MartiresHERMANA ESPERANZA DE LA CRUZ

 

 

La Hermana Esperanza nació en Ventolá el 27 de febrero de 1875.

 

Ventolá es un pueblecito pintoresco y bravío, asentado en las estribaciones de los Pirineos Orientales, en lo más alto de la provincia de Gerona, pero diócesis de Urgel, al margen de la carretera que va de Ripoll a Puigcerdá. Paisaje de altas montanas y valles verdeantes.

 

A fines de siglo, cuando Esperanza nace en Ventolá, el pueblo cuenta apenas 130 habitantes, agregados al municipio de Ribes de Fresser. Pero posee una preciosa iglesia parroquial, pequeña, de línea románica al estilo ripollés. En ella fue bautizada Esperanza con el nombre de Teresa.

 

Teresa Subirá Sanjaume se llamará hasta hacerse carmelita.

 

De familia humilde. Hija de labradores. Entre adolescencia y juventud, ella misma desempeña tareas de pastoreo. Pese a su escasa formación escolar, su gran lucidez y su tenacidad autodidacta le procuraron una regular instrucción de base, que le permitirá más tarde revisar y enderezar la ortografía de personas con estudios en regla.

 

En el lugar y en el ambiente religioso del Ripollés, bebió ella la devoción a la Virgen. No lejos de Ventolá, en pleno macizo montañoso, se alza el santuario de nuestra Señora de Nuria. Y más cerca, en el caserío de Batet, otro santuario minúsculo dedicado a la Virgen del Carmen. En Ribes de Fresser hay un floreciente colegio de carmelitas que quizás sirvió de brújula orientadora a su naciente vocación religiosa. Joven todavía, Esperanza se enrola en el servicio del hospital de Bagur, regido entonces por una comunidad de carmelitas misioneras. Y, por fin, a sus veinte años decide ingresar en el Carmelo Misionero. Hace su noviciado en Gracia (Barcelona). Toma el hábito el 10 de octubre de 1895. Emite la profesión al año siguiente (3 de diciembre de 1896) y los votos perpetuos a los 27 de edad (10 de marzo de 1902).

 

Ahora, Esperanza comienza su rodaje de servicios en las casas de la Congregación. Para ella, las rutas de la obediencia pasan por Tárrega (duras jornadas de fundación), Alayor (Menorca), Ciudadela (Menorca), Sans (Barcelona) y Vilarrodona (Tarragona).

 

Trabaja primero con los enfermos. Presta asistencia a domicilio. Lo hace amorosamente, pero las continuas salidas de casa se le ponen cuesta arriba. Teme -con la nítida intuición de sus años jóvenes- que la vida al margen de la comunidad la deje en precario de espíritu religioso o le aleje la riqueza de la fraternidad.

 

Pese a esos sentimientos íntimos nunca ocultados a sus hermanas de hábito, todas cuantas convivieron con Esperanza, certifican sin reticencias el hecho de su entrega incondicional al trabajo, su capacidad de cercanía al enfermo, el calor de su gesto y su palabra.

 

Más tarde se la destina al campo de la enseñanza. Primero en el colegio de Sans. Luego en el de Vilarrodona. Superiora de la comunidad en uno y otro, sucesivamente. La nueva tarea descubre a Esperanza el reverso de la medalla, las aristas de la vida y responsabilidad comunitarias. Tiene que afrontar las dificultades de la docencia en tiempos recios: años en torno a la década de los 30. Aprende a equilibrar las pesas en el ritmo de la vida comunitaria: bondad a fondo perdido, comprensión y amor frente a estridencias y personas desequilibradas. A medida que el horizonte político se crispa en Vilarrodona y en toda España, y a la vez que ella se dispone al martirio, hay a su lado quien opta por el rumbo contrario con gestos dolorosos y vuelta de espaldas a la vida religiosa. “La he visto llorar varias veces. Se pasaba horas en la capilla”, recuerda una de las jóvenes de entonces. Martirio del corazón en la antevíspera del martirio definitivo.

 

 

HERMANA REFUGIO DE SAN ANGELO

 

“Quisiera ser misionera... Pero desearía, sobre todo, Señor, derramar por ti la última gota de mi sangre. ¡El martirio!, he aquí el sueño de mi juventud. Este sueño ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo... Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no podría limitarme a desear un solo genero de martirio...¡Necesitaría padecerlos todos!. Teresa de Lisieux Historia de un alma

 

A Hna. Refugio podría definírsela una joya de transparencia y sencillez. Como otros santos carmelitas, por ejemplo la florentina Teresa Margarita Redi o Teresita de Lisieux, Refugio casi carece de biografía. ¿Qué se podrá decir de Teresita cuando muera?, pensaba en voz alta la cocinera del Carmelo de Lisieux. También Refugio pertenece a ese gremio de personas humildes.

 

Refugio nació el 20 de abril de 1878 en el pueblecito de Gabarra, próximo a Seo de Urgel en la provincia de Lérida. Encaramado en lo alto de una colina, bien enmarcado entre valles, bosques y montañas, era a fines del siglo pasado un puro crucigrama de calles y muros de piedra. Contaba, al nacer María Refugio, no más de 200 habitantes. Remontando la colina, sobre las casas y sobre los restos de la Torre del Moro, descollaba la iglesia parroquial, de corte románico, en la que Refugio fue bautizada al día siguiente de su nacimiento: 21 de abril de 1878.

 

Fueron sus padres Francisco Roqueta y María Serra. Ambos naturales de Gabarra. Gente sencilla y noble como todos los gabarreses. Un solo episodio basta para perfilar el talante de aquellas gentes. Ocurrió en el fatídico 1936. Últimos días de vida de Hna. Refugio, que ya no llegaría a conocer lo sucedido. De Solsona y de más lejos han llegado piquetes incendiarios. Es la hora del odio antirreligioso. Se procede al saqueo de la iglesia: “...se preparó una montaña de leña en un lugar llamado la Feixa de l'Estudiant, y allí llevaron a los santos y otras cosas; era una tarde calurosa; cuando todo estuvo a punto, se propuso ir a cenar y más tarde, a la hora del fresco, se haría la gran hoguera. Una vez que se hubo dispersado la gente, el abuelo de “cal Gabandé”, el de “cal Roi” y quizás algún otro, acudieron enseguida con sacos donde pusieron las imágenes, y prendieron fuego a la leña. Cuando la gente volvió después de cenar, encontró la gran hoguera y los santos quemados: habían querido adelantar el trabajo. Aquellas tallas de madera que hoy se pueden admirar en la iglesia de San Saturnino, fueron escondidas en una cueva llamada "Forat de Bulí” que tiene una entrada de difícil acceso pero normal; sin embargo hay otra cavidad más o menos de medida de una persona, donde se ha de pasar arrastras, de unos treinta o cuarenta metros cuadrados. Entrando es amplia y capaz. Pues ahí fue donde escondieron las tallas y ahí estuvieron hasta terminar la contienda. Ni que decir tiene que los milicianos quedaron encantados del trabajo de aquellos campesinos, pues según ellos, “el trabajo bien hecho no tiene fronteras”.

 

No sabemos desde qué punto cardinal la joven Refugio pudo orientarse hacia el Carmelo. Ingresó en el noviciado de las carmelitas misioneras de Barcelona el 1 de abril de 1897. Había quedado huérfana de madre a los ocho años. A los quince perdió a su padre. Ahora, joven de veinte, hace su profesión religiosa en Barcelona (20 de diciembre de 1898), y a los veintiséis emite los votos perpetuos: 23 de abril de 1904.

 

A partir de ese momento, la Hna. Refugio cubre una serie de servicios humildes en varias casas de la Congregación. Pero más que su itinerario de casas y puestos de trabajo, interesa su estilo de hacer, su manera de ser, “el aire de su vuelo”.

 

Así la recuerdan sus compañeras de vida religiosa:

 

Me pareció siempre muy angelical y fervorosa”.

“Realizaba los trabajos más duros y rezaba mientras trabajaba”.

“Estaba enferma del corazón. En tiempos de la República decía: en cuanto oiga un tiro me pondré a rezar el Señor mío Jesucristo, porque mi corazón no resistirá”.

“Temerosa y acobardada ante el peligro del martirio, pero dispuesta a lo que Dios quisiera”

“En los últimos días compartía con las otras los deseos de martirio”.

“Tenia devociones predilectas: el Sagrado Corazón de Jesús y la Santísima Virgen”.

“Recuerdo que un día, durante la recreación de comunidad, la Hna. Refugio contó que había soñado que la martirizaban junto con la Madre Superiora (Hna. Esperanza). Lo contaba con gran viveza, dispuesta de veras a sufrir el martirio cuando llegase la ocasión”.

 

Los últimos episodios, ocurridos ya en candente clima martirial, son “fiorettis” en rojo. En el colegio de Vilarrodona, Sor Refugio es Vicaria de la casa, al lado de M. Esperanza, que es la Superiora. Cuando les intiman abandonar el colegio, tienen que separarse. A la Hna. Refugio la acogen los Señores Gabaldá, en la calle de las Huertas, n. 3, piso 2.°, a poca distancia de la iglesia parroquial. Allí se han refugiado también el párroco y capellán del colegio, Don José María Escoda. En la casa hay un niño de quince años, José Mane. Es él quien nos lo cuenta:

 

“Durante los tres días escasos en que Don José María Escoda nos honró con su hospedaje, demostró en todo momento un estado de ánimo elevadísimo, únicamente turbado por la devastación de su amada iglesia. Lo demás, aún su propia vida, poco le importaba. Estaba resignado completamente a la divina voluntad. En los últimos instantes, cuando comprendió que tenía contada su vida y se acercaba la hora suprema del martirio, no sólo aceptó dignamente el cáliz de la amargura, sino que en un acto de sublime heroicidad ofreció toda su sangre para impetrar el perdón de los sacrilegios que en su parroquia aquellos tristísimos días se cometían. A pesar del mal cariz que respecto a la seguridad de su persona tomaban los acontecimientos, nunca dio muestras de la menor inquietud, manifestando tenía puesta su confianza en Dios. En la mesa, él mismo decía que comía con mayor apetito, alegando que estaba gozoso de verse perseguido por la justicia...

 

El jueves, día 23 por la noche, cuando la horda salvaje con rabia diabólica asaltó la iglesia parroquial para profanarla y destruir imágenes, altares, objetos de culto y ornamentos sagrados que en gran número y elevado valor poseía, Don José María recibió tan rudo golpe que llegó, en ciertos momentos, a perder el equilibrio mental. Vagaba por el corredor de la casa andando con pasos largos y rápidos, preso del más exaltado nerviosismo. La proximidad de la iglesia, así como la escandalosa gritería de los iconoclastas y el incesante ronquido de los cañones que trasportaban los restos devastados a una infernal hoguera, aumentaron en tal manera la ansiedad y amargura de Don José María Escoda, que movido por el ardiente amor que guardaba hacia su parroquia, decidió salir en defensa de los intereses de la iglesia. Resuelto iba a la puerta, pero mis abuelos, como es natural, se opusieron; hubiera bastado su presencia entre la turbamulta en aquellas tan críticas circunstancias, para caer asesinado a los pocos pasos.

 

No obstante nuestra tesitura, a tal extremo llegó su decisión que una de las religiosas amparadas también en la casa, la hermana Refugio, mártir gloriosa de Jesucristo, tuvo que esconder la llave del piso.

 

Viendo frustrado su intento, Don José María Escoda, inquieto y encendido ante el creciente vocerío y los estrepitosos hachazos que en la iglesia se oían nos dijo: ustedes no me quieren bien, mi deber es defender las cosas de la iglesia. Quiero morir por mi parroquia. Y forcejeando la puerta, cayó desmayado.

 

También la hermana Refugio vivió esos momentos con serenidad y con la mirada en alto. Lo recuerda una amiga, Felisa Robert, que la visitaba en su reclusión: “La hermana Refugio me dijo que nunca se encontraría mejor preparada para morir. Que quisiera morir entonces”.

 

 

LAS DOS CAMINO DEL MARTIRIO

 

 

Sor Refugio tuvo su iniciación espiritual al martirio en la casa de los Gabaldá, en el gesto sacerdotal de Mosén Escoda, en esa última confesión de su vida.

 

En cambio a la Hna. Esperanza la acompañó desde lejos una especie de presentimiento remoto. “Hermana, me solía decir: usted como sacristana vaya más a menudo a la capilla a ver a Jesús y pedirle gracia y fuerza para lo que Él nos tiene destinado. No sabemos lo que va a suceder...” - Y a todas, en el capítulo de comunidad: “pidamos a Jesús fuerza, fuerza y perseverancia hasta morir” (Declaración de un testigo del Proceso).

 

Otra Hermana joven, de la comunidad de Vilarrodona, recuerda: “Gustaba hablar con las hermanas del martirio. Todas estaban enfervorizadas y animadas a sufrirlo. Incluso, con la repetición de este tema en las recreaciones, llegaban a desearlo”.

 

Eran los últimos días de julio de 1936. La conversación sobre el martirio no era flor exótica en cualquier comunidad religiosa: ni en la de Vilarrodona, ni en todo el levante español.

 

En el colegio se sabía que el capellán -el párroco Mosén Escoda- estaba en actitud de espera y entrega: “... nos ha dicho que él presiente el martirio. Que está seguro que lo matarán. Que él dará muy gustoso la vida por el Señor. Que se abrazaría al crucifijo y moriría por El”. Presentimiento certero, porque Don José va a ser sacrificado, el primero de todos, en la noche del 25 de julio.

Por extraño que resulte al lector o al creyente de hoy, aquella atmósfera de presagios, de miedo y de muerte era normal. Era normal tras la siembra de odio a todos los niveles, pero sobre todo entre la gente humilde, la más desprovista de defensas racionales frente al acoso de la propaganda. Siembra de odio, especialmente en torno a colegios, iglesias y casas religiosas, que rápidamente quedaron desarboladas de todo derecho cívico, en la más desmantelada indefensión.

 

En ese clima de odios y miedo, los hechos se suceden así:

 

- 20 de julio de 1936. Por vacaciones, ya no hay niños en el colegio de Vilarrodona. Pero las hermanas optan por no abandonar la casa. Es superiora la Hna. Esperanza, vicaria sor Refugio.

 

- 21 de julio. Las Hermanas se saben estrechamente vigiladas y rodeadas por milicianos del comité revolucionario. Al anochecer, Hna. Esperanza las reúne en la capilla y les distribuye la Eucaristía. El sagrario queda vacio.- Esa misma mañana ha sido detenido bruscamente Mosén Escoda, mientras ce­lebra la misa en la parroquial a puertas cerradas. Con él es detenido también el joven coadjutor, que habrá cumplido apenas un mes de ordenación sacerdotal cuando lo asesinen al lado de Mosén José Maria.

 

- 22 de julio. Las Hermanas se ven obligadas a abandonar el colegio. Buscan acogida en familias amigas. Esperanza y Refugio tienen que separarse. Esta es acogida valientemente por la familia del doctor José Gabaldá, en la calle de las Huertas, frente a la iglesia parroquial. A Hna. Esperanza la acoge, con no menos amor, la familia del señor Eugenio Robert, en la calle de la Balsa, ahora calle del Obispo Irurita.

 

- Noche del 23. Asalto y saqueo de la iglesia parroquial. Ingente incendio de imágenes, ornamentos, y objetos sagrados. Hna. Refugio asiste de cerca, aterrada.

 

- Día 24. Un grupo de milicianos detiene a las Hermanas. Las reúne en la plaza y las cargan en una furgoneta, que parte escoltada por dos coches de milicianos armados. Hacen un alto en la carretera del Vendrell, con un simulacro de fusilamiento. Luego siguen hasta Villafranca del Penedés.

 

- Noche del 24 al 25. Mosén Escoda y las Hermanas pasan a los calabozos del ayuntamiento de Villafranca. Una señora amiga interviene y logra que el alcalde permita a las hermanas quedar recluidas en su propia casa. De noche, por una puerta falsa, pasan a la nueva prisión, donde se las recibe y custodia con todo el cariño posible. Seis días de incertidumbre.

 

- El 31 de Julio son liberadas. Se les permite abandonar la reclusión y viajar a Barcelona en busca de las propias familias. En Barcelona, al separarse de las Hermanas en la estación de Aragón, la Hna. Esperanza se despide de ellas: «Hasta el cielo». Y se lo repite: «Hasta el cielo».

 

- Ya no se separarán las dos, Hna. Refugio y Hna. Esperanza, que se dirigen a la casa de las hermanas de aquella, en la calle «Virgen del Coll». Llegan, pero la casa está vacía y la puerta no se abre. Momentos de desconcierto. Las dos son reconocidas como religiosas, nuevamente detenidas y entregadas al comité del sector, que las retiene unas horas en una casa cercana (domicilio de la Sra. Viuda de Olivares). Pero nuevamente son requeridas por el comité, y del comité pasan a la camioneta de la muerte.

 

- Se las lleva a las afueras de la ciudad. Y las dos hermanas caen acribilladas a tiros, al lado de la carretera, en La Rabassada.

 

- Era la noche del 31 de julio. Únicos testigos, los asesinos. Invisible, pero presente, el Señor Jesús, gran puerto de remanso para quienes mueren por amor.

 

La Hna. Esperanza contaba 61 años. Cuarenta, de vida consagrada como car­melita misionera. La Hna. Refugio había cumplido los 58. Vividos en el Carmelo Misionero, 38.

 

HNA DANIELA DE SAN BERNABE

 

“Una sola cosa aliviaba mis penas: era la esperanza de morir víctima entre las llamas voraces de la revolución de la época, siéndome menos horrible el fuego material, el puñal del verdugo... que el fuego interno del amor que devoraba mi corazón. Me ofrecí por víctima propicia en tiempo de ira y de venganza...” B. Francisco Palau

 

 

También la Hna. Daniela Achurra llegó al ara del martirio por caminos de sencillez. En la plenitud de la vida: a los 46 años; con veinte de vida en el Carmelo. Tras consumir la mayor parte de ellos en el servicio de los pobres, los enfermos, las cieguecitas de nacimiento. Sorprendida por el martirio mientras seguía asistiendo enfermos a domicilio a jornada completa, 24 horas sobre 24 horas.

 

Daniela había nacido en el seno de una familia vasca. Pobre, pero de tradición y abolengo religioso. Sexta en una serie de siete hermanos. En una amplia casona de Berriatúa (Vizcaya).

 

Berriatúa se halla enclavado a orillas del Ondárroa, en el extremo oriental de Vizcaya, confinando con Guipuzcoa. Valle espacioso, entre bosques y montañas. A fines del siglo pasado, contaba numerosas casas señoriales, con unos mil doscientos habitantes entre los instalados en el poblado y los diseminados en caseríos. Con paisaje religioso constelado de ermitas, no menos de siete: Ganduza, La Magdalena, San Antolín, San Juan, el Santo Cristo, San Gregorio, Santo Domingo.

 

Sobre una de ellas, la dedicada a San Pedro, había sido construida en el lejano medioevo la iglesia parroquial, erigida hacia el año 1100, y restaurada en 1588. En ella fue bautizada Daniela -con el nombre de Vicenta- al día siguiente de su nacimiento, el 5 de abril de 1890.

 

A los 25 años optó por la vida religiosa en el Carmelo Misionero, ingresando en el noviciado de Gracia (Barcelona: 1915). Ahí pronunció sus votos el 16 de octubre de 1916, e hizo su profesión perpetua el 17 de octubre de 1921.

 

En su agenda de servicios figuran las comunidades de Las Corts (Barcelona), el Seminario de la Diócesis, el Asilo de Badalona, la asistencia a los invidentes en el Amparo de Santa Lucía (Barcelona) y finalmente, la casa de Gracia (Barcelona), en la que residió sus últimos años, y desde la que ejercía su asistencia de enfermos a domicilio.

 

A la Hna. Daniela sus compañeras la recuerdan jovial, bondadosa, gran trabajadora, buena compañera, piadosa (sus devociones preferidas eran el Sagrado Corazón y la Virgen del Carmen), con gran sentido del humor. Optimista. Era la alegría de la recreación. Capaz de imitar el tonillo y los gestos del predicador de turno.

 

Sabedora de que las jóvenes postulantes llegadas a Barcelona desde su lejana tierra vasca van a disfrutar de pocas visitas familiares, ella se adelanta a suplirlas y curar latentes brotes de añoranza.

Mas al detalle, sus compañeras la recuerdan así:

 

- “Era entregada, sencilla, humilde, con gran espíritu de sacrificio”.

 

- Pero a la vez: “genio fuerte y reacciones bruscas, pero muy bondadosa y útil en el trabajo”.

 

- “Por su carácter vivaz y nervioso se precipitaba cuando se le acumulaba el trabajo; pero reconocía sus gestos de genio y se humillaba ante el superior y las hermanas”.

 

-Una invidente de 83 años la recuerda: “Era muy devota del Sagrado Corazón, nos mandaba a coger flores para adornarlo”. Nos decía: "nunca tienen que faltarle flores y siempre hay que rezarle".

 

- Una connovicia: “Alegraba los recreos. En el noviciado nos hacía pasar ratos muy alegres imitando la voz del predicador que nos daba las platicas”.

 

- “Con los enfermos a domicilio se ganaba a las familias. Conservaban muy buen recuerdo de ella”.

 

Entre tantos enfermos, hubo quien en un primer momento se negó a recibir sus cuidados. Pero una semana después se opuso a que se la retirasen de su lado o la sustituyesen por otra.

 

En enero de 1935, la Hna. Daniela regresa a Berriatúa para asistir a su madre moribunda. De regreso a Barcelona se la responsabiliza de una misión singular: Reunir nada menos que a nueve jóvenes postulantes y acompañarlas en el largo viaje a Barcelona. Lugar de cita para el grupo, la estación de Castejón (Zaragoza). Una de aquellas jóvenes la recuerda así:

 

“Era de estatura baja, gruesa, morena, espontánea, agradable, animada, muy simpática, buena y religiosa. Se la veía dispuesta y sacrificada”. Entre los episodios del largo viaje, la misma joven recuerda:

 

“En el viaje nos animó muchísimo y nos lo hizo distraído y agradable... Rezamos las tres partes del Rosario y al pasar por Zaragoza entonamos la Salve. De carácter alegre, nos dijo que le gustaba el baile y cantar. Nos enseñó los cantos ‘Al salir de casa de mis padres’, ‘Las profesas son las rosas, las novicias los capullos, y las postulantes las hojas’, ‘Viva Santa Teresa, viva la Religión’....

 

Entre canto y canto, afloran presentimientos de martirio: «También nos habló de la difícil situación política por la que estaba pasando Barcelona, pero que no tuviésemos miedo: 'Aunque seamos mártires, que más da'. Esto nos los repitió varias veces en el viaje, y en otras dos ocasiones que me visitó en el noviciado» .

 

En Barcelona, la Hna. Daniela había pasado de la asistencia a las invidentes en el Asilo de Santa Lucia, al cuidado de enfermos a domicilio. Reside en Gracia, y tiene su pequeño campo de trabajo en Pedralbes. Ahí, camino del deber, la sorprenderá el martirio.

 

HERMANA GABRIELA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

 

«Como las rosas o los lirios...», los mártires de Cristo no brotan fuera de la rama o al margen del humus adecuado. Nuestras cuatro mártires son el exponente simbólico de tantas otras hermanas carmelitas misioneras que, en aquella misma hora de prueba, sufrieron heroicamente por mantenerse fieles a Cristo y a su vocación.

 

Carácter, fuerte, fogoso y decidido. Franca y sin dobleces. Era así desde niña. Capaz de cualquier sacrificio por ayudar o por hacer el bien».

 

Genio y alegría, dos notas que siguen intactas en el talante de la Hna. Gabriela cuando, a sus 56 años, le llega la hora del martirio.

 

De ella recuerdan aún sus familiares un momento de arrebato: a los 15 años arroja al fuego los libros antirreligiosos de un amigo, vecino de la casa paterna, sin miedo a la normal reacción del propietario.

 

Gabriela nació en la “Conca de Barberá”, en Espluga de Francolí (Tarragona), no lejos de Poblet, a media distancia entre Montblanc y Bimbodi. Fueron sus padres José Pons, de Espluga de Francolí, y Antonia Sarda, de Espluga Calva. Nacida y bautizada el 18 de julio de 1880.

 

Comarca tupida de recuerdos del P. Palau, predicador y ermitaño, que no muy lejos había vivido una de sus más radicales experiencias de soledad junto a la ermita de San Bartolomé en uno de los pliegues entreabiertos de las rocas del Montsant. Era normal que ese clima de recuerdos facilitase la vocación religiosa y carmelita de Gabriela.

 

Joven de 26 años, ingresó en el noviciado de las carmelitas misioneras de Gracia (5 de mayo de 1907), donde profesó al año siguiente (6 de octubre de 1908), emitiendo sus votos perpetuos el 17 de octubre de 1913.

 

Profesó contra el pronóstico de su padre que accedió a su marcha de casa convencido de que su hija haría viaje de ida y vuelta, incapaz de aguantar la vida de monja. José Pons estaba en esa convicción no sólo porque Gabriela era un chorro de alegría juvenil, libre como el torrente Francolí, sino porque le gustaban los chicos, la calle, la diversión...

 

La convicción de que era fácil tender a la hija un camino de retorno, tardó en apagarse. Llegó enseguida el año de la Semana Trágica barcelonesa (1909), y dos décadas después la crispación antirreligiosa de las segunda República (1931), y luego el asfixiante clima incendiario del 36. Una y otra vez llega a Gabriela un mensajero de la familia con la invitación al regreso: refugiarse en el hogar para ponerse a salvo, al menos hasta que pase el ciclón.

Se equivocaban. Tuvieron siempre la misma respuesta: «que ella sería la ultima en abandonar el convento incendiado... Que estaba dispuesta a dar la vida... Que si Dios la tenía destinada al martirio, El le daría la gracia necesaria».

 

Gabriela paso su vida religiosa -28 años- en la penumbra de los servicios humildes. Hizo el recorrido de varias casas del entorno de la Ciudad Condal: Hospital de Tárrega, Asilo de Invidentes de Santa Lucía (Barcelona), Santa Coloma de Queralt, Seminario Diocesano (Barcelona), Las Corts; estuvo varios años en Argentina; y finalmente en la Casa Madre de la Congregación en Gracia (Barcelona).

 

Ahí, en la comunidad de Gracia, tuvo la suerte en unir su servicio y su destino a la Hna. Gabriela: las dos se turnaron durante varios meses en la asistencia del mismo enfermo. Y las dos hicieron juntas la ruta del martirio.

 

 

MARTIRIO D ELAS DOS HERMANAS: DANIELA Y GABRIELA

 

Lo típico de este episodio martirial es su simplicidad. Puro desenlace de dos vi­das hermanadas en la vocación, en el servicio, en el destino. La «Passio» de las dos apenas tiene historia narrable. Como el holocausto de la carmelita Edith Stein, también el de ellas es algo que acontece más allá del telón. Únicos testigos, los verdugos.

 

Las dos Hermanas asistían a un enfermo grave en Pedralbes. Prestaban servicio ininterrumpido de lunes a sábado. De Gracia a Pedralbes y de Pedralbes a Gracia viajaban en tranvía. Travesía arriesgada, esos últimos días de julio.

 

El día 31 la familia del enfermo sucumbe al pánico. Se invita a las Hermanas a abandonar la casa. Era mucho el riesgo del regreso al convento de Gracia. La Hna. Gabriela telefonea a su sobrina, que está de servicio en la farmacia de los señores Boque. Estos ofrecen refugio a las dos hermanas en su piso familiar, contiguo a la farmacia. Y allí se presentan las dos, mal vestidas con atuendo improvisado que delata a ojos cerrados su condición de religiosas.

 

A dos pasos de la farmacia, una patrulla de milicianos armados les echa el alto. La portera de los Boque, que ya las esperaba, ve cómo son detenidas, insultadas, rápidamente empujadas a la camioneta. Todo sumamente ruidoso. El señor Boque hace salir a uno de los dependientes de la farmacia para que les siga la pista. Inútil. Cae el telón tras el ultimo crepitar de la ca­mioneta.

 

Arriba, a poca distancia, en La Rabassada, las dos Hermanas quedan tendidas en la cuneta de la carretera con varias balas en el cuerpo y la sangre enrojeciendo el pavimento.

 

Al día siguiente

 

Era el primer día de agosto. Silencio sobre la sangre vertida. Solo sabemos que un servicio de la Cruz Roja recoge los restos mortales de las Hermanas y los traslada al Hospital Clínico de Barcelona. Ahí se reúnen las cuatro, como para un último misterioso acto de comunidad.

 

Siguen varios días de espera, no se sabe cuantos. Por fin, se les asignan cuatro «cajas blancas» y sin rito alguno, en soledad y silencio, se las envía a la fosa común.

 

Pero no les ha faltado una mano y una mirada compasiva. El médico de turno, Dr. Peris, antes de certificar su óbito, vuelve hacia la luz los rostros inertes, uno a uno, y los fotografía. Cuatro fotos que han llegado hasta nosotros, con el realismo de cuatro sellos en sangre, sellos testificales como los del Apocalipsis.

Nos han llegado también las cuatro fichas reglamentarias que en ese mismo momento redacta el Dr. Peris. Helas aquí, en su frío laconismo, que puede ser leído o escuchado como un parte triunfal después de la batalla:

 

Hna. Gabriela: “Francisca Pons, ficha 4.104. Cementerio sud-oeste. Juzgado número 6, judicial 12. Una mujer de unos 40 años, al parecer religiosa, muy gruesa, ropa marcada con H. P. 287. Viste de negro y presenta heridas de arma de fuego en la cara y cabeza. Fractura de la cabeza. Diagnóstico: hemorragia cerebral traumática”.

 

Hna. Daniela: Vicenta Achurra, ficha 4.105. Cementerio sud-oeste. Juzgado número 6, judicial 12. Una mujer de unos 50 años, al parecer religiosa, es gruesa y viste de negro. Ropas marcadas con el número 366. Presenta tres heridas de arma de fuego en la región dorso-lumbar. Diagnóstico: hemorragia interna traumática” .

 

Hna. Esperanza: “Teresa Subirá, ficha 4.107. Cementerio sud-oeste, juzgado número 6. Una mujer de unos 50 años, al parecer religiosa, viste de obscuro y negro. Ropas marcadas con el número 160. Presenta heridas de arma de fuego en el cuello y tórax. Diagnóstico: hemorragia interna traumática.

 

Hna. Maria Refugio: “Maria Roqueta Serra, ficha 4.108. Cementerio sud-oeste, juzgado número 6. Una mujer de unos 45 años, al parecer religiosa, viste ropas obscuras y negras. Marcadas con el número 179. Presenta heridas de arma de fuego en el tórax. Diagnóstico: hemorragia interna traumática”.


PPS: Bienaventuradas

PPS: Canto a lo Divino

 

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