En Aitona y en el año 1868, de nuevo, se repite la situación de tres años atrás. Incontables epidémicos solicitaban la presencia de Francisco. Tanto familiares como paisanos. Presencia de Palau, atención incondicional a ellos. E intervención semejante del obispo. ¡Increible e inexplicable!.

*La fiebre amarilla de Barcelona 1870. El tifus hicteroides invadió, con violencia, la ciudad condal. Se propagó por los cuatro distritos de la urbe. Permaneció meses contagiando a sus habitantes. Asolando a la población. Se ensañaba sobre todo con los varones. Al sobrepasar los 60 años los decesos en las mujeres superaron los de aquellos. Y las fallecidas se hallaban vinculadas al mar. Al compás de los fallecimientos -como es normal- cundía el pánico. Y la huida de la ciudad fue general. En los barrios del norte -los más saludables- se hacinaban los prófugos en las viviendas. Incrementado, de ese modo, el contagio epidémico. El alcalde se negaba a acogerlos. ¿Razón? Frenar la transmisión del virus.

En aquel sector se encontraba Francisco. Quien, ante la dolorosa realidad, abrió las puertas de su vivienda a los apestados. La transformó en verdadero hospital. Prepararon para ellos las dos salas principales. Acompañado por su familia religiosa y varios parientes suyos se dispuso para recibir a los coléricos con el servicio conveniente. Y todos, responsables y solidarios, en aquella crítica coyuntura, se entregaron a su cuidado. Motivo por el cual las solicitudes de atención se multiplicaban de modo incesante.

Siempre que ocurría una catástrofe de esta magnitud, el P. Palau respondía entregándose para erradicarla. ¡Ejemplar, nuestro fundador! Sin embargo, no le resultó fácil. Escribía al respecto -pasado el peor momento-: Hemos sufrido, por causa de la epidemia, muchos y horribles combates. ¡Abundante dolor incluye, con frecuencia, el generoso servicio! ¡A que sí!

Como complemento, improvisó un altar en la ladera de Collserola, montaña contigua a su domicilio. Allí, celebraba la Eucaristía a diario. En medio de una heterogénea multitud pedía a Dios el fin de la epidemia. Estaba convencido de que sólo de Él podía venir el desenlace de aquel devastador azote. También, a día de hoy, nosotras y muchas otras personas, compartimos semejante convicción. ¿Verdad?.

*Termina el año 1871. Calasanz pertenece a la provincia de Huesca y, entonces, a la diócesis de Lérida. Los habitantes, además de contagiados por el tifus perdieron al médico y al párroco. Víctimas del virus, sí. Solicitada la ayuda de las hijas de Palau, del hospital de Estadilla, se trasladaron a Calasanz. Enterado Francisco se presentó para acompañarlas. Se llevó a dos Hermanas jóvenes para que sustituyeran a las anteriores. Quienes se habían contagiado. También él colaboraba en la atención a los apestados. ¡Solidario donde los haya! En la población, era tal el terror que apenas se encontraba quien recogiera a los fallecidos para enterrarlos. ¡Qué dolor!

Narra, desde Calasanz, la evolución de la epidemia. Por la forma de relatarla parece que Francisco tenía cierto conocimiento de la propagación y tratamiento del virus. Tal vez se debía a sus anteriores servicios a los contagiados.

Acabada su estancia en Calasanz y como buen periodista, escribió un artículo anónimo titulado Los ángeles de la caridad. Valoraba en él la atención femenina al servicio de los enfermos. Le atribuye el calificativo de imponente. Las mujeres retan a la muerte ofreciendo su vida para auxiliar al que sufre. Y agrega: Pero hacen más, ofrecen la vida en atención a los apestados. ¡Bravo por su valoración!

Algunas consideraciones de la crónica amplían su pensamiento estampado en las constituciones. Las acababa de publicar. En caso de guerra las enfermeras que han ofrecido sus vidas por los contagiados servirán en los hospitales de sangre a los soldados heridos. En los mismos campamentos, también. Por lo cual en la contienda de 1936-39 estuvieron sus hijas en el frente de combate. Sí, sí, en el frente del combate, atendiendo a los soldados heridos. Además de oírlo a las protagonistas, nos lo recuerda la historia. ¡Claro! ¡De tal padre, tales hijas!

A las pocas fechas de abandonar Calasanz se sintió enfermo. Con el paso de los días su indisposición se agravó. Le diagnosticaron congestión pulmonar. Nada se pudo hacer por él. Falleció a los 61 años. Todo indica que fue otra víctima del tifus, contraído en Calasanz. También él dio la vida por atender a los contagiados. Todo un testimonio para sus hijas/jos. Para nuestros héroes sanitarios. Y para todos. ¡Sin duda!