Vivimos un momento humano – social profundamente complicado. Pese a los esfuerzos por erradicar la pandemia de la covid-19, no logramos hacerla desaparecer. Al contrario, se halla a sus anchas entre nosotros y vuelve con más intensidad. Son meses de profundo sufrimiento. Miles de enfermos en situación límite. Familias destrozadas por la pérdida de sus seres queridos. Demasiados. Personas mayores desaparecidas en la soledad más inhumana. Las que nos han proporcionado el considerable nivel de vida del que hemos disfrutado. Hasta hace poco, ¡Claro!. Y muchas otras secuelas. ¡Estremecedor escenario!.

 

Tal situación nos afecta de modo integral. Incluye los niveles humano, social, laboral, cultural, económico, de ocio, etc. De la pandemia desconocemos casi todo: origen, transmisión, modo de prevenirla, tratarla y combatirla.

Aunque no nos contagie, genera en nosotros una situación malsana. Capaz de dañar nuestra psicología. La cual se expresa en enorme incertidumbre, inseguridad, debilidad, desconcierto y, hasta miedo. A los afectados, se les urge a soportar las secuelas de la maligna pandemia. ¡Que no es poco! Este agente patógeno nos está dejando desnudos e indefensos. Pone al descubierto nuestra frágil naturaleza. Desconocida, hasta ahora, a estos niveles.

Azotes desoladores e incontrolables como éste, se repiten con más frecuencia de la deseada. Si damos un salto a la época de Francisco Palau constataremos la sucesión de epidemias. Él se solidarizó con las cercanas. En todas se implicó este hombre de Iglesia. Su talante relacional, con profunda impronta evangélica, no le permitía mantenerse al margen. ¡Impensable!

Las medidas preventivas dictadas, desde hacía meses, por las autoridades sanitarias, ante la devastadora propagación del cólera morbo, no habían logrado frenar su expansión.  También los obispos pedían se observaran las prescripciones de las juntas de sanidad. Sin embargo, el cólera, hacía estragos en la población. Corría el año 1865.

Sucumbió al virus la villa de Aitona. Por lo cual el dolor y el pánico cundió en el vecindario. La familia Palau y Quer fue una de las contagiadas. La hermana mayor, Mª Engracia, se encontraba gravemente enferma. Y pedía, incansable, la presencia de Francisco junto a su lecho. Inmediatamente éste viajó a Aitona. Era la primera vez que lo hacía, desde que el obispo le retiró las licencias ministeriales. Al día siguiente le escribió. Y se acercó para explicarle la causa de su improvisada y apresurada visita a la localidad.

 

En situación crítica se hallaba ésta. Las víctimas del cólera se sucedían pavorosamente. Y dado el prestigio de Francisco, los enfermos pedían, con insistencia, ser atendidos por él. Motivos tendrían para hacerlo, ¿no? Los sacerdotes de la villa le apremiaban a que los atendiera. Como no tenía licencias por lo precipitado del viaje, acordaron pedírselas ellos. Con la mayor urgencia.

Los fallecidos aumentaban día a día. Se agravaba la situación desde todos los flancos: sanitario, espiritual, económico, etc. Por lo cual se imponía la creación de un fondo de limosnas. De este modo se podría atender mejor a personas y familias necesitadas. La junta de sanidad y el ayuntamiento, en pleno, pidieron a Francisco que interviniera. Con su palabra podía mover el corazón de los más pudientes.  En función del bien común, ¡claro! Podía, también, levantar el ánimo de la población, dramáticamente abatido. Solicitud respaldada por los sacerdotes y otras autoridades de la población.

Dicho y hecho. Francisco se puso al servicio de sus paisanos. Tanto para estimular la generosidad de los acaudalados como para asistir a los moribundos, en sus momentos decisivos. ¡Arrimando el hombro! ¡Como siempre!

El obispo, harto de permitir al Padre Palau permanecer en su localidad, reaccionó en tono despótico. Le urgió a abandonar su diócesis. ¡Cuánta sinrazón! Francisco Palau dejó la villa y se presentó ante él para darle, de palabra, las pertinentes explicaciones sobre su estancia y conducta en Aitona. ¡Valiente, Francisco! El obispo le exigió documento, sobre las afirmaciones vertidas por él. Llegado a Barcelona le envió el oficio solicitado.

Este hombre se humilla, pide perdón por si ha obrado mal. Y conocido el deseo del obispo se atiene a sus disposiciones. ¿No se le pide demasiado?

Coincidiendo con la muerte de su hermana y con su salida de la villa desapareció la epidemia. Tal situación fue atribuida, por el vecindario a la intercesión de Francisco. Tal vez les sobraban motivos para mantener tal asentimiento. ¿Verdad?

El futuro, tanto ayer como hoy, pintó y pinta incierto. Muy incierto. Pero para nosotras, y para los creyentes, tal vez, nos ofrezca un horizonte profético. Quizá en este oscuro túnel se nos llame a la atención, a la vigilancia. Para detectar la luz de nuestro Dios, sí. El bajo fondo de tanta oscuridad e incertidumbre.