Parece que nuestro protagonista intentó incardinarse en la diócesis de Lérida. Y el obispo Uriz se le hubiera manifestado hostil. Luego, se estableció en Barcelona e inició su gran obra catequética: La Escuela de la Virtud. ¡Uno de sus mejores proyectos evangelizadores! ¡De frontera!, ¡sin duda!

Deshizo este obispo el aliento de vida que comenzaba a emanar de los grupos palautianos. Pronto delató su existencia. ¡Lástima! En paralelo, comenzaron las denuncias al gobierno. Llamaron al tribunal eclesiástico a las Hermanas. Las formaron juicio. Y las tomaron declaración. La exposición de Juana Gratias sobrecoge por su sencillez, valentía y sensatez. Era una joven de 27 años. Sin embargo, no lo parece. Con su declaración nos regala abundante información: quiénes son, quién las orienta, qué hacen, por qué, cuántas personas conforman los grupos.

El obispo ordenó una investigación sobre ellas. Y percibió lo que allí se estaba fraguando: una institución religiosa. ¡Ya encontró otro colectivo para eliminarlo del escenario eclesial!

Dio orden, el gobernador civil, de dispersión para ambos grupos -Lérida y Aitona-. Orden secundada, inmediatamente, por él. ¡Ufff! ¡Urgía! De nada sirvió la humilde exposición de los hechos por parte de las interesadas. Ni las repetidas súplicas, al prelado, para que reconsiderase tal decisión. Este hombre desoía a personas como ellas. ¿A los sencillos?

Quizá tampoco era el momento para que surgiera el Carmelo Misionero. Resultó, tan solo, nuevo ensayo de vida comunitaria.

El P. Palau trabajaba en la Escuela de la Virtud. Allí recibió la dolorosa noticia: los grupos de sus dirigidas habían sido suprimidos. Concluía el mes de marzo de 1852. Tampoco sirvieron de nada sus ruegos.

Al comienzo siguieron relacionándose entre ellas. Luego, se dispersaron. Cada una tuvo que buscar salida airosa a su futuro. Juana Gratias fue la peor parada. Humanamente quedó a la deriva. Espiritualmente amarrada a Palau. ¡Gracias a Dios, contó con buen soporte!

Pronto el director se encontró también desmantelado. La calumnia y persecución se habían cebado en él. Y dieron al traste con la Escuela de la Virtud. Lo confinaron a Ibiza. Juana Gratias confiaba seguir liderando ulteriores realizaciones palautianas. Ocurriría más tarde. ¿Verdad ?

Con lo acaecido Francisco Palau abandona su propósito de fundador. Magnífica su auto-confesión: Si no era voluntad de Dios formar comunidades religiosas, démosle muchas gracias y alegrémonos en vuestra derrota y dispersión. Y prosigue... Haré bien a todos. Tanto como pueda. Pero en cuanto a direcciones, llevadas con el objeto que tenía, ya está concluido. Aflora una vez más la trama paradógica en su existencia. Será fundador a pesar de estos pesares.

Aún no estaba maduro, según los planes de Dios. No había llegado la hora de su paternidad espiritual. Francisco organizaba grupos, a nivel de proyectos. Los alentaba con la dirección espiritual, pero aún no podía trasmitir vida: su propia savia eclesial. Esa sería la hora de Dios. ¿A que sí?

Los fracasos humanos actuaban como logros de cara a la obra futura. Lo reconocía él: Nosotros hablamos, proyectamos, hacemos y deshacemos planes como criaturas que caminamos…. Y Dios que ve nuestros pensamientos, tal vez se ríe de ellos y, en su sabiduría, tiene dispuestos otros planes. Que se ría, enhorabuena. Claro que Dios tenía otros planes. Diferentes a los suyos. Pero Francisco estaba abierto, de par en par, a secundarlos. ¡Faltaría más! Sobre todo, si afectaban a su fiel dirigida: Estés segura de que yo no te descuidaré y, aprovecharé todas las ocasiones que se presenten para realizar los designios de Dios sobre ti. Acompañada y protegida, ¡Y qué protección!

Pasó tiempo hasta que los designios de Dios sobre él y sobre Juana Gratias se manifestaran. De nuevo, ella sería el lazo de unión entre el pasado y futuro de la familia palautiana. Sí, con ella mejor. ¡Mucho mejor!