El Ermitaño estuvo destinado a llenar un vacío en la historia contemporánea de la sociedad: La lucha entre Dios y el mal. Que se pronunciará a favor de la Iglesia. Aunque el mal se esconde y se presenta como ángel protector, el Ermitaño lo muestra tal como es -refiere Palau-.

Otra composición palautiana es el Exorcistado y la influencia del mal. Realizó esta tirada aparte. Dirigida a los Padres del Concilio Romano -Vaticano I- por la redacción del Ermitaño. En él, expone su pensamiento sobre el exorcistado.  Rebate la opinión de quienes no comparten su tesis. Indica que son muchos los casos de posesión de las personas por el mal y de su influjo en la sociedad. Mayor de lo que, comúnmente, se cree.

Después de describir la lamentable situación en que se encuentran los poseídos, propone el establecimiento de centros asistenciales para tales enfermos: las víctimas. Solicita, al mismo tiempo, que la Iglesia establezca o restituya el exorcistado como orden permanente. Con el fin de sanarlos o aliviarlos.Así luchará contra los estragos que causa el mal, en personas y sociedad. ¡Merece la pena semejante objetivo!.

Francisco Palau escribe las páginas rubricadas por la redacción del Ermitaño. Además de las que llevan explícitamente su firma.

Nada tuvo que ver el semanario con la política. Excepto un vínculo: el de la información. Trasmite noticias destacadas en los ámbitos nacional e internacional.

Su enfrentamiento con los enemigos de la Iglesia fue continuo y directo, pero siempre en el plano religioso y pastoral. El dibujo del diablo aparece, cada semana, como protagonista central.

Escribir, para Francisco Palau está resultando una destacada forma de permanecer vivo y comunicador entre sus seguidores y lectores.

Con el Ermitaño -como con el resto de su obra publicada- expresaba su incontenible deseo de servir al Evangelio y a la Iglesia.

Desde el punto de vista teórico, la doctrina y la actividad apostólicas relacionadas con el exorcistado son los aspectos más discutibles de la polifacética figura de Palau. Si nos situamos en su momento histórico y en su ambiente podemos comprender mejor su postura. Si nos adentramos en los motivos que le impulsaban y constatamos los sufrimientos que le ocasionó tal servicio, nos convenceremos de que nunca rayó tan alto su espíritu de entrega y sacrificio. Por el bien de los demás, sí. Pues durante los últimos años dedicó sus esfuerzos a esta delicada y heroica actividad: la atención a los más vulnerables.

Las páginas de sus escritos nos ofrecen la posibilidad de llegar a una visión más  completa de su persona. Del espíritu que le guía, también. Pues se centran en las realidades hondas que le sostienen.

Contienen marcado carácter divulgativo las obras impresas. Sin embargo, en las que permanecen inéditas prevalece el tono confidencial: rasgo inconfundible de su favorecida personalidad.

Su escritura sigue un orden al ritmo de su experiencia en cada etapa. La característica más destacada de sus escritos es esa irrefrenable tendencia hacia la expresión figurativa y simbólica. El Ermitaño sólo quiso vindicar los derechos de Dios. Pero no sólo Palau sino un selecto grupo compartía sus ideas y hasta dibujaba las cabeceras del semanario.

Pese a equivocaciones materiales indudables, estamos ante un apostolado, auténticamente, heroico. La mejor prueba de que solo le interesaba el bien de las personas. Lo reconocemos en las frases finales del fascículo dirigido al Concilio. Concluye con un acto de fe y de sumisión a las decisiones de la Iglesia. Si ella es el objeto supremo de su amor, nada que empañe ese amor puede anidar en su vida.

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