Me llamo Francisco

Me llamo Francisco. Soy hijo de José y Mª Antonia. Ella se apellida Quer. Él, Palau. De manera que yo soy Palau Quer. Natural de Aitona, pueblo leridano al que quiero entrañablemente. Por doble motivo: porque es el mío y porque es bonito. Se halla, por un lado protegido por agrestes cerros y por otro mira a la vega del Segre. Produce variadas hortalizas. Y ahora, mucha y buena fruta. Muy buena.

Yo nací hace 200 años. Una helada mañana de diciembre. La nación estaba en guerra contra los franceses. No fue buen momento para nacer. Pero ¿a quién se le ha dado la posibilidad de elegir? Lo que era bueno de verdad era mi hogar. Fuimos nueve hermanos y yo ocupaba el séptimo lugar. No éramos ricos pero tampoco pobres. Y aunque no esté bien decirlo éramos una familia honrada. Es que debo a mis padres el homenaje a su honradez y el culto que profesaban a las mejores tradiciones cristianas. ¿Verdad que tu familia también ha sido estupenda?

Niño

En los primeros años que pasé en mi pueblo no me pasaron cosas extraordinarias, ¡palabra de honor! No me visitaron ángeles ni para hacerme dormir. Ni me hicieron carantoñas los querubines ni se me aparecían fantasmas celestiales que me tenían entretenido en las horas aburridas o que poblaban mis sueños en las interminables noches de invierno. No. Tampoco se me apareció la virgen a la sombra de ningún olivo, ni escuché palabras venidas del cielo.

Fui niño entre los niños, jugué con ellos, discutí a ratos, hasta me peleé en algún momento pero también tuve grandes amigos. Eso sí, fui devoto cuando hay que serlo. Iba a misa los domingos y fiestas de guardar. Rezaba el rosario en casa, con los míos, cuando estábamos todos, antes de ir a dormir y cantaba lo mejor que sabía en el coro de la parroquia. Me daba pena ver niños pobres y repartía con ellos lo que a mí me daban. No mucho, porque en mi familia sobraba poco. Vosotros habéis nacido y vivido en mejor momento que yo. ¡Me alegro!

Lérida

Si he de ser sincero reconozco que algunos amigos de casa y hasta el cura de la parroquia decían que era un chico despierto y que debería seguir estudiando de acuerdo a mi capacidad. Que sería una pena que no lo hiciera por falta de medios. Cuando lo oía me ponía triste. Sin los míos, ¿qué haría yo? Pero la situación no estaba para soñar. Yo miraba a mi alrededor y me decía que o mi hermana Rosa me llevaba con ella a Lleida o los pronósticos de la gente sesuda no se cumplirían. Ya me veía de zagalón o de pequeño labriego. Pero Rosa salió al paso en este asunto y me tomó a su cuidado. ¡Vaya que si me tomó! ¡Y cómo! Se la notaba que me quería a rabiar. Rosa me llevó a Lleida, bueno a la partida de Butsénit, donde ella vivía desde que se casó. Y con ella me fui. En Lleida me puse a estudiar con toda responsabilidad. Y las letras me trajeron los primeros sueños. Se me ocurrió que no estaría mal que fuera cura. Porque yo quería hacer el bien a mi alrededor. Y esa era una buena forma de hacerlo. ¿No os parece?

Seminarista

Ampliar estudios en Lleida me vino muy bien para ensanchar, por dentro, mis capacidades y aspiraciones. Pensaba que ser sacerdote era un buen camino de vida. Una forma estupenda, para solidarizarme con los demás, también. E hice realidad esta opción a los 17 años. Entiendo que era joven para meterme en semejante proyecto. Pero es que entonces se crecía demasiado pronto porque la vida era demasiado corta. El estilo del seminario resultaba más bien sombrío y rígido. Pero como yo lo había elegido con tanto convencimiento como ilusión, todo me parecía normal. Nos ayudaba mucho la atmósfera de sobria espiritualidad que allí respirábamos y la buena voluntad y empeño que demostraban los superiores. Lo cierto es que priorizaban nuestra formación. Y con ella se me despertaron ideales superiores a los que el mismo seminario podía satisfacer. Sí, al cabo de 4 años me sorprendí, al darme cuenta de que ya no me interesaba el sacerdocio. Ahora, deseaba, de veras, ser religioso. En concreto, carmelita. Me había acercado a las obras de Teresa y Juan de la Cruz y me resultaron fascinantes: tanto los contenidos que sustentaban su propuesta de vida como su proyección apostólica. Y no digamos la forma de vivirlos: la soledad.

Mi opción

(Epílogo de discernimiento)

¡Qué bien me encontraba los primeros años de mi estancia en el seminario de Lleida !. Silencio, convivencia con jóvenes y profesores, estudio, espacios de oración, atención a la vida interior configuraban un sorprendente clima. El cual nutría mi crecimiento espiritual. En la medida que el tiempo transcurría, descendía ese nivel de auténtico bienestar. Cierto, me sentía más valorado que nunca. Sin embargo, en el contexto percibía despliegue de factores en disonancia con mis sueños. Como si en la formación primara el quehacer sobre el ser. Y en el quehacer parecía abundar lo mandado, la norma. Descubría escaso espacio para la creatividad, para el don, para el misterio. Tal comprobación me desazonaba. ¿Qué hacer? -me preguntaba con insistencia-. En el seminario yo estaba diseñando mi futuro. Sí, el rumbo que deseaba imprimir a mi existencia. Y no podía resignarme a que fuera como otros lo perfilaran. Era yo quien tenía que asentir a ese esbozo. E involucrarme. ¡Evidente!. Sin embargo, eso no ocurría. Se imponía, por tanto, la reflexión honda y prolongada, sobre un asunto de tanto interés para mí.

Al mismo tiempo, en las jornadas finales de curso, conocí a diversos religiosos. Formaban parte del tribunal de exámenes. Los observaba. Hasta les pregunté algo relacionado con su vocación. No demasiado. Porque la timidez, en aquella etapa de mi recorrido, constituía factor relevante de mi condición. Incrementé, tanto la reflexión como la oración. La información, también. En mis escasas salidas del seminario visité algún convento. Sus celebraciones, más bien. Así barruntaba, in situ, algo, de su forma de vivir. Continué buscando. Incansable. Ya hacía años que la búsqueda se había tornado primordial estímulo para mi caminar. Y en semejante situación resultaba urgente. ¡Me jugaba el porvenir!.

Poco a poco se me fue desvelando la riqueza, profundidad e impulso que incluía la vida religiosa. En síntesis, su alto contenido evangélico. Por fin, acudí a una acreditada novena celebrada en honor del gran profeta Elías. Quedé hechizado por su figura. Vigorosa por endiosada. Tenía lugar en los carmelitas descalzos. Continué visitándolos y discerniendo en serio. Valoré pros y contras. Así me afiancé en mi convencimiento: lo mío era la vida religiosa. Y en concreto el carmelo de Teresa. Broche de oro a la prolongada búsqueda, lo formalizó la lectura de su obra. De ella me fascinó todo: su personalidad, experiencia espiritual, hondura de pensamiento. Y no menos su empresa fundacional: formidable servicio a la Iglesia. El tramo siguiente del itinerario se coloreó con mi opción.

Al tomarla me invadió una sorprendente y espléndida alegría. Quise compartirla con los míos: familia y amigos. Pronto tropecé con la contrariedad de unos y otros. Como si se hubieran propuesto un objetivo común: hacerme ver lo equivocado de tal decisión. Lo comprendía. Pues ser sacerdote, en aquel momento, resultaba una auténtica promoción personal y familiar. Las dos cosas al mismo tiempo. El sacerdocio estaba bien visto por el entorno social. Además, el candidato podía ascender diversos peldaños en la escala promocional del colectivo. Desde donde aspiraba a no pocos privilegios.

Los religiosos, en cambio, vivían con gran simplicidad y hasta estrechez. Lejos de toda consideración y prestigio. Por ello, tanto su objetivo como su forma de vida los encontraba en consonancia con mis deseos. Los míos se concretaban en vivir con mayor autenticidad la comunión a todo nivel: con Dios, con los demás, con el entorno. Descubrir nuevas dimensiones en mi propio ser, para, desde allí, seguir mi trayecto vocacional.

Ocultaba, la oposición del entorno, su faceta positiva: nuevos motivos que consolidaron mi determinación. Cierto, consiguieron hacerme sentir ingrato. Como si no respondiera a lo que de mí esperaban. Escuché mucho, hablé menos, esperé y esperé. Mientras, hice lo posible para que entendieran mi proceder. Al fin, más dichoso que nunca, se lo comuniqué a todos: Seré Carmelita, hijo de Teresa.

Diseño de Carmelita

Comunico mi decisión a superiores y amigos del seminario. Ellos lo sienten porque” yo era un buen sujeto para el sacerdocio” -afirman-. Luego, renuncio a la beca conseguida cuatro años antes. E inicio los trámites para comenzar mi andadura en el Carmelo de Teresa. ¡ Cuántas teclas !. Me traslado a Barcelona. Allí, en la Rambla, en lo que es hoy mercado de S. José, se encuentra la casa madre del Carmelo Catalá: curia provincial, comunidad y noviciado. Los carmelitas realizan, aquí, importantes cometidos –atención a las celebraciones de la iglesia conventual, a la fábrica de letra de imprenta, a la valiosa biblioteca e imprenta, a la huerta, imprescindible para la alimentación y recreo comunitario, etc.-.

Nuestra comunidad era modelo de vida para la demarcación. La configurábamos unos 50 religiosos. Inicio, aquí, mi formación como carmelita. Comienzo el noviciado cuando aún no había cumplido los 21 años. Es el 14 de noviembre. Corre el año 1832. Visto el hábito del Carmelo y adopto el sobrenombre de la familia de Nazareth. Referencia en mi vocación.

Sí, Palau con buena formación filosófica e iniciado en teología sabe lo que quiere. No se dirige, a ciegas, a la vida religiosa. Se halla bien informado de la situación socio-política que vive su pueblo. Difícil. Muy difícil. Se halla al tanto del peligro que acecha a los religiosos. Sin embargo no tiene miedo. No le asustan los riesgos. Con posterioridad, al recordar estos, sus inicios, afirma: No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía ni el modo de evitarlo. Me comprometí, sin embargo, a una consagración, de por vida, independientemente de cualquier humano acontecimiento (VS 3, 2). Así actúan los valientes. Perdón, los creyentes.

Ahora, se me ofrece la oportunidad de ahondar en el conocimiento de los grandes del Carmelo: Elías con sus gestos proféticos, Teresa sumergida en experiencias profundamente humanas por místicas, Juan de la Cruz con sus intensos silencios contemplativos…. Tal ámbito proyecta brillante y esperanzada perspectiva al espíritu. El proyecto me entusiasma y atrae. Al mismo tiempo mi día a día discurre entretejido por sencillos quehaceres: solicitud por el estudio, por la buena relación con los demás, por mi propia formación. Colaboro -como todos- en las tareas comunitarias etc.

Los carmelitas nos sentimos ermitaños. Por ello buscamos y propiciamos espacios de soledad, de silencio. Ellos envuelven nuestro hábitat. Silencio y soledad, clima para la vida de oración. Mi contexto comunitario le concede valoración, absolutamente, excepcional. Por lo cual convivo, con hermanos troquelados por este don. Mayoritariamente, son hombres de considerable talla espiritual. El superior provincial fue, con anterioridad, profesor del colegio de Lleida. Formó parte del tribunal examinador en el seminario. Influyó, sin duda, en mi opción por el Carmelo. Más tarde, me acompañará en momentos decisivos. Aun cuando los dos estemos exclaustrados. El superior, hombre exigente, comenzando por él. Buen profesor y mejor persona. El maestro de novicios, conventual, en otro tiempo del desierto del Cardó. Es el carmelita más ligado a mi vocación. Por algo se responsabiliza de los novicios en todo y para todo. Hombre de Dios. Además un colectivo envidiable de carmelitas cultos. Predicadores insignes. Otro menor de laboriosos hermanos, encargados de las diferentes dependencias conventuales. Los novicios ocupamos una parte del convento, separada del resto. Convivo con una veintena de jóvenes. Nos preparamos a la profesión. Todos vivimos con innegable sobriedad. La abstinencia es perpetua y el ayuno se prolonga durante 6 meses. Al año siguiente, a mi inicio en el Carmelo, emito mi profesión solemne. Es el 1833. ¡Qué alegría tan intensa!. El corazón se me dilataba.

Percibo a Teresa madre, maestra, referente y guía en mi peregrinar. En situaciones decisivas, sobre todo. Después de profesar sigo en el noviciado. Espero se me asigne colegio, donde terminar los estudios eclesiásticos. Prólogo al sacerdocio.

Dentro del convento la vida resulta interesante.  Me dedico, de lleno, al estudio y recibo diferentes órdenes. Colaboro, de este modo, en las celebraciones litúrgicas de nuestro templo conventual. Sin embargo, en el entorno socio-político, detectamos la presencia de oscuros nubarrones. Cada día más gigantescos y amenazadores. Anuncian impetuosas tormentas, convulsas situaciones.

Entretanto, intento vivir en obsequio de mi Señor. Imitarlo, con corazón limpio y conciencia recta.

Carmelita en flor

Y me fui a Barcelona. Al convento que los carmelitas tenían en las Ramblas. Inicié este nuevo sendero de vida, encantado por la acogida y el trató que recibí. Por los compañeros y amigos que fui descubriendo. Por los formadores que con su ejemplo, más aún que con su palabra, nos indicaban el camino evangélico. El propio de la familia, también. Acogía, con gran interés, todo lo que me ofrecían: compañía, orientación, trato asiduo con Dios, formación, propio conocimiento. Yo, me sentía responsable de la marcha del grupo y colaboraba desde lo mejor de mí mismo. Estaba viviendo, exactamente, lo que tiempo atrás soñaba. ¡Qué gozo!. Cierto, el claustro ensanchaba mi corazón y encendía en mi interior la llama del amor. Me percibía pertenecer a lo mejor de la Iglesia. Como si fuera solidario con toda la humanidad. Sin embargo, fuera, en la ciudad, en el país la situación era sumamente conflictiva. Empeoraba día a día. Los dirigentes, tanto a nivel político, como social o laboral eran incapaces de frenar tanto desmadre y convulsión. Incomprensible. Como si la ciudadanía hubiera perdido el juicio y no calculara las funestas consecuencias que de su proceder se derivarían.

Ahora, se me ofrece la oportunidad de ahondar en el conocimiento de los grandes del Carmelo: Elías con sus gestos proféticos, Teresa sumergida en experiencias profundamente humanas por místicas, Juan de la Cruz con sus intensos silencios contemplativos… Tal ámbito proyecta brillante y esperanzada perspectiva al espíritu. El proyecto me entusiasma y atrae. Al mismo tiempo mi día a día discurre entretejido por sencillos quehaceres: solicitud por el estudio, por la buena relación con los demás, por mi propia formación. Colaboro -como todos- en las tareas comunitarias etc.

Los carmelitas nos sentimos ermitaños. Por ello buscamos y propiciamos espacios de soledad, de silencio. Ellos envuelven nuestro hábitat. Silencio y soledad, clima para la vida de oración. Mi contexto comunitario le concede valoración, absolutamente, excepcional. Por lo cual convivo, con hermanos troquelados por este don. Mayoritariamente, son hombres de considerable talla espiritual. El superior provincial fue, con anterioridad, profesor del colegio de Lleida. Formó parte del tribunal examinador en el seminario. Influyó, sin duda, en mi opción por el Carmelo. Más tarde, me acompañará en momentos decisivos. Aun cuando los dos estemos exclaustrados. El superior, hombre exigente, comenzando por él. Buen profesor y mejor persona. El maestro de novicios, conventual, en otro tiempo del desierto del Cardó. Es el carmelita más ligado a mi vocación. Por algo se responsabiliza de los novicios en todo y para todo. Hombre de Dios. Además un colectivo envidiable de carmelitas cultos. Predicadores insignes. Otro menor de laboriosos hermanos, encargados de las diferentes dependencias conventuales. Los novicios ocupamos una parte del convento, separada del resto. Convivo con una veintena de jóvenes. Nos preparamos a la profesión. Todos vivimos con innegable sobriedad. La abstinencia es perpetua y el ayuno se prolonga durante 6 meses. Al año siguiente, a mi inicio en el Carmelo, emito mi profesión solemne. Es el 1833. ¡Qué alegría tan intensa!. El corazón se me dilataba.

Percibo a Teresa madre, maestra, referente y guía en mi peregrinar. En situaciones decisivas, sobre todo. Después de profesar sigo en el noviciado. Espero se me asigne colegio, donde terminar los estudios eclesiásticos.

Prólogo al sacerdocio.

Dentro del convento la vida resulta interesante.  Me dedico, de lleno, al estudio y recibo diferentes órdenes. Colaboro, de este modo, en las celebraciones litúrgicas de nuestro templo conventual. Sin embargo, en el entorno socio-político, detectamos la presencia de oscuros nubarrones. Cada día más gigantescos y amenazadores. Anuncian impetuosas tormentas, convulsas situaciones.

Entretanto, intento vivir en obsequio de mi Señor. Imitarlo, con corazón limpio y conciencia recta.

Frailes, ¡a la calle!

Iba a necesitar esa profunda alegría que se instaló en mi vida a partir de la profesión religiosa. Sí. Pues los demonios nacionales enloquecieron del todo. Al rey nadie le aguantaba sus veleidades. Lo cual resultaba, sumamente, peligroso. Se irritó con él todo el espectro político. Hasta el ejército perdió los estribos. ¡Casi nada!. Lo cual diseñaba el futuro, con densos nubarrones. Muy densos.

Una de las víctimas de todo este embrollo -como siempre- fue la Iglesia. Prioritariamente los curas y por supuesto los frailes y monjas. Las presagiadas convulsiones llegaron al límite. Y la revolución, pura y dura, nos envolvió como una mortaja. Las grandes ciudades fueron pasto de la furia del anarquismo más exaltado. En Barcelona incendiaron todos los conventos de las Ramblas. También tocó el turno al nuestro. Y ¡claro! yo, estaba dentro. Era la fatídica tarde del 25 de julio. 1835. Terminaba una pésima corrida de toros, que enfureció a la chusma. ¡Aquello fue dantesco!. Los compañeros escaparon como pudieron y yo, con 24 años, me di cuenta de que me quedaba sólo con un anciano invidente. ¿Qué hago? -me pregunté-. Pues, lo que haga falta. ¡Es un momento crucial! -me respondí-. Le busqué, le ofrecí seguridad y consuelo –que era de lo que yo carecía- e intenté huir de los asesinos. Recalé en el domicilio de una vecina.

Nos conocíamos poco, aunque ella iba a misa a nuestra iglesia. Sin embargo, por lo que, en seguida, os narraré, veréis cuánto quería a los frailes. La mujer, ni corta ni perezosa, me escondió, nada menos, que en un armario. Sí, sí, lo habéis entendido bien. En un armario. Y cerró la puerta con llave. Pisándome los talones llegaron los incendiarios, dispuestos a hacerme añicos. Después de registrar, palmo a palmo, el domicilio le exigían abriera la puerta de mi nicho. Ella, que no encontraba la llave, ellos, echaban fuego por los ojos. Por fin la encontró. ¡Dios mío! Pongo mi vida en tus manos –acerté a balbucir-. Pero como la mujer era mucho más inteligente que aquella cuadrilla de asesinos, comenzó a abrir la puerta, justo al revés de cómo debía hacerlo. La forzó tanto que la llave se partió. Era exactamente lo que pretendía. En ese momento comenzó a gritarles, por lo cual pusieron pies en polvorosa. La verdad es que yo, esperaba un buen desenlace al trance. Sí, ¿sabéis por qué?, porque sobre la desvencijada cerradura había trazado la señal de la cruz. A ver quién puede más -pensé- Y Dios siempre sorprende y desborda a quienes en Él confían. ¡Probadlo!.¡Me daréis la razón!.

Como los subversivos habían aumentado en un 400%, al fin, me detuvieron y en compañía de otros compañeros nos embutieron en el calabozo. ¿Que por qué tanto honor?. Por el imperdonable delito de ser fraile. Lo hicieron a empellones, como si de ganado se tratara. Allí, en la fortaleza de la Ciudadela nos retuvieron días y días. ¡Se nos hacían interminables!. Carecíamos de todo. Y pensábamos lo peor. ¡Claro!.

Esto era fácil de preveer -repetía para mis adentros-. No me había equivocado en mis pronósticos.  Y yo lo había arriesgado todo. Sí. Lo que ocurre es que cuando Dios llama, o le sigues o te alejas de tu propia felicidad. Y para mí, la llamada de Dios era transcenental.

Por fin, la situación se fue relajando. Nuestros vigilantes percibieron que no éramos energúmenos. Y como no cabíamos en la mazmorra, decidieron ponernos de patitas en la calle. El que reclamáramos atuendo para abandonar aquel distinguido aposento, no fue simple capricho. No. Si íbamos con hábito nos exponíamos, como mínimo, a nuevas y más peligrosas detenciones. Y ya habíamos sido la mofa y carne de cañón de no pocos agitadores. Así es que nos pusimos de acuerdo y solicitamos indumentaria para marchar de aquel antro. Lo exigimos, como condición imprescindible para abandonarlo. Por fin, los guardianes cedieron a nuestra razonable demanda y nos ofrecieron algo con que cubrirnos. La imagen que ofrecíamos era patética y hasta ridícula. ¡ Qué andrajos, Dios santo!. De todos modos nos brindó la estupenda oportunidad para reir, a carcajadas, al mirarnos unos a otros. Soltamos, así, parte de la tensión acumulada a lo largo de tantas y tan difíciles jornadas.

El mero pensamiento de que pronto me encontraría en Aitona, junto a mi familia, relativizaba tanto fanatismo, hostilidad, atropello, barbaridad, odio, convulsión. En definitiva, tanto absurdo y desatino, vivido durante la última temporada. ¡Qué necesidad tenía de abandonarlo!

Con los míos

Temporada, aquélla, sumamente dolorosa. La revolución impuso un cambio total a mis proyectos: me expulsó del convento, me alejó de hermanos y amigos y me arrojó lejos. Gracias que recalé en Aitona: mi villa natal. Los de casa me acogieron con los brazos abiertos.

Imposible narrar los sentimientos y emociones que me embargaron al encontrarme con ellos: mis padres, hermanos, sobrinos, amigos, vecinos. Sentimientos y emociones entrañables, intensos y hasta contrapuestos. Como si el tiempo se hubiera detenido. Como si las relaciones se hubieran estrechado. Los sentía más míos que nunca. Atrás quedó tanta tragedia. ¿Por mucho tiempo?. De momento, me encontraba en casa. Todos reunidos y cada uno por su lado, me hicieron partícipe de sus proyectos, esperanzas, luchas y fracasos. Es más, me pedían opinión. ¡Y la tenían en cuenta!. Mis padres contaban conmigo para todo. Hasta para lo más insignificante. Por otro lado, me mimaban como a una criatura. ¡Madre, estoy bien!. ¡No te preocupes tanto por mí!. ¡Padre, tranquilo!. Ya sabes que me parezco a ti. Soy fuerte como un roble. -Expresiones que se repetían, con frecuencia-. Hasta casa llegaban los hermanos independizados. En cualquier momento y bajo cualquier pretexto. Las tardes-noches resultaban de lo más familiar. Tanto al fresco otoñal como en torno al fuego del hogar. Como telón de fondo se encontraba el lamento común por la injusta persecución de la que era víctima la Iglesia. Todos vivían como buenos cristianos. Cristianos viejos, de toda la vida. (Al menos desde que lo manifestaba el árbol genealógico). En la calle me encontraba con adultos, ancianos y peques. Con unos hablábamos de cosechas y animales. De hijos, sobretodo. A los jóvenes tenía que preguntarles. Los ancianos, que tomaban el sol a la puerta de su casa, esperaban mi saludo. Era el pórtico para charlar en torno a su escasa salud y al exceso de achaques. Cada día en aumento. Los peque quedaban sorprendidos ante el nuevo vecino. Tanto mi forma de vestir como de relacionarme con ellos les resultaba desconocida. Cabizbajos, al inicio, aguardaban alguna broma mía para iniciar el juego de una simpática conexión. Acabábamos siendo cómplices. Al despedirme, hacían lo imposible, con el fin de prolongar aquella agradable coyuntura. Alguno se agarraba a mi hábito y no había manera de separarlo. ¡Qué gozada!. En la parroquia ayudaba en lo que podía: al párroco y a los feligreses. Unos y otros se acostumbraron a mi presencia entre ellos y hasta la solicitaban.

Por otro lado, desde la raíz de mi propio ser percibía una enorme necesidad de estar con Dios. El Dios de la vida. El que escribía derecho a través de tanto renglón torcido. El Dios que daba sentido a todo recorrido humano-vocacional. ¡Qué discreto y qué presente!, al mismo tiempo. A Él presentaba la jornada, jalonada por numerosas nimiedades. A Él pedía consejo y de Él esperaba luz para afrontar crecientes problemas. Y le escuchaba sin prisas. Estar con Dios resultaba apremiante para mi espíritu.

La cueva que mis padres poseían, a las afueras de Aitona, fue testigo de mis largos ratos de comunión con Él. Oraba por todos y por todo. A ella me retiraba al concluir la jornada. Por la calle alta llegaba, en un pis pas. Se enteró el vecindario y se acercaban para hacerme partícipe de sus cuitas. Buscaban mi opinión y consejo. No pocos, recibían el sacramento de la reconciliación -después de mi ordenación sacerdotal-. ¡Obvio!. A veces me acompañaba mi hermano Juan. No obstante, yo prefería permanecer sólo. En alguna ocasión constaté, contrariado, la presencia, amenazadora, de grupos siniestros. Se ve que mi persona estorbaba sus planes. Hasta una banda de matones se acercó, con intención de asesinarme. Ante situaciones semejantes, en lugar de apocarme, suelo dar la cara. Discutimos, hablamos y guardamos espacios de silencio. ¡Ellos y yo!. De tanto en tanto, se alejaban para dilucidar sobre su proyecto. Yo me confiaba a Dios bueno. Él siempre protege a los indefensos. Y en aquel momento el indefenso era yo. ¿O no?. Por fin, me pidieron no sólo perdón sino confesar su pecado. Yo, no salía de mi asombro. ¡Cómo cambia Dios el corazón humano!. Ahí, es donde yo descubría su omnipotencia. Más, mucho más que en las grandes obras de la naturaleza, del cosmos. En ellas se nos impone la presencia de su autor. En éstas se nos invita a viajar hasta nuestra interioridad. Ahí, es donde descubriremos sus mensajes. Caudal de vida que se esconde en los mejores repliegues del espíritu humano. Tanto propio como ajeno.

Sacerdote y Carmelita

Unos y otros aguardan la pronta recuperación de la vida comunitaria. Perciben su brusca interrupción como acontecimiento pasajero. ¡Se equivocan!. Tardan en descubrir que acarician ilusiones vanas. Entretanto, Francisco Palau vive, lo mejor posible, su vocación de carmelita. Cierto, todos le ayudan. Servicio y contemplación son los ejes que sostienen su recorrido espiritual: lo fecundan y despliegan.

Pasa el tiempo. Con mucha lentitud ¡Jalonado por crecientes escollos!. En circunstancias tan complejas súbditos y superiores, carmelitas, reanudan los contactos. La esperanza de volver al querido convento se esfuma sin remedio. Sí. Pues las medidas antirreligiosas, decretadas por los gobiernos, crecen en hostilidad. Culminan con un nefasto decreto. Prohíbe a los religiosos, tanto volver a sus conventos, como vestir, en público, el hábito que los identifica. Los ordenados sacerdotes pasan a depender de los respectivos obispos. Son características que pueblan este período histórico. Situación complicada. ¡Muy complicada!.

Pese a ello, los superiores comunican a Francisco su deseo de que se ordene presbítero. Él lo acepta sin replicar. Más tarde, nos deja acta de su reflexión al respecto: Acepté, bajo la firme persuasión de que tal dignidad, no me alejaría de mi profesión religiosa, VS, 3. Puesto a anteponer, Palau antepone la vida religiosa a la sacerdotal. ¡Sin duda!. Lo manifestó, sin titubeos, al abandonar el seminario de Lleida e incorporarse al Carmelo de Teresa.

Nueva dificultad envuelve, ahora, su actual proyecto. En la ciudad del Segre carecen de pastor. El obispo ha tenido que exiliarse humillado, perseguido y maltratado por los revolucionarios.

¿Qué hacer?. Después de pensarlo, consultarlo y dialogarlo se dirige a la diócesis más cercana: Monzón. Se prepara. Concluye los estudios de teología. Y poco antes de ordenarse hace ejercicios espirituales. En Monzón, en la capilla más cercana a la entrada principal de la catedral, Francisco Palau se ordena sacerdote de Jesucristo. El calendario marca el 2 de abril, 1836. Fecha trascendental para él. ¡Qué alegría, tan profunda, brotaba de mi interior!. Nunca vivida. Sacerdote. Mediador e intercesor entre Dios y quienes me rodean. Puente que comparte las orillas. Limitación, medianía y hasta pecado, como mis semejantes. Y al mismo tiempo una franja de la vida de Dios. Me percibía investido de la más alta dignidad. Representante de Dios ante los humanos y de estos ante Dios, venero de vida. Ahora, sacerdote y carmelita. Todo al mismo tiempo.

Fue fiesta mayor, el día de mi primera misa. Solemnidad. Las campanas al vuelo, música, cohetes, cantos. Los más bellos. Alegría inmensa. Allí estaba el pueblo al completo. Acompañándome. Familia, adultos, jóvenes, peques, la coral de la villa, el sacerdote de Aitona y los del entorno, gente venida de fuera... Todos se sentían contentos al tener un nuevo convecino sacerdote. Bueno, tal vez, no todos. Sin embargo yo gozaba con quienes se alegraban por mi nueva condición.

Pronto comencé a ejercer mi ministerio sacerdotal. En Aitona, ¡claro!. Celebraba la Eucaristía, administraba sacramentos, echaba una mano en la catequesis, llevaba la comunión a los enfermos…¡Ayudaba en lo que hiciera falta!. Siempre en buena relación con el párroco. Aunque me encontraba exclaustrado el arraigo de la vida religiosa, en mi diario acontecer, era considerable. Hasta firmaba los documentos parroquiales con mi nombre y apellidos religiosos.¡ Sí señor!. Francisco de Jesús María y José. Al advertirme de las funestas consecuencias que tal firma podía acarrearme traté de borrarlo. Aún hoy, lo podéis comprobar.

En su camino emerge una nueva dificultad. No acepta compensación económica por el servicio sacerdotal. Afirma que tal analogía no es apropiada ni evangélica. El servicio sacerdotal se encuentra en un ranking incomparable al económico. Era religioso pobre y pobre quería vivir. Tenía suficiente con la ayuda que su familia le proporcionaba. ¿Para qué quería más?. Tal proceder le ocasionó incomprensiones. Con el fin de soslayarlas renunció a formar parte del equipo directivo parroquial. El pueblo lo sintió de veras.

Como alguno de sus hermanos carmelitas había recalado en el obispado de Lleida, acudió a ellos. Pronto se incorpora a la parroquia de S. Lorenzo de la ciudad. La más importante -si excluimos la catedral-. Incomparable obra de arte románico-gótica. Allí permanecerá una considerable temporada, gozando con tanta belleza y sirviendo con tanto desinterés.

Misionero Apostólico

Desde hace tiempo, no pocas ideologías políticas persiguen a la Iglesia en diferentes lugares. En concreto en España. Allí, la acosan con insistencia y encono creciente. Palau lo sabe. Pese a todo se compromete, de por vida, a hacer suya la profesión religiosa. Luego la ha rubricado con el sacerdocio: No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía…Me comprometí, sin embargo, con votos solemnes, a un estado, cuyas reglas creía poder practicar hasta la muerte, independiente de cualquier humano acontecimiento, VS 3. Conoce, Palau, las recientes publicaciones de la Santa Sede. Son una llamada a la conciencia cristiana y ciudadana para el cese de la violencia. Como respuesta a esta llamada del Papa, Palau se pregunta qué puede hacer él en semejante coyuntura. Imposible contemplar, el profundo dolor de su pueblo sin implicarse. Quiere estar a su lado, ayudarlos. Buscar, con ellos, soluciones al conflicto. ¡Envidiable!. Después de reflexionar, se pone a disposición de los obispos. Los de la subdelegación catalana, ¡lógico!. Eran los más cercanos. Y los obispos le confían la misión de recorrer las diócesis ofreciendo el evangelio a la gente sencilla. Misiones populares se denomina, en aquel momento histórico, a esta ofrenda evangélica. Tenían, como objetivo, despertar al pueblo creyente y formarlo. Así daría razón de su esperanza, en el escenario convulso que le rodeaba. Por otro lado, a nivel político, Cataluña era de dominio carlista. En este concreto escenario, Palau se entrega, con su característico entusiasmo, a difundir la palabra de Dios.  Recorre, para ello, las diferentes diócesis de la demarcación.

La eficacia de su acción pastoral, pese a los pocos años de experiencia, encuentra refrendo en los obispos. Ellos se disputan su colaboración y le conceden el título de Misionero Apostólico. Palau se percibe, sumamente, agradecido y honrado por tal credencial. Tal vez porque, con ella se siente identificado. De hecho, lo estampa en todas sus firmas. Y dos años, más tarde, solicita su confirmación a la congregación romana de Propaganda Fidei. ¡Sí, sí. Así procedía, este hombre!. Cierto, el gozo recibido, con este privilegio, es notable.

Para realizar el actual servicio se traslada a Berga. Centro de todo tipo de actividades: sociales, económicas y políticas. Allí se encuentra y comparte programa, objetivos, medios y realizaciones apostólicas con personas relevantes de Iglesia. Entre otros el canónigo Caixal. Más tarde, en el exilio, volverán a coincidir. Joaquina Vedruna, y Ana Mª Janer, más tarde, fundadoras. Caixal atendía al hospital militar carlista. Ellas organizaron y cuidaron los hospitales en la misma ciudad. Lo cual no indica adhesión, por parte de Francisco Palau, a la ideología carlista. ¡No!. Él vive en búsqueda del gran amor de su vida. Amor que percibe en penumbra. Sin embargo, aprecia su latido en el contexto. Lo presiente como el corazón de todo. Hasta con asombrosa propulsión en lontananza. Al encontrarse inmerso en tal estación, deja de lado lo contingente. Cierto, si existen colectivos carlistas, en su entorno, a ellos dirigirá, también, la palabra de Dios. Pero gran parte del pueblo rural y sencillo no tenía en cuenta semejantes parámetros. Y a estos era a quienes, preferencialmente, ofrecían el evangelio. ¡Lógico!.

Entre ellos, formaron el equipo de evangelizadores, orientados y apoyados por los obispos del entorno. Época de despliegue y calado espiritual para el conjunto, fue ésta. Al confrontar los contenidos de la evangelización, propuestos entre todos, la mente de cada uno hace suyas las apropiadas sugerencias recibidas. Con lo cual se universaliza y dilata. Al mismo tiempo, al observar la coherencia y calidad de los demás, cada persona recibe numerosos estímulos. Así brindarían sus mejores aportaciones. Todo en beneficio del proyecto encomendado. ¡Qué coyuntura -con toda seguridad aprovechada- para avanzar en el recorrido del espíritu!. Años estupendos vividos y saboreados por Palau. Los tres últimos de su recorrido. Sin embargo, en el entorno estallan cañonazos de guerra. Fracciones enemigas, aunque, de hecho, son hijos del mismo pueblo. Hermanos entre sí.

Por fin, la contienda concluye. No obstante los misioneros de Cataluña, por residir en territorio sometido, cosechan la peor parte. El bando vencedor los identifica como enemigos. Y, en consecuencia, intensifica el maltrato. Cada día más cruel. Palau acepta la situación de la postguerra: infortunio, inseguridad, privaciones. ¡Faltaría más!. Pero no puede tolerar la humillación y desprecio que sobre él se ceban por su condición de hombre de Iglesia. Amenazas, barbarie, saña y atrocidades se incrementan hasta devenir insoportables.

Imposible: me exilio

Palau observa, reflexiona, consulta, confronta. Ora, intensamente. ¿Qué hacer ante el escabroso contexto socio-político en que han sumergido a su pueblo?. Pide luz, acierto y decisión, con el fin de encontrar nuevos vericuetos a su futuro vocacional. En el discernimiento pone en juego sus mejores capacidades. La complicada situación lo requiere. Por fin, decide. Decide exiliarse. ¿A dónde?. A Francia, sí. ¿Motivo? El país vecino acoge a tanto desterrado. Por todo tipo de razones: empleo, nivel de vida superior, dimensiones política y humanitaria, etc.

Al destierro de su convento se añade, ahora, el de la patria. Patria que incluye sueños de vida religiosa restaurada. De proximidad a la familia, amigos. Supone, el destierro, un nuevo y fuerte desarraigo. Palau lo entrevé. Sin embargo, con posterioridad, anota la experiencia, al evocar el acontecimiento: No me resultaban indispensables las montañas de mi país, pues creía hallar en toda la extensión de la tierra bastantes grutas y cavernas para fijar en ellas mi morada, VS 3.¡No lo registra tan traumático!.

Se dirige, en grupo, al exilio. Lo forman ocho personas. Entre ellas se encuentra Juan: su hermano menor. En adelante, lo acompañará en numerosas situaciones. Atraviesan los Pirineos. No puede ser más bello el paisaje que enmarca la ruta. Advierten minúsculas aldeas, acurrucadas sobre las altivas cumbres del Pre-pirineo. Como si fueran postales. Atraviesan ríos caudalosos y transparentes, repletos de vida. Contemplan el inigualable cromatismo del firmamento. Luminoso y diáfano de día. Cubierto por incontables y brillantes estrellas de noche. Admiran valles exuberantes, poblados por todo tipo de ganadería. Numerosos bosques cuajados de arbolado. En ellos encuentran cobijo los transeúntes. Quienes se asombran ante las majestuosas y desafiantes montañas que conforman el Pirineo. Cuajadas por coníferas en su arranque. Por arbustos, en la zona ulterior. Muestran retazos de praderas y hasta la piedra de su armazón, en la cúspide. ¡Magnífico panorama!. Si no fuera por la causa del itinerario: el exilio, éste hubiera resultado un auténtico banquete para los sentidos. Para el espíritu sobre todo. ¡No cabe duda!.

Como aval de su pasado, Palau se provee de atestado. Acta de su distanciamiento al ámbito de la política. Salvoconducto ante las autoridades francesas. Los hermanos - Palau se declaran desvinculados de los carlistas: el bando vencido en la finalizada guerra española. Tal independencia se refiere al factor económico. De él prescinden.  Rehúyen, así, integrarse en campos de concentración. Numerosos en el territorio colindante a la frontera. Avisperos de no pocos disturbios, conspiraciones, motines y hasta atentados. Ellos son libres y optan por el lugar donde establecerse. Pronto los sabemos en Lesquerde. Población perteneciente al departamento de Perpignan. Allí, cultivan terrenos para sustentarse. Con lo cual alivian su menguada economía.

Doble péndulo sostiene la vocación de Francisco: moderado apostolado y sustancial urgencia de comunión con Dios. Es como un apremio que fluye de sus mejores fondos. Por ello se retira, con frecuencia, a las cuevas de Galamús, cercanas a Lesquerde. Bello y abrupto paraje. Configurado por precipicios, despeñaderos, gargantas, angosturas, extremado frío. Como música de fondo oyen, ininterrumpidamente, el graznido de los cuervos. En la cueva grande buscan refugio.¡Impresionante recinto!. 

Ejerce su apostolado, en Perpignan con los compatriotas exiliados. Acompaña y orienta, a las religiosas de la ciudad. Entre las que se cuentan las Clarisas. Conoce, allí, a Teresa Christiá, vinculada, durante años, a su dirección espiritual. En Perpignan permanece a lo largo de dos años. Al constatar las amenazas que generan los campos de concentración se traslada a la diócesis de Montauban. Lugar más sosegado y seguro. Lo suyo es la serenidad, hecha servicio y oración en el insistente día a día. Se instala cerca del Santuario de Notre Dame de Livron. En las cuevas enclavadas en el bosque del castillo de Montdesir. No viene sólo. ¡No!. Lo acompaña un puñado de inmigrantes, atraídos por su forma de vida. Le admiran y quieren vivir en su compañía. Como él. Palau se identifica como carmelita, desde el fondo de su ser. En la cueva grande del coto del castillo, se instala. Allí da rienda suelta a su dimensión contemplativa. Allí y en los alrededores sirve a la Iglesia. Pronto, los habitantes del lugar, descubren la calidad espiritual del ermitaño español. A pedirle consejo acuden. Y vuelven fortalecidos, confiados. Con deseos de acelerar en el camino evangélico.

Hijo del Carmelo

No fue un carmelita cualquiera, sino un hombre que encontró lo que buscaba. Antes de formar parte de la familia del Carmelo discernió, oró y pidió consejo sobre la forma de vivir su vocación. De hecho, llevaba cuatro cursos en el seminario de Lleida. Se encontraba bien pero no satisfecho. No sabía qué pero quería otra cosa.

Buscó y le salió al encuentro Teresa de Ávila, quien le fascinó. Ella le guió y acompañó a lo largo de su recorrido. Juan de la Cruz no se quedó a la zaga en influencia. Palau se descubrió en profunda sintonía con él. Con la maestría que los caracteriza, ambos fueron configurándolo, robusteciéndolo, dejando en él su propia impronta. Desde entonces ya no era sólo suya. Era el resultado de aquélla asimilada por la experiencia propia de Palau. Así, los padres del Carmelo conquistaron, para la familia, a este excelente carmelita. Y él llegó a valorar la vocación como el gran tesoro de su existencia.

No le tocaron en suerte tiempos fáciles. Al contrario: una situación histórica sumamente dura. Sin embargo relativizó todo lo que no fuera el inmerecido regalo de su vocación. En el exilio francés -y a sus 30 años- nos deja acta valiosa de su experiencia vocacional: Para vivir como carmelita sólo necesito vocación. Puede prescindir de edificios que le alberguen, de geografía familiar, de entornos que le arropen, hasta de comunidad donde insertarse. Sin lo que no tiene sentido su existencia es sin su propia y concreta vocación.

Vivió desde lo mejor de sí mismo, donde se le permitía, sin exigencias de ningún tipo. Pues se percibía ciudadano del mundo. No temía a las revueltas políticas de la época. Acogía a quienes se le acercaban y compartía con ellos el tesoro vocacional. Y en esos años difíciles, en los que rumió soledad hasta cotas inimaginables, junto a la palabra de Dios, Teresa y Juan de la Cruz alimentaron su espíritu, dieron sentido a su errante vivir.

Desde esta experiencia vocacional recibida de los grandes del Carmelo, encarnada en su existencia y forjada por el realismo de su concreto entorno histórico, fue descubriendo una nueva forma de vivirla. En su momento histórico, y en sus circunstancias concretas no se podía vivir, como lo hicieron Teresa y Juan, tres siglos antes. Ellos lo hicieron, con gran coherencia, a nivel personal y fraterno, dentro del marco propio de su época: el claustro. Palau, como otros muchos/as, fue víctima de un brutal despojo de todo lo imprescindible para expresar su condición. Se le privó de vivienda, pertenencias, compañía. Le dejaron a la intemperie. Y es desde ahí que afirma la superioridad de su vocación sobre todo lo demás, por necesario que parezca.

Entonces, como antes, se encontraba el Espíritu para fecundar y encarnar el legado en esa inédita situación. Y Palau colabora, desde lo mejor de sí mismo, para que el proyecto de Dios se transforme en realidad.

En la medida en que fue asimilando la vocación recibida, se le descubrieron nuevas posibilidades de vivirla y expresarla. Formas nuevas porque diferentes y hasta opuestos eran los ambientes en los que estaba llamada a encarnarse.

A fuerza de espesor del Espíritu y de fidelidad creativa por su parte, la vocación acogida fue configurándose como algo nuevo. Dios y Jesús fueron el centro de la vocación de Teresa y Juan. La de Palau fue la Iglesia: misterio de comunión entre Dios y los hombres, hijos suyos. Y es que él descubrió que nuestro Dios hecho hombre, lo es para configurarnos con Él. Ya nos lo recordaba Juan de la Cruz -estamos llamados a ser dioses por participación-. Palau vivió ese misterio con tanto realismo como profundidad. A la Iglesia se entregó hasta afirmar con toda rotundidad: Viviré y moriré por ella.

Así, trasladó la vocación del Carmelo a la calle, en medio de la sociedad: a los lugares de trabajo y de lucha, de superación y encuentro, a hospitales y colegios, telares y cabeceras de enfermos, a los hogares y foros de consenso. Sin embargo, la alimentó en la comunión más realista con Dios, en la más profunda soledad. Está seguro que Teresa le llamó a su orden para que él realizara este trasvase.

Preciosa vocación, la suya. Surge de lo fundamental del Carmelo y lo despliega en contenidos y formas nuevas. Más al unísono con la sociedad en que vivió. Con ella, Palau no sólo acoge sino que ofrece a la familia su propia experiencia vocacional. De este modo, la enriquece y embellece.

Referente vocacional

Aunque lejos de su patria, Palau vive atento a lo que allí ocurre. Sigue las consignas del Papa sobre la situación de la Iglesia en España. Lee, escribe y sobre todo, ora. Ora ininterrumpidamente. Pues la oración -según su criterio- es el mejor servicio que podemos ofrecer a la Iglesia. A la humanidad, también. A estas alturas de su recorrido, la Iglesia es, ya, para él, una realidad transcendental. Por lo cual, es ahora, cuando escribe el librito de La Lucha. En ella se solidariza con esa Iglesia perseguida. Teófila, la criatura amada por Dios, y dirigida suya, es la destinataria de la obra. Quiere Palau que testimonie y divulgue el contenido de la misma. Lo propio solicita a su círculo de amigos, al resto de lectores. Prescinde, para ello, de época y lugar. Así mismo parece haber compuesto, aquí, parte de la obra  Quidditas Eclesiae Dei. Al día de hoy, desaparecida.

Con sus ermitaños ocupa parte del coto del castillo de Montdesir. Todo él sembrado de cuevas. Refugio de los ermitaños. Desde la del director se emiten llamadas características para iniciar y concluir los espacios más significativos de oración. Entre todos cultivan la tierra y cosechan hortalizas. Con ellas se alimentan. En el día a día de sus abundantes espacios contemplativos y de su apostolado, la figura del solitario español cotiza al alza. Ante todo para el grupo de ermitaños. Tal certeza se prolonga hasta los feligreses de las parroquias vecinas. Unos y otros perciben la intensa vida interior que emerge, tanto de sus palabras como de sus silencios. Palau, ¡volcán de vida interior!.

Si hasta ahora se ha visto rodeado por un puñado de hombres, ávidos de vivir como él, ahora comienza a perfilarse el de un grupo de mujeres. Con su evangélico y coherente estilo de vida, Palau, es un imprescindible referente vocacional. Atrae como un imán. Seduce. También ellas quieren vivir como este servidor de la Iglesia. Cautivadas por el incentivo de su acompañamiento espiritual, recalan en el Santuario de N. D. de Livrón. De cuidarlo y acoger a los peregrinos se encargarán ellas. Entre las integrantes del grupo encontramos a Teresa Christiá. Desde Perpignan ha seguido a Francisco Palau. Se ha hecho construir vivienda en una ladera de los montículos que coronan el templo. En ella se instala con el grupito de compañeras. Permaneció con los señores de Montdesir, años atrás. Las guardianas del santuario tratan de vivir en fraternidad. Alimentadas por la vida de oración. Otra de sus connotaciones características es la pobreza. Estilo de vida diseñado por Palau. Orientadas y acompañadas personalmente por él. ¡Afortunadas!. Entre las más jóvenes encontramos a Juana Gratias. Más tarde distinguida por el director. ¿Cómo lo conoció?. Probablemente, visitaba el santuario, con algún grupo de jóvenes. Sí, quedó fascinada por la egregia personalidad de este hombre. Percepción común a quienes, sin prejuicios, se acercaban a él.

El tiempo transcurre y Palau pierde la confianza de los sacerdotes del entorno. De él desconfía, hasta el mismísimo obispo. ¿Motivos?. Tal vez, no veían con buenos ojos, tanta valoración, procedente del entorno. Le retiran las patentes para ejercer el ministerio sacerdotal. Leprohíben celebrar la Eucaristía. Palau, consciente de no haber cometido mal alguno, participa en las celebraciones. Como un feligrés más, ¡claro!. Su categoría espiritual asume todo tipo de reveses. Al mismo tiempo, alguno de sus ermitaños, con inapropiada conducta, desacredita, tanto al director como al grupo.Y las fuerzas de seguridad toman cartas en el asunto. ¿Responsable?. El director. ¡Lógico!. Teresa Christiá echa leña al fuego. ¿Por qué?. ¿Se percibirá relegada, en su relación con Francisco Palau?. Con precisión, diseña la venganza. Y le sale perfecta. Lo denuncia al obispo. Siembra de falsedades el comunicado. Y las consecuencias serán nefastas para él. ¡Sí!, ¡sí!. El obispo cree a Teresa Christiá. O al menos se beneficia de la confusa coyuntura. Poco después, ella nombra a la diócesis heredera de sus posesiones.

Etapa ésta configurada por la incomprensión, el sufrimiento. Palau incrementa la oración. Y, al mismo tiempo, pide aclaraciones al obispo. Al resto de autoridades. A unos y a otros dirige extensas misivas. Testimonian su integridad y honradez, en los diversos embrollos que lo imputan. Ante unos y otros se defiende. Expresa considerable valentía al advertir y hasta reprobar, la forma, desacertada, de gestionar tales conflictos. Si no se retracta le haré pagar la condena debida a su actuación, -advierte al jefe de los gendarmes de Caylus-. Pide al alcalde que le haga llegar sus órdenes, por escrito. Él las examinará, con el código civil en la mano. Si son justas me conformaré. En caso contrario me consideraré en el derecho de refutarlas -le advierte-.

Última etapa en el destierro

Palau ha pasado largos meses en España. Demasiados, si tenemos en cuenta la precaria situación en que se encuentran los grupos, a su regreso. Casi desintegrados. Afectados por el mal ejemplo de alguno y la huida de otros. Con profundo dolor se hace cargo de la situación. Trata de dialogar con todos para averiguar las causas. Pero lo ocurrido, ya no tiene vuelta de hoja. Por otro lado, los párrocos del entorno se niegan a administrar los sacramentos a sus hijas: las ermitañas. Al comprobar la situación-límite en que se encuentran, Palau se traslada a Cantayrac. Paraje selvático y desértico. Solitario, donde los haya. Dista tres leguas de Caylus. Forma parte del municipio de Loze. Lo acompaña su hermano. Los incondicionales, también.

Rehace, allí, la vida solitaria. De retiro y trabajo. Adquiere terrenos. En ellos cultivan alimentos y cuidan ganado. Proyecta, de este modo, reforzar la infraestructura para la subsistencia del grupo. ¡Hombre previsor y realista!. El bosque se halla jalonado de cuevas. En la cima de un peñasco construye una pequeña choza con ventanucos. Los encara a levante, mediodía y poniente. Es su albergue. Donde recibe y acoge a quienes solicitan su opinión y consejo. Celebra la Eucaristía dominical en alguna de las parroquias cercanas. En Cantayrac la preside a diario. El ritmo del grupo es, intencionadamente, tranquilo. Eremítico. Ocupa, gran parte de la jornada, el trabajo del campo. De todos modos las autoridades los controlan. Desconfían de ellos, ¡sin duda!. Persisten las indagaciones. Se suceden reveses y disgustos.

Mientras Palau se encuentra ausente, la policía irrumpe en su domicilio y, en un allanamiento de morada, detiene a varios de los residentes. A su hermano, Juan, comunican la orden, dada por el alcalde de Caylus: detener a cualquier individuo que vistiera hábito religioso. Los tuvieron arrestados a lo largo de varios días. Poco antes, en Francia, se había proclamado la II república. Acontecimiento que no cambió el modo de proceder de las autoridades: ni locales ni regionales. Sin embargo, eso era lo coherente, lo que Palau deseaba.

La valiente respuesta de este hombre, a semejantes atropellos, no se hizo esperar: Los ciudadanos de esta república de 1848 debemos atenernos a las leyes actualmente en vigor. Y todas esas leyes -sobre las que se apoyan las autoridades- han sido abolidas, reformadas o cambiadas. Considera las medidas adoptadas no sólo injustas sino ilegales e incluso injuriosas. Se defiende: Quiero saber si es verdad que Vd. ha dado esta orden… Si por el solo hecho de encontrarnos vestidos con el hábito religioso nos arresta, sin notificarnos, legalmente, esa prohibición, le haré pagar la condena debida a un arresto ilegal…Se la pido en nombre de la libertad de que goza cada ciudadano para vestirse a su gusto.

Advierte, al alcalde de Caylus, que su nueva residencia no depende de aquella alcaldía. Razón por la cual no tiene por qué observar las órdenes prescritas por él: Esto lo sabe Vd. muy bien… Si respecto a mi hábito no hay ninguna ley de prohibición… según la ley, le atacaré… por vía legal, pues fuera del ámbito del poder que le otorgan las leyes, todos somos iguales. La fotografía que de Palau recogen estas páginas es la de un hombre con buen criterio, certero e intrépido. ¡Imponderable referente!

Luego, por cierto tiempo, como si la situación se hubiera tranquilizado. No obstante, el miedo a una nueva intervención policial o al empeoramiento de las circunstancias no desapareció del horizonte del grupo. Menos, aún, del director. ¿Pensó volver a Perpignan ante el acoso de la administración de Montauban?. Tal hipótesis podría apuntar la compra de un terreno en los confines de la frontera. ¿Ha mejorado la situación en Cantayrac?. Eso parece confirmar tanto el opúsculo publicado, referente a su tenor de vida, como la decisión de nacionalizarse en Francia. Titula el fascículo: La vida solitaria no se opone a las funciones del sacerdote en el altar. ¿Despejará alguna incógnita?. Los trámites para nacionalizarse los inicia. Más no los concluye. Tal vez se hizo ilusiones infundadas. Pronto comprobó, con pena, el arraigo de tan hostil situación.

Y decide, de nuevo. Pone fin a la última etapa de su destierro. Sí, decide volver a su país. Lo acompaña su inseparable hermano Juan. En Cantayrac quedan algunos ermitaños, amigos. Amistad nacida y sustentada por numerosos años de convivencia. De alegrías y dificultades compartidas. Palau la mantiene, a lo largo de años. Ahora, en la diócesis de Gerona recala.

De nuevo en la patria

Los primeros pasos de Palau, en su pueblo, posteriores al exilio, no se hallan registrados. Ocurre como con todo lo importante. Los dio a sus 40 años. Había permanecido en Francia los más vitales de su existencia: 11. Desde los 29. Ahora, trae en el corazón el mal sabor que le ha dejado el obispo de Montauban. Quien parecía se hubiera propuesto no dejarle vivir. Sí, sí. ¿Causa de tal afirmación? Al trasladarse Palau a la península, ese chismoso señor comenzó a enredar la madeja con los obispos de Cataluña. Contra el P. Palau -por supuesto-.

A él le sorprende la poca consideración con que le reciben en su diócesis: la de Lérida. Capta un consejo inexpresado verbalmente pero incuestionable: “No te acerques o pasa de largo”. Razón por la cual se traslada a la de Gerona. Recala allí, acompañado por su inseparable hermano Juan. El mismo día de su llegada se presenta en el obispado. Solicita licencias ministeriales. Y al contrario de lo ocurrido, los últimos años en Francia, se las conceden de inmediato y con amplitud.

Su permanencia en la ciudad es breve. Se instalan en una modesta casa y en un barrio modesto. Tiene claro que ahí se encuentran de paso. Por tanto, no es necesario gran despliegue. Gerona, representa, más bien, el escenario desde donde otear horizontes.

Sin embargo, una vez más se halla en trance de comenzar. De buscar nuevos cauces vocacionales. De servir desde situaciones diferentes. Urgido a cambiar su modo de vida. ¡Sin duda!. Aparecen, en el horizonte, incertidumbres y posibles proyectos. Todo al mismo tiempo. Para la Iglesia española ha mejorado, considerablemente, la situación. Es reciente el estreno del concordato entre el Gobierno del país y la Santa Sede. La paz que ahora se respira, es un soplo de esperanza. Acuna nuevas posibilidades. Deja entrever interesantes proyectos. Sin embargo, a nivel social, el pueblo vomita fanatismo en su forma de vivir. A lo largo de años anteriores se ha ido fraguando un anticlericalismo trasnochado y miope. En plena vigencia, ahora.

Una muestra de ello es la siguiente situación. Pese a haberse firmado el concordato, no se permite la existencia de la vida conventual masculina. Así es. En la península, continúa suprimida, a nivel general. Cierto, existe alguna que otra excepción. Seguro que Palau indaga sobre la cuestión. Pues resulta primordial para él. Desde la desamortización de Méndizábal sólo permanecen abiertos los monasterios de Benicasin y un par de ellos en el norte de la península. Tal vez de estos últimos, Palau no tiene referencia. Por otro lado, el de Benicasin sólo pueden ocuparlo los carmelitas empeñados en erradicar, poco antes, la epidemia de cólera entre sus conciudadanos. Lo realizaron con heroicidad. Como gesto de agradecimiento el pueblo de Castellón pide al gobierno la permanencia de los descalzos en el convento. Allí han de vivir y morir. Excepción a la norma general. Sorprendente gesto de valoración y solidaridad. De hecho, si Palau mantiene un resquicio de esperanza de volver a la vida fraterna, pronto se le esfuma. Imposible el retorno.

En seguida le encontramos en Barcelona. El obispo Costa y Borrás le acoge cordialmente. Le garantiza la incardinación en su diócesis, también. En condición de religioso exclaustrado, ¡claro!. Palau lo conoce de su época en el seminario de Lérida. Este hombre llega a apreciarlo, a valorarlo y a fiarse de él. Pero antes le urge pedir aclaraciones al fraile carmelita. ¿Cuál es la cusa?. Una misiva rubricada por el obispo Doney.

Misiva repleta de falsedades en torno a la conducta de Fco. Palau. Se refiere a su postrera etapa francesa. El de Barcelona le pide respuesta a las acusaciones vertidas por su homólogo de Montauban. Aunque no la tenemos a mano, sí contamos con el documento elaborado por nuestro Fundador. Con él quiere, despejar tales infundios.

Costa y Borrás tiene la deferencia de mostrarle tal misiva. Le brinda, así, la oportunidad de desenredar ese enredo. Palau le pide tiempo para exponer, con la mayor veracidad posible, el mencionado informe. Descripción adecuada de cómo acontecieron los hechos a los que el firmante se refiere. Ni corto ni perezoso. Pronto lo prepara. En él se despacha a gusto sobre el desacertado documento del susodicho obispo. Y lo elabora con la dignidad y seriedad que el caso requiere. Entre otras cosas declara: Miente -el señor de Montauban- al afirmar que me había excomulgado. Miente, cuando afirma haber hablado conmigo de las imputaciones que ahora airea. Miente, al afirmar que yo había desobedecido sus órdenes. Motivos tenía para hacerlo. Sí, porque algunas carecían de la más elemental educación. Miente, por fin, en sus afirmaciones sobre mi relación con Teresa Christiá.

Al obispo Costa y Borrás se lo comenta con toda llaneza y transparencia. ¿Resultado? El prelado da crédito a su declaración. ¡Nada tiene de extraño! La calumnia es tan burda que cuesta aceptarla.

Pronto vislumbra, Palau, el objetivo que el ambicioso señor persigue: Obligarle a ceder una propiedad que compró cerca de Montauban. Levanta, así mismo, acta del cambio absoluto producido en Teresa Christiá. Antes estrechamente unida a él, a sus proyectos. Ahora en las antípodas. Apoya, incondicionalmente, la postura del obispo Doney. Corrige, Palau una mayúscula calumnia: haber abusado de la credulidad de cinco doncellas de Cahors. Ni son cinco, ni se han dedicado a conseguir limosnas para adquirir la mencionada propiedad. Además, el aludido señor, tan pronto sostiene este argumento, como que el dinero de la compra procedía de Teresa Christiá. Palau enfatiza su permanente actitud ante la referida mujer: En las relaciones que he mantenido con ella, he actuado, siempre, según las leyes de la justicia. ¡Seguro! Si él lo afirma, así es. Pues Palau nada tiene que perder. No ocurre otro tanto con lo que cacarea la oposición. Aquello son componendas provisionales. Con las cuales intentan salir airosos de situaciones poco éticas.

El de Barcelona más que preguntar, escucha a este hombre, víctima de la envidia, de la calumnia, de la marginación. Como respuesta a tan inusual actitud, Palau desgrana las razones profundas del asunto. Aquellas que le han motivado a actuar como lo ha hecho. Su interlocutor es hombre inteligente, abierto, cercano, sin sueños de dignidades. Por lo cual, descubre la nobleza escondida en el interior de Palau. Así emerge una situación nueva. Nace de la declaración sincera y humilde -por una parte- y de la acogida en escucha y confianza -por otra-. Y deviene primicia de un valioso y fecundo vínculo. Entre ambos, sí. En adelante, Palau no será indiferente para el obispo Costa y, por supuesto, el prelado no resultará indiferente al fraile descalzo. Tiempo al tiempo.

Preludio misionero

Al otear el horizonte, Francisco Palau, percibe la necesidad de consultar con Dios sobre su misión, en un próximo futuro. De retirarse a reflexionar. La situación lo requiere. ¿A qué situación aludo? El obispo Costa y Borrás le propone un paquete de posibles prestaciones apostólicas. Él ha de discernir y priorizar. Por otro lado, un puñado de sus carmelitas se han establecido en la diócesis de Lérida. Solicitan proyectos para desplegarse en el plano vocacional: contenidos, organización, tipos de misión. Del fundador reclaman consejo, acompañamiento. Tales grupos prolongan los nacidos en Francia, años ha. Al amparo del santuario de N.D. de Livron. Sí, sí.

Juana Gratias, joven francesa, se ha trasladado a Lérida. Discípula predilecta de Francisco Palau, ha sido enviada por él. Allí, ha conectado con otras jóvenes. Ahora, en la situación concreta de la Iglesia y del pueblo trata de vivir, compartir y contagiar su propia vocación. La de su comunidad, también. Servir desde ella. Juana, con otras Hermanas, reside en la ciudad. Y hace de enlace con el P. Palau. Otro grupo se halla en Aitona: cuna del fundador. Localidad donde se encuentra su familia. Desde ambos lugares se trasladan a núcleos urbanos próximos. Allí, ofrecen evangelio y carisma con sencillez y valentía. Pues la cúpula del poder combate misiones semejantes.

Sobre todo ello, a Palau, le urge, consultar a Dios, reflexionar, programar. Se retira al Montsant. Territorio montañoso. Forma parte de la cordillera litoral catalana. Se halla delimitado por un semicírculo de montañas. En torno a un cerrado valle. Sobre el plano, configura un diseño singular: semejante a una pila. La montaña abunda en cuevas, altamente cotizadas por el P. Francisco. De sus entrañas brota, a raudales, agua trasparente. En la provincia de Tarragona se halla enclavada.

Permanece sumergido en profunda soledad, regalada y forjada, allí. Desde donde escribe a su hija y excelente colaboradora. Comparte, con ella, la experiencia vivida. Desde lo mejor de sí mismo. Describe el lugar, con todo lujo de detalles: geográficos, humanos, espirituales. Cuenta -el Montsant- con zonas pintorescas: ermitas, bosques siempre verdes, espantosos despeñaderos. Hasta dispone de porciones cultivadas. A Palau le atrae la ermita de San Bartolomé. Se encuentra en posición privilegiada para contemplar el panorama. Punto estratégico desde donde se vislumbran insólitos horizontes.

Hace senderismo, hasta escalar las cumbres más elevadas. Horriblemente solitaria es la montaña -afirma-. El ermitaño del paraje le provee de alimentos. Muy frugales: pan y algún tipo de verduras. ¡Poco más!

En la carta, escrita desde allí, comenta la situación espiritual de su dirigida: es mejor que no se sacie, ahora, de soledad. ¿Razón? Su espíritu es débil. ¡Buen pedagogo! Le aconseja descentrarse de sí misma. Ceder ese espacio a quien le corresponde: al Señor. ¡Excelente espiritual! Orar, con frecuencia, por las necesidades del pueblo de Dios. De modo breve. Valiosas sugerencias de un destacado hombre de Iglesia. Observación de sumo interés: Cuidar del bien ajeno es sinónimo de cuidar de Dios. Cima del seguimiento evangélico. ¡Buen hijo de Santa Teresa, este hombre! Orienta a su dirigida en el camino emprendido: ocuparse, enteramente, en la salvación de los demás. Es, al mismo tiempo, la mejor forma de ordenar todo lo propio: fuerzas, tiempo, valores. La vida entera. Y profetiza: para que los valores se autentiquen, adquieran brillantez y, un día, sean joyas que embellezcan el templo de Dios, requieren la mano de numerosos artífices. Las pulirán a golpes y fuego. ¡Nada menos! Dada la dificultad que el proceso comporta, tales piedras resultan raras. No obstante, aunque pocas son de gran valor. Sin duda, hay muchas falsas. Para discernirlas se requiere reflexión, honda comunicación con Dios, tiempo y experiencia. Y le exhorta: Ocúpate, con todas tus fuerzas, en comerciar con esas piedras preciosas. Una referencia permanente: La plenitud del camino se halla en el amor: A Dios y a nuestros prójimos. En la oración interésate por el bien de todos ellos. Realízalo, luego.

En tres grandes misterios le sugiere zambullirse: encarnación, redención y cruz. Es el mejor sendero para avivar la luz interior. Jesús, el gran modelo de oración. Imítalo. Y le envía la hoja de ruta: las reglas. Las ha redactado durante esta temporada de honda comunión con Dios, de auténtica y profunda reflexión. Envuelto por la más intensa soledad. Por algo es el proyecto que anhela para sus hijas. Al redactarlas ha considerado, también, la situación de cada una de ellas.

Luego, las copiará Rosa: su sobrina. El original se encuentra desaparecido -anota el P. Carmelo en la 1ª edición de las cartas-. Se equivocó. Aparecerá, en el archivo catedralicio de Lérida, -año 1985. Magnífico hallazgo: Las doncellas pobres. Sus reglas y constituciones. Título nacido del sueño palautiano para su familia.

Seguro que ha permanecido, horas y horas a la escucha del querer de Dios. Pero la espera se ha visto bendecida por la fecundidad del espíritu. Palau ha realizado lo propuesto. Con total dedicación y eficacia. Con Dios de fondo vislumbra el futuro. Intuido con el corazón y descubierto, en lontananza, con amplitud de miras. Auténtico atisbo profético.

Hasta aquí, la instantánea de su preludio misionero. Ha intensificado la escucha y completado aspectos de su existencia y misión. Inacabados, hasta ahora. Ha cimentado y pergeñado el mañana. Tanto a nivel de proyectos como de disposición interior. Todo un record de responsabilidad y coherencia.

Barcelona: nuevo escenario

Antes de recalar en la ciudad condal, Francisco Palau viaja a Aitona y a Lérida. Persigue doble objetivo: visitar a la familia y a sus carmelitas. Unos y otras -por motivos diferentes- le aguardan con solicitud. De paso comprueba, por enésima vez, la hostilidad que le muestra Úriz, el  obispo de Lérida.

Concluido el encuentro se dirige a Barcelona. Allí se pone, incondicionalmente, a disposición del prelado de la diócesis: Domingo Costa y Borrás.

El principado de Cataluña, y en particular Barcelona, atraviesa, por estas fechas, una situación socio-religiosa conflictiva. ¿Motivo?. Llegan, con retraso, filosofías e ideas revolucionarias y antirreligiosas. Proceden de toda Europa pero se difunden desde Francia. Allí, las ha acuñado, con sello propio, la última revolución. Se propagan a través de diferentes medios: adoctrinamiento, mítines, prensa -de tendencias liberales, exaltadas, fanáticas, marxistas-. Recursos, todos ellos, con marcado acento anticlerical. La proximidad  a la frontera comporta estos inconvenientes.

Además, Barcelona, en este momento es, por antonomasia, el emporio industrial de todo el país. Arranque de la civilización fabril. Por tanto, cuenta con el mayor índice de población obrera. Cuantiosa y sumamente activa, constituye la mayor parte de la metrópoli. Ahora, con graves problemas, referidos a la clase empresarial. Quienes al privilegiar el futuro de sus sociedades postergan al proletariado. La querella sube de grados, con rapidez. Amenaza con desorden y hasta con una importante fractura social. En la misma proporción de litigio contra sus directivos, la clase trabajadora se aleja de la Iglesia. De la práctica religiosa, por supuesto. El talante revolucionario se propaga por las fábricas. Lo alimenta la prensa partidista. ¡Claro!. Utilizan panfletos y todo tipo de publicaciones. Desde donde difunden doctrinas y conductas demoledoras para los principios religiosos.¡ Es su objetivo!.

A ésta difícil coyuntura se añade el factor político. Las continuas luchas entre facciones rivales: radicales y conservadores. Tan añejas como sangrientas. Tales combates -como los anteriores- ensañaron los ánimos y crearon ambiente desfavorable al colectivo creyente. Plataforma singular donde se despliega y recrudece tal conflicto son las altas esferas del poder: autoridades civiles y militares. Unas y otras consideran al clero,  conservador hasta el extremo. Sin extender los planteamientos un poco más allá. Huérfano de futuro. Contrario, por tanto, a toda renovación y progreso. Convicción peligrosa para la buena convivencia. Por otro lado, el proletariado asocia la Iglesia a los poderosos. La perciben distante de sus intereses y reconocimiento, como clase social. ¿Conclusión?: No cuenta, la corporación eclesial, con bazas importantes en este peligroso juego.

Acertó, esta vez, la diplomacia vaticana. Sí, acertó en la designación de Costa y Borrás como obispo de Barcelona. Prelado digno y ejemplar, donde los haya. Uno de los más prestigiosos entre la jerarquía eclesiástica de la época. Inicia su pontificado, al frente de la diócesis, poco antes de instalarse en ella el P. Fundador. ¿Cuál es la prioridad de su planificación pastoral?.La atención religiosa a la gran masa humana. Masa predominantemente, obrera -insisto-.

Su misión, ya difícil en sí, tropieza, desde el comienzo, con la oposición sistemática de numerosos colectivos. A través de sus órganos de difusión -la prensa en particular- atacan los principios creyentes y sociales.

La campaña atea se halla orquestada por el diario La actualidad y las publicaciones de la biblioteca del hombre libre. Ambas con sede en la Ciudad Condal. En sintonía con ellas, El Clamor Público lo hace desde Madrid. 

Ante el panorama de manipulado laicismo, el prelado se propone un amplio despliegue de medios. Acaricia un gran proyecto: dar nueva forma a la misión eclesial. Así acomete, de frente, los errores propagados por la secularización. Redacta una serie de cartas pastorales. Densas en  doctrina y valientes, si nos atenemos a la forma. Dirigidas, tanto al clero como al pueblo. A todos, sin excepción, quiere llegar.

Se sirve de dispositivos y medios análogos a los utilizados por la oposición. Anuncio y enseñanza de la palabra de Dios: proclamada y escrita. Buena prensa, misiones populares, pastorales, etc.

En la doble vertiente de evangelización -predicación y buena prensa- el prelado cuenta con un incomparable colaborador: Francisco Palau. Porque lo intuye, le confía prestaciones relevantes. Y porque es todo disponibilidad  lo asume nuestro protagonista. 


Palau, engendra un insigne proyecto

(I)

De sus constataciones por la periferia de la ciudad condal y de sus consideraciones en torno a ellas, Palau hace sabedor al Obispo. ¡Evidente!. Él es el pastor. Por lo cual quien ha de implicarse en la solución de este ingente problema. El obispo lo escucha con tanto interés como preocupación. Ambos reflexionan sobre la devaluada situación humana de quienes habitan el dilatado cinturón. Ambos saben que los problemas de este proletariado textil no se resuelven sólo desde la dimensión humana: trabajo, debidamente remunerado, contar con suficiente salud para afrontarlo, para atender a los espacios personales y de familia. No. Creen que, si ponen el acento sólo en estas carencias, la pobreza continuará haciendo de sudario al colectivo. Y ambos coinciden en la necesidad de proporcionarlos formación para afrontar tanta contrariedad como les acecha. Sí. Pues se encuentran hostigados no sólo por las condiciones laborales. Sino por las diversas filosofías en boga. Incapaces, ellas, de convencerlos. Tampoco de mejorar la urgencia de un vivir más digno.

Este discriminado colectivo ha de ser capaz de optar, por su propia cuenta, en todas las situaciones de la existencia: fundamentales y ordinarias. Obispo y carmelita coinciden en que la Iglesia se ha de implicar en tales proyectos. Y hasta cierto punto liderarlos. De todos modos, en este momento, no lo ven con meridiana claridad. Por lo cual ambos se comprometen a reflexionar sobre cuestión tan primordial como espinosa.

Después de muchas cavilaciones llegan a una conclusión: no pueden quedarse en inmediateces. Claro que son necesarias, pero insuficientes. La ayuda de la Iglesia no puede consistir, prioritariamente, en proteger a los excluidos hasta el punto de resolver sus penurias. Y menos en suplantarlos. El proyecto se ha de desplegar en lontananza. Trazarlo a largo plazo. Deben dotarlos, de manera que sean ellos quienes se responsabilicen en mejorar sus condiciones de vida. En alumbrar el futuro que desean y merecen. ¡Van por buen camino!.

¿Y si organizaran una formación básica: sistemática y continuada? -se preguntan-. Así, sustentarían sobre base estable el proceso de crecimiento humano-espiritual de los implicados. Así, frenarían la influencia laicista tan manifiesta en la malformación de sus conciencias. Y en consecuencia mejoraría el entorno ciudadano. Palau está de acuerdo. Y se ofrece a elaborar el plan. ¡Excelente colaborador!. Tal propuesta se identifica con el sueño que invade sus mejores dimensiones. Sueño nacido, tanto de su entusiasmo apostólico como del realismo que se le mete en el alma.

Obispo y fraile ansían establecer esta adecuada formación catequética para laicos adultos: los inmersos en la revolución industrial. Con lo cual quieren despertar y actualizar su adormecida fe. Educarlos de manera integral.

Situado en esta disyuntiva a Palau se le multiplican los sueños. Sueña con un laicado coherente y responsable. Generador de respuestas a todo el que les pida razón de su esperanza. Y por supuesto al entorno laicista. Lo harán con la vida y la palabra. Serán miembros de la Iglesia: responsables y relevantes. Testigos y valedores de su vida y doctrina. Capaces de suministrarle consistencia, credibilidad y porvenir. Sueño en contraste con aquel escenario eclesial. Menguado por la decadente responsabilidad de numerosos feligreses. Acosados, ellos, también, por la influencia de las comunes e invasoras filosofías.

Dilata, Palau, el tiempo disponible, y lo dedica a diseñar el proyecto. Con toda diligencia y detalle. Como él sabe hacerlo.

A sus hijas dirige un ruego apremiante: orar por él de forma especial. Con la empresa que tiene, entre manos, no quiere tener un mal resultado. Menos un fracaso. No porque ansíe su propio triunfo, no. Nunca lo ha buscado. Sino porque cree ser éste el camino correcto para poner las bases de una Iglesia nueva, desde su concreto sector. De hecho, así ha nacido todo lo trascendental. Y hacia ésa específica dirección se dirige. Consciente de que en el empeño se juegan la piel. Acierta en lo uno y en lo otro.


 

Palau engendra un insigne proyecto

(II)

Las pastorales del prelado caldean el ambiente. Rezuman doctrina evangélica, humanismo. Talante apostólico, por supuesto. Palau las lee, medita y trata de asimilarlas. Se abre, de par en par, a las luces que de ellas proceden. Tiene en cuenta e incorpora, a sí mismo, las sugerencias del entorno. Y le llegan. Acoge, entre otras, las del párroco de S. Agustín. Le considera hombre sensato y acertado. ¿Por qué?. Porque acumula cuantiosas primaveras. Le ayuda a diseñar el proyecto: contenido, metodología y organización de las conferencias - catequesis. Elaboran el cuerpo de doctrina. Le dan forma adecuada. Cuidan la continuidad y posición de las diferentes materias. Se interesan por el material didáctico, procedimientos concretos. Calculan pros, contras y riesgos. A tener muy en cuenta la situación personal y laboral de cada alumno.

A ello dedica, el P. Francisco, lo mejor de sí mismo: energías, reflexiones, deseos. De la conjunción de tales factores, surge el trazado. Sustentado por una singular terna: preparación concienzuda, trabajo arduo y suprema osadía. Arropado, todo ello, por su sólida confianza en Dios.

Pronto, muy pronto constataremos la clarividencia interior de este hombre de Iglesia. Lo demuestra desde el kilómetro cero del diseño. Clarividencia expresada en el acierto al trazar objetivo y contenidos. Adecuados -uno y otros- a las urgencias y personas de aquel momento.

¡Catequesis para adultos!. Uno de los mejores sueños de Palau. Programa de la Escuela.

Los alumnos, constituidos en asamblea, acogerán, estudiarán y asimilarán verdades fundamentales de la Iglesia. Realizarán los deberes que los organizadores soliciten. Ellos pretenden que los cristianos, de a pie, consigan una cultura religiosa, acomodada a las circunstancias de tiempo y lugar. Y Palau se propone exponerla con calidad, sí, sí. Doctrina profunda, sólida, bien estructurada. Aplicable a cualquier situación de la existencia. Sostenida en la mejor ortodoxia de la teología eclesial, ¡Evidente!. Comprensible y cercana, al mismo tiempo. Al alcance de todos.

Catequesis que fundamentará la fe de los discípulos -insiste incansable-. Palau lleva el objetivo tatuado en el alma: formar a los cristianos metidos y desorientados en aquel complicado escenario laboral.

Penetra, este hombre el hoy, con su atenta y perspicaz intuición. Así, se le acerca el mañana, repleto de realismo y promesas. Por lo cual -sin pretenderlo- se erige en vigía del futuro.

En la parroquia de S. Agustín erigirán la sede. Transformarán sus estancias en Instituto de formación filosófico-teológica. Sí. De hecho, el trazado, discurre, a caballo, entre cultura y fe. Lo más apropiado para promocionar a esa clase concreta de oyentes.

Por su parte, como no podía ser de otro modo, el P. Francisco se abre, de par en par, a todo tipo de colaboración. Solicita ayuda a diferentes colectivos.

 Como desde el inicio cuentan con ofertas de alto nivel, designan a ilustres sacerdotes como profesores. Excelentes profesionales. Ellos transmitirán lo mejor del evangelio y de la doctrina eclesial. Cuentan, así mismo, con la colaboración de asociaciones religiosas: colegios, parroquias, cofradías, etc.

La Escuela se enrola, desde sus inicios, en la pastoral diocesana. Como obra misionera y catequética.

Estudiado el proyecto y esbozadas las líneas generales de actuación, Palau, presenta al obispo el resultado de tanta reflexión y discernimiento. Al prelado no sólo le parece correcto sino que, encarecidamente, lo valora y apoya. Pronto se encariña y lo hace suyo. Costa y Borrás, el gran obispo, será, siempre, el presidente de la recién pergeñada Escuela de la Virtud. Francisco Palau su representante e incondicional mantenedor. Padre al engendrarla. Madre en su despliegue: excelente tutor y paradigma.


 

La Escuela de la Virtud inicia su andadura

El P. Palau, ha diseñado nuevo proyecto de enseñanza del Evangelio. Más conforme a las necesidades  de la Iglesia y de la sociedad, en ese  momento. Lo llamará Escuela. Escuela donde se enseñe y se practique la virtud.

Obtenida la aprobación del obispo, se inaugura (noviembre 1851). Nace y funciona en la parroquia de S. Agustín. Palau se encarga de divulgarla en diversos ambientes. ¿Cómo?. Con invitaciones distribuidas, personalmente. o a domicilio. Desde el comienzo obtiene favorable acogida en la prensa católica. Son numerosos los artículos referentes a ella y publicados, tanto en el Áncora, como en el  Diario de Barcelona. También él escribe, semanalmente, sobre la Escuela. Se conoce su existencia y recorrido tanto en la Ciudad Condal como en Madrid. Para eso están los corresponsales.

Con el tiempo, el proyecto mejorará ¿Motivo?. El itinerario realizado y las consiguientes adaptaciones. Quiere dar continuidad periódica y estable al mensaje evangélico. Hacerlo de manera que los alumnos alcancen una cultura religiosa, acomodada a las circunstancias de tiempo y lugar. Sin olvidar el momento y condiciones de cada uno.

Se inicia, con la organización imprescindible. Concretada en cursos de un año de duración, repartidos en 52 sesiones. Corresponden a las 52 semanas que configuran el ciclo litúrgico. Tiene lugar, los domingos a la tarde. Tras corta experiencia, la duración pasa de 1 a 2 horas. Tiempo que, en ocasiones, se prolonga. Concebida como obra misionera y catequética, al servicio de la pastoral diocesana, el P. Francisco intuye la necesidad de colaboración e integración de los diversos sectores del pueblo de Dios. ¡Muy acertado, este hombre!. Organiza una junta directiva formada por cuatro sacerdotes. Todos ellos con flamantes títulos en su haber. Cuatro laicos. Más un secretario. Palau, el director. Aunque el cometido corresponde al obispo: Presidente de la institución.

La Escuela nace sujeta a revisión y adaptación anual. Aparte de la información proporcionada por nuestro carmelita, los diarios católicos, dan cuenta del despliegue de actividades. Durante el primer curso la formación, se inicia, con la invocación al Espíritu. Un coro de niños recita la lección correspondiente del Catecismo de la Escuela. Impreso, en forma de diálogo, lo correspondiente a la próxima sesión se distribuye en la precedente. El director explica la doctrina. Lo hace en forma de animado diálogo con los asistentes. ¡Inmejorable pedagogía!. Oran, con los salmos 83 y 116. Se pronuncia un discurso moral, análogo a las cuestiones presentadas. Tras un acto, explícito, para aceptar la virtud estudiada, se disuelve la asamblea.

Nuevas mejoras, se introducen a lo largo del 2º curso. En el 3º se especifican más (Tal prolongación  no pudo concluirse). La enseñanza se divide en dos partes. Desarrollada la 1ª y tras la oración sálmica se explica un tema de palpitante actualidad. Relacionado con los errores del ateísmo, racionalismo, agnosticismo, socialismo y comunismo. Consiste en la proposición de la tesis (a cargo del director), debate y diálogo, de acuerdo al siguiente guión: pruebas por parte de la Iglesia, sistemas opuestos y argumento, reflexión y solución, conclusión y práctica de fe. Como broche final de curso, se celebran los exámenes generales.

En relación a las dos secciones, Palau elabora doble programa. Compendio de la doctrina de Sto. Tomás, en torno a las virtudes teologales y morales. Con ello compone el texto de la 1ª sección: el Catecismo de las Virtudes (impreso en 1852). Nuevo exponente, de la capacidad de trabajo, organización y pedagogía de nuestro protagonista. Dos catecismos utilizan los alumnos: el de la doctrina cristiana (desconocido por ellos, con anterioridad) y el de la Escuela. Ambos les instruyen y guían hasta la plenitud cristiana. En el de las Virtudes, introduce una tesis muy querida para él: la Iglesia de Dios. En plena consonancia con su experiencia espiritual. Tardará años en conformarla. Sin embargo, llegará a ser núcleo de su carisma. Para la 2ª sección, de carácter, más doctrinal redacta 52 proposiciones, con las que piensa elaborar un 2º catecismo.

La categoría organizadora de Palau, podemos compararla  a la secuencia formativa, actual, llevada a cabo en los mejores Institutos Superiores, de Ciencias religiosas. ¡No desmerece en nada!.

Fue, en su tiempo, La Escuela de la Virtud, iniciativa original y única en la Iglesia de  Barcelona. El éxito se debe, sin duda, al carácter gratuito de la enseñanza, al ejemplo de vida evangélica de su director, así como a la implicación de movimientos y asociaciones decididos a incrementar la vida cristiana. Halla amplia acogida en el clero. Quien presta su apoyo entusiasta a iniciativas y actuaciones. Palau ha intuido  la necesidad de aunar fuerzas. Con lo cual consigue, al mismo tiempo, hermanar la formación doctrinal con las mejores formas de piedad cristiana. Los frutos no se hacen esperar. Grupos numerosos acuden, cada domingo, a la parroquia de S. Agustín. Mencionan a 300 personas; 300 jóvenes y hasta 2000 alumnos, pertenecientes a toda clase, edad y condición social. El auditorio es de los más concurridos en la ciudad. Un gentío inmenso, ocupa el templo. Pero parece que, entre los jóvenes, es donde tuvo mayor aceptación, a juzgar por los repetidos avisos de la Actualidad a la autoridad civil: ….No permitan que se  extravíe, fatalmente, a la juventud.. En el mismo sentido se expresa el Clamor Público de Madrid. La insistencia de la prensa, contribuye, sin pretenderlo, a publicitar el centro. ¡Clamoroso éxito!. Pronto provocará suspicacias y recelos en el estamento oficial.

Tampoco tardaremos en asistir al brutal cese de actividades y clausura de la Escuela, realizados por las autoridades civil y militar. Y con la clausura, el destierro de dos inocentes, difamados y perseguidos: Francisco Palau y su obispo,  Costa y Borrás.

 

 

Agradecimientos a Hna. Esther Diaz, cm

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