FRANCISCO P. FUNDADOR I

Para confeccionar esta fundamental vertiente palautiana he acudido al libro, Estudios Palautianos del P. Eulogio Pacho ocd. Como lo esperaba, me he encontrado con la cumbre de su obra escrita sobre nuestro Fundador. Tanto contenidos como modo de transmitirlos: excepcional. Motivo por el cual dejo en el texto datos y reflexiones enteras, pertenecientes al querido y recordado autor.

Doble fenómeno simultáneo se produjo en la trayectoria histórica de Francisco Palau: buscó soledades y se encontró rodeado de personas que le seguían. Prólogo y epílogo de no pocas etapas en su recorrido. Ya desde los primeros momentos de la exclaustración, sus hermanos en religión, le reconocen cierto ascendiente. Él llevaba la iniciativa. Aun siendo el más joven. Porque poseía recursos para hacerlo. ¡Sin duda!

Apenas se establece en Livron se le unen diferentes grupos de personas. Deseosas todas de compartir su vida y consejos. Desde 1844 vive con unos cuantos seguidores -exiliados como él-. Hombres, tal vez, rústicos, escasos de cultura, disidentes…Calcaban, sin embargo, la modalidad de los desiertos carmelitanos. Poco después, un conjunto de mujeres se pone bajo su dirección espiritual. Y practican la vida común. Al modo de las religiosas, sí. Para ellos oración y austeridad fueron factores determinantes. Apoyo y expresión insustituible en el género de vida escogido.  Francisco es el responsable de unos y otras. Algo así como padre y maestro. Este hombre poseía y posee un considerable atractivo. Y, sino que nos lo pregunten a nosotras. ¿Verdad?

Con las contrariedades surgidas contra ellos/as, tales agrupaciones desaparecieron. No por ello el P. Palau se sintió fracasado. Había practicado, con intensidad, la dirección espiritual. Conveniente para todos. También a día de hoy. ¿No? Estos resultaron tímidos ensayos, surgidos de la necesidad de encauzar a quienes, confiadamente, se ponían bajo su dirección.

Durante su viaje a España en 1846-47 Francisco logró reunir un grupo de mujeres. Juana Gratias, miembro del círculo femenino de Livrón, se trasladó a Lérida. Seguía, de ese modo, las orientaciones de Palau. Se había puesto bajo su dirección. De modo incondicional, sí. Proceder que intensificó la mayor parte de su existencia. Estaba dispuesta a realizar el propósito de Palau en España. Ya que en Francia no pudo ser. De común acuerdo organizaron dos grupos de jóvenes -en Lérida y Aytona-. Parientes y amigas, en su mayoría. Juana ejercía de superiora y enlace con el director. A través de la correspondencia, ¡claro! Internet llegó con retraso a esta coyuntura. Desde Francia, el director impartía instrucciones sobre el tenor de vida. Sobre la cautela necesaria para mantener el proyecto en discreto anonimato, también. De sobra conocía, las restricciones legales existentes, en la península. Sobre la vida religiosa, ¡evidente! Situación, altamente, complicada.

Fue en 1851 cuando se remitió a todos los prelados de España, por parte del ministerio de Gracia y Justicia, las normas complementarias del artículo 30 del concordato: La síntesis consistía en que no se debía permitir la creación de comunidades religiosas. Se prescribía la supresión y la agrupación de diferentes. Aunque pertenecieran a distintas órdenes/congregaciones. Y concluía: Los edificios quedarán a disposición de la administración. ¡¡¡Uh, uh!!!¡Ahí, ahí se encontraba el gran negocio! El nuncio se unió al requerimiento del ministerio de Gracia y Justicia. Y la actitud de D. Cirilo Úriz, obispo de Lérida, se decantó a guardar cercanía con las autoridades civiles.

Con el concordato de 1851 se abrió la posibilidad de reorganizar órdenes y congregaciones religiosas. Iglesia y Estado mostraron interés en su ejecución. Sin embargo, ambos actuaban por diversos intereses. ¡Como casi siempre! El regreso de Palau a España en 1851 y el estreno del concordato debieron suscitar en él esperanzas de cara al futuro. Sin embargo, abundante optimismo abrigó este hombre.

Reducidos fueron los grupos de Lérida y Aitona. Grupos estructurados. Sólo, organización de tipo familiar. Con la finalidad de ayudarse en todo -afirmaban ellas-. Con Costa y Borrás como obispo, no tuvieron ningún problema. Era buen amigo del Padre Palau. Coincidiendo con las nuevas instrucciones restrictivas del gobierno, le sucedió Cirilo Uriz. Tan cercano al gobierno como distante de los grupos religiosos.

No tardó en trascender la noticia: Las Hnas de la Cruz. Por cierto, distintivo en el vestido. Llevaban vida común y ejercicio de virtudes.  Palau redactó un reglamento para darles estabilidad: “Las reglas para las doncellas pobres”. Precioso epígrafe ¡A que sí! Todo un reclamo a quienes se dirige. El talante del grupo era, exclusivamente, contemplativo. Sólo se prolongaba en ayuda dominical y catequesis en las parroquias cercanas.

A pesar de la considerable planificación, tampoco estos pasaron de ensayos de vida comunitaria. ¡Así lo rubricaron los hechos!

Aunque en el concordato se tenía en cuenta la restauración e introducción de la vida religiosa en España, el gobierno puso todas las trabas posibles. Los grupos palautianos eran familia económica -afirmaban desde dentro. ¡Cosa que nadie creía!