos se beneficia de la confusa coyuntura. Poco después, ella nombra a la diócesis heredera de sus posesiones.

Etapa ésta configurada por la incomprensión, el sufrimiento. Palau incrementa la oración. Y, al mismo tiempo, pide aclaraciones al obispo. Al resto de autoridades. A unos y a otros dirige extensas misivas. Testimonian su integridad y honradez, en los diversos embrollos que lo imputan. Ante unos y otros se defiende. Expresa considerable valentía al advertir y hasta reprobar, la forma, desacertada, de gestionar tales conflictos. Si no se retracta le haré pagar la condena debida a su actuación, -advierte al jefe de los gendarmes de Caylus-. Pide al alcalde que le haga llegar sus órdenes, por escrito. Él las examinará, con el código civil en la mano. Si son justas me conformaré. En caso contrario me consideraré en el derecho de refutarlas -le advierte-.

 

Última etapa en el destierro

Palau ha pasado largos meses en España. Demasiados, si tenemos en cuenta la precaria situación en que se encuentran los grupos, a su regreso. Casi desintegrados. Afectados por el mal ejemplo de alguno y la huida de otros. Con profundo dolor se hace cargo de la situación. Trata de dialogar con todos para averiguar las causas. Pero lo ocurrido, ya no tiene vuelta de hoja. Por otro lado, los párrocos del entorno se niegan a administrar los sacramentos a sus hijas: las ermitañas. Al comprobar la situación-límite en que se encuentran, Palau se traslada a Cantayrac. Paraje selvático y desértico. Solitario, donde los haya. Dista tres leguas de Caylus. Forma parte del municipio de Loze. Lo acompaña su hermano. Los incondicionales, también.

Rehace, allí, la vida solitaria. De retiro y trabajo. Adquiere terrenos. En ellos cultivan alimentos y cuidan ganado. Proyecta, de este modo, reforzar la infraestructura para la subsistencia del grupo. ¡Hombre previsor y realista!. El bosque se halla jalonado de cuevas. En la cima de un peñasco construye una pequeña choza con ventanucos. Los encara a levante, mediodía y poniente. Es su albergue. Donde recibe y acoge a quienes solicitan su opinión y consejo. Celebra la Eucaristía dominical en alguna de las parroquias cercanas. En Cantayrac la preside a diario. El ritmo del grupo es, intencionadamente, tranquilo. Eremítico. Ocupa, gran parte de la jornada, el trabajo del campo. De todos modos las autoridades los controlan. Desconfían de ellos, ¡sin duda!. Persisten las indagaciones. Se suceden reveses y disgustos.

Mientras Palau se encuentra ausente, la policía irrumpe en su domicilio y, en un allanamiento de morada, detiene a varios de los residentes. A su hermano, Juan, comunican la orden, dada por el alcalde de Caylus: detener a cualquier individuo que vistiera hábito religioso. Los tuvieron arrestados a lo largo de varios días. Poco antes, en Francia, se había proclamado la II república. Acontecimiento que no cambió el modo de proceder de las autoridades: ni locales ni regionales. Sin embargo, eso era lo coherente, lo que Palau deseaba.

La valiente respuesta de este hombre, a semejantes atropellos, no se hizo esperar: Los ciudadanos de esta república de 1848 debemos atenernos a las leyes actualmente en vigor. Y todas esas leyes -sobre las que se apoyan las autoridades- han sido abolidas, reformadas o cambiadas. Considera las medidas adoptadas no sólo injustas sino ilegales e incluso injuriosas. Se defiende: Quiero saber si es verdad que Vd. ha dado esta orden… Si por el solo hecho de encontrarnos vestidos con el hábito religioso nos arresta, sin notificarnos, legalmente, esa prohibición, le haré pagar la condena debida a un arresto ilegal…Se la pido en nombre de la libertad de que goza cada ciudadano para vestirse a su gusto.

Advierte, al alcalde de Caylus, que su nueva residencia no depende de aquella alcaldía. Razón por la cual no tiene por qué observar las órdenes prescritas por él: Esto lo sabe Vd. muy bien… Si respecto a mi hábito no hay ninguna ley de prohibición… según la ley, le atacaré… por vía legal, pues fuera del ámbito del poder que le otorgan las leyes, todos somos iguales. La fotografía que de Palau recogen estas páginas es la de un hombre con buen criterio, certero e intrépido. ¡Imponderable referente!

Luego, por cierto tiempo, como si la situación se hubiera tranquilizado. No obstante, el miedo a una nueva intervención policial o al empeoramiento de las circunstancias no desapareció del horizonte del grupo. Menos, aún, del director. ¿Pensó volver a Perpignan ante el acoso de la administración de Montauban?. Tal hipótesis podría apuntar la compra de un terreno en los confines de la frontera. ¿Ha mejorado la situación en Cantayrac?. Eso parece confirmar tanto el opúsculo publicado, referente a su tenor de vida, como la decisión de nacionalizarse en Francia. Titula el fascículo: La vida solitaria no se opone a las funciones del sacerdote en el altar. ¿Despejará alguna incógnita?. Los trámites para nacionalizarse los inicia. Más no los concluye. Tal vez se hizo ilusiones infundadas. Pronto comprobó, con pena, el arraigo de tan hostil situación.

Y decide, de nuevo. Pone fin a la última etapa de su destierro. Sí, decide volver a su país. Lo acompaña su inseparable hermano Juan. En Cantayrac quedan algunos ermitaños, amigos. Amistad nacida y sustentada por numerosos años de convivencia. De alegrías y dificultades compartidas. Palau la mantiene, a lo largo de años. Ahora, en la diócesis de Gerona recala.

 

De nuevo en la patria

Los primeros pasos de Palau, en su pueblo, posteriores al exilio, no se hallan registrados. Ocurre como con todo lo importante. Los dio a sus 40 años. Había permanecido en Francia los más vitales de su existencia: 11. Desde los 29. Ahora, trae en el corazón el mal sabor que le ha dejado el obispo de Montauban. Quien parecía se hubiera propuesto no dejarle vivir. Sí, sí. ¿Causa de tal afirmación? Al trasladarse Palau a la península, ese chismoso señor comenzó a enredar la madeja con los obispos de Cataluña. Contra el P. Palau -por supuesto-.

A él le sorprende la poca consideración con que le reciben en su diócesis: la de Lérida. Capta un consejo inexpresado verbalmente pero incuestionable: “No te acerques o pasa de largo”. Razón por la cual se traslada a la de Gerona. Recala allí, acompañado por su inseparable hermano Juan. El mismo día de su llegada se presenta en el obispado. Solicita licencias ministeriales. Y al contrario de lo ocurrido, los últimos años en Francia, se las conceden de inmediato y con amplitud.

Su permanencia en la ciudad es breve. Se instalan en una modesta casa y en un barrio modesto. Tiene claro que ahí se encuentran de paso. Por tanto, no es necesario gran despliegue. Gerona, representa, más bien, el escenario desde donde otear horizontes.

Sin embargo, una vez más se halla en trance de comenzar. De buscar nuevos cauces vocacionales. De servir desde situaciones diferentes. Urgido a cambiar su modo de vida. ¡Sin duda!. Aparecen, en el horizonte, incertidumbres y posibles proyectos. Todo al mismo tiempo. Para la Iglesia española ha mejorado, considerablemente, la situación. Es reciente el estreno del concordato entre el Gobierno del país y la Santa Sede. La paz que ahora se respira, es un soplo de esperanza. Acuna nuevas posibilidades. Deja entrever interesantes proyectos. Sin embargo, a nivel social, el pueblo vomita fanatismo en su forma de vivir. A lo largo de años anteriores se ha ido fraguando un anticlericalismo trasnochado y miope. En plena vigencia, ahora.

Una muestra de ello es la siguiente situación. Pese a haberse firmado el concordato, no se permite la existencia de la vida conventual masculina. Así es. En la península, continúa suprimida, a nivel general. Cierto, existe alguna que otra excepción. Seguro que Palau indaga sobre la cuestión. Pues resulta primordial para él. Desde la desamortización de Méndizábal sólo permanecen abiertos los monasterios de Benicasin y un par de ellos en el norte de la península. Tal vez de estos últimos, Palau no tiene referencia. Por otro lado, el de Benicasin sólo pueden ocuparlo los carmelitas empeñados en erradicar, poco antes, la epidemia de cólera entre sus conciudadanos. Lo realizaron con heroicidad. Como gesto de agradecimiento el pueblo de Castellón pide al gobierno la permanencia de los descalzos en el convento. Allí han de vivir y morir. Excepción a la norma general. Sorprendente gesto de valoración y solidaridad. De hecho, si Palau mantiene un resquicio de esperanza de volver a la vida fraterna, pronto se le esfuma. Imposible el retorno.

En seguida le encontramos en Barcelona. El obispo Costa y Borrás le acoge cordialmente. Le garantiza la incardinación en su diócesis, también. En condición de religioso exclaustrado, ¡claro!. Palau lo conoce de su época en el seminario de Lérida. Este hombre llega a apreciarlo, a valorarlo y a fiarse de él. Pero antes le urge pedir aclaraciones al fraile carmelita. ¿Cuál es la cusa?. Una misiva rubricada por el obispo Doney.

Misiva repleta de falsedades en torno a la conducta de Fco. Palau. Se refiere a su postrera etapa francesa. El de Barcelona le pide respuesta a las acusaciones vertidas por su homólogo de Montauban. Aunque no la tenemos a mano, sí contamos con el documento elaborado por nuestro Fundador. Con él quiere, despejar tales infundios.

Costa y Borrás tiene la deferencia de mostrarle tal misiva. Le brinda, así, la oportunidad de desenredar ese enredo. Palau le pide tiempo para exponer, con la mayor veracidad posible, el mencionado informe. Descripción adecuada de cómo acontecieron los hechos a los que el firmante se refiere. Ni corto ni perezoso. Pronto lo prepara. En él se despacha a gusto sobre el desacertado documento del susodicho obispo. Y lo elabora con la dignidad y seriedad que el caso requiere. Entre otras cosas declara: Miente -el señor de Montauban- al afirmar que me había excomulgado. Miente, cuando afirma haber hablado conmigo de las imputaciones que ahora airea. Miente, al afirmar que yo había desobedecido sus órdenes. Motivos tenía para hacerlo. Sí, porque algunas carecían de la más elemental educación. Miente, por fin, en sus afirmaciones sobre mi relación con Teresa Christiá.

Al obispo Costa y Borrás se lo comenta con toda llaneza y transparencia. ¿Resultado? El prelado da crédito a su declaración. ¡Nada tiene de extraño! La calumnia es tan burda que cuesta aceptarla.

Pronto vislumbra, Palau, el objetivo que el ambicioso señor persigue: Obligarle a ceder una propiedad que compró cerca de Montauban. Levanta, así mismo, acta del cambio absoluto producido en Teresa Christiá. Antes estrechamente unida a él, a sus proyectos. Ahora en las antípodas. Apoya, incondicionalmente, la postura del obispo Doney. Corrige, Palau una mayúscula calumnia: haber abusado de la credulidad de cinco doncellas de Cahors. Ni son cinco, ni se han dedicado a conseguir limosnas para adquirir la mencionada propiedad. Además, el aludido señor, tan pronto sostiene este argumento, como que el dinero de la compra procedía de Teresa Christiá. Palau enfatiza su permanente actitud ante la referida mujer: En las relaciones que he mantenido con ella, he actuado, siempre, según las leyes de la justicia. ¡Seguro! Si él lo afirma, así es. Pues Palau nada tiene que perder. No ocurre otro tanto con lo que cacarea la oposición. Aquello son componendas provisionales. Con las cuales intentan salir airosos de situaciones poco éticas.

El de Barcelona más que preguntar, escucha a este hombre, víctima de la envidia, de la calumnia, de la marginación. Como respuesta a tan inusual actitud, Palau desgrana las razones profundas del asunto. Aquellas que le han motivado a actuar como lo ha hecho. Su interlocutor es hombre inteligente, abierto, cercano, sin sueños de dignidades. Por lo cual, descubre la nobleza escondida en el interior de Palau. Así emerge una situación nueva. Nace de la declaración sincera y humilde -por una parte- y de la acogida en escucha y confianza -por otra-. Y deviene primicia de un valioso y fecundo vínculo. Entre ambos, sí. En adelante, Palau no será indiferente para el obispo Costa y, por supuesto, el prelado no resultará indiferente al fraile descalzo. Tiempo al tiempo.